¿Dejamos que las inhibiciones controlen nuestras vidas sexuales o aprendemos a dejar fluir nuestros arrebatados deseos para disfrutar del placer de nuestros cuerpos?
Eso puede ocurrirnos en cualquier momento… pasemos a gozar …
—Puedes probártelo ahí.
Señaló el probador que estaba a un lado, que cubría una cortina de tonos morados plegada sobre sí misma bajo una barra de madera color roble.
—¿A qué hora cierran?
—Ah, no importa. —La mujer estaba arreglando unas prendas íntimas. El hombre, parecía su marido, fue a la trastienda.
Antes de quitarme la blusa me coloqué el sujetador sobre el pecho. Me gustaron las copas de rejilla y su tela casi transparente y fina de color rosa. Me quité la blusa y me deshice del sostén negro. Me lo ajusté y me miré detenidamente. Me giré a uno y otro lado y también eché un vistazo por la parte posterior. La cortina se entreabrió y la cabeza rubia de la mujer hizo aparición.
—Perfecto, lo ves —moví afirmativamente la cabeza—. A las chicas jóvenes os queda mejor que a las maduras…; bueno, en realidad os queda todo mejor. Os luce más…, y más con unos pechos como los tuyos—. Su mirada se fijó en mis senos.
Era una mujer corriente, de cabello rizado y rubio —seguramente teñido—, delgada, con los ojos, las mejillas y los labios pintados. Me recordaba a mi madre. Sus ojos verdes claro recorrieron mi pecho.
—Date la vuelta. —Sonreí y lo hice.— ¡Magnífico! Te queda muy bien —entró en el probador y poniendo las dos manos en mis hombros dejó que sus dedos resbalaran por mis brazos. Sus suaves dedos estaban calientes. Recompuso los tirantes y colocó sus manos en mi cintura, sin dejar de mirar mis tetas. —Los tienes muy lindos. Con este sostén te realza el busto. Además…, al ser un poco… atrevido tus bolitas pequeñas resultan más atractivas.
Yo bajé la mirada. Efectivamente, la tela transparente mostraba mis pezones de color miel, abultados y gruesos.
—¡Ojalá los míos fueran como los tuyos! —exclamó alegremente.
Se me antojó una escena extraña y casi chabacana. Sí, me dije, se parece a mamá; con sus mismos años y esa dulzura natural en la mirada y cuando sonríe.
—No todo es tamaño —aduje, porque sus senos eran abundantes.
—No…, no, decía los pezones. Los míos son invertidos, como los cráteres de la Luna —y rompió a reír—. No tienen ese color tan bonito de los tuyos— tocó el pezón derecho con la yema de los dedos. Me sobresalté al notar la presión y mis ojos se abrieron de par en par, pero no dije nada; de hecho tenía una sensación agradable y un cosquilleo en el estómago. Los dedos apretaron el pezón que se endureció inmediatamente: percibió claramente como crecía y sobresalía. Los dedos rotaron suavemente por él.
La otra mano agarró el otro seno y lo acarició—. Son muy bellas tus tetas —dijo casi en un susurro. Tragué la saliva que se había acumulado en mi boca. Se había desatado un deseo que nunca había tenido: ella, una mujer madura, parecida a mi madre…, pero me gustaba aquel remolino de sensaciones contrapuestas. Levantó los ojos de mis pechos y su mirada pareció preguntar—. Sí, me escuché decir casi mecánicamente. Ella apretó los dedos sobre ambos pezones tiesos, erectos y gruesos por el hervor interior.
—Espera —dijo. Y salió del probador. Fue hacia la puerta y cerró.
Regresó.
—Ya es la hora de cerrar —apagó las luces, dejando solamente la que conducía al interior de la tienda y la cenital del vestuario. Volvió a entrar y se sentó en un taburete de madera que había a un lado.— ¿Quieres que te lo desabroche…?
Ahora tenía la boca seca y un prurito sexual interior. Me di la vuelta. El cierre se abrió y mis tetas quedaron libres. La mujer llevó las manos por debajo de mis axilas y agarró las tetas. Sus dedos juguetearon con mis mamas y pellizcaron delicadamente mis pezones. No pude evitar que mi acelerada respiración se convirtiera en un jadeo consecutivo.
—¡Qué ricas tus tetitas! Date la vuelta, quiero verlas bien.
Me giré y me dejé llevar.
Me las sujeté y las elevé. Por abajo, dentro, notaba mojada mi vagina. Ella acarició delicadamente las esferas y las besó.
—Quiero hacerte el amor —dijo—: darte gusto.
Yo noté mis mejillas ardiendo.
—¿Te apetece tener un orgasmo?
Mis ojos debieron responder por mí, porque ella continuó:
—Me gusta la masturbación femenina…, hacerla, ya sabes…
Asentí con la cabeza y dije:
—Y a mí…, que me lo hagan. Pero una mujer… —trague saliva de nuevo—, nunca… —deje la frase a medias.
—¿Y otra cosa..?
—¿Qué otra cosa? —inquirí intrigada y con ganas de disfrutar lo que me prometía la mujer.
—Claudio… —la miré con sorpresa—. A mí pareja le gusta… mirar…
De golpe, la intensidad de mi deseo creció. Tener un orgasmo con una masturbación femenina, con una mujer desconocida y…, además exhibirme ante un hombre mientras me lo hacían. Se desató el torbellino de la lujuria y respondí:
—Un trío…, Joder… Pero él…, no…
—No, de eso nada. A él sólo le gusta mirar, ¿entiendes? A él no le gusta follar con mujeres; sólo ve como lo hago yo.
—¿Lo habéis hecho antes?
—Claro. Ya verás…, lo vas a pasar bien.
—Muy bien.
Salimos del probador y entramos a la trastienda. A un lado hacia un almacén y al otro una estancia iluminada y agradable, con algunos muebles y una mesa con dos sillas; junto a los muebles había otra puerta que debía dar a un aseo.
La mujer llamó a su pareja. El hombre, de tipo medio, de rasgos agradables y masculinos se presentó y se quedó mirando mis pechos desnudos.
—Desnúdate y luego túmbate —me dijo indicando la mesa.
El hombre retiró una silla y se sentó frente a nosotras. Yo estaba cachonda. Me quité los leggins y la braguita. Los dos observaron la escena atentamente.
—¡Qué peludito! ¡Me encanta tu conejito! —dijo ella, intercambiando miradas con su pareja. Yo tengo un color muy peludo y me gusta tocarlo y verlo.
Fui hacia la mesa. Ella me ayudó a subir y tumbarme. Se quitó la blusa y el sostén. Como dijo tenía unos pezones de un tono suavemente rosado y hundidos hacia dentro. Eran unas tetas hermosas y casi juveniles, agradables. Me besó en los labios, introduciendo su lengua en mi boca. Después se sentó en la otra silla y atrajo mis piernas hacia sí. Claudio se acercó y se sentó a un lado, para ser nuestro espectador. El flujo resbalaba por mi interior y lo notaba en los labios de la vagina. Me moría de ganas de correrme.
Ella me acarició la mata de vello y, seguidamente recorrió con la yema de su dedos la rajita entre los labios verticales… lo introdujo abriendo con la otra mano el agujero que estaba chorreando flujo.
—Te lo voy a comer todito. Me gusta su olor… Está empapadito…
Miré al hombre: no perdía detalle con sus ojos negros.
Su boca se pegó al coño y comenzó a chupar con fruición. Los sonoros chupetazos me producían un intenso placer. Lamió mi joyita tan delicadamente que no hubiera querido otra cosa hasta correrme, pero ella introdujo los cuatro dedos e hizo que se expandiera mi carne regada de néctar vaginal. Los dedos recorrían el pasillo resbaladizo, mientras ella aplicaba a mi clítoris su sabiduría mamatoria. Se notaba su experiencia. El cunnilingus más maravilloso que me habían hecho jamás. Junto ambas. Claudio parecía también muy excitado. Se había abierto el pantalón.
Vi como se toqueteaba sus bolas y un grueso falo erecto; lo hacía despacio, deleitándose viendo cómo su mujer me comía la almeja goteante, bebiendo mis jugos vaginales, sin perderse detalle cuando su lengua recorría cada milímetro de mis labios y se hundía en la caverna ardiente que reclamaba sus caricias, el serpenteo de la lengua por el clítoris hinchado, violáceo, que deseaba estallar en un galope violento chocando con aquellos labios sáficos de mujer madura y experta.
Ella metía su lengua en mi coño y ahora daba vueltas con los dedos a mi capullito. Él amasaba el glande colorado. Yo observaba su pajeo también experto, como entreabría el agujero del cipote tieso y vertical, trazaba círculos sobre la corona salida del glande. La cabeza de ella subía y bajaba mientras chupaba mi vulva. Su saliva resbalaba desde la entrada de mi chocho hasta el otro agujerito radial… Yo deseaba mas5; lo deseaba todo y ella lo sabía, como supo desde el principio que quería ser suya; que mis pezones se pusieron erectos al desear que los tocase, los oliscase, los besara y los chupara, igual que mi coño hambriento de placer.
Lo supo. Sí, y me abrí al máximo cuando su dedo acarició el borde prieto, las líneas perpendiculares de mi ojete mojado por la mezcla de saliva y mi propio flujo. El dedo escarbó sinuoso y suave, salió y entró antes de hundirse completamente con un movimiento en espiral dentro de mi ojito del culo. Lo sentía acariciando por dentro, besando a cada salida y entrada, combinado por el chupeteo de mi capullito…, sus dedos cepillando mi felpudito rizado y espeso.
Ya no pude más y empecé a gemir cuando noté que me llegaba el clímax y cuando me vine entre sus caricias y besos a mi almejita chorreante rugí de gusto. Me convulsioné una docena de veces y acodada en la mesa seguí contemplando a mi masturbadora con la falda subida, la braga echada a un lado y pajeándose enérgicamente… lo mismo que su hombre. La pija tiesa y su glande grueso, sus dedos apresando la tranca venosa, el brillo del mástil con la piel relampagueando y aquella abertura circular que aparecía y desaparecía entre sus dedos.
De repente ella sacó su dedo de mi dilatado agujero anal, dio un último beso a mi coñito y bajó la mirada a su propio coño, a su piel blanca y rasurada, a los labios colgantes, gruesos. Se abrió el cáliz y pude ver un gran fruto rizado y brillante. Sus dedos lo frotaban en rotaciones cada vez más veloces… Y pareció que más que un gemido fue un llanto contenido lo que brotó de su boca abierta cuando se corrió. En aquel momento preciso Claudio aulló y un torrente lácteo trazó un arco que cayó salpicando en parte el cabello de ella y unas gotas calientes me salpicaron el vientre. La cúspide de aquella polla grande expulsaba un torrente de esperma espeso, una y otra vez se vertía y resbalaba entre los dedos del hombre.
Ella se giró hacia el lado, donde Claudio continuaba con los labios convulsionantes y la verga entiendo un río de leche a sacudidas, se abocó al sexo y lamió el semen de los dedos de él para terminar metiéndose en la boca todo el pollón de su compañero. Sus mejillas reflejaban los movimientos de succión. Él se estremecía; había soltado la polla que estaba casi completamente dentro de la boca de ella. Segundos después, ella sacó la polla y mostró su lengua con una cala de esperma. Sin dejar de mirarle tragó sonoramente la cremosa muestra masculina y repasó con la punta de la lengua los labios carmesíes ya bastante despuntados.
Yo extenuada me dejé caer boca arriba. Ellos ya de pie me observaban tumbada, desnuda y satisfecha. La mujer se recolocó la braguita sobre toda la superficie de la vulva. Así, depilada completamente, con sus labios salidos y atractivos parecía un coño juvenil. Él se bajó los pantalones y se metió el falo, todavía empalmado y con una gotita como una pequeña cúpula translúcida en el grueso capullo. Yo bajé de la mesa notando como la humedad mojaba mi entre muslo, y me puse la braguita y el sostén.
—¿Ha sido placentero?
Asentí sonriendo. Ella se bajó la falda.
—Nosotros lo venimos haciendo desde tu edad —miró a su pareja—… más o menos. Aprendimos a dejar los prejuicios morales y a dejar que fluyesen nuestros instintos sin los límites que nos imbuyeron desde la infancia.
—La experiencia —respondí con franqueza— ha sido genial, formidable, y quiero repetirla.
—Háblalo con tu pareja —intervino Claudio.
—¿Francisco?… No, él no sale del coito en la postura del misionero; incluso dudo que tenga fantasías sexuales.
—Podemos quedar los tres, cuando te parezca.
Entonces me acordé:
—Dentro de dos semanas Paco se va con su grupo ciclista al sur… ¿podemos vernos en mi casa?
Ella sonrió, abrazó a su hombre y dijo:
—Con la condición de que la próxima invirtamos los papeles.
Terminé de vestirme y cuando salimos del cuarto les dije:
—Lo iba a proponer yo…, porque me quedé con las ganas.
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