—¿Otra vez por aquí? —dijo la mujer policía que ocupaba la recepción de la comisaría.
—Tiene buena memoria, hace un mes que estuve aquí. —respondió una chica pelirroja.
—Ya… refréscame tu nombre corazón.
—Sara.
—Está bien Sara, vete hasta esa puerta azul y espera a que te llamen.
La joven se dirigió hacia donde le habían dicho.
“Misma puerta, por la tarde, quizás le toca el mismo tío y todo” pensó.
Se sentó en una banqueta de plástico y entrelazó las manos. No hacía frío allí, pero un escalofrío recorrió su cuerpo y su tripa rugió.
—¿Tienes hambre monada? —comentó un hombre de mediana edad y poco pelo.
Ella ignoró el comentario, pero el insistió.
—Yo también estoy nervioso muñeca. Segunda ofensa, castigo asegurado.
Sara no dijo nada, pero sí, estaba nerviosa… bueno y excitada. Y lo segundo era casi peor. Llegó a preguntarse si realmente su propio deseo la había traicionado. El caso es que la habían pillado robando y eso, con las nuevas reglas, tenía consecuencias.
Su tripa rugió de nuevo. Solo esperaba que aquel ruido solo lo hubiera oído ella. Después de todo había comido poco y mal. Casi mejor no haber comido.
La puerta se abrió y un oficial alto la invitó a entrar.
Era el mismo tipo de la otra vez solo que no estaba solo. Una joven policía, sentada en una silla, tomaba notas en un cuaderno colorado.
—Tu debes ser Sara, ¿nos conocemos? —dijo el agente con voz ronca.
—Esta es Laura, oficial en prácticas. Espero que no te importe que nos acompañe durante la sesión.
“Debe ser una broma.” Pensó Sara.
“Es imposible que no se acuerde, digo de lo que pasó entre nosotros”
—Está bien podemos empezar. —dijo el oficial.
Sara se puso de puntillas y entrelazó sus manos.
—Qué, que tengo que hacer… —dijo nerviosa
—Cierto, que no te he dicho nada. Bueno, para que Laura se familiarice empezaremos por una azotaina tradicional. Así que ven para aquí y desabróchate esos pantalones.
—¿Solo tiene que quitarse los pantalones? —Intervino Laura.
—Bueno, eso depende de nosotros… pero sí, tienes razón, es reincidente y parece que no ha tenido bastante… quítate la camiseta y el sujetador también Sara.
La chica se puso colorada y torpemente se desnudó de cintura para arriba, dejando sus tetas al aire. No eran unas domingas de récord ni mucho menos, pero ciertamente eran unos pechos de primera.
“Me gustan sus pezones” pensó Laura cruzándose de piernas.
—A veces les ayudamos con la ropa. —continuó el hombre desabrochando los pantalones de la cleptómana.
—Ah se me olvidaba, hay que leer la sentencia. La lees tú Laura.
La agente se aclaró la garganta y leyó.
“Sara, se te ha encontrado culpable de robar perfumes en una tienda. Es tu segundo encontronazo con la justicia. Los agentes a cargo del castigo te darán azotes a su discreción, usando mano, cinturón y vara si así lo estiman oportuno. El castigo se llevará a cabo, sin excepciones, íntegramente sobre el culo desnudo de la culpable.”
En un abrir y cerrar de ojos la delincuente se encontró sobre las piernas del agente con su trasero en cueros. No habían comenzado y ya pudo notar el pene duro bajo los pantalones, su colonia de varón y las miraditas… las suyas y las de su compañera.
La primera nalgada hizo bailar su culete y con la segunda perdió la postura y dejó a la vista su sexo.
La tripa le jugó una mala pasada y un pedo rápido inició su camino hacia la libertad. Apretó el esfínter contrayendo el culo demasiado tarde.
El pedo sonó, vaya que si sonó.
El agente se detuvo y Laura, llevándose la mano a la boca, mostró sorpresa.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el que la había empezado a zurrar.
Sara, mortificada, no dijo nada. En aquel momento su mente la pedía salir de allí a toda prisa, desaparecer. Pero como aquello no era posible, optó por permanecer quieta con la estúpida esperanza de que se olvidaran de su presencia.
Laura, que estaba francamente interesada en ese trabajo, contestó con un tono que consiguió humillar más a la castigada.
—Yo creo que la princesa se ha tirado un pedete. —espetó divertida.
—Eso ya lo veo. —dijo el oficial.
—¿Y qué hacemos? Lo suyo sería informar de ello—añadió casi como para si mismo.
—Por favor yo… yo no lo volveré a hacer. —intervino Sara mortificada.
—Yo creo que podemos seguir. Solo que habrá que limpiarle el culo. —exageró Laura.
—Creo que he visto una aspiradora en el armario. —agregó.
Tanto Sara como el oficial se quedaron a cuadros, pero Laura ya estaba abriendo el armario y sacando la máquina.
La enchufó y probó con la palma de su mano.
—Chupa, chupa —dijo.
Y añadió. —sujétala bien y separa sus nalgas. Eso es, que quede el ano bien expuesto.
Sara luchó y trató de zafarse, pero el policía, cogiendo una regla de madera, la propinó cuatro rápidos golpes.
—Salgo ahí fuera y se lo cuento a todos. —amenazó.
Sara negó con la cabeza y prometió obedecer.
Laura situó el tubo de metal en posición y dio al botón de encendido. Potencia máxima.
Luego acercó el tubo a las nalgas de la joven y vio como la carne era chupada por la aspiradora.
—Ahí no, lo que hay que aspirar es lo que sale del agujero. —dijo con cara de loca.
Sara notó como la maquina succionaba el agujero de su trasero. No dolía, simplemente se veía raro.
—Ya está bien. —dijo el oficial temeroso de que aquello estuviera yendo demasiado lejos.
—Usemos la vara y terminemos con esto. Inclínate sobre la mesa y no te muevas o tendremos que empezar de cero.
Los golpes con la vara marcaron los glúteos de la joven. Aquello escocía de verdad y era difícil mantener la posición. Pronto, fruto del dolor y la vergüenza, las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.
Fueron veinte latigazos.
Laura, que no era tan mala como se puede pensar, hizo algo fuera de guion. Sacó un tubo de crema y lo aplicó con delicadeza sobre la carne al rojo vivo de la detenida. Luego, cuando Sara se incorporó, la besó en los labios mientras con su mano izquierda le sobaba los pechos.
La chica fue a decir algo, pero no encontró las palabras y aquellos tocamientos la empezaban a gustar y sí, por qué no, también la ponía pensar que controlaba el crecimiento de la verga de aquel agente.
—Yo que tú me la follaba. —dijo Laura cuando dejó de comerle la boca.
Sara miró al agente y este, que recordaba los besos de la otra vez, se dispuso a complacerla.
Se bajó pantalones y calzoncillos dejando su miembro al aire.
—Guau, te comería ese trabuco pero si te hago una mamada te corres en mi boca antes de metérsela. —intervino la salida de su compañera.
Sara, a su pesar, ofreció su culo y el hombre se la metió por detrás. La vagina estaba tan empapada que la verga se deslizó sin apenas resistencia. Eso sí, roce había, y Sara no pudo evitar gritar cuando el placer la inundó.
El culo escocía sí, las nalgas picaban y probablemente le costaría sentarse durante un par de días… pero eso no quitaba para disfrutar con el mete y saca.
Laura se unió a la fiesta a su manera. Chupando una teta, retorciendo un pezón con suavidad calculada, dando palmadas al firme trasero de su compañero de trabajo.
Pero quería más, y se desnudó. Y acercó su culo a la cara de Sara, y la obligó a olerlo y luego olfateó ella misma el de su superior y le comió el ojete y gimió y alcanzó su propio orgasmo masturbándose en esa orgía de tres.
Cuando terminaron, el oficial sonrió a la cleptómana y dijo.
—Oye, la próxima vez que quieras verme no hace falta que robes la tienda. Me sabe mal tener que calentarte el culo con la vara.
Sara se frotó las nalgas y en aquel momento, con el picor muy presente, no tuvo más remedio que admitirlo.
—Sí, esto de robar no es bueno. Mejor quedamos cuando acabes y nos dedicamos a jugar al Koala y el árbol, la cucharita en la cama o tantos otros.
—Sin pedos. —añadió el agente.
—No le hagas caso, si quieres masturbarte y tirarte unos cuantos a gusto me llamas y montamos algo guarro. —comentó Laura.
Sara le sonrió.
“Esta tía está loca pero sabe lo que le gusta”
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