El sexólogo dominante y la pareja iniciada (2)

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T. Lectura: 4 min.

El mensaje llegó al celular de Joaco esa misma noche, a las 23:47. Un número desconocido. Solo tres líneas:

Mañana 10:00. Calle Gorriti nº…, piso 3º “B”.

Pregunten por Tomás.

Vayan juntos. No se toquen.

No firmaba. No hacía falta.

A la mañana siguiente el ascensor del edificio se sintió más pequeño de lo normal. Carla llevaba una pollera corta y una remera holgada; debajo, solo la tanga negra de siempre. Joaco, jeans y remera. Ninguno de los dos había dormido bien. La polla le había latido toda la noche contra el colchón, y cada vez que se daba vuelta oía a Carla respirar agitada del otro lado de la cama, las manos lejos del cuerpo como si las tuviera atadas.

El 3º B no tenía placa. Solo un timbre negro. Tomás abrió la puerta sin sonreír.

Era más alto que Valdés, más delgado, brazos tatuados hasta los codos, cabello corto y ojos claros que no parpadeaban. Delantal negro, guantes de nitrilo ya puestos. Olía a cera caliente y a algo metálico.

—Pasen. Desnúdense en el vestidor de la izquierda. Todo. Y vengan al box del fondo.

No les preguntó nombres. Ya sabía.

El vestidor era un cubículo con espejo de cuerpo entero. Carla se quitó la remera primero. Los pechos saltaron libres, pezones todavía sensibles. Joaco se bajó los jeans y el bóxer de un tirón. La polla, semidura solo de estar ahí, se balanceó pesada. Se miraron un segundo en el espejo: él completamente expuesto, ella con la tanga todavía puesta. Ella la bajó. El coño, todavía con el vello de siempre, ya brillaba un poco. El olor íntimo se mezcló con el de la cera.

Tomás los esperaba en una sala blanca, casi quirúrgica. Dos camillas paralelas. Bandejas con cera caliente, tiras de tela, tijeras, pinzas. Un espejo enorme en el techo.

—Ella primero. Boca arriba. Piernas abiertas. Brazos a los costados.

Carla subió a la camilla. Tomás le separó los muslos con ambas manos hasta que los talones quedaron casi en los bordes. El coño quedó expuesto bajo la luz blanca. Joaco, de pie al lado, tenía la polla ya dura.

—Vos. De rodillas. Frente a ella. Manos atrás. Mirala mientras la dejo lisa.

Joaco se arrodilló entre las piernas abiertas de Carla. Podía olerla. Podía ver cómo se contraía. Tomás extendió la cera caliente sobre el monte de Venus, por los labios externos, cuidando de no tocar todavía el clítoris. La temperatura era alta. Carla jadeó. Tomás presionó una tira y tiró de un golpe seco. El sonido del vello arrancándose llenó la habitación. Otra pasada. Otra tira. El monte quedó rojo y completamente liso. Después bajó a los labios. Cada tirón dejaba la piel más sensible. Cuando terminó con el frente, le ordenó darse vuelta.

—Culo arriba. Rodillas separadas. Cabeza baja.

Carla obedeció. Tomás le separó las nalgas y aplicó cera alrededor del ano, en el pliegue, en el periné. Tiró. Carla soltó un gemido largo. Tomás pasó un dedo enguantado por la zona, comprobando que no quedara ni un pelo. El dedo rozó el borde del ano, presionó apenas, y después subió al coño, abriéndolo.

—Limpio. Y muy mojada.

Se giró hacia Joaco.

—Tu turno. Camilla. Boca arriba. Piernas abiertas. Polla contra el abdomen.

Joaco subió. Tomás le tomó la polla, la levantó y la apoyó contra el vientre. La cera bajó por la base, por el escroto, por el periné. Cada tirón era preciso. Cuando el frente quedó liso, le ordenó darse vuelta. Joaco se colocó a cuatro patas. Tomás le separó las nalgas, aplicó cera alrededor del ano, tiró. Después pasó dos dedos por la zona, palpando. Un dedo presionó contra la entrada, giró apenas, y se retiró.

—Ambos listos.

Los hizo volver a la posición: Carla boca arriba, piernas abiertas; Joaco de rodillas entre ellas. Tomás se puso de pie detrás de Joaco, le tomó la nuca y le inclinó la cabeza hacia el coño de Carla.

—Miralo de cerca. Sin tocar.

El coño de Carla estaba completamente liso, labios hinchados, el clítoris asomando. Tomás se arrodilló y, con dos dedos, le abrió los labios. Pasó un dedo por en medio, recogió humedad y se lo ofreció a Joaco.

—Lamé.

Joaco abrió la boca. El dedo entró. Después se lo ofreció a Carla. Ella chupó.

Tomás se levantó y señaló las camillas otra vez.

—Ahora los dos. Cuatro patas. Uno al lado del otro. Culos arriba. Piernas bien abiertas.

Carla y Joaco obedecieron. Los culos quedaron expuestos, elevados. Tomás abrió un frasco de gel transparente, frío, de olor mentolado. Primero se detuvo detrás de Carla. Vertió un chorro generoso sobre el coño liso. El gel resbaló entre los labios, bajó por el periné y se acumuló en el ano. Tomás extendió el gel con las dos manos, los dedos firmes. Abrió los labios externos, pasó las yemas por el clítoris en círculos lentos, después bajó hasta la entrada y presionó apenas.

—Contame —dijo en voz baja—. Qué fantaseabas mientras te arrancaba el pelo. Qué se te pasó por la cabeza cuando te abrí el culo.

Carla respiró agitada. Las caderas se le movieron solas.

—Que… que me dejaras así. Abierta. Que me metieras los dedos mientras Joaco miraba. Que me usaras el coño y el culo como si fueran tuyos…

Tomás deslizó un dedo grueso dentro de ella hasta el nudillo. Carla soltó un gemido largo. El dedo se movió lento, curvado. Después agregó un segundo. Los dos dedos entraron y salieron con calma, el sonido húmedo llenando el silencio. Los giró, los abrió en tijera dentro de ella.

—Seguí hablando.

—Que… que me depilaras el culo también para poder metérmelo todo… que me dejaras chorreando y sin correrme…

Tomás sacó los dedos brillantes, los limpió en el muslo de ella y se movió hacia Joaco. Vertió el gel sobre el ano, sobre el escroto liso, sobre la base de la polla. Un dedo pasó por el pliegue, presionó el centro del ano y entró hasta el nudillo. Joaco gruñó. Tomás agregó el segundo dedo. Los dos se movieron dentro de él, profundos, curvados, buscando la próstata. La polla de Joaco latía, goteando.

—Y vos. Qué fantaseabas mientras te arrancaba el pelo de las bolas y del culo.

Joaco respiraba agitado.

—Que me dejaras así… de rodillas… que me usaras la boca mientras me tenías abierto… que me metieras los dedos hasta hacerme correrme sin tocarme la pija…

Tomás inclinó la cabeza, satisfecho. Los dedos siguieron moviéndose. Después sacó, se limpió y volvió a Carla. Esta vez le metió tres dedos de golpe. Carla arqueó la espalda. El gel y su propia humedad hacían que el sonido fuera obsceno. Tomás los movía con ritmo lento, el pulgar rozando el clítoris de vez en cuando, nunca lo suficiente.

Se quedó un rato más, alternando entre los dos. Dedos dentro de Carla, después dentro de Joaco, siempre con la misma calma. Les abría, les tocaba, les masajeaba el gel sobre la piel sensible, sobre los pezones cuando se inclinaba, sobre la polla de Joaco sin llegar a masturbarla de verdad. Solo el contacto necesario para mantenerlos al borde.

Cuando decidió que era suficiente, sacó los dedos por última vez.

—Báñense. El gel se queda. No se toquen. Valdés quiere que lleguen mañana igual de necesitados… o peor.

Carla y Joaco se levantaron temblando. Las piernas les fallaban. El coño de ella latía, abierto, brillante de gel y lubricante. La polla de Joaco seguía dura, pesada, goteando sin alivio. Se miraron un segundo: piel lisa, culos rojos, ojos oscuros de frustración y excitación.

Tomás ya estaba guardando el frasco.

—La puerta está abierta.

El clic del pestillo detrás de ellos sonó otra vez como una sentencia. Todavía faltaban veinticuatro horas. Y el cuerpo de ambos ya sabía exactamente a quién pertenecía.

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