“¡No sé cuándo fue la última vez que tuve a un hombre entre mis brazos…!” exclamó de pronto María mientras tomábamos un café aquella mañana de noviembre. Nos habíamos conocido casualmente en el supermercado en el que yo había entrado para comprar una botella de vino que regalar a un matrimonio amigo al que no veía desde hacía tiempo. Bien, en realidad era con él con quien había perdido un poco el contacto; con su mujer, Eli, había quedado alguna que otra vez para follar mientras él estaba en el trabajo.
Iba pensando en ello mientras elegía un buen tinto cuando María, una mujer de unos cincuenta años, muy sociable como luego supe, me pidió consejo; no sabía mucho de vinos y buscaba también uno para llevárselo a su hija que cumplía años. Le recomendé uno que a mí me gustaba mucho y me lo agradeció efusivamente. “No sabe qué gran favor me haced usted…”. Le dije “tutéame por favor”, “y tú y tú…” me respondió. Por su caída de ojos y por lo arreglada que iba supuse que era una mujer coqueta.
En la cola de cajas, mientras esperábamos el turno para pagar, me explicó su vida rápidamente, que estaba separada, que le gustaba mucho conocer a gente, que qué amable había sido, etc. Yo la miraba a los ojos y percibí un leve rubor en sus mejillas cuando posé mi mano en su hombro y le dije que había sido un placer haberla ayudado.
-¿Te puedo invitar a un café, Marc? Es lo mínimo…
-No es necesario, pero si te apetece…
Así fue como dos desconocidos hasta ese momento acabamos compartiendo historias y confidencias. Como soy tal como ya sabéis, pronto llevé la conversación a mi terreno; sus ojos de un verde profundo me parecían muy interesantes.
A mi pregunta de qué tal con los hombres, me respondió con la confesión que ya habéis leído. “María, con lo encantadora que eres, eso debería tener fácil solución”, le dije. Ahora su sonrojo fue más que evidente. “¡Ay Marc, por favor, que me pierdo! Y no creas que no he visto tu anillo de casado…”. “A ver, que no te estoy pidiendo en matrimonio”. Y estallamos en carcajadas. Fue entonces cuando, con mi mano sobre la suya, le mostré mi cuenta de Instagram. “¡¿Este eres tú?!” exclamó. “Sí. Quizás quieras verme en directo y sin filtros, y tenerme entre tus brazos…”.
No había dejado de sorprenderme, a pesar de todas las aventuras que yo había vivido hasta entonces, la prontitud con la que María había entrado en el juego. Había confiado en mí inmediatamente y en ningún momento le pasó por la mente que yo pudiera ser, no sé, un psicópata, alguien peligroso, y sin dudarlo me dijo vamos a mi casa, ahora, quiero ver cómo te desnudas para mí, he tenido siempre la fantasía de conocer a un extraño tan morboso como tú, Marc; madre mía, eres muy persuasivo.
¿Quién no se ha cruzado por la calle con alguien aparentemente sin interés y no ha imaginado qué puede estar pasando por su imaginación, qué esconde bajo su aspecto convencional?
Pero eso no le pasa a todo el mundo así que, cuando al entrar en el ascensor de su finca y nos cruzamos con una vecina en el rellano, María no se apuró. Buenos días, Manoli, sí sí, hace calorcito hoy, como que me sobraba la ropa, adiós…
Se mantuvo callada mientras ascendíamos, con la mirada baja, las mejillas sonrojadas levemente. Dejamos las bolsas en la entrada. Bueno, pues aquí estamos Marc, en mi pisito, me dijo como si quisiera calmar sus nervios evidentes. La envolví entre mis brazos y ella se pegó a mí apoyando su cabeza en mi hombro. Uff, te noto contento, Marc. ¿Me llevas a tu dormitorio?… Siéntate, aquí, ponte cómoda. Desátame los zapatos, quítame los calcetines. Mientras lo hacía, me desprendí de la camisa y desabroché el cinturón y el primer botón del pantalón. Bájamelos. Ella me miró con sus bonitos ojos verdes y obedeció.
En mis bóxers negros resaltaba ya mi erección. Y ahora, cariño, quítamelos lentamente. A medida que lo hacía, mi pene fue emergiendo, enhiesto. Pufff, estás bien armado, madre mía… No necesitó más indicaciones y, agarrándome de las nalgas, procedió con su boca y su lengua a hacérselo suyo, en lo que fue solo el principio.
Me la mamaba sin prisas, como si estuviera comiéndose una tableta de chocolate a cachitos, olvidada durante mucho tiempo, para que así durara más el placer. Recorría mi polla de arriba abajo, de abajo arriba, sin dejar de lamer mis huevos, acariciando a la vez mis nalgas con la otra mano. De vez en cuando levantaba la vista y fijaba sus lascivos ojos verdes en el azul de los míos. Yo le decía palabras soeces y eso la excitaba todavía más. No quería correrme aún, así que me aparté de ella suavemente.
-Desnúdate, ¿no creerás que me basta con esto, verdad?
-Dios mío… No sé cuánto tiempo hace que un hombre no me ve sin ropa. ¡Qué vergüenza! -contestó ruborizada- Hay muchas partes de mi cuerpo que ya no me gustan, Marc.
-Olvídate de tus inseguridades, tienes conmigo la oportunidad de mostrarte tal como eres, sin miedos, sin temer ser juzgada. Venga, poco a poco…
Titubeó, suspiró, su tez roja como un tomate, pero se puso en pie y, mirando tímida al suelo, bajó lentamente la cremallera lateral de su falda y dejó que se deslizara por sus piernas. Luego fue desabotonando su blusa blanca hasta quedarse solo en sujetador y braguitas.
-Bueno, así ¿qué tal? -me preguntó con un tartamudeo casi inaudible.
La miré y le contesté, creo que con un deje algo dominante, sigue, quítatelo todo.
Como si no quisiera saber que yo la miraba atentamente desde la cama, mi polla erecta hasta el ombligo, giró la cabeza hacia un lado y se desprendió pausadamente del sujetador y, con un fuerte suspiro, finalmente se bajó las bragas hasta los tobillos.
Me incorporé y, moviéndome alrededor suyo, la “inspeccioné”, pasando mi mano por su piel, su espalda, su culo prominente, sus pechos grandes con los pezones como duros pitones aureolados.
-Vamos… -posando una mano en su hombro, la conminé a andar hacia el lecho.
Cuando llegamos a la altura de la cama, la giré hacia mí y nos besamos por primera vez. Hasta ese momento, no sé por qué, no había ocurrido. Abracé su cuerpo desnudo, que se aferraba al mío, y nuestras lenguas se buscaron con pasión así como nuestras manos, anhelosas, agarrándolo, acariciándolo, pellizcándolo todo, palpando nuestra humedad. Delicadamente la tumbé boca arriba sobre las sábanas.
-Marc, ya sé que me tomarás por tonta, pero me gustaría, estaría más cómoda, si ahora apagaras las luces y me hicieras el amor en penumbra.
Me acerqué, su mirada fija en mí, al interruptor y dejé el dormitorio prácticamente a oscuras, solo la poca luz que entraba por las rendijas de las persianas dejaba entrever a María en la cama, con las piernas separadas, ofreciéndose.
Me acerqué de nuevo y no dudé en abocarme, como un navío que llega por fin a puerto, a su depilado sexo palpitante. Fui succionando su clítoris al mismo tiempo que introducía dos dedos para estimularla más. Oía, al principio quedos, sus gemidos de placer, notaba el movimiento de sus caderas y de sus nalgas concertado con el de mi mano y mi lengua. Sutiles hilos líquidos ya impregnaban mi boca. Ahora ya eran jadeos, pequeños gritos, lo que salía de su boca abierta.
-Marc, ahhh, ven, ponte sobre mí, fóllame, fuerte, muérdeme el cuello…
Sumamente excitado, en la oscuridad, la penetré como ella pedía, sin condón como me había susurrado, “quiero sentir tu leche en mi coño, lléname”. Mis embestidas aumentaron de ritmo a la vez que clavaba suavemente mis dientes en su cuello, en sus pezones duros, y nos volvimos a besar en el preciso momento en que su vagina se contraía sobre mi pene erecto y yo me derramaba abundantemente en ella. Nos dimos la vuelta y ahora ella estaba sobre mí, a horcajadas, sin liberarse de mi polla, sus pecho sobre el mío.
-Marc, creo que esta circunstancia merece abrir una de las botellas ¿no?
Y sus ojos verdes brillaron pícaros.
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