Entrevista de trabajo

1
1906
T. Lectura: 10 min.

Llegué al Airbnb después de dos colectivos y una cantidad de tiempo suficiente como para preguntarme por qué había aceptado una entrevista un sábado al mediodía. Tengo veintiocho años, un currículum bastante decente y la necesidad de un trabajo con un buen sueldo, así que tampoco era para relajarme. Me acomodé un poco el pelo, respiré hondo y toqué el timbre.

Había salido de casa con un jean azul de tiro alto, una blusa verde oliva sin mangas, zapatillas blancas básicas, un collar plateado y mis aros de perla. Nada extraordinario. Prolijo, cómodo, bastante yo. Mientras esperaba que me abrieran, pensé que al menos había elegido bien la ropa.

La puerta se abrió y apareció Roberto. Sabía por el intercambio de mails que era de Buenos Aires y que había viajado para entrevistar candidatos porque la empresa todavía no tenía oficinas en mi ciudad. En persona resultó exactamente como me lo había imaginado y, al mismo tiempo, distinto: seguro, carismático, y con esa confianza que podía resultar simpática o intimidante.

—¿Dolly?

—Si.

Sonrió.

—Bueno, adelante.

—Perfecto.

Sonrío y se hizo a un lado para dejarme pasar. La primera impresión fue buena. No me pareció particularmente guapo, pero si tengo que ser sincera, tenía presencia. Hablaba mirándome directamente y parecía sentirse cómodo con cada palabra que decía. Yo, en cambio, todavía estaba tratando de recordar cómo sentarme sin parecer una candidata cualquiera.

El departamento era moderno, luminoso y cómodo. Todo estaba preparado para que alguien pudiera quedarse varios días sin necesitar prácticamente nada. Roberto me ofreció agua antes de sentarnos y abrió la entrevista con las preguntas esperables: experiencia, formación, disponibilidad, manejo de situaciones difíciles. Yo respondía tratando de mantener la compostura profesional, aunque su manera de escuchar me hacía sentir bastante observada.

—Veo que tenés experiencia en el área de la comunicación.

—Sí.

—¿Y cómo llegaste a interesarte por este puesto?

—Supongo que porque hablar con máquinas es menos complicado que hablar con personas.

Levantó las cejas.

—Eso suena preocupantemente sincero.

—No dije que fuera una buena señal.

Ahí se rio de verdad. Y algo cambió. Fue apenas una cosa mínima, casi imperceptible, pero dejó de sentirse como una entrevista convencional. Me preguntó sobre atención al cliente y sobre mi capacidad para aprender reglas específicas. Me explicó que necesitaban entrenar una inteligencia artificial para comprender mejor el ámbito local y que también habría tareas administrativas y derivaciones a casa central.

—La idea es que aprendas determinadas reglas de comportamiento y después puedas conversar con el sistema, probar respuestas y detectar errores.

—O sea que básicamente me pagan por discutir con una inteligencia artificial.

—Dicho así, suena bastante bien.

—Me interesa.

Volvió a reírse. Yo también. Y ahí apareció el primer problema: me estaba divirtiendo demasiado. Se suponía que tenía que demostrar que era responsable, inteligente y capaz de trabajar bajo presión. En cambio, cada vez que él hacía una pregunta seria, yo tenía ganas de contestarle alguna pavada para ver qué cara ponía.

—¿Tenés facilidad para trabajar bajo presión?

Lo miré durante un segundo.

—Si la presión viene con mate, sí.

Se quedó callado y después soltó una carcajada.

—Bueno. No estaba contemplado en la descripción del puesto.

—Entonces habría que renegociar.

Desde ese momento empecé a notar que me miraba distinto. Era más bien una atención especial, como si mis respuestas le interesaran un poco más de lo necesario. Me preguntaba cosas sobre mi vida, sobre la ciudad, sobre mi familia. Yo le contestaba y después intentaba recuperar el eje profesional cada vez que podía.

—¿Y qué hacés cuando no estás trabajando?

—Tomo mates, escucho música, estudio inglés…

—¿Inglés?

—Sí.

—Eso no lo esperaba, no está en el currículum.

—Yo tampoco, pero acá estamos.

—¿Y lo hablás?

—No.

—Ah.

—Solo lo estoy estudiando por mi cuenta.

—Ah, por un momento pensé que había contratado a una bilingüe.

—Todavía no firmé nada.

Me di cuenta de que me estaba poniendo nerviosa cuando me ofreció algo para tomar y acepté champaña sin siquiera preguntarme por qué había champaña en un departamento destinado a una entrevista laboral. Él abrió la primera botella con absoluta naturalidad. Yo sostuve la copa y lo miré con una mezcla de diversión e incredulidad.

—Esto definitivamente no estaba en el mail.

—Es parte de los beneficios corporativos.

—¿Champaña?

—No exactamente. Pero podemos fingir que sí.

Terminamos en la terraza, sentados frente a la ciudad. El sol de septiembre pegaba fuerte, aunque el aire seguía siendo agradable. Desde ahí arriba se veía la zona norte, algunos edificios y calles tranquilas, casi vacías por la hora. Era sábado y todo parecía haberse detenido. Roberto hablaba de Buenos Aires, de sus viajes, de autos clásicos y de su trabajo.

Yo lo escuchaba mientras hacía girar lentamente la copa entre los dedos. La primera botella desapareció sin que ninguno pareciera prestarle demasiada atención. La segunda apareció después, acompañando una conversación que ya no tenía absolutamente nada de entrevista. Él me contó sobre su hijo, de quien hablaba con un orgullo que se le notaba incluso cuando intentaba disimularlo con humor.

—Tiene quince —me dijo—. Y ya cree que sabe todo.

—¿Y vos a los quince no creías lo mismo?

—Yo sabía todo.

—Ah, claro. Disculpame.

Me miró con una sonrisa.

—Vas entendiendo mi personalidad.

—Lamentablemente.

La tercera botella apareció casi como una consecuencia lógica de todo lo anterior. Seguíamos perfectamente conscientes, pero la formalidad había desaparecido hacía rato. Yo ya no pensaba en si estaba dando una buena entrevista. Él tampoco parecía interesado en hacerme más preguntas sobre el puesto. Habíamos pasado de hablar de inteligencia artificial a discutir sobre comida, vinos, viajes y las pequeñas cosas absurdas de la vida.

En algún momento Roberto miró hacia el jacuzzi.

—¿Te metés?

Lo miré.

—¿Perdón?

—Al jacuzzi.

—Roberto, esto es una entrevista de trabajo.

—La entrevista terminó hace bastante.

Me reí porque no sabía qué otra cosa hacer.

—No tengo ropa para meterme ahí.

Se encogió de hombros.

—Yo tampoco.

Lo miré durante unos segundos hasta entender.

—¿Me estás proponiendo que nos metamos en ropa interior?

—Estoy proponiendo una solución práctica a un problema textil.

—Sos un caradura.

—Eso no responde la pregunta.

Negué con la cabeza, riéndome. Lo peor era que ya no sentía que quisiera irme. Había algo absurdo en toda la situación, pero también algo inevitable. Roberto entró primero, despacio, como si meterse en un jacuzzi con la persona que había ido a entrevistar fuera la cosa más normal del mundo. Se acomodó y me miró desde el agua.

—Dale, Dolly.

Me quedé unos segundos quieta. Después suspiré y empecé a desvestirme. Debajo de la ropa llevaba un conjunto blanco, sencillo y femenino, con pequeños detalles rosados. Nada que hubiera elegido pensando en terminar así la tarde. Cuando entré al agua, me recibió el calor y una sensación extraña de haber cruzado una puerta que ya no podía cerrar.

Roberto llevaba un bóxer gris claro. Se acomodó a mi lado mientras las burbujas subían alrededor de los dos. Por un momento ninguno habló. Después él levantó su copa y sostuvo mi mirada con una tranquilidad que me descolocó.

—Por nosotros.

Sonreí, levanté mi copa y bebí todo de una vez.

—Para mí es suficiente por hoy.

—Bueno.

Él siguió tomando como si nada.

Nos quedamos hablando otra vez. El agua tibia, el sol y el silencio de la ciudad hacían que todo pareciera mucho más lejano. Roberto estiró un brazo detrás de mi espalda, apoyándolo sobre el borde del jacuzzi. No me tocaba, pero me había dejado prácticamente encerrada entre él y el respaldo.

Lo miré.

—¿Qué?

—Nada.

—Cuando un hombre dice “nada” después de quedarse mirándome así, generalmente significa algo.

Sonrió apenas.

—Tenés una voz muy dulce.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Eso es parte de la entrevista?

—No. Definitivamente no.

Me reí bajito y corrí la mirada hacia mi copa vacía. Sentía el calor del agua, pero también otro tipo de calor que no tenía demasiado que ver con el jacuzzi. Roberto guardó silencio durante unos segundos. Cuando volví a mirarlo, descubrí que ya no estaba intentando disimular nada.

Sus ojos recorrieron mi figura con una franqueza que me hizo sonrojar. No había apuro en su expresión. Tampoco parecía estar jugando. Simplemente me observaba, como si finalmente hubiera decidido dejar de fingir que aquello seguía siendo una entrevista.

—¿Qué? —pregunté, intentando recuperar mi tono habitual.

—Me cuesta muchísimo concentrarme en lo profesional teniéndote al lado así.

Sentí que se me calentaban las mejillas.

—Bueno… problema tuyo.

Sonrió.

—Sí. Definitivamente problema mío.

No supe qué contestar. Por primera vez en toda la tarde, el humor no me alcanzó para cambiar el eje. Roberto acercó lentamente la mano que tenía detrás de mí y la apoyó sobre mi hombro. Me sostuvo con suavidad, sin apartar la mirada. Yo tampoco me moví.

Y entonces entendí que todo aquello había empezado mucho antes de entrar al jacuzzi: en una respuesta irónica, en una copa de champaña, en una conversación que dejó de ser una entrevista sin que ninguno de los dos quisiera reconocerlo. Roberto me acercó apenas hacia él. Yo correspondí.

Me besó. Fue húmedo y profundo desde el primer instante. Sus manos subieron directo hasta mi corpiño, apretando mis tetas con una firmeza que me arrancó un gemido contra su boca. Sentí sus dedos presionando sobre la tela, masajeando con intención mientras su lengua exploraba mi boca.

Roberto se separó apenas, lo suficiente para mirarme a los ojos con esa sonrisa arrogante que ya empezaba a conocer. Después bajó despacio, besando mi mandíbula, mi cuello, dejando un rastro de humedad en mi piel. Su mano descendió por mi abdomen, acariciando con determinación hasta llegar a mi entrepierna y presionar con firmeza.

—Che, pará —murmuré entre jadeos, agarrándome del borde del jacuzzi mientras él seguía tocándome.

—Tranquila, Dolly. Relajate.

Sus dedos movían círculos exactos sobre mi tanga mientras su boca devoraba mi cuello. Yo miraba hacia la puerta con nerviosismo, excitada por el riesgo de que alguien pudiera aparecer en cualquier momento.

—Subí —me ordenó con voz baja pero firme.

Obedecí sin pensar, trepando hasta sentarme en el borde del jacuzzi con el agua hasta los tobillos. Abrí las piernas despacio, sintiendo el aire contra mi piel mojada. Roberto se posicionó entre mis muslos, mirándome con una intensidad que me hizo olvidar cualquier vergüenza.

Empezó a lamer sobre la tela de mi tanga, haciendo presión con su lengua en círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. Luego corrió la tela hacia un costado descubriendo mi humedad, y atacó mi clítoris directamente con lengüetazos precisos y profundos.

Gemí agarrándome del borde, sintiendo cada movimiento suyo. Cuando metió un dedo dentro de mí, lo curvó en forma de gancho, buscando exactamente el punto que me hizo jadear más fuerte.

De pronto escuchamos una llave girando en la cerradura. Nos miramos con pánico y nos acomodamos en segundos: yo cerré las piernas y él se recostó como si nada. Un hombre apareció en la terraza, mirándonos con sorpresa.

—Hola —saludó el vecino—. Estaba viendo si había alguien acá arriba.

—Ah, sí —respondió Roberto con total naturalidad—. Ya nos íbamos igual.

—Dale, yo vuelvo en un ratito entonces —dijo el vecino, y desapareció.

Roberto se giró hacia mí con una sonrisa picante.

—Vamos adentro, Dolly.

Agarramos nuestra ropa apilada en una silla y bajamos las escaleras rápidamente, todavía húmedos y medio desnudos, riendo en silencio por la situación. Nos metimos al departamento y cerramos la puerta con llave.

Roberto me agarró por detrás, pegando su cuerpo al mío. Sentí su bulto duro bajo el bóxer apretándose entre mis nalgas mientras sus manos recorrían mis curvas. Empezó a besar mi cuello, subiendo despacio hacia mi nuca, y luego descendió por mi espalda dejando humedad.

—Qué rica que estás —murmuró contra mi piel.

Luego me quitó el corpiño de un tirón, dejando mis tetas al descubierto. Sus manos fueron directo a mis pezones, apretándolos con fuerza justa, haciéndome gemir. No me dejaba pensar, solo sentir cada caricia con una urgencia que me quitaba el aliento.

—Vamos —me ordenó, guiándome por detrás hacia el cuarto.

Entramos y sin avisar me tiró sobre la cama. Reboté contra el colchón, todavía en tanga y empapada, mirándolo desde abajo mientras él se quedaba de pie frente a mí con una sonrisa de depredador.

—Vení y chupámela —me ordenó, de pie frente a mí con el boxer marcando su erección.

Me senté lentamente, tirando de su ropa interior hasta dejarlo completamente desnudo. Empecé jugando con sus huevos, acariciándolos, oliendo su aroma intenso, masturbándolo un poco con la mano. Cuando finalmente me lo metí en la boca, lamí la punta primero y luego cabeceé despacio, sintiendo cómo él acompañaba mis movimientos con las manos en mi cabeza, gimiendo arriba.

—Así, Dolly… así nomás —jadeaba entre dientes.

Después se acostó en la cama, bajando hasta quedar horizontal con las piernas abiertas hacia mí. Yo me arrodillé definitivamente entre sus muslos para seguir peteándolo desde otra posición, con más comodidad y profundidad. Sus manos seguían apoyadas en mi cabeza, guiándome mientras yo lo lamía entero una y otra vez.

—Agarrá un forro de la mesa de luz —me pidió entre jadeos, señalando con la cabeza hacia la mesa de luz.

Me paré, abrí el cajón y saqué un preservativo. Se lo tiré encima del pecho. Se lo puso rápido, rodándolo hasta la base con gran practicidad.

—Subite —me ordenó.

Me acomodé encima de él, guiándolo dentro de mí con la mano, y empecé a cabalgarlo despacio. Sus manos fueron directo a mi culo, apretándolo con fuerza cada vez que bajaba. Gemíamos los dos, jadeando en sincronía, perdiendo cualquier vestigio de control mientras el colchón crujía bajo nosotros.

Después de un rato sintiendo cómo me penetraba desde abajo, Roberto me agarró por las caderas y me hizo girar sobre el colchón. Me acomodé en cuatro, apoyando las manos y la frente en las sábanas, mientras él se arrodillaba detrás de mis nalgas y me introducía despacio, muy despacio, controlando cada centímetro.

—¿Te gusta así? —preguntó con voz ronca, agarrándome fuerte de la cintura.

—Sí, me gusta —respondí jadeando, sintiendo cómo empezaba a moverse con más decisión.

El ritmo fue aumentando gradualmente, volviéndose más intenso, más profundo. De repente sentí su mano abierta golpeando mi nalga derecha con fuerza, y luego la izquierda, provocándome un dolor agudo que me hizo morder el labio.

—¿Te gusta? —repitió, dándome otra cachetada que resonó en la habitación.

—Sí… —logré decir entre dientes, aguantando el escozor de sus palmadas sobre mi piel.

Cerré los ojos fuerte, dejándome llevar por la fricción de sus caderas contra las mías. El dolor de las cachetadas se mezclaba con el placer, creando una sensación confusa que me impedía pensar. Solo quería que terminara, que llegara al final, que me diera lo que había ido a buscar desde el principio, ese ansiado laburo en blanco.

Roberto agarró mi pelo con fuerza y tiró hacia atrás mientras sus embestidas se volvían más brutales y constantes. Cada golpe de sus caderas contra mis nalgas resonaba en la habitación con un sonido seco. Entre jadeos escuché su voz cerca de mi oreja.

—¿Querés mi lechita? —gruñó, tirando más fuerte de mi pelo.

Yo solo podía gemir, ahogando mi voz mientras él seguía dándome sin piedad. De pronto sentí su mano libre descendiendo rápido y me pegó un chirlo seco en la cola que me hizo gritar. Inmediatamente repitió la pregunta, exigiendo una respuesta con voz autoritaria.

—Sí, sí… dámela —logré balbucear, cerrando los ojos con fuerza.

Entonces se paró de golpe, agarrándome por los hombros y haciéndome girar para dejarme sentada en el piso, justo debajo de él. Se sacó el forro de un tirón y empezó a masturbarse con la mirada fija en mi boca, preparándose para el final.

—Abrí bien —ordenó, acercándose más.

Obedecí, mirándolo desde abajo. Él aceleró el movimiento de su mano, gruñendo hasta que finalmente soltó todo, descargando su semen caliente directamente sobre mi lengua y mis labios mientras jadeaba satisfecho.

Durante unos segundos me quedé tirada en el piso frío, mirando el techo sin pensar absolutamente nada. Tenía las piernas todavía temblando y la cabeza funcionando a una velocidad ridícula. Habían pasado más de cuatro horas desde que había tocado aquel timbre con mi currículum bajo el brazo. Cuatro horas. Definitivamente, mi día había tomado un rumbo inesperado.

Roberto, en cambio, parecía completamente en paz. Estaba recostado, respirando tranquilo, con esa expresión satisfecha de alguien que acababa de cerrar un negocio importante y no tenía ninguna duda sobre el resultado. Lo miré de reojo y me dieron ganas de reírme. Él parecía perfectamente capaz de levantarse, ducharse, revisar sus mails y seguir con su sábado como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

Fui yo la primera en moverme. Necesitaba vestirme. Necesitaba recuperar mi armadura de persona normal, la misma con la que había llegado horas antes convencida de que mi mayor preocupación sería responder correctamente alguna pregunta sobre inteligencia artificial. Busqué mi corpiño entre la ropa de la silla y empecé a vestirme mientras Roberto seguía recostado, observándome con una tranquilidad que me ponía todavía más nerviosa.

Me puse la blusa verde oliva y traté de acomodármela como si aquello pudiera devolverme automáticamente a la chica que había llegado en colectivo. Encontré el jean, me lo puse y empecé a buscar mis zapatillas. Ahí escuché su voz detrás de mí.

—¿Querés agua?

—No, gracias. Tengo que volver a casa. Pasó mucho tiempo.

La frase quedó flotando en el aire. Roberto se incorporó y buscó mis zapatillas en el piso. Me alcanzó una y después la otra. Yo las recibí sin mirarlo demasiado. Fue un momento extraño: dos personas que hacía apenas unas horas conversaban sobre trabajo, ahora evitando cruzarse los ojos mientras una buscaba desesperadamente comportarse como si aquello pudiera archivarse en una carpeta llamada “cosas que pasan”.

Me até las zapatillas y me quedé unos segundos sentada, mirando mis manos.

—Che…

—¿Qué?

—Yo vine por una entrevista.

Roberto sonrió.

—Sí. Me acuerdo.

Lo miré por fin.

—No sé si esto cuenta como una buena entrevista.

Se rio.

—Desde el punto de vista estrictamente profesional, prefiero no incluirlo en el informe.

Me salió una carcajada. Por suerte. Necesitaba reírme porque, si pensaba demasiado, probablemente iba a empezar a cuestionarme absolutamente todo. Él conservaba esa complicidad de antes, pero ahora había algo diferente entre los dos. Algo que ninguno necesitaba nombrar porque estaba ahí, ocupando espacio.

Me arreglé el cabello y revisé rápidamente que no me faltara nada. Roberto me acompañó hasta la puerta. Ya no parecía un entrevistador ni yo una candidata. Éramos simplemente dos adultos intentando encontrar una manera razonablemente normal de despedirse después de una tarde completamente fuera de cualquier planificación posible.

—Bueno… —dije.

—Bueno.

Nos quedamos mirándonos un segundo.

Yo esperaba quizá alguna frase, alguna señal de que aquello me aseguraba algo. No llegó. Y, en realidad, tampoco podía exigirla. Él no me había prometido nada. Yo había tomado mis propias decisiones.

Roberto abrió la puerta.

—Cualquier cosa te llamamos.

Esta vez lo dijo serio, casi profesional. Y eso fue peor que cualquier broma. Asentí, tratando de mantener la dignidad que me quedaba.

—Dale.

Salí al pasillo. Caminé hasta el ascensor y apreté el botón. Cuando las puertas se cerraron, recién entonces solté el aire que venía conteniendo. Miré mi reflejo en las puertas metálicas y me pregunté qué clase de persona subía a una entrevista laboral y terminaba saliendo de un Airbnb cuatro horas más tarde con semejante historia para contar.

En el colectivo de regreso miré por la ventana mientras la ciudad volvía lentamente a su ritmo habitual. Pensé en que todavía tenía cosas que hacer en casa, en que mañana tendría que cocinar, en que Roberto probablemente nunca me llamaría y en que, quizás —solo quizás— eso era lo mejor. Me toqué los labios sin darme cuenta y me sonrojé sola. Hasta hoy no me llamaron, y dudo que lo hagan. Pero, al menos, tengo una historia digna de telenovela.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí