Me llamo Mario. Tengo 41 años. Divorciado hace tres. Dos pibes que veo cada quince días. Laburo estable, departamento chico en un barrio tranquilo. Desde afuera parezco un tipo normal. El tipo que lleva a los chicos al fútbol los sábados y después se toma unas birras con los amigos. Nadie sabe lo que me pasa por la cabeza cuando me quedo solo.
Hace años que vengo jodido con esto. Empecé siendo hetero curioso. Al principio solo miraba porno de travestis. Después me animé a chatear. Después a encontrarme. Ya me comí tres o cuatro pijas de travestis en departamentos privados o en los bosques de Palermo. Me gustó. Me gustó mucho. Pero siempre quedaba esa sensación de que me faltaba algo más. Más anónimo. Más sucio. Más grande.
Llevaba meses que no podía dejar de pensar en un glory hole. En arrodillarme frente a un agujero en la pared y que del otro lado aparezca una verga gruesa, venosa, caliente, y chuparla sin saber quién es el dueño. Sin caras. Sin nombres. Solo pija y saliva y leche.
Hoy decidí que se terminó la joda mental. Hoy voy.
El lugar lo conocía de oídas. Un baño de un shopping viejo en la zona oeste, de esos que tienen fama hace años. No es un local gay ni un sauna. Es un baño público medio escondido, al fondo de un pasillo que casi nadie camina. La gente que va sabe. Los que no saben no llegan nunca.
Llegué a las once de la noche. El shopping ya estaba casi cerrado. Solo quedaban los locales de comida rápida y un par de seguridad caminando. Entré al baño de hombres como si fuera a mear nomas. Había tres mingitorios y cuatro cubículos. El del fondo, el más alejado de la puerta, tenía la fama.
Entré. Cerré con traba. Me bajé el pantalón y me senté en el inodoro con la pija ya medio dura solo de la ansiedad. El corazón me latía en las orejas. Esperé.
A los cinco minutos escuché pasos. Alguien entró al cubículo de al lado. Escuché el ruido del cierre, el pantalón bajando, y después un silencio raro. Después, el sonido inconfundible de alguien escupiendo en la mano y empezando a pajeársela.
Me arrodillé en el piso del baño. El piso estaba frío y un poco húmedo. Me acerqué al agujero. Era un círculo irregular, del tamaño de una naranja, cortado a la altura de la cintura de un hombre parado. Del otro lado se veía oscuridad y un poco de luz de los fluorescentes del baño.
Puse la mano contra la pared, justo al lado del agujero, como señal. Del otro lado alguien tocó mi dedo con el suyo. Después retiró la mano.
Y apareció.
Primero la cabeza. Una cabeza gruesa, morena, con el prepucio medio corrido hacia atrás. La glande ya estaba brillante del líquido que se le escapaba. Después fue saliendo más. Veinte centímetros fácil. Gruesa. No era una pija de porno exagerada, pero era gruesa de verdad. Las venas se le marcaban a los costados. El tipo del otro lado la empujó hasta que los huevos le tocaron casi el borde del agujero.
Me temblaban las manos.
La agarré con la derecha. Estaba caliente. Pesada. La piel se sentía fina y tensa. La olí. Olía a hombre. A pija que lleva un rato afuera. A orina vieja y a excitación. Sin pensarlo más abrí la boca y la metí adentro.
La cabeza me llenó toda la boca de una. Sentí el sabor salado del líquido preseminal pegárseme en la lengua. Empecé a chupar despacio, solo la punta, pasando la lengua por el frenillo una y otra vez. Del otro lado se escuchó un gemido bajo, ronco. El tipo empujó un poco más. Yo abrí la garganta y dejé que entrara.
Me costó. Me costó bastante. La pija era gruesa y yo hacía rato que no me metía algo así hasta el fondo. Sentí que se me llenaba la garganta, que me costaba respirar por la nariz. Lágrimas me salieron de los ojos casi de inmediato. Pero no saqué. Seguí. Respiré por la nariz, relajé la mandíbula y dejé que el tipo del otro lado empezara a moverse.
Empezó lento. Entraba y salía solo unos centímetros. Yo chupaba con fuerza cada vez que la cabeza me rozaba el paladar. Escupía y volvía a meter. El ruido de saliva y chupadas se escuchaba fuerte en el baño vacío. Me daba igual. No había nadie más.
Después el ritmo cambió. El tipo del otro lado agarró confianza. Empezó a coger mi boca de verdad. Empujaba con más fuerza, metiendo la pija más profundo cada vez. Yo solo abría la boca y dejaba. Cuando sentí que se le ponía todavía más dura y empezaba a latirle contra la lengua, supe que estaba cerca. No me retiré. Al contrario, la apreté más con los labios y chupé fuerte la cabeza.
Acabó sin avisar. Un chorro grueso y caliente me pegó directo en la garganta. Tragué lo que pude. El segundo chorro me llenó la boca. El sabor era fuerte, salado, un poco amargo. Dejé que se me escapara un poco por la comisura de los labios mientras seguía chupando suavemente, ordeñándolo. El tipo temblaba del otro lado. Seguí chupando hasta que la pija empezó a ablandarse un poco. Solo entonces la saqué de la boca, todavía con hilos de saliva y leche colgando.
Me quedé arrodillado mirando el agujero. La pija desapareció. Escuché al tipo subirse el pantalón y salir del baño sin decir una sola palabra. Perfecto. Así lo quería.
Me limpié la boca con el dorso de la mano. Mi propia pija dolía de lo dura que estaba. Me la saqué del bóxer y me pajeé tres o cuatro veces nomas, pero me detuve. No quería acabar todavía. Quería más.
Me quedé esperando.
A los diez minutos entró otro. Esta vez escuché que el tipo del otro lado se arrodilló también. Vi una mano pasar por el agujero y hacer un gesto. Entendí. Me puse de pie, me bajé del todo el pantalón y el bóxer hasta los tobillos y acerqué mi culo al agujero.
Sentí dedos fríos tocarme el orto. Después saliva. Mucha saliva. Un dedo entró sin pedir permiso. Después dos. Me abrí de piernas todo lo que pude dentro del cubículo y empujé el culo hacia atrás. Los dedos se movían adentro mío. Me temblaban las piernas.
Después los dedos salieron y a los pocos segundos sentí la cabeza de una pija empujando. Era más fina que la anterior, pero igual de dura. Entró de a poco. Yo respiraba por la boca, intentando relajarme. Cuando estuvo adentro del todo, el tipo del otro lado me empezó a coger. Corto y profundo. Cada embestida me abría más el culo. Yo me tocaba la pija al mismo tiempo, rápido, sucio.
No duró mucho. El tipo del otro lado jadeaba fuerte. Aceleró y sentí cómo se le ponía de piedra adentro mío. Acabó profundo. Sentí los chorros calientes llenándome el orto. No se sacó de inmediato. Se quedó un rato adentro, todavía duro, mientras yo me pajeaba más rápido. Acabé yo también, disparando contra la puerta del cubículo, con la pija ajena todavía enterrada en el culo.
Cuando se retiró, sentí la leche empezar a bajarme por las bolas y las piernas. Me limpié como pude con el papel del baño y me volví a arrodillar frente al agujero.
No había terminado.
Una tercera pija inmediatamente media hora después. Esta era la más grande de las tres. Gruesa, oscura, con la cabeza ancha y el prepucio casi inexistente. La agarré con las dos manos y la chupé con hambre. Ya no tenía vergüenza. Ya no pensaba en nada. Solo quería esa pija en la boca. La chupé profundo, hasta el punto de que se me cerraba la garganta y me costaba no vomitar. El tipo del otro lado gemía bajito y empujaba con más fuerza, usando solo las caderas.
Me la metió hasta el fondo varias veces seguidas. Yo baboso, con los ojos llorosos, dejándome usar. Cuando acabó, lo hizo directo en la garganta. Tragué todo. No dejé que se me escapara casi nada. Seguí chupando la pija mientras se ablandaba, limpiándola, saboreando lo que quedaba de leche en la ranura.
Cuando finalmente me levanté, las rodillas me dolían. La mandíbula me dolía. El orto me ardía un poco. Tenía la remera manchada de saliva y del líquido que se me había escapado. Me miré en el espejo del baño antes de salir. Tenía la boca roja, los labios hinchados, los ojos vidriosos. Parecía que me habían usado de verdad. Y me había gustado.
Salí del shopping caminando medio raro. En el auto me toqué la pija otra vez, todavía medio dura, y me pajeé recordando el sabor de las tres leches distintas que me había metido en la boca y en el culo. Acabé en menos de un minuto.
Mientras manejaba de vuelta a casa no paraba de pensar en una sola cosa:
Voy a volver.
Mañana. O pasado. O la semana que viene. Pero voy a volver. Porque ahora que probé lo que se siente tener una pija anónima y gruesa usándome la boca sin saber quién es el dueño, ya no hay vuelta atrás.
Soy un tipo de 41 años, divorciado, padre de dos. Y me gusta chupar pija en un glory hole hasta que me llenen la garganta.
Y no pienso dejar de hacerlo.
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Excelente, muy caliente
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