Follándome gracias a ellos

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T. Lectura: 4 min.

Era sábado en la noche. Me desperté de una siesta después de almorzar y me quedé a oscuras en la cama, observando el cielo negro a través del cristal. Sentía un deseo latente, un pulso guardado en mi sexo que no sabía cómo alimentar. Mi mente empezó a maquinar travesuras: ¿desnudarme por completo, correr la cortina y pegar mis tetas al vidrio para que el frío pusiera duros mis pezones? ¿O solo meter la mano por dentro del pantalón en busca del clítoris para calentarme en solitario? Estaba tan desconectada que los latidos de mi coño me obligaban a apretar las piernas de pura desesperación.

Me levanté y fui al baño. Al verme al espejo, noté un brillo salvaje en mis ojos y la piel encendida. La blusa definía perfectamente mi busto; mis nenas estaban firmes y redondas. Hice mis necesidades rápido y me desnudé del torso hacia arriba. Al ver mis pechos reflejados, con los pezones erguidos y duros, exclamé un jadeo ¡Qué delicia verlos así! Sin pensarlo, llevé mis manos a esas nenas y comencé a amasarlas, primero suave y luego subiendo la fuerza.

Tomé el aceite corporal que tengo allí, me esparcí una buena dosis sobre la piel y, con las manos empapadas, las cogí a dos manos para estrujarlas con más rigor. Comencé a jugar con mis pezones, jalándolos hacia adelante y pellizcándolos con fuerza. De un momento a otro, me fui directo al espejo y los pegué contra el cristal para sentir ese contraste helado.

Comencé a gemir en el baño, imaginando escenas sucias y morbosas para aumentar mi deseo, pero mi cuerpo buscaba mucha más estimulación y me desesperaba al no saber cómo llenar esa necesidad. Me fui a una habitación que está al fondo de la casa y da hacia el patio. Me asomé a la ventana y miré de frente la habitación de mis vecinos. Ellos no tenían la cortina puesta, solo un velo transparente a través del cual se veía todo en la noche.

Pude ver que mi vecina se estaba besando con un hombre, pero no era su marido. Se me dibujó una sonrisa cínica en el rostro: este chisme estaba buenísimo. El tipo la giró de golpe, dejándola de espaldas. Le quitó la camiseta con afán y luego le bajó el top hasta la cintura, dejando sus grandes tetas al aire. ¡Uff, por Dios! ¿Será verdad lo que estoy viendo? El hombre le agarró esos melones con tanta fuerza que ella soltó un grito, no de dolor, sino de puro placer; se lo veía en el rostro mientras él le hablaba al oído. Me habría encantado saber qué le decía, porque esa mujer solo repetía: «Sí, sí, sí…», mientras gemía desbocada.

Mis tetas reaccionaron a esa escena porno en vivo. Mi coño comenzó a latir con tal intensidad que mis pantis se empaparon. Me quité el pantalón y la tanga, quedando completamente desnuda en la oscuridad frente a la ventana. Comencé a amasar mis nenas de la misma manera que ese hombre se lo hacía a ella. El tipo empezó a darle palmadas sobre las tetas al mismo tiempo que se las jalaba desde los pezones; se le veían rojas y con los pezones hinchados, y ella disfrutaba de ese dolor. Así que yo procedí a hacer lo mismo. Nunca lo había intentado, pero el ardor del golpe y el pellizco fuerte en mis pezones fue un dolorcito tan delicioso que tuve que apretar las piernas. Miraba a ese extraño en la penumbra y deseaba en mi oscuridad que hiciera lo mismo conmigo.

Al rato, el hombre le bajó el pantalón de un solo tirón y la empujó hacia la cama. Ella quedó apoyada sobre sus brazos, dejando su gran trasero a merced de él. El tipo se bajó el pantalón y el bóxer. Llevó una mano a su boca, la lamió y luego se tomó la verga —que no pude ver por la posición— para estimularse un rato, mientras se saboreaba los labios con una mirada morbosa clavada en ese gran trasero. Ella estaba desesperada, mirándolo sobre el hombro y moviendo las nalgas a la espera de ser follada rápidamente.

El hombre le plantó una nalgada tan fuerte que la mujer gritó, y ese golpe seco provocó una descarga directa en mi cerebro, recordando los momentos en que yo misma lo había vivido. Inmediatamente bajó un corrientazo por mi espalda; sin pensarlo, hundí una mano en mi coño y comencé a masturbarme. Levanté la mirada hacia la ventana y fue en ese mismo instante que el tipo se la metió sin ningún remordimiento, de un solo empuje. La mujer gritó de nuevo, apretando los ojos.

Esa escena fue mi detonante. Comencé a follarme con los dedos con fuerza, mientras en voz baja le decía a ese hombre a la distancia: «¡Dale más duro! ¡Más, más duro!». Podía escuchar el eco de sus caderas chocando contra esas nalgas; cada vez era más rápido y más fuerte. En esa casa se escuchaba música, a lo mejor estaban en alguna reunión, así que el ruido disimulaba un poco lo que hacían ellos. Al parecer, no estaban solos.

El tipo le estaba dando con toda. En un momento la tomó por el cabello, aumentando la potencia de sus embestidas, y ella solo gemía duro, mientras yo deseaba mentalmente ser ella. El mismo ritmo salvaje que llevaba ese hombre yo lo llevaba en mi mano allí dentro, tratando de no caerme porque mis piernas estaban temblando.

—¡Dale más duro, papi, y rápido que puede llegar en cualquier momento! —dijo ella con la voz entrecortada.

¡Ah! Ahora lo entendía todo… Le estaban poniendo el cuerno a mi vecino en su propia casa. Cada quien hace con su vida lo que quiera, y en este momento, me estoy follando gracias a ellos.

—Eso es lo que te gusta, perra… que te coja duro mientras tu marido está fuera —escuché que él le decía con la mandíbula apretada.

Esa fue la señal de que el hombre estaba a punto de correrse dentro de ella. Aumenté la velocidad de mis dedos al máximo. Él dio sus últimas estocadas, quedándose rígido por algunos segundos. ¡Uff! Cómo me habría gustado recibir esa descarga caliente dentro de mí. Mi cuerpo se dejó llevar por un orgasmo tan placentero y limpio que mi corazón latía con fuerza y mi respiración se aceleró por completo.

Abrí los ojos y vi cuando el hombre miró asustado hacia la puerta —a lo mejor llegó el marido—, se alejó de ella empujándola sobre la cama, se subió el pantalón y salió corriendo de la habitación, dejándonos a ambas completamente satisfechas.

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