Experiencia sexual compartida

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T. Lectura: 10 min.

(1)

(Tiempo presente)

Compartida, dije. Compartida, escribí.

Los tiempos modernos, con sus tecnologías tienen sus cosas malas; pero también sus cosas buenas. Diferentes, pienso. Mejores; al fin, mejores, me digo. La inmediatez, esa instantaneidad en las comunicaciones, compensa las distancias y relativiza las presencias… hasta un cierto punto.

Pulsé de nuevo: com-par-ti-da. Iguales, tecleé tras un punto. Esperé la respuesta de él. Él es Roque. A Roque lo conocí en primavera, en una web de aficionados a la cultura. Entre la mucha basura que allí había, me llamó la atención un breve poema. “Ausencia”, así lo tituló. No era un poema de dedicatoria a un ser amado. No era nostálgico; no era triste. Roque hablaba de otra ausencia: de la ausencia de sí. La ausencia de uno mismo. La no honestidad. Reclamaba una honradez hasta dentro, hasta el tuétano, con admisión de todo nuestro yo; la parte positiva y la negativa.

Escribí mi opinión y comenzó nuestra relación electrónico-postal. Nos escribimos alguna vez; después, varias veces a la semana; finalmente, a diario.

Se había establecido una comunicación profunda, que se fue convirtiendo en íntima; un vínculo, lo llamaba Roque. Fuimos ahondando en temas y en discrepancias que dejamos en la cuneta de nuestro camino. Había algo más, y brotó abiertamente. Nuestra soledad era algo que no deseábamos, y tampoco una relación asfixiante. Tiempos nuevos; otras realidades sociales, otras formas de relacionarse.

De esa manera, llegamos al terreno sexual.

Compartida, insistí ante su silencio. Ha de ser una sexualidad abierta, sí, pero compartida. Al fin, llegó su respuesta en dos palabras: “de acuerdo”. Como el otro acuerdo que establecimos al poco de comenzar nuestro intercambio de correos por ordenador: no veríamos nuestro rostro. Eso fue en el momento en que abordamos temas sexuales sin tapujos: el deseo, la concupiscencia, la lubricidad, el placer. Concluimos en tener una relación sexual abierta, mediante nuestra comunicación. Tanto él como yo queríamos y necesitábamos algo físico, ver nuestros cuerpos…; pero queríamos mantener la incógnita de nuestra cara. ¿Cómo hacerlo? Enfocando las otras partes del cuerpo, era lo más natural, pero no lo más fácil. Así que acordamos llevar antifaz.

(2)

“Ausencia” era un poema, como dije, en el que Roque exponía su filosofía vital: ser honesto primeramente consigo mismo, sin ambages, aceptándose cada cual en su integridad, con sus contradicciones, como camino para superar la alienación interior. Yo estaba de acuerdo con esa visión, y entendía que era la única manera de poder establecer un vínculo sano y completo con los demás.

Con nuestro paulatino intercambio, que se hizo habitual, para pasar a ser casi diario, nos fuimos conociendo como nunca antes había conocido a otra persona. Roque no era un hombre corriente. Realmente era una persona tímida y reservada que sólo se explayaba al escribir. Desde el principio, ambos tomamos la decisión de no entrar en detalles sobre la vida profesional y personal; no hacía falta, porque nuestra relación brotaba de nuestra común necesidad de ser abiertamente transparentes desde el corazón, desde eso que llamamos alma. Ahí no había secretos.

Casi de inmediato, avanzamos en el terreno de nuestra necesidad de compartir aspectos físicos, y su máxima expresión, la sexualidad. Como yo le dejé claro: “con la pureza de no tener contemplaciones ni esconder las emociones, deseos y fantasías uno al otro”.

¿Podríamos tener un espacio sexual mutuo, nuestro, de ambos, descubiertos de convencionalismos y, en su expresión, desacorazados? Dado que iniciamos nuestra relación por correo electrónico, no sabíamos cómo éramos físicamente ninguno de los dos. Ahora íbamos a dar un paso muy importante. Ambos queríamos y deseábamos descubrir una sexualidad nueva, propia, diferente, entre los dos. La idea fue intercambiar vídeos íntimos y, tal como deseábamos, en un juego mutuo, del cual únicamente excluiríamos ver nuestra cara. Una máscara resultaba algo sumamente excitante, dijimos con risas divertidas. Un antifaz nos daría un aire mucho más sensual, insinuante; además de proteger nuestra identidad pública.

Y así procedimos.

Un viernes noche, intercambiamos nuestro primer vídeo. Yo elegí para la grabación la sala de estar. Preferí hacer una pequeña trampa y me mostré en ropa interior ante la cámara. Escogí un seductor y misterioso antifaz rosado, que cubría también mi nariz: resultaba irreconocible. De entrada, aquello añadía un plus de inquietante sexualidad casi animal.

Sentada en el tresillo, después de un saludo (sería la primera vez que él oiría mi voz) y dirigirle unas palabras, abrí mi blusa y quedé en sujetador; luego me levanté y me bajé el pantalón. Estaba algo nerviosa. Seguro que se me vería tensa. Ahora Roque podía verme en ropa íntima. Mis formas femeninas expuestas ante sus ojos. ¿Estaría cachondo? No fui más allá, aunque me notaba húmeda y caliente. El gusanillo de la concupiscencia me roía, exigente, urgente.

Respiré despacio varias veces y comencé por reconocer que ésta era una experiencia desconocida para mí. Confesé que mi libido estaba disparada, desde el primer momento en que hablamos de abordar una relación íntima sexual, y que esperaba no defraudarle físicamente. Sabía perfectamente que esto último era innecesario en una relación como la nuestra; que el “riesgo” era naturalmente mutuo.

En nuestras muchas conversaciones, tuvimos claro que lo fundamental en una relación libre era la pureza del interior de cada cual; que era indiferente el aspecto físico; que la sexualidad dependía del deseo, de la carnalidad ardiente, y de la fantasía, la entrega mutua, la lujuria sin tabúes. Envié el vídeo, que duraba unos pocos minutos, e inmediatamente me desnudé casi arrancándome el sujetador y la braguita: el apremio de mi cuerpo necesitaba la satisfacción inmediata. Me masturbé y en pocos segundos estallé en un fuerte orgasmo liberador. Mi clítoris golpeaba la yema de mis dedos en una secuencia prolongada de espasmos; mi vulva chorreaba flujo espeso, transparente y tibio

Roque cumplió con su parte de lo acordado. A los pocos minutos recibí su vídeo. Estaba sentado en una mesa con un antifaz negro. Era de complexión normal y de una edad de unos cincuenta años, su corto cabello negro lucía algunas canas. Después de saludarme alegremente alejó el enfoque. Estaba desnudo. En medio del vello púbico rizado sobresalía el pene, grande, grueso, descapullado y visiblemente excitado. Sentí mi pulso acelerado y un cosquilleo en el abdomen.

Me gustó su voz varonil, con una tonalidad variable, susurrante, muy personal. Su polla estaba completamente erecta; tenía un glande de fuerte color rosado y un reborde atractivo de tonalidad violácea, seguramente por la excitación y el deseo de descargar.

Repetí la visión del vídeo dos o tres veces y lo paré en las tomas en que veía a Roque desnudo por delante. No pude evitar volver a pajear mi coño, imaginando ser penetrada por ese miembro tan atractivo.

Después de mi segunda corrida, sin poder contenerme, le escribí inmediatamente un correo de respuesta.

“Me ha gustado mucho, Roque, de verdad…, me has gustado mucho. Ha sido una prueba de nuestra conexión auténtica. Has ido más allá que yo, perdona mi prudencia. Pero, te haré una proposición: para completar nuestra experiencia, ¿qué te parece compartir una videollamada íntima entre ambos?”, propuse. Él, bromeó diciendo que había hecho trampas: se suponía que yo debía estar completamente desnuda, igual que él. Era cierto: tenía mis reticencias hasta ese momento.

Invoqué un mea culpa y le prometí mandar otro equivalente al suyo. Apenas nos despedimos, llena de ardor sexual me desnudé completamente y preparé la escena para grabar.

Me arrellané frente al objetivo de la pantalla, está vez sin ropa. Me mostré sin escamotear la escena. Mis grandes tetas seguro que le gustarían. Mis pezones oscuros y gruesos estaban tiesos; mi chocho estaba húmedo y quise que así lo viese Roque.

Empecé a acariciar mi cuerpo: sujeté mis pechos elevándolos hacia la cámara y toqueteé mis pezones. Me estaba volviendo a excitar; en mi interior, se deslizaba un torrente de flujo vaginal. Tenía unas ganas locas e incontenibles de masturbarme de nuevo; pero ahora no era el momento: tendríamos que ir paso a paso.

Peiné con los dedos el vello púbico, esperando que Roque fuera de esos hombres a los cuales el felpudo femenino les pusiera más que un coñito depilado. Abrí los muslos. Con ambas manos sujeté los labios exteriores de la entrada de mi vagina. Estaba empapada y él podría ver mi rajita con los labios abiertos. Aunque ya me moría de ganas (y también de que Roque me viera manosearme la almejita), me contuve, después de mostrarle mi clítoris, tan endurecido como los pezones.

Me acerqué y sonreí a la cámara. Pensé que con el antifaz y la desnudez Roque sentiría un fuerte deseo de mi cuerpo. ¿Se estaría paseando? ¿Correría el semen entre sus dedos al ver mi chocho abierto para él, mi bultito excitado.

“¿Me has visto bien?”, dije, y enfoqué de nuevo mi entrepierna. Hice una toma en primer plano de mis tetas. Las recogí en las palmas de las manos, haciendo círculos en las aréolas. “Y ahora…, por detrás”, dije dándome la vuelta. Agarré mis nalgas y las acaricié para él, las palmeé sonoramente. De repente me dejé llevar por una idea: abrí los muslos y me incliné, para que desde detrás Roque pudiera ver el vello púbico y la silueta de mis labios vaginales. “¿Te gusta?”, dije con voz melosa. Quería recompensar mi fraude del primer vídeo.

Volví a sentarme frente al objetivo y pasé las manos por el pubis. Para acabar, coloqué mi dedo medio en la entrada del coño y me toqueteé un par de veces. Mandé un beso y pulsé el botón de “rec”, para cerrar la sesión.

Crucé las piernas sobre el sillón y visualicé la escena. Nunca había hecho algo así. No imaginaba que me excitaría tanto verme desnuda a mí misma en pantalla. La idea de que Roque disfrutara de la grabación desataba mariposas revoloteando por todo lo cuerpo. “Ya está hecho”, me dije, mientras enviaba el clip. Me deshacía en aguas interiormente y me dije: “Estoy deseando de pasar a la sesión compartida de sexo simultáneo”.

Un cuarto de hora más tarde, llegó el mensaje de respuesta de Roque. Yo estaba llena de temores. Al final me atreví a mirarlo. Él respondió que se había excitado mucho. “Estoy deseando esa videollamada contigo. Nunca he hecho una cosa de estas, pero tú eres diferente: contigo deseo experimentar cosas nuevas, particularmente la actividad sexual. Seremos voyeurs y exhibicionistas al mismo tiempo”. Se echó a reír. También él decidió finalizar su mensaje con un beso.

En el chat, convenimos al día siguiente, a las cinco, nos conectaríamos y tendríamos nuestro sexo com-par-ti-do.

(3)

(en presente continuo)

Cuando Roque recibió el correo seguía desnudo y excitado. En la pantalla ella aparece desnuda. Sus pechos destacan con sus aréolas y pezones sobre su piel pálida; el triángulo de vello también reclama la mirada. Su virilidad masculina adquiere su máxima expresión a medida que paladea visualmente el cuerpo de la mujer. Bajo el sensual antifaz la mirada descubre a una mujer diferente a todas; también eso la hace más interesante a la vez que excitante.

Roque visualiza toda la grabación. Le ha sorprendido la absoluta naturalidad de ella en mostrarse en abierta sexualidad, después de haberlo evitado en la primera grabación. Roque se ha excitado visiblemente. Un gran deseo lubrico le inunda. La lascivia de ver el cuerpo de ella le domina. Su imaginación se desboca y la desea físicamente.

Ella, en las imágenes, se gira, se coge las tetas y juega con ellas. El sexo se me tiene tieso; el glande, grueso y rosado, descapullado . Ella continúa el magreo de las tetas, se pellizca los pezones. La polla de Roque comienza a mostrar unas gotitas de flujo. Mientras en la película ella se toquetea, la tranca empalmada cimbrea en el aire.

Sin poder resistir más tiempo, Roque masturba enérgicamente su falo caliente. La leche se vierte entre sus dedos. Los chorretones de esperma brotan y salpican sus muslos, y resbalan entre sus dedos. Gime descontroladamente, mientras las últimas gotas de esperma cubren el glande enrojecido. Recupera el ritmo respiratorio, cierra el ordenador y va camino de la ducha. Ya está contando las horas que le separan de su sesión de sexo simultáneo con ella.

A las cinco en punto, Roque abre la aplicación. Pulsa el icono de la videollamada presa del nerviosismo. Sólo lleva puesto un slip. Se coloca la mascara bien ajustada. La pantalla descubre el rectángulo de luz. La imagen de ella aparece sonriente. Su antifaz de fantasía no puede ocultar sus ojos brillantes. Se acomoda frente a la pantalla. Roque se electriza: está vez no lleva sostén; sus hermosas y grandes tetas le hipnotizan.

—¿Está bien así? —dice la mujer.

—Sí, claro. Espera… —Se baja el slip. Su sexo está relajado. Ella comprueba que a pesar de no estar empalmada, la polla tiene un tamaño considerable. —Ya estoy preparado. ¿Quieres seguir?

Ella afirma con la cabeza, rotundamente. Sus mejillas se arrebolan; es el deseo y el estado de nervios. Quiere disfrutar de la nueva experiencia sexual sin reprimirse.

—¿Quién empieza?

—¿Te parece bien ser el primero?

—Muy bien.

Roque se retira para que se pueda apreciar toda su imagen genital. Enfoca directamente su sexo. El pene se ha puesto erecto. Está duro. El capullo destaca en el mástil de carne. Con la mano izquierda se acaricia la polla desde la cabeza del glande hasta el vello púbico; la mano derecha hace lo mismo con los testículos; los toma y muestra a la cámara. Separa ambos huevos y alisa el vello que los cubre. Juega con sus pelotas, sobándose despacio.

El prepucio ha dejado descubierto totalmente la longitud de la tranca. Roque abre bien los muslos y vuelve a acariciar los huevos despacio, ofreciendo un zoom de la vista genital. La mano izquierda sube y baja por el mango erecto. La piel apretada. El falo se desliza por sus dedos.

En la distancia, en el lado opuesto, ella está calentísima y lleva su mano a la entrada de su almejita. El dedo medio se introduce en el centro mismo del matojito de vello, iniciando el frotamiento de la suave carne entre los labios.

Roque continúa su juego. Mientras se soba, observa el cuerpo de la mujer. Le gustan aquellas mamellas grandes y esféricas; los pezones puntiagudos, que imagina duritos…, quisiera mamarlos, apretarlos entre sus labios. En su mente también se imagina desnudo junto a ella. Besa sus labios y la abraza. Roque se deja llevar por su imaginación: ahora besa su cuello, sus pechos. Chupa sus pezones y baja por el vientre, hasta alcanzar su sexo; lo acaricia con la lengua, lo lame, introduce su lengua por toda la extensión de la vulva. Acaricia el clítoris con la punta de la lengua, ella gime de gusto… Le coge la tranca, se agacha, se la introduce en la boca…

Ella, golosa, baja el ángulo de la cámara y enfoca su vientre, su vello púbico triangular y revuelto, los labios de su vulva…

La distancia ha sido derrotada. Sus miradas son más que pasión sexual, son de una intimidad e identificación del uno con el otro; tienen una fuerte conexión intelectual y sentimental.

También ella le corresponde: abre su conchita rosada. El capullito del clítoris muestra un órgano de tamaño medio, como una cabecita de glande de color morado. Sus dedos comienzan a hacer circulitos en torno al grueso y brillante garbanzo violáceo. Mete los dedos en el agujero. Los dedos se hunden y salen cubiertos de una capa de fluido fina y brillante. Los lleva al clítoris y empieza a masturbarse.

Uno frente a otro, en el plasma… y en ambos lados de cada pantalla se escuchan jadeos contenidos.

Roque deja los testículos y cambia de mano. Agarra con la izquierda la base de la verga tiesa y con la derecha contornea el glande y abre con los dedos el agujero del meato; en la punta aparece un charquito de flujo que él esparce por el capullo rosado. La polla está completamente hinchada, gruesa en toda su extensión. La mano izquierda acaricia el mástil despacio. Se lleva la mano derecha a la boca y ensaliva sus dedos. Piensa en cómo verá ella la escena, qué sentirá mientras sus dedos entran en el coño húmedo, y eso le pone más cachondo.

Los dedos llenos de saliva circunvalan la blanda cabeza del blando capullo. La saliva resbala lentamente con un reguero brillante hasta el nacimiento de la verga. Él acaricia el borde del capullo, ya violáceo. Tiene ganas de correrse; nota las sacudidas del deseo en la polla dura.

La mujer hunde sus dedos en el coño, hasta el fondo y se folla con lentitud sin dejar de mirar a la pantalla. Vuelve al clítoris tratando de alargar la masturbación.

Roque continúa la paja: manipula el cipote con la mano izquierda y sigue jugando con el glande. Gira en su torno, lo aprieta, desliza la yema de los dedos sobre el capullo, que ha pasado del color rosa al rojo encendido. Finalmente, muerto de deseo, se masturba enérgicamente. Jadea, jadea sonoramente… Un chorro de semen salta desde el agujero y salpica su muslo y su vientre; brilla sobre el rizado vello. La leche caliente mana a sacudidas y resbala por sus dedos; llena el mango de su polla y continúa con espasmos espesos y blanquecinos.

Frente a su monitor, a ella, esa visión de la que acaba de gozar, la conduce a su propio clímax, con la boca abierta, a la vez que se frota una y otra vez la vulva. Sus labios vaginales se abren y cierran convulsivamente en espasmos bien visibles. Entre los labios vaginales se desliza una viscosa capa de fluido caliente.

Roque gime varias veces, frota y aprieta la tranca hasta que ésta va aflojando la tensión. El caudal de leche tibia va menguando; apenas quedan unas gotas blanquecinas y espesas en la boca del capullo. Termina con un ronco gemido. Instantes después, el miembro va disminuyendo de tamaño, hasta quedar flácido sobre los testículos. Está satisfecho. Los salpicones de semen se aprecian en sus muslos y el vello de sus testículos.

Ella se acaricia las tetas. Se siente agotada, pero completa sexualmente por primera vez en mucho tiempo. Ha sido una experiencia brutal.

—¿Qué te ha parecido?

Roque deja salir un soplido entre sus labios.

—Maravilloso, créeme… No podía imaginar estas sensaciones. ¿Y tú? ¿Has gozado?

—Intensamente —deja transcurrir un pequeño lapso y añade—, me gustaría repetir y… algo más. quiero hacerte una propuesta. Como ya nos conocemos bien. ¿La próxima, sin antifaz?

—Sabes…., yo iba a proponerte lo mismo, ja, ja, ja.

Después de ese arrebato de última hora sobre la videollamada, Roque se sintió algo intranquilo por la reacción de ella. Asimismo, inmediatamente dejo de preocuparse, al no poder contener el deseo que sentía por esa mujer, no podía quitarse de la cabeza su cuerpo desnudo, sus tetas redondeadas, sus pezones erectos, sus labios húmedos y abiertos gimiendo de placer, su coño mojado… su mente se dispara, al igual que su entrepierna… y desea tocarla, acariciar sus pezones, lamerlos, acariciar su ombligo, besar todo su cuerpo sin parar y follarla dándola mucho placer.

Un sonido estridente le saca de su fantasía, su teléfono móvil suena y vibra sin parar. Roque lo saca de su pantalón y no puede evitar un jadeo a ver el nombre de ella en la pantalla. Su mano tiembla al descolgar y sus ojos no pueden dejar de mirar a esa mujer sonriente, tremendamente atractiva, con un picardías negro. Por fin, pueden verse las caras, se miran a los ojos, no hablan, se desean. Recorren con la mirada sus cuerpos… ella rompe el silencio y le invita a mirarla. Comienza a tocarse, acariciando su cuello se baja los tirantes de su picardías dejando al descubierto sus pechos firmes, los masajea despacio, con ambas manos, acaricia sus pezones… comienza a notar una tensión…

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