Enrique, mi papá (7)

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T. Lectura: 4 min.

Pasaron unas semanas de Búzios. Buenos Aires se traga las vacaciones rápido: el laburo, mis hermanos de un lado y del otro, los asados del domingo, Ámbar que seguía riendo un segundo más tarde. Yo miraba. No armé escena. Me acosté con él dos veces más en Belgrano y las dos acabé pensando en el regazo de la pileta y en el juramento de que no había pasado nada.

El sábado fui a lo de mamá a dejarle unos papeles. Ámbar estaba en el living, el pelo mojado, el celular boca arriba en la mesa. Se levantó a buscar agua. La pantalla se iluminó.

Enrique: esta noche estoy al pedo. ¿Querés que nos veamos?

Cuando volvió la enfrenté en el pasillo, contra la puerta de su cuarto, la voz baja para que Paola no saliera de la cocina.

—¿Cuántas veces?

Se le puso la cara blanca. Intentó reírse. No le salió.

—Cuantas veces ¿qué?

—No me boludees. Vi el mensaje. ¿Cuántas veces te cogiste a mi viejo?

Tragó saliva. Miró el piso. Después me miró con esa mezcla de miedo y de algo que no era miedo.

—Más de una. Tres. La primera fue antes de Búzios. Las otras dos, en su casa.

Se me fue el piso por segunda vez en un mes. No grité. Le dije que era una pelotuda y una pendeja de mierda. Que tenía diecinueve. Que era nuestro padre. Ella dijo que era mi padre, no el suyo. Y tenía razón. Que él no la había obligado. Que yo no tenía idea. Cerré la puerta del cuarto de un golpe y me fui.

Una semana no le hablé a Enrique. Ni un mensaje. Ni un visto. Me vino la furia primero: me mintió en la cama, conmigo todavía llena, con el Cartier regalo de cumpleaños contra el pecho. Después, en esos días, la furia se me fue transformando en otra cosa. Me tocaba de noche y se me venía la imagen de Ámbar flaquita, blanca, tetona, en la cama de Belgrano, con la pija de él abriéndola. Me daba asco y me mojaba. Al quinto día ya no estaba enojada. Estaba caliente de una forma que no le podía explicar a nadie.

El viernes fui.

Abrió. Me vio la cara y entendió que no era una noche más.

—Ámbar me lo contó —dije, todavía en el umbral—. Todo. Las tres veces. La primera antes del viaje. Las otras dos acá.

Se le fue el color. Quiso hablar. Le cerré la puerta yo.

Al principio me hice la enojada. Le dije que era un mentiroso. Que me había jurado que no. Que se la había cogido a mi hermana y después se había hecho el ciego en la pileta. Él no negó. Se pasó la mano por la cara. El mismo gesto.

—Cyn…

—Ahora me vas a contar —dije—. Las tres. Con detalle. Y mientras me lo contás, me vas a tocar.

Me miró como si no hubiera escuchado bien.

—Hacelo.

Fui al cuarto. Me saqué el jean y la bombacha. Me tiré en su cama, las piernas abiertas. Él se sentó al lado, todavía vestido. Le agarré la mano y me la puse entre las piernas. Ya estaba mojada. Él lo notó y no dijo nada. Empezó a recorrerme con dos dedos, lento, mientras hablaba.

—La primera fue un jueves, dos semanas antes de Búzios. Había asado en lo de tu madre. La llevé porque Fernando se había quedado tomando y ella necesitaba que la lleven a lo de una amiga. Me quedaba casi de paso. En el auto me puso la mano en el muslo. Yo sé la saqué. En la puerta de lo de la amiga no se bajó. Dijo que quería hablar de un problema que tenía con Paola o no sé qué mierda. Terminamos acá. Entré a buscarle agua y cuando volví estaba en el sillón, completamente desnuda. Las tetas le quedan enormes para lo flaca que es. Se me sentó encima. La besé. La concha la tenía depilada, apretada, mojada. Me la chupó mal, con ganas, sin saber bien. Yo también se la chupé, despacito. La puse en el sillón, le abrí las piernas y se la metí de a poco. Gritó. Estaba estrecha. La cogí despacio primero, después más fuerte. Acabó rápido, con esa cara de pendeja asustada y caliente. Yo le dejé todo afuera, en la panza. La llevé de vuelta para la casa de la amiga. Casi no hablamos en el auto.

Mientras lo decía me metía los dedos. Yo movía la cadera contra su mano. Me costaba respirar.

—La segunda fue después de Brasil. Un martes, creo. Yo estaba acá solo. Me escribió ella. “¿Puedo ir?”. Vino con una pollera corta. La senté en la mesada, como a vos. Le comí la concha. Gime distinto: más agudo, más corto. Le chupé las tetas, los pezones le quedan oscuros. La cogí ahí, de pie, con las zapatillas todavía puestas. Me pedía más fuerte. La di vuelta, la apoyé en la piedra y se la puse de atrás. El culo lo tiene chico, duro. Me dieron ganas de cogerla por el culo, pero lo tiene muy estrecho, así que se la metí en la concha. Acabó fuerte. Yo ahí sí le acabé adentro. Se duchó. Se fue. Me dijo que en Búzios se me había sentado en la pileta para ver si yo aflojaba delante tuyo.

Los dedos se habían puesto más rápidos. Yo estaba empapada. Le agarré la muñeca para que no parara.

—La tercera fue hace dos días. De noche. Llegó ya mojada. Me la chupó mejor. Se arrodilló en esta misma alfombra y me la metió hasta donde le daba. La subí a la cama. La cogí de frente, mirándola. Me pedía que le hablara sucio. Quería que le dijera que era una putita por venir. Acabó apretándome. La di vuelta. Esta vez le apoyé la pija en el culo y no entré. Solo se la pasé y después le pasé la lengua también. Se asustó y se rio. La volví a poner de espaldas y le acabé adentro de la conchita. Salió con el semen escurriéndosele por la pierna, igual que vos.

Yo acabé en su mano, fuerte, con las piernas temblando, la boca abierta, la imagen de Ámbar en esa misma sábana encima de la mía. Él me sacó los dedos. Estaban brillantes. Me los puso en la boca. Chupé.

Lo miré, todavía sin aire.

—Ahora quiero que me cojas el culo.

Me dio vuelta y me dejó boca abajo. Me lamió ye me escupió. Me dejó la entrada del culo llena de saliva. Me abrió con los dedos y me los metió un poquito. Cuando apoyó la cabeza y empujó, dolió, pero no tanto como las veces anteriores. Entró toda. Me cogió el culo con esa mezcla de bronca y de alivio de quien ya no tiene nada que esconder. Yo gemía contra la almohada. Le pedía que me lo repitiera: cómo gritaba ella, cómo se le movían las tetas, cómo se le había sentido adentro. Él me lo decía contra el oído, embistiéndome.

Se clavó y acabó adentro, llenándome el culo, el gruñido bajo contra mi espalda. Cuando la sacó, el semen se me escapó espeso. Me quedé de panza, la cara destrozada, oliendo su sábana.

Él se tiró al lado. El techo de Belgrano. Un colectivo afuera.

—Ya no me mientas —dije.

—Ya está —contestó—. Ya está todo sobre la mesa.

No era verdad. Ámbar existía. Paola existía. Yo existía. Y él, en el medio, con la misma pija y la misma cama.

Me crucé de piernas igual, sintiéndolo espeso, y esta vez no me fui temprano.

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