Paola, mi madre, cumplía cincuenta y mi viejo, que para estas cosas nunca se queda corto, pagó unas vacaciones en Búzios para todos. No era un gesto inocente ni un gesto sucio: era él haciendo lo que sabe hacer cuando quiere quedar bien y, al mismo tiempo, meterse en el medio sin que se note.
Viajamos él, yo, mamá, Fernando —el marido de ella, con el que Enrique se lleva bien desde hace años; juegan al fútbol los sábados y se tutean como si el lío de las familias ensambladas fuera un trámite— y las dos hijas de ese matrimonio, mis hermanitas: Ámbar, de diecinueve, y Cecilia, de dieciséis. Hotel frente al agua, habitaciones en el mismo piso, desayuno buffet y una pileta que a la mañana temprano estaba vacía. Desde el cumpleaños, lo de mi papá y yo había quedado abierto. No habíamos vuelto a nombrarlo. Tampoco habíamos hecho como si no existiera. En el avión me tocó el asiento al lado de Ámbar. Él iba adelante, con Fernando, hablando de un fútbol, para variar. Cada tanto se daba vuelta y me buscaba con los ojos. Nada más.
En Búzios se portó. Por respeto a la pareja, decía él, y era verdad a su manera: él hacía la suya. Se iba a caminar y a trotar. A veces desaparecía hasta la madrugada, recorría el centro solo para comprar recuerditos del lugar. Desayunábamos todos juntos, eso sí. A la tarde, playa. A la noche, restaurante. Yo lo miraba tomar cerveza con Fernando y pensaba en el sillón de Villa Crespo, en el Cartier, en cómo me había llenado y se había ido antes del amanecer. El cuerpo no olvida, aunque la familia esté en la mesa de al lado.
El tercer día armaron salida a una playa medio lejana al hotel. Sombrillas, cooler, el plan de quedarse hasta el atardecer. Enrique dijo que se quedaba en la pileta.
—Me duele la cabeza y la pileta está en sombra a esta hora. Vayan. Yo los alcanzo después.
Fernando le golpeó el hombro.
—Dejate de joder, viejo. Te vas a perder el agua.
—Después voy.
Mamá no insistió. Ámbar ya tenía el mate armado. Cecilia preguntó si había wifi en la playa y se rieron. Yo dije que me estaba por cortar el período y que prefería quedarme un rato, que los alcanzaba. Nadie hizo drama. En vacaciones una excusa mediocre alcanza.
Los vi bajar por el hall con toallas y lentes. Cuando se cerró el ascensor, el piso quedó en silencio. Fui hasta la pileta.
Enrique estaba tirado en una reposera, torso desnudo, tomando un sol que no necesitaba porque ya tenía un buen colorcito. Los tatuajes que lo hacían ver como un rockstar de los 90, una cerveza sudada en la mano. No aparentaba cuarenta y nueve ni a palos. Me vio y no sonrió. Solo bajó los lentes un segundo.
—¿No ibas?
—Se me ocurrió que no.
—Cyn.
—Están en la playa. Tardan.
Se pasó la lengua por el diente de adelante, esa manía que le conozco, y se levantó. Agarró la toalla y la cerveza.
—No acá.
Subimos. Su habitación daba al jardín interno, no al corredor principal. Cerró con seguro. Dejó la botella en la mesa. El aire acondicionado tiraba frío y olía a protector y a Sauvage.
—Si alguien vuelve…
—No van a volver ahora.
Me besó contra la puerta. No fue el beso del cumpleaños, con bronca y perfume ajeno: fue uno más sucio y más seguro, de quien ya sabe que la otra abre la boca. Le saqué la toalla. El slip de baño se le marcaba entero. Yo iba con un vestido corto encima de la malla; él me lo subió de una y me bajó la parte de abajo. Me dio vuelta, me apoyó las manos en la madera y me metió dos dedos, rápido, comprobando. Estaba mojada desde el ascensor.
—Hace días que te veo en la mesa y no puedo hacer nada —dijo contra mi cuello.
—Entonces hacelo ahora.
Me llevó a la cama, la colcha beige, las toallas del hotel todavía dobladas. Se sacó el slip. La pija le saltó pesada, gruesa, ya dura. Me abrió las piernas y me la comió un rato, corto, con hambre, la lengua ancha, hasta que se me arqueó la espalda y tuve que taparme la boca con el antebrazo. Se subió arriba mío. Me la metió de una.
Gemí contra su hombro. En un hotel lleno de tu familia el sonido se vuelve otra cosa. Él me tapó la boca con la mano y me cogió fuerte, hondo, las caderas secas, el colchón quejándose lo justo. Yo le clavé las uñas en la espalda. Cada embestida me sacudía las tetas. Mis pezones se le pegaban a su pecho.
Me dio vuelta. Me puso de rodillas, la cara contra la almohada, el culo arriba. Me abrió los cachetes y me la clavó de nuevo, más hondo. Una mano en la cintura, la otra en el pelo negro. Me cogió así, sin fineza, como en noviembre, como en el sillón, con esa forma de usar todo el cuerpo. Yo gemía contra la tela. El aire acondicionado no tapaba el ruido de la piel.
—Más —le pedí, la voz rota—. Voy a acabar.
Me alcanzó el clítoris con los dedos y no aflojó el ritmo. Acabé apretándolo, temblando, con los ojos cerrados y la boca abierta contra la almohada. Él no paró. Me dio vuelta otra vez, me abrió las piernas y me miró a la cara mientras me la enterraba toda.
—Terminá adentro.
Se tensó. Se clavó hasta el fondo y acabó con un gruñido bajo, los chorros calientes llenándome, una mano apretándome el muslo. Yo lo sentí latir y me quedé quieta, con él arriba, el techo blanco del hotel, el ruido lejano de alguien riendo en la pileta.
Cuando la sacó, el semen se me resbaló. Él lo miró un segundo, como siempre. Después se tiró al lado, jadeando, y se pasó una mano por la cara.
—Tenés que ir a la playa —dijo.
—En un rato.
Me levanté. Fui al baño, me duché, me puse la malla, el vestido, el pelo recogido como si no hubiera pasado nada. En el espejo tenía la boca hinchada y una marca en el hombro que el protector no iba a tapar del todo. Me lo acomodé la tira.
Enrique se había puesto el slip y estaba en la ventana, mirando el jardín.
—Si preguntan, me dolía la cabeza a mí también —dije.
Se rio por lo bajo, sin gracia.
—No preguntes.
Bajé. Agarré una toalla limpia en el lobby y salí al sol. El camino a la playa me quemaba las piernas. Los encontré donde dijeron: mamá leyendo, Fernando en el agua, Ámbar sacando fotos, Cecilia con los auriculares. Me tiré en la lona. El semen todavía se me sentía, caliente, entre las piernas, y el mar estaba ahí, enorme, como si Búzios no se hubiera enterado de nada.
Un rato después apareció Enrique, con la cerveza y los lentes, y se sentó del otro lado del grupo, lejos de mí, charlando con Fernando de cualquier boludez. Nadie miró de más. Yo me puse de panza, escondí la cara en el antebrazo y sonreí contra la toalla, donde no me veía nadie.
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