Enrique, mi papá (2)

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Hace cinco meses, un viernes, cumplí treinta en mi departamento de Villa Crespo. No fue una fiesta: fue una cena. Estaban mi madre con su marido, y mis cinco medio hermanos y hermanas. La mesa larga, copas, alguna risa forzada, el living demasiado iluminado para lo que yo sentía. Enrique, mi viejo, no llegó. Mandó un mensaje a las diez y pico diciendo que se atrasaba. A las doce y media la cena ya era un resto de platos y gente buscando tapados. Se fueron todos. Quedé yo sola, con la torta a medio cortar y el celular boca abajo.

Pasada la una tocó el timbre.

Abrí. Enrique estaba en la puerta con saco, el pelo impecable y esa cara de “perdón que llegué tarde” que a los cuarenta y nueve todavía le funciona. Me besó en la mejilla. Ahí lo sentí. No era after shave. Era perfume de mujer. Dulce, barato o caro, daba igual: no era el de él.

—Se me hizo tarde en una reunión de trabajo —dijo, entrando.

Cerré la puerta y no me moví del umbral.

—¿Reunión de trabajo a la una de la mañana, oliendo a otra?

Se le cayó un segundo la pose. Dejó las llaves en la mesada y se pasó una mano por la cara.

—Cyn…

—Te esperé toda la noche. Estuvo mamá. Estuvieron los pibes. Estuve yo soplando las velas como una pelotuda, mirando la silla vacía.

—Me atrasé. Perdón.

—No me vengas con la reunión. Te huele el cuello.

Me miró. No negó. Tampoco inventó un nombre.

—Me descuidé. Perdón, de verdad.

La bronca me subía por el pecho mezclada con otra cosa que yo no quería nombrar todavía. Ocho años sin hablar de aquella noche y ahora lo tenía en mi living, tarde, oliendo a una mina, pidiéndome disculpas como si el único problema fuera el horario.

—Te perdono por una sola razón —dije, y la voz me salió más baja—. Porque aquella vez, cuando Matías me cagó, fuiste el único que me bancó. El único que me abrió la puerta a la una y media y no me mandó a dormir el asunto.

Se le quedó la cara quieta. Fue la primera vez, en casi ocho años, que alguien ponía esa noche encima de la mesa. No dije cómo terminó. No hizo falta. Los dos sabíamos qué había pasado después del vaso de agua y del abrazo.

Él asintió, apenas.

—Nunca hablamos de eso.

—Y no hace falta que hablemos ahora.

Sacó una caja chica del bolsillo interior del saco y me la tendió. Cartier. Un reloj. Lindo, caro, exacto, de esos regalos que hace alguien que tiene plata y que quiere acertar sin meterse demasiado.

—Feliz cumpleaños.

Me lo puse. El metal me quedó frío en la muñeca. Lo miré un segundo y después lo miré a él.

—Yo también tengo algo para vos. Esperame acá.

Fui al cuarto y cerré la puerta. Me saqué el vestido, el corpiño, la bombacha. Me quedé desnuda, con el reloj nuevo en la muñeca y el pelo suelto. Me miré un segundo en el espejo del placard: las tetas pesadas, los pezones claritos, el culo que se me marca cuando camino descalza, la concha lisa. No era un disfraz. Era lo que yo le debía a esa noche de otoño y a estos ocho años de no decir nada.

Salí.

Enrique estaba de pie junto al sillón, con el saco todavía puesto. Me vio y se le fue el aire. No dijo mi nombre. No dijo que no. Me quedó mirando como si el living se le hubiera achicado de golpe.

Caminé hasta él y me arrodillé en la alfombra. Le desabroché el pantalón, le bajé el cierre y le saqué la pija por encima del bóxer. Ya estaba creciendo. La tenía igual que aquella vez: enorme, gruesa, pesada. La agarré con las dos manos y me la metí en la boca.

Él soltó un ruido bajo y me agarró el pelo. Yo chupé despacio primero, salivando, bajando todo lo que pude, mirándolo para arriba. El gusto era el de él, limpio, con ese fondo de piel que yo tenía guardado desde los veintidós. Le bajé el pantalón un poco más y le lamí los huevos, le volví a tomar la cabeza, le dejé baba hasta la base. Él ya no olía tanto a la otra. O yo ya no quería olerla.

Se sacó el saco, la camisa, todo. Quedó desnudo en mi living, tatuado, duro, con la pija brillante de mi saliva. Me levantó de los hombros y me tiró en el sillón. Me abrió las piernas. Se acomodó y me la metió de una.

Gemí. Aunque el cuerpo se acordaba, la entrada me volvió a abrir de más. Él se quedó hondo un segundo, la frente contra la mía, y después empezó a cogerme fuerte, profundo, el sillón crujiendo, las tetas sacudiéndoseme a cada embestida. Me agarró las caderas. Me las apretó. Me miraba a la cara como si todavía estuviera decidiendo si esto era un error o la única forma de terminar el cumpleaños.

—Más —le dije—. No me cuides.

No me cuidó. Me la sacó, me dio vuelta y me puso a horcajadas al revés, con el pecho contra el respaldo y el culo hacia él. Me la clavó de nuevo y me cogió así, seco, con una mano en la cintura y la otra recorriéndome el culo, apretándome un cachete, abriéndome para verla entrar. Yo gemía contra el almohadón. El departamento estaba en silencio. Afuera, Villa Crespo a la una y pico. Adentro, el sonido de su pija mojada y de mi voz que ya no disimulaba.

Me dio vuelta otra vez. Me sentó sobre él. Me bajé hasta el fondo y empecé a moverme, las tetas contra su cara. Me chupó los pezones hasta dejarlos duros. Yo le hablaba al oído, sucio, concreto, sin adornos, pidiéndole que me la diera toda.

—Acabame adentro —le dije—. Quiero que me la dejes adentro.

Se tensó. Me agarró el culo con las dos manos y empujó hacia arriba, una, dos, tres veces, hasta clavárseme hondo y empezar a eyacular. Lo sentí latir. Los chorros calientes, uno atrás del otro, llenándome. Yo me apreté contra él y acabé también, con la cara hundida en su cuello, el reloj Cartier golpeándole contra la espalda.

Nos quedamos así un rato, él todavía adentro, mis fluidos y los de él mezclándose cuando se movía un milímetro. Cuando la sacó, se me escapó un hilo espeso por el muslo y cayó en el sillón. Él lo miró. Yo también.

No dijimos que esto no podía volver a pasar. No dijimos que era el gin, ni el cumpleaños, ni el perfume de la otra. Él me acarició el pelo negro, lento, y yo apoyé la frente en su pecho tatuado, escuchándole el corazón.

Afuera se había hecho más tarde. Adentro, por primera vez en ocho años, la noche de noviembre tenía una continuación.

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