El vecino y el amigo

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Era domingo 8 de febrero de 2026. El mundo se detenía por el Super Bowl, pero a mí me importaba un carajo el partido, los dos equipos no eran de mi agrado; lo único rescatable era el “half time show” de Benito en medio de este régimen racista de mierda que se vive hoy en EE.UU.

Cuando el ruido de los estadios terminó, empezó lo bueno. Me gusta drogarme. No es un secreto ni un pecado, es una necesidad. Mi veneno es el polvo, pero no le hago ascos a la piedra, a la mota ni, por supuesto, a las cervezas bien frías para pasar el trago amargo de la existencia.

Después del primer pase de “Jalisco”, mi mente se abrió como una herida fresca. Entré a una app de citas. A veces entro solo para ver qué tan bajo puede caer la fauna humana. Me divierte calentarle la sangre a los “machitos” o darle una lección a algún imbécil que se lo merezca. Si tengo la oportunidad de joder a alguien que vive jodiendo a los demás, lo hago. Es justicia poética en un pantano de píxeles.

Estaba por cerrar la aplicación cuando cayó un “Tap”. Alguien a 300 metros, cerca, peligrosamente cerca. Hablamos media hora. Parecía un tipo decente, o al menos sabía fingirlo. “Vamos”, me dije. No había mucho más que hacer en este domingo agonizante.

Me puse unos leggings morados que marcaban todo lo que había que marcar, una blusa blanca transparente y una sudadera negra con capucha para ocultarme del mundo. Debajo, lencería morada a juego. Me bañé, agarré la mochila con la peluca, mis prótesis, el encaje negro y salí. Me gusta vestirme de mujer, pero no soy un suicida; la discreción es lo único que nos mantiene vivos en estas calles.

Le mandé mi ubicación. Para mi sorpresa, el tipo apareció.

Vivía con roomies, esos parásitos del espacio compartido. Entramos como sombras, directos a su cuarto. En su baño privado terminé la transformación. Vi las pipas de cristal sobre el lavabo.

—¿Eres dulcero? —le pregunté, mirándolo a través del espejo.

—Sí, espero que no te moleste —dijo él, encogiéndose de hombros.

Saqué mi bolsita de perico, ya picado, listo para la guerra.

—Pues si no me das “humito”, me voy a molestar de verdad —respondí con una sonrisa que era más una invitación al desastre.

Fumamos cristal. No me puso cachonda; me puso en órbita. Fue un éxtasis eléctrico. Con cada calada soltaba un gemido que no podía controlar. La temperatura subía. Le eché el humo en la cara antes de besarlo con el hambre de un animal enjaulado. De pronto, su celular chilló con el tono de WhatsApp, en serio va a contestar. Yo estaba con el humor por los suelos por ese detalle. Lo que no sabía era…

—Oye, nena, ¿tienes bronca si viene un amigo? —soltó de pronto.

Mis ojos se abrieron como platos.

—Si no hay bronca… —insistió, mostrándome fotos del tipo.

No estaba mal, era fotogénico.

—The more, the merrier —dije. Al final del día, todos estamos solos.

Quince minutos después, entre nubes de humo y manos inquietas, llegó el amigo. Mi vecino bajó a abrirle. Yo me acomodé en la cama, posando para el jurado. Fumamos y nos besamos los tres. La última inhalación me hizo colapsar de placer sobre las sábanas. Estiré las piernas, ofreciendo el espectáculo de mi entrepierna a la cara del recién llegado. Sintió mi sexo, mi panochota gorda bajo la licra, ahí empezó el faje de verdad. Con una mano abrazaba al amigo; con la otra, le pajeaba la verga al vecino.

—Quítate las chichis, quiero lamerte los pezones —susurró el amigo.

Un escalofrío me atravesó la espina dorsal. Me quitó los leggings. Me dejó en tanga, despojada de las prótesis. Tiró la ropa al suelo como quien despoja a un santo de su altar y empezó a bajar. Me lamió con una lentitud desesperante. Sus labios recorrieron mis muslos, mi entrepierna, hasta llegar al monte de Venus. Me abrió las piernas para devorar mi clítoris de chica TV.

Me pierdo en el papel de mujer. Me cuesta tener una erección, pero no me importa una mierda: Soy pasiva, sin embargo, me gusta ver a los hombres ahí abajo entre mis piernas dándome sexo oral.

Mientras uno me chupaba, el vecino se arrodilló sobre mi cabeza. Su verga violaba mi boca, sus huevos golpeando mi mentón. Saqué un condón, lo abrí y se lo puse con la boca, lubricándolo con mi propia saliva, tratando de tragarlo entero. Estaba listo.

—Cambio —dijo el vecino.

Me puse una almohada bajo la cintura y levanté las piernas al cielo. Él entró. Lento. Una verga de unos 16 centímetros, cabezona y decidida. El amigo me sujetaba los tobillos, obligándome a ver cómo me clavaban.

—Papi, me estás montando como la perra que soy —le dije al oído cuando me puso en cuatro.

Luego, boca abajo, con las nalgas al aire y una almohada aguantando el peso de mi pecado. Él se acostó sobre mi espalda, besándome mientras se hundía en mi culo. Los gemidos eran lo único que llenaba la habitación.

—¿Te gusta que sea tu putita? —pregunté, buscando el insulto que te hace sentir viva:

– Putita,

– zorra

– perra

– maricón

– jotita

– depósito de semen

—Al final de todos sus insultos, me escupió en la boca. Deje de ser la dama para convertirme en una puta vulgar. Fue música para mis oídos.

Intercambiaron agujeros como niños que intercambian juguetes. La última estación fue sobre el amigo. Me monté en él, moviendo el culo al ritmo de sus espasmos mientras fumaba una última vez. Cuando él se vino, soltó un gemido que me rompió el alma. Yo también me descargué sobre su estómago.

El vecino todavía quería su parte. Me agarró de la cara. Le pedí que terminara sobre mis lentes, que dejara su rastro de semen sobre mi vista. Se la mamé hasta que el aviso llegó. Me eché hacia atrás y recibí la descarga. Un mapa de mecos calientes sobre mi piel. Fui al baño a limpiarme y a ponerme la bata de encaje. Al entrar al cuarto me acosté sobre la cama y así estuvimos no más de una hora.

Fue un buen domingo. Mañana el mundo seguirá siendo una mierda, pero hoy, al menos, hubo algo de ruido.

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