El límite (6): Sin tocarte

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Ella no aflojó.

Me tenía en cuatro, el rosa de diecinueve centímetros hondo, el látex golpeándome las nalgas, y la cámara todavía encendida para que Kim y Ji-soo no se perdieran ni un gemido. El esposo ya no discutía. Sofía había ganado el cuerpo. Lo que quedaba era la boca: esa voz rota que todavía quería pedir que parara… y que, en cambio, empujaba el culo hacia atrás.

—Mírate —dijo ella, tirándome del pelo para que la pantalla me viera la cara—. Ya no eres mi marido. Eres la puta que ellos pidieron. Una prostituta barata, de rodillas, vestida de rosa, pidiendo que te la meta.

El insulto me quemó.

Y me encendió.

Kim rio. Ji-soo se inclinó hacia la cámara. Ella lo notó y se puso más sucia, más dueña, más puta ella también, porque así los hacía felices.

—Diles cuánto te gusta que te use tu propia esposa. Diles que eres una zorra que se corre sin que nadie le toque esa cosita inútil.

Me la sacó casi entera y me la volvió a clavar. El gemido me salió alto, vergonzoso, de putita. El plug ya no estaba. Estaba ella. El arnés. El peso. La humillación de saber que mi polla, dura y abandonada bajo el hilo, no iba a recibir una mano. Ella me lo había prohibido con la mirada.

—No te toques —ordenó—. Las putas de verdad se corren así. Con el culo. Con la boca sucia. Con la vergüenza.

Empezó más rápido. Cada embestida me sacudía. Me hablaba al oído y a la cámara a la vez, como si yo fuera mercancía.

—Mírenla. La esposa recatada de antes ahora se la mete a su marido hasta el fondo. Y él… mírenlo. Abierto. Pintado. Gimiendo. Una prostituta que se arregló sola para esto.

El esposo quiso taparse la cara. Sofía no pudo. El placer subía sucio, mezclado con el ardor, con el látex, con las voces de ellos. Me di cuenta, aterrado, de que me estaba acercando. Sin una mano en la polla. Solo con ella entrando, solo con la sumisión, solo con esa frase repitiéndose: eres una puta, eres una puta, eres una puta.

—Me voy a… —jadeé.

—No. Primero diles qué eres.

—Soy Sofía… soy tu puta… córreme así… por favor…

Ella se rio, cruel y caliente, y me folló más hondo. Se le escapó un gemido propio. El arnés le rozaba. El espectáculo la estaba poniendo al límite también. Para ellos. Para ella. Para verme deshecho.

—Córrete, zorra. Sin tocarte. Que ellos vean cómo una prostituta se vacía solo de que la usen.

El orgasmo me agarró de adentro. No de la mano. De la sumisión. Me sacudió entero, me dobló los brazos, me hizo gemir como nunca había gemido, y me corrí sobre la sábana, intacto el hilo, la polla palpitando sola, traicionándome frente a la cámara. Un chorro. Otro. El cuerpo temblando, la boca abierta, los ojos llorosos de placer y de vergüenza.

Ella no paró hasta que yo terminé. Después se apretó contra mí, el dildo hondo, y se corrió ella también: un gemido largo, de dueña, de mujer que se había vuelto tan puta como la que estaba usando. Se le marcaron los muslos. Se le quebró la voz diciendo mi nombre nuevo.

—Sofía… así… así me gustas…

Kim dijo algo bajo, satisfecho. Ji-soo solo asintió. Ella se quedó dentro un segundo más, respirando contra mi nuca, y después me habló para que ellos también oyeran:

—Así se hace feliz a mis coreanos. Con una puta que se corre sin que la toquen. Con un marido que ya no existe.

Me dejó caer de lado, todavía vestida, todavía temblando, con el semen mío en la sábana y el rosa de diecinueve centímetros brillando entre sus piernas.

El esposo, en algún rincón, preguntaba cómo iba a mirarla al día siguiente.

Sofía, entera por fin, solo quería que no se lo sacara todavía.

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