Expediente abierto (y piernas también)

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El bufete olía a café recién hecho y a cuero viejo de las carpetas de expedientes. Carlos había pedido que instalaran el escritorio nuevo de Maddy justo enfrente de su despacho, con la excusa de que “necesitaba supervisión directa mientras se familiarizaba con los procedimientos”. La realidad era más simple y más sucia: quería poder mirarla sin tener que girar la cabeza.

Maddy entró esa mañana con una falda lápiz gris carbón que terminaba unos centímetros por encima de la rodilla y una blusa blanca de algodón tan fina que, cuando pasaba bajo la luz del ventanal, se transparentaba el encaje negro del sujetador. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y desordenada, como si se la hubiera hecho en el ascensor. Veintidós años. El novio —un tal Álvaro que estudiaba un máster en no-sé-dónde— le mandaba mensajes cada hora. Carlos lo sabía porque ella dejaba el móvil boca arriba sobre la mesa y él tenía muy buena vista.

A las once y media, cuando el resto del personal salió a almorzar, Carlos cerró la puerta de cristal esmerilado con un clic suave.

—Ven un momento, Maddy. Quiero enseñarte cómo se archiva el expediente del divorcio Miller.

Ella se levantó sin sospechar nada, tacones negros resonando contra el parquet. Entró al despacho y él señaló la estantería baja que estaba detrás de su sillón. Maddy se inclinó para alcanzar la carpeta que él le indicaba. La falda se tensó sobre sus nalgas y la blusa se separó lo justo para que Carlos viera la tira del tanga negro asomando por encima de la cintura de la media.

No dijo nada. Solo se acercó por detrás, despacio, como si fuera a ayudarla a sacar el expediente. Su mano izquierda rozó la cadera de ella al “equilibrarse”. Maddy se quedó quieta, respiración entrecortada.

—¿Te incomoda? —preguntó él en voz baja, casi pegado a su oreja.

—No… señor —susurró ella.

Carlos deslizó la palma abierta por la curva de su culo, apretando con calma, midiendo la carne joven bajo la tela. Ella no se apartó. Solo cerró los ojos un segundo.

—Quítate las bragas —ordenó.

Maddy tragó saliva. Metió las manos bajo la falda, bajó el tanga negro hasta los tobillos y lo dejó caer. Carlos lo recogió con dos dedos y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta como si fuera un pañuelo.

—Apóyate en el escritorio.

Ella obedeció. Palmas abiertas sobre la madera oscura, culo hacia arriba, piernas ligeramente abiertas. Carlos se desabrochó el cinturón sin prisa. El sonido del metal fue lo único que se oyó durante unos segundos, aparte de la respiración acelerada de los dos.

Le levantó la falda hasta la cintura. La piel de Maddy era pálida, suave, sin marcas. Entre sus muslos ya brillaba humedad. Carlos pasó dos dedos por la raja, despacio, recogiendo la humedad y llevándoselos a la boca. Sabía a deseo culpable.

—Estás empapada… ¿tu novio te pone así de mojada?

—No… —admitió ella casi sin voz.

Él sonrió, oscuro. Se bajó la cremallera, sacó la polla ya dura y pesada y la frotó contra la entrada de ella, sin entrar todavía. Solo la untó con su propia excitación.

—Pídemelo.

Maddy apretó los labios, luchó consigo misma un instante. Luego, con voz temblorosa:

—Fóllame… por favor.

Carlos empujó de una sola vez, hasta el fondo. Ella soltó un gemido ahogado y se mordió el labio para no gritar. Él se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo los músculos internos de Maddy se contraían alrededor de su grosor, adaptándose. Luego empezó a moverse: embestidas lentas, profundas, controladas. Cada vez que salía casi por completo y volvía a entrar, ella dejaba escapar un jadeo corto.

—Más fuerte… —suplicó Maddy al quinto o sexto viaje.

Carlos le agarró las caderas con ambas manos y obedeció. El escritorio crujió. Los tacones de ella se deslizaban un poco sobre el suelo cada vez que él la embestía con fuerza. La coleta se le deshizo; mechones castaños le cayeron sobre la cara sudorosa.

Él se inclinó sobre su espalda, le mordió el lóbulo de la oreja y murmuró:

—Cuando termines de correrte vas a volver a tu mesa con mi semen chorreándote por los muslos. Y vas a atender llamadas como si nada. Maddy gimió más alto. La idea la excitó tanto que empezó a empujar hacia atrás, buscando más. Carlos aceleró, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenó el despacho. Le metió una mano por debajo de la blusa, apartó el sujetador y pellizcó un pezón duro. Ella se arqueó.

—Voy a… voy a correrme… —jadeó.

—Hazlo dentro de mí… por favor… lléname…

Carlos gruñó, perdió el control de los últimos empujones. Se clavó hasta el fondo y se vació dentro de ella con espasmos largos, calientes. Maddy tembló debajo de él, contrayéndose alrededor de su polla, ordeñándolo mientras su propio orgasmo la atravesaba en oleadas.

Se quedaron así unos segundos, jadeando. Él salió despacio; un hilo blanco espeso se deslizó por el interior del muslo de ella y cayó al suelo. Carlos se limpió con el tanga negro que había guardado y se lo devolvió.

—Póntelo.

Maddy, todavía temblorosa, se subió la prenda empapada. El encaje se pegó a su coño hinchado y lleno. Se bajó la falda con manos torpes y se alisó el pelo como pudo.

Carlos se abrochó el pantalón, se sentó en su sillón y la miró con calma.

—Puedes volver a tu puesto. Y Maddy… —Ella se giró en la puerta, mejillas encendidas.—… la próxima vez que tu novio te llame, quiero que contestes con mi leche todavía dentro de ti.

Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, y salió.

El resto de la tarde atendió llamadas con la voz ligeramente más ronca y las piernas cruzadas con fuerza bajo el escritorio. Cada vez que se movía sentía cómo el semen de Carlos se deslizaba un poco más abajo, empapando el tanga y amenazando con gotear. Y Carlos, desde su despacho, sonrió cada vez que la veía apretar los muslos. Sabía que mañana volvería a pedirle que se quedara después del almuerzo. Y ella lo haría.

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