Enrique, mi papá (1)

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1840
T. Lectura: 6 min.

Tengo treinta años y me llamo Cynthia. Tengo la piel muy blanca, de esas que se marcan con el roce de una sábana o con una mano apurada; mi pelo es negro y lacio, los ojos claros, y mido alrededor de un metro setenta. Nunca fui de gimnasio ni de esa disciplina que deja el cuerpo dibujado. Estoy en mi peso, con las tetas grandes y pesadas, los pezones muy claritos, y un culo redondeado que se nota cuando camino o cuando me agacho a recoger algo, sin ser de revista ni de quien se opera: el de una mujer que se sienta bien la ropa y que, si se la sacan, se entiende por qué alguien se queda mirando un segundo de más. Me depilo toda, siempre.

Mi padre se llama Enrique y tiene cuarenta y nueve. Mide casi un metro noventa, es muy grande, musculoso, y los tatuajes le cubren los brazos, el pecho y parte del cuello. Su pelo es castaño claro y corto. No aparenta la edad. Se separó de mi madre cuando yo era un bebé ya que medio que los habían obligado a casarse y apenas ambos habían terminado el colegio cuando yo nací. Ambos se volvieron a casar y tengo 5 medios hermanos y hermanas. Mi papá tuvo tres hijos varones, Julián, Ezequiel y Tomás, ahora adolescentes. También se separó de esa mujer y hace años vive solo. Dice que nunca más se va a volver a casar, y le creo. Le va bien económicamente; siempre le fue bien.

Hace meses que volvimos a cruzar un límite. Fue en mi cumpleaños de treinta. De eso no voy a hablar ahora.

Antes de esa noche pasaron casi ocho años de silencio. Una sola vez. Después nada. Ni una palabra, ni un mensaje fuera de lugar, ni una mirada que se alargara demasiado en una cena. Como si los dos hubiéramos acordado tapar el agujero y seguir.

Esa primera vez yo tenía veintidós.

Era una noche de noviembre en Buenos Aires, de esas en las que el calor no se va ni a la una de la mañana y el aire de la calle huele a humedad y a escape. Salí con dos amigas a un boliche de Palermo. Yo tenía novio: Matías, casi un año encima. Lo vi en la barra con una chica de vestido corto y no fue un roce disimulable. Le estaba comiendo la boca, con la mano en el culo y esa cara que yo le conocía de cuando se la pasaba metiéndomela a mí. Me quedé quieta un segundo que se me hizo largo y después pedí un gin. Pedí otro. Y otro. Nunca me animé a encararlo y decirle algo.

Mis amigas quisieron llevarme a casa y les dije que sí, que ya estaba. Mentira. Tomé un taxi y le di la dirección de Belgrano. No fui porque no tuviera otro lado adonde caer. La excusa que me di a mí misma es que fui porque era más cerca, pero en realidad fui porque quería ir a lo de él. Él me escuchaba como nadie, siempre.

Enrique ya vivía solo. Ya se había separado de la madre de los pibes. Abrió en bóxer y en cuero, con el pelo revuelto y esa cara de quien no espera visitas a esa hora.

—Cyn. ¿Qué hacés acá?

—Dejame entrar.

Entré y él cerró. El olor a alcohol le debe haber llegado de lejos.

—Estás en pedo.

—Vi a Matías con otra.

No me abrazó ni se puso en padre consuelo. Fue a la cocina, volvió con un vaso de agua y me lo dejó adelante, en la mesa baja, como si con eso pudiera ordenar la noche.

—Tomá eso y te llamo un remis.

—No quiero irme.

No me levanté. Me quedé mirándolo con el vaso sin tocar y, por primera vez en la noche, el gin dejó de taparme lo que yo venía arrastrando hace tiempo. No era que se me hubiera ocurrido de golpe coger con mi padre porque Matías me había cagado: eso venía de antes, de a poco, de una forma que no me animaba a nombrar ni cuando me tocaba sola. Empezó cuando él se separó de la segunda mujer y yo empecé a verlo distinto, solo, más suelto, con esa facilidad para estar en su casa como si no le pesara nada.

En una cena me fijé en cómo le quedaba la remera en los hombros; en un cumpleaños de uno de mis hermanos, en cómo se reía y se le marcaba la mandíbula; después fueron detalles peores, el olor inconfundible a Sauvage cuando me saludaba, la forma en que se pasaba la mano por el pelo, una vez que salió de la ducha con una toalla y yo desvié la vista tarde. Me dije que era una boludez, que el cerebro mezcla cualquier cosa, que era mi viejo. Pero los tipos con los que me acostaba —Matías incluido— me quedaban chicos al lado de esa imagen, y esa noche, con la bronca y el alcohol, ya no tuve cómo seguir fingiendo que había ido a Belgrano solo a que me consolaran.

Se sentó en el otro extremo del sillón, dejando un espacio que era una respuesta.

—Mañana hablamos. Ahora andate a dormir. Tenés tres habitaciones para elegir.

—No.

Me miró con esa mezcla de cansancio y alarma que le conozco.

—Dale Cynthia, no podés ni hablar del pedo que tenés.

Me levanté y me le acerqué. Él, que hasta ese momento había mantenido la distancia como si el sillón pudiera salvarlo, no tuvo más remedio que recibirme: me abrazó, primero con esa torpeza de consuelo, una mano en la espalda y la cara contra mi pelo, oliéndome el gin y el perfume. Yo me quedé quieta un segundo en ese abrazo que podía haber sido inocente y después le pasé la mano por el pecho, despacio, bajando por la remera hasta el elástico del bóxer, rozándole la pija por encima de la tela, semi dura, haciéndome la que buscaba calor cuando en realidad lo estaba tocando como no se toca a un padre.

—Hace rato que vengo con esto en la cabeza. No es solo Matías. El gin me dio para venir, nada más.

—No —dijo él, seco—. Ni se te ocurra.

—Ya se me ocurrió.

—Sos mi hija. Estás dada vuelta. Esto no.

Se levantó y se fue hasta la ventana, como si el living se le hubiera quedado chico de golpe.

—Tenés dos opciones, o te pedís un auto o te acostás a dormir acá. Mañana hablamos tranqui.

Me saqué la remera y la dejé en el piso. No tenía corpiño puesto. Las tetas me quedaron libres y pesadas, y los pezones se me habían puesto duros. Él se dio vuelta, me vio y le cambió la cara.

—Cynthia, te lo pido. Andate.

—Si querés echarme, echame.

Di un paso y después otro. Le puse una mano en el pecho, y él me agarró la muñeca con una fuerza que no era caricia.

—No jodas.

—No estoy jodiendo.

Me le planté cerca. Como es alto tuve que levantar la cara. Le sentía el calor del cuerpo y el olor a jabón de alguien que vive solo. En el boxer se le estaba marcando la pija y él todavía me decía que no con la boca.

Lo besé.

La boca se le quedó dura un segundo y yo insistí, con la lengua, hasta que me agarró la nuca y me besó de verdad, con bronca, apretándome contra la pared del pasillo. Le metí la mano adentro del bóxer. La pija era enorme, gruesa, caliente, ya dura del todo, y se me fue un calor sucio desde la panza hasta entre las piernas.

—Esto está mal —dijo contra mi boca, sin soltarme.

—Ya sé. Cogeme igual.

Me llevó al cuarto a los tirones y me tiró en la cama. Se quedó mirándome dos segundos. El pecho ancho, tatuado. Se bajó los boxers de una y la pija le saltó pesada, gruesa, con la cabeza ancha y brillante. Me bajó el jean y la bombacha, otra vez se quedó mirándome. Detuvo su mirada en mi concha y después me abrió las piernas de un manotazo.

Se arrodilló en el suelo y comenzó a lamerme la vulva. A los diez segundos ya me la estaba comiendo entera. Me la chupó frenéticamente mientras me metía los dedos.

Al rato se levantó, se acomodó, apoyó la cabeza contra la entrada y empujó de una.

Me partió. Era demasiado gruesa y me estiró de un golpe. Grité y él no se detuvo. Me la enterró hasta el fondo y empezó a cogerme fuerte, hondo, con las caderas golpeándome y el colchón corriéndose bajo nosotros. Yo me agarraba de las sábanas y él me las sacaba de las manos para juntarme las muñecas arriba de la cabeza.

—La buscaste —gruñó, embistiéndome.

—Sí. Más fuerte.

Me la sacó, me dio vuelta de un tirón y me puso de rodillas, con la cara contra el colchón y el culo arriba. Me abrió los cachetes y me la clavó de nuevo, más hondo todavía. Me agarró el pelo negro y me levantó la cabeza.

—Quiero escucharte.

Me cogió así, sin fineza, a lo bestia: embestidas largas y después cortas y brutales, los huevos golpeándome, el sonido de la concha mojada llenando el cuarto. Yo gritaba. Me daba contra el culo con la pelvis, me soltaba el pelo para agarrarme las tetas y apretármelas mientras me la enterraba toda, y cada tanto me daba una palmada en un cachete como para marcarme el ritmo.

Me dio vuelta otra vez, me puso de espaldas, me abrió las piernas hasta casi partírmelas y se me tiró encima. Me la metió de un empujón y me miraba a la cara mientras me la rompía. Yo le clavaba las uñas en los tatuajes de los hombros.

—Decime que sos una puta.

—Soy una puta. Soy tu puta. No pares.

De repente la sacó, se arrodilló sobre mi pecho con la pija chorreando, roja, enorme, y me la puso en la cara.

—Abrí.

Abrí la boca y me la metió. Me cogió la boca corto y fuerte, sujetándome el pelo, hasta que se me llenaron los ojos y se me corrió la baba por la comisura. La sacó, se pajeó unos segundos encima de mi cara y se acabó.

Me llenó. Chorros calientes en la boca, en la mejilla, en el pelo, en una teta. Cerré los ojos y tragué lo que me cayó adentro. El resto me quedó espeso en la piel.

Él se quedó un segundo arriba mío, jadeando, con la pija todavía palpitando, y después se corrió a un costado. No me tocó. No me limpió.

Yo me quedé tirada, con la cara llena, las piernas abiertas y el cuerpo golpeado.

Nadie dijo que mañana hablábamos. Nadie dijo que no podía volver a pasar.

A la mañana me vestí mientras él estaba en la ducha y salí sin saludar.

Después, nada.

Ocho años. Ni un comentario. Ni una mirada que durara de más. Yo terminé la facultad, tuve varios trabajos, algún novio y me acosté con otros. Él siguió solo en Belgrano. Esa noche quedó guardada como una cosa que los dos sabíamos y los dos tapamos.

Hasta hace unos meses. Mi cumpleaños de treinta.

Eso viene después.

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