El reloj marcaba las once cuando Carla firmó el último parte médico. El hospital, a esa hora, parecía suspendido en una calma artificial, jodidamente excitante, como si contuviera la respiración. Tres semanas llevaba en el turno nocturno. Tres semanas sin coincidir con Marcos más que en silencios y puertas cerrándose. Él salía a las siete. Ella regresaba a las ocho. Y cuando por fin compartían cama, la distancia era peor que la ausencia: Marcos la tocaba como quien cumple una obligación, verga chiquita y floja entrando y saliendo como un pistón defectuoso en menos de tres minutos. Después, el beso distraído en la frente, la frase vacía—”Te quiero, mi amor”—y la espalda dándole la espalda.
Carla se quedaba mirando el techo, con el coño palpitante, mojado y vacío, sintiéndose como una puta insatisfecha que solo sirve para pajear a un inútil. Necesitaba una verga de verdad, una que la partiera en dos.
Fue entonces cuando notó a Ramón.
El nuevo vigilante tenía cincuenta y cinco años, canoso, hombros anchos como un toro, y entre las enfermeras corría el rumor: era un exhibicionista de campeonato, de esos machos veteranos que saben lo que traen en los pantalones.
La primera vez fue en la cafetería, cerca de las tres de la mañana. Carla sostenía su café, muerta de sueño. Él entró sin prisa, y al pasar junto a su mesa, la miró con una evaluación deliberada: recorrió sus tetas, la cintura, los muslos. Al inclinarse para dejar su termo, la chaqueta se abrió y ahí estaba: un bulto monstruoso marcándose en el pantalón, semiempalmado.
Carla sintió que se ruborizaba violentamente. Qué imbécil, pensó, indignada. Qué manera más burda de… Pero el aire se volvió denso, y sintió los pezones endurecerse contra su voluntad, una traición corporal que la enfureció más.
—Noche tranquila, enfermera —gruñó él, con voz de tabaco.
Carla asintió, mirando al frente, negándose a darle la satisfacción de su vergüenza.
—Por ahora.
Ramón sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—Eso es bueno. Aunque aquí la calma es una puta trampa. Da tiempo de sobra para imaginarte chupándomela hasta que te ahogues.
Carla sintió que el café se le atragantaba. Abrió los ojos, incrédula. ¿Acaba de decirme…? Un calor furioso subió a sus mejillas. Debería haberle arrojado el líquido a la cara, debería haberlo denunciado con la supervisora. Pero se quedó quieta, paralizada, sintiendo cómo se le mojaba la tanguita a pesar suyo, a pesar del insulto, a pesar de que la parte racional de su cerebro gritaba cabrón misógino mientras su sexo palpitaba en silencio.
En los días siguientes, lo buscó para odiarlo. Lo espiaba por las ventanas con la excusa de vigilarlo, de confirmar que era un cerdo. Pero sus rondas coincidían con sus pausas, y cuando la miraba, ella bajaba los ojos sintiéndose expuesta, avergonzada de que él supiera que se había quedado con las palabras en la cabeza toda la noche.
La segunda vez fue en Traumatología. Carla llevaba una bandeja con medicamentos. Él venía en dirección contraria y no se apartó. Se plantó ahí, obligándola a parar.
—Carla, ¿verdad? —dijo, sabiendo perfectamente quién era.
—Sí —susurró ella, con la bandeja temblando.
—Ramón. Un placer formal. Dicen que eres de las que curan con las manos… y con más.
Su mirada bajó descaradamente al escote. Carla apretó los dientes. Qué ordinario, pensó, furiosa. Pero esa misma furia se confundió con calor cuando recordó la llamada frustrada con Marcos de hacía una hora: “Estoy cansado, mañana follamos”. La indignación se torció en algo amargo y húmedo entre sus piernas.
—Tengo que seguir —dijo, intentando sonar severa, pero salió como un gemido.
—Claro, putita —respondió él, y al pasar, su mano rozó la de ella.
El contacto fue eléctrico. Carla se apartó como si la quemara, sintiendo el insulto “putita” grabado en la piel. Caminó deprisa hacia la enfermería, con el corazón desbocado, indignada consigo misma. ¿Por qué no lo he mandado a la mierda? Se encerró en el baño, temblando, y al bajarse las bragas para orinar, las encontró empapadas. Se miró en el espejo: las mejillas encendidas, los ojos brillantes de una vergüenza que la excitaba más que cualquier tacto de Marcos.
Una madrugada muerta como la polla de su esposo, bajó a la sala de descanso del sótano. Necesitaba alejarse del ruido de sus propios pensamientos. Se tiró en el sofá gastado, sacó el móvil: foto con Marcos en la playa. Lo amo, pensó, culpable. Es bueno conmigo. Pero la imagen no lograba borrar la crudeza de Ramón, esas palabras que la hacían sentir barata y, paradójicamente, deseada por primera vez en años.
Un crujido. Ramón en la puerta, apoyado, sonriendo como un depredador.
—Pensé que era un ladrón. Pero solo la enfermera más puta del turno, escondida para pajearse.
Carla se incorporó, indignada, con el rostro ardiendo.
—No me escondo. Descanso —replicó, pero su voz salió temblorosa, sin autoridad.
Él se sentó frente a ella, piernas abiertas, la mirada recorriéndola como si ya la tuviera desnuda.
—Claro. Pero el verdadero descanso es correrte como una cerda. ¿Tu cornudo no te da ni eso?
—Mi marido no es asunto suyo —espetó ella, con un destello de ira genuina que la sorprendió a sí misma—. Y no me hable así. No soy una…
—¿Una qué? —la interrumpió, sorbiendo café—. ¿Una puta? Pero si llevas tres semanas mojándote cada vez que paso. Tu maridito debe ser un flojo de cojones. Dejar suelta a una hembra como tú, con el coño pidiendo verga a gritos por las noches.
Carla sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas de humillación. Cruzó las piernas con fuerza, sintiéndose expuesta, vulnerable, barata. Es un cerdo, pensó, furiosa. Un machista de mierda. Pero al mismo tiempo, la crudeza de sus palabras —coño pidiendo verga— golpeaba directamente en su frustración, dándole nombre a lo que ella no se atrevía a admitir. Apretó los muslos, no solo para ocultar la humedad, sino para contener el dolor de la excitación que la estaba traicionando.
—Confía en mí —dijo, pero sonó a súplica.
—No es confianza. Es estupidez —soltó él, acercándose más—. Yo no dormiría pensando en cómo te follaría aquí mismo, hasta que grites mi nombre.
—No es profesional —balbuceó ella, pero sus ojos bajaron traicioneramente a su entrepierna: la polla estaba dura, marcando un tubo enorme, obsceno.
—Profesional una mierda. Son las cuatro, en el sótano. Aquí solo queda tu coño chorreando y mi verga queriendo partirte.
—Tengo que irme —dijo, saltando, pero Ramón la agarró del brazo. No fuerte, pero firme.
—Oportunidades como esta no vuelven, zorra. Y tu puerta está abierta de noche.
Carla corrió al pasillo, jadeando, con los ojos llorosos de rabia y vergüenza. Se apoyó en la pared, tocándose las bragas: empapadas, el coño ardiendo. ¿Qué me pasa? se preguntó, horrorizada y excitada a partes iguales. Soy una enfermera, una mujer casada, no una… Pero la palabra zorra resonaba en su cabeza con una carga erótica que no podía negar.
Una hora después, bajó “casualmente” al sótano. No sabía por qué. O sí lo sabía, y eso la avergonzaba más. Él ya estaba ahí, pantalón desabrochado, verga en mano: un monstruo de 22 cm, grueso, venoso.
—Sabía que volverías, putita —gruñó.
Carla se quedó en la puerta, paralizada. Quería salir corriendo. Quería que la respetara. Pero sus piernas no obedecieron. Cayó de rodillas, no con entusiasmo, sino con una especie de rendición aturdida, como si observara a otra mujer desde fuera. Abrió la boca y la devoró, saboreando el presemen salado, mientras Ramón la agarraba del pelo.
—¡Chupa, zorra! Mira cómo te la trago hasta las anginas.
Ella tosió, babeó, y por un instante quiso morderlo, quiero golpearlo por hablarle así, por reducirla a eso. Pero en lugar de eso, gimió alrededor de su polla, avergonzada de lo bien que le sentía ser usada así, sin contemplaciones.
La levantó, rasgó su uniforme. Tetas grandes, pezones oscuros duros.
—Mira este chochito traidor, mojado por un viejo —gruñó, metiéndole dos dedos, luego tres.
Carla arqueó la espalda, llorando de vergüenza y placer.
—¡Aaaahhh, Ramón, me corro! —gritó, y el orgasmo la tomó con la fuerza de una confesión forzada.
La puso en el sofá, en cuatro. Le abrió el culo.
—¡Joder, qué apretada estás, puta! Tu maridito no te estira ni la mitad.
Carla escondió el rostro en el cojín, humillada por la comparación, excitada por la crudeza. Quería que se callara, quería que no parara de hablar así.
—¡Fóllame más duro, cabrón! —gritó, y se sorprendió a sí misma usando esa palabra, rompiendo su propia compostura—. ¡Rompe mi coño de cornuda!
La giró, misionero. Piernas en hombros, verga hurgando el útero.
—¡Me vengo, me vengo en tu pollón! —chilló, sin control, sin dignidad.
Ramón rugió:
—¡Toma mi leche, puta! Lléname el coño para tu marido.
Cuando los chorros calientes inundaron su interior, Carla se sintió llena y vacía a la vez, usada y completa. Se derrumbaron, sudados. Ella miró el techo, con el coño palpitante, rebosando semen, y por primera vez en años, sintió que alguien la había visto realmente, aunque fuera para degradarla. Y en esa degradación, extrañamente, había encontrado una especie de terrible reconocimiento.
Ramón la miró, sin ternura, pero con posesión total.
—Mañana mismo, putita —dijo, ajustándose el pantalón.
Carla no respondió. Se quedó en el sofá, con las piernas abiertas, sintiendo cómo la leche salía de ella, avergonzada de sí misma, avergonzada de que ya estuviera contando las horas para la siguiente ronda.
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Muy excitante como Carla consiguió lo que necesitaba!!!