Primera parte.
Con Gabriela somos amigos desde el jardín de infantes, allí nos conocimos, congeniamos y rápidamente nos hicimos amigos, compartiendo juguetes, travesuras, la comida que llevábamos, juegos, etc.
Seguimos juntos tanto en la escuela primaria como en la secundaria, nos reuníamos para estudiar, ella siempre me salvaba cuando yo no llevaba el material para la clase de artística, dejaba que me copiara en los exámenes, nos contábamos cosas que no se las contábamos a nadie más, en fin ella era mi mejor amiga.
Quizás les sorprenda saber que nunca fuimos novios, no hubo entre nosotros ningún acercamiento sexual, ni siquiera un beso después de una noche larga y con alcohol.
A mí también me sorprende, Gabriela no era para nada fea; no era la más linda, la que tenía mejor cuerpo, la más sensual, pero tenía todo eso en dosis justas y, además, era muy simpática e inteligente, y a todos les caía bien.
Pero de pronto, por mitad del secundario, ambos empezamos a tener nuestras novias y novios, y entonces nos pareció natural contarnos cosas íntimas de las parejas, en donde el sexo solo sobrevolaba muy suavemente en los relatos.
Ella se casó primero, con Daniel, hace un par de años, yo, a los pocos meses, con Marcela. Ambos matrimonios eran sólidos y no mostraban que asomara alguna crisis.
Obviamente ya no nos veíamos seguido, ya sea por el trabajo, la familia o lo que fuere; solo cada tanto cruzábamos mensajes para saber cómo estaba el otro.
La casualidad es la gran detonadora de los sucesos de la vida, y por ella sucedió lo que a continuación les contaré.
Era un lunes, poco más del mediodía, y yo había salido del trabajo para comer algo y volver rápido; estaba sentado en una mesa contra la vidriera del bar donde siempre almorzaba y que está a la vuelta de mi oficina, terminando mi almuerzo, mientras pensaba cómo habíamos perdido el partido de fútbol contra un equipo de otra oficina del mismo edificio, nos habían ganado por 4 a 1, y eso era un deshonor y había que remediarlo, el asunto era cómo reforzarnos.
Eso estaba rumiando cuando vi pasar por la vereda de enfrente a Gaby; fue instintivo, la vi, me paré, fui hasta la puerta del bar y la llamé gritando su nombre, ella se dio vuelta me vio e inmediatamente vino hacia donde yo estaba. Nos abrazamos y nos dimos un beso (en la mejilla, por supuesto) y le pedí que se quedara y me acompañara tomando un café, lo que aceptó con una gran sonrisa.
Tardamos pocos minutos en ponernos al día con nuestras respectivas vidas (los dos hicimos ostentación de felicidad por nuestros presentes, y luego la conversación empezó a tomar rumbos azarosos, comentarios sobre alguna película o libro, encuentros con amigos en común, paseos hechos con nuestras parejas, hasta que… hasta que nos trenzamos en una discusión (intrascendente, amable, con sonrisas) sobre quién había sido nuestra profesora de Literatura en segundo año: ella decía que había sido la Sra. Vaca (cuantos chistes habremos hechos de ella) y yo la Srta. Romano. En ese momento recordé lo porfiada que ella era, iba a seguirla hasta que yo le diera la razón, ni pensar de admitir el error.
Mientras cada uno trataba de fundamentar su seguridad en el nombre, por primera vez en la vida la vi distinta, no era solo mi amiga Gaby, era una mujer que me gustaba mucho, a quien comenzaba a desear, y al mismo tiempo me preguntaba por qué entre nosotros nunca había pasado nada físico. Y el deseo sexual se lleva muy mal con la prudencia y el razonamiento, nos obnubila la mente y solo vemos un gran cartel de neón que nos dice que estamos ante alguien a quien queremos poseer y que no debemos dejar pasar la ocasión para hacérselo saber.
Mi cabeza estaba enfrascada en ese trance, no obstante lo cual tenía en claro que entre Vaca y Romano, yo tenía la razón. No tenía ninguna duda.
De pronto escuché “¿qué querés apostar?”, mi corazón comenzó a latir cada vez más vertiginosamente, pero estaba lleno de inseguridades por su eventual reacción y preferí contestarle que apostarle algo era como robarle a un ciego; eso lejos de disuadirla, la envalentonó más y cuando alcanzó a decirme “apostemos y elegí lo que vos quieras”, me escuché decir, sin poder creerlo yo mismo: “si perdés vamos a un telo a hacer el amor”.
El silencio y su cara de asombro me presagió una tormenta devastadora, al momento me arrepentí y comencé a buscar las palabras para salir del lío que había armado. Ella no me dio tiempo y muy seria me dijo: “te fuiste al carajo, no te reconozco”.
La miré en silencio y retomé mi apostura, ya estaba jugado y ahora había que ir hasta el fin. Mirándola a los ojos le dije: “sos la mejor mujer que conocí en mi vida y nunca me animé a decírtelo, tenerte en mis brazos sería estar en el cielo, te deseo mucho”.
La vi quedarse sin palabras, ponerse colorada y mirándome a los ojos me dijo “siempre esperé que me lo dijeras; ahora es tarde, ambos estamos casados y yo no quiero poner en peligro mi matrimonio”. Se levantó y saludándome con la mano me dijo “que te vaya bien en la vida”.
Segunda parte.
Los días fueron pasando y yo no terminaba de lamentarme, había sido muy brutal lo mío y había recibido la respuesta merecida, debía asumir que nada entre nosotros sería igual de ahora en adelante; solo me quedaba una duda, la próxima vez que nos encontráramos, seguramente en alguna reunión de los compañeros de colegio, ¿cómo me saludaría, efusivamente como siempre, o distante por lo sucedido?
Habían pasado casi dos meses, era la tardecita y acabábamos de tener sexo con Marce (bien, nada espectacular pero buen disfrute para ambos) y aún me estaba recuperando de la “petit mort” (como dicen los franceses al orgasmo) cuando me entra un mensaje al celular; no lo miré enseguida, estábamos descansando entrelazados con Marce, esa era una sensación placentera, y no quería moverme; así estuvimos varios minutos hasta que ella fue al baño; allí miré la pantalla y vi que el mensaje era de Gaby; mi corazón nuevamente comenzó a galopar, mientras yo estaba indeciso para leerlo, temía que siguiera molesta conmigo.
Finalmente me decidí a leerlo, y decía: “tenías razón la profe de 2º fue la de Romano, ¿me vas a cobrar la apuesta?, jaja”
No podía creer lo que estaba leyendo, mi cara me delataba y Marce me preguntó qué ocurría, de quién era el mensaje que estaba leyendo; improvisé sobre la marcha y le contesté que los muchachos de la oficina habían conseguido un nuevo refuerzo para el equipo y que jugaba bárbaro, ella solo dijo: “Uds. siempre con el fútbol” y prendió la tele.
Entonces me apuré a contestarle a Gaby que me encantaría cobrarle la apuesta, agregando caritas de pasión en el mensaje. Su respuesta fue lacónica: “¿Cuándo?” Le dije: “¿Mañana?” “¿A qué hora y dónde?” escribió; mi mente trabajaba a mil por hora buscando un telo para ir; cuando me decidí le propuse una esquina cercana al mismo, y a las 3 de la tarde. “Ok, nos vemos mañana”
Al otro día, después de comer mi esposa se fue a visitar a los padres y yo me dispuse a acudir a la cita. Confieso que no había podido pensar en otra cosa desde la noche anterior; reconozco, estaba nervioso, tenso, trataba de imaginar cómo se desarrollaría nuestro encuentro, y sobre todo, si yo estaría la altura de las expectativas de Gaby porque no quería defraudarla; finalmente entendí que lo mejor era que dejara que las cosas fueran fluyendo por sí solas.
Llegué unos minutos antes y estacioné en la esquina acordada; casi enseguida apareció ella, me vio y se vino directo para el auto, subió, me dio un beso y me dijo decidida “vamos”.
Conduje unas cuadras mientras conversábamos intrascendencias, se notaba que ella también estaba nerviosa. Llegamos, pagué, y seguí conduciendo hasta la pieza Nº 25, estacioné, bajé la cortina, y entonces ella también se bajó del auto, se puso a mi lado, nos abrazamos, la besé muy suavemente en los labios y le dije “soñé muchas veces con esto”, ella no me contestó y me besó apasionadamente.
Al entrar a la habitación del hotel yo ya estaba más que excitado (lo que se notaba en mi pantalón claramente), tenía miedo de correrme sin haberla tocado, jaja; de a poco recuperé la calma y en ese momento ella me dijo “voy al baño, no empieces sin mí” y se rio.
Allí me asaltó la duda: ¿la espero vestido? ¿me desnudo, me meto en la cama y me tapo? ¿Me desnudo y la espero así en la cama sin taparme? La indecisión hizo que quedara paralizado hasta que ella volvió, se me acercó y volvió a besarme mientras me susurraba al oído “gracias por esperarme, llevame despacio” .
Nos recostamos en la cama y continuamos besándonos; se notaba que, de a poco, empezaba a relajarse, a estar más cómoda con la situación, lentamente se dejó caer sobre su espalda y yo, mientras nuestros besos se hacían cada vez más intensos, comencé a acariciarle los pechos con mi mano derecha, luego le desprendí todos los botones de su camisa y mis labios cambiaron de lugar, ahora recorrían su torso, la piel de su vientre, sus hombros y sus senos que aún tenían el corpiño puesto; intenté desprenderlo (el cierre estaba atrás) pero entre los nervios y mi torpeza, no podía lograrlo.
Finalmente fue ella quien se lo sacó dejando delante de mis ojos sus dos elevaciones, no muy pronunciadas, pero para mí eran hermosas y muy tentadoras; allí mis labios y mi lengua comenzaron a saborear sus pezones, los atrapaba entre mis labios y al mismo tiempo los acariciaba con mi lengua, fue en ese momento que comenzaron sus primeros gemidos de placer.
Tras un largo rato aprendiendo la forma de sus dos redondeces, me arrodillé en la cama sobre ella y comencé a desprender su pantalón, esta vez fue más fácil e inmediatamente le corrí el cierre, luego y lentamente empecé a bajárselo junto con su bombacha; nuevamente ella me facilitó la tarea levantando su cadera y permitiendo que la liberara de su ropa, y entonces tuve ante mí su tan deseado sexo.
Comencé a acariciarlo en un movimiento lento y rítmico que obtenía como respuesta un incremento exponencial de sus gemidos los que aumentaban cuando rozaba su clítoris, en eso estábamos cuando me dice: “me estás haciendo trampa, todavía estás vestido”; no creo que Usain Bolt lo hiciera más rápido, apenas terminó de decir esas palabras y yo me había quitado toda la ropa mostrando una erección digna de Gaby; en ese momento se incorporó, me empujó para que yo quedara de espaldas sobre el colchón y su lengua empezó a recorrer todo mi miembro, de arriba hacia abajo, una y otra vez.
Y luego se lo introdujo totalmente en su boca y continuó jugando con su lengua sobre mi glande; alcancé a decirle que parara, que iba a correrme enseguida, y su respuesta fue erguirse, situarse sobre mí a horcajadas e introducirse íntegramente mi pene en su sexo, que se había no humedecido, empapado para ello.
Ambos estábamos tan calientes que mucho antes de un minuto habíamos acabado, fue de esas corridas que salen desde lo más adentro de tu ser, mientras yo la apretaba contra mí; así quedamos un buen rato, abrazados y entrelazados, mientras le decía que era hermosa, que era la mejor mujer que había conocido en mi vida, que era increíble, que en ese momento a su lado había encontrado una felicidad tal que no podía imaginar que existiera algo así; ello solo repetía “te amo, te amo”.
Pocos minutos después comenzamos nuevamente a besarnos y acariciarnos; esta vez y decididamente mi boca buscó y encontró su triángulo de placer, ella se arqueó para sentirme mejor, mientras mi lengua saboreaba su clítoris; primero con un dedo y luego con dos, fui recorriendo su interior; no lo soñé, en ese trance ella volvió a demostrarme el placer que estaba sintiendo con sus gemidos y espasmos y sobre todo con los jugos que le fluían a cántaros; sus caderas se movían cada vez más intensamente sobre mis labios, hasta que tomando suavemente entre sus manos mi cara me indicó silenciosamente lo que quería.
Mi miembro, duro, totalmente erecto, recorrió su húmeda entrada incrementando el goce que ella sentía, así la fui penetrando lenta y profundamente, comenzando con un ritmo suave que de a poco se fue incrementando; durante mis embestidas cada vez más profundas, ella se aferraba con sus manos a las sábanas y me pedía que no parara; mis movimientos frenéticos eran respondidos de la misma manera por ella.
El ritmo lentamente fue aumentando y ella me dijo “acabame por favor que no doy más de placer”, no hacía falta que me lo pidiera, la sensación que la eyaculación ya era imparable me invadió y me dejé ir mientras ella también se corría y se aferraba fuertemente a mi cuerpo.
Quedamos abrazados, exhaustos, satisfechos, y entre dormidos, hasta que una voz nos anunció que el turno terminaba en diez minutos; tras pasar ambos por el baño comenzamos a vestirnos en silencio mientras nuestras miradas se juntaban y nos decían que lo que habíamos experimentado nos iba a marcar para siempre, que el placer vivido necesitaba ser nuevamente sentido, que nuestros cuerpos querían y necesitaban volver a unirse.
Salimos de la habitación abrazados, sabiendo que ya no nos separaríamos más.
Tercera parte.
Con Santiago somos amigos desde el jardín de infantes, allí nos conocimos y rápidamente nos hicimos amigos, compartiendo juguetes, la comida que llevábamos, juegos, etc.
Seguimos juntos tanto en la escuela primaria como en la secundaria, nos reuníamos para estudiar, yo lo dejaba que se copiara en los exámenes, le prestaba hojas y lápices para la clase de artística, éramos confidentes, pero no había atracción sexual, yo lo veía solo como un amigo. Con el tiempo me puse de novia y me casé con Daniel, y nuestros encuentros comenzaron a ser cada vez más esporádicos.
Un día, algo después del horario del almuerzo, iba caminando por la calle y escuché una voz que me llamaba, era él que me gritaba desde la puerta de un bar; me acerqué a saludarlo y me invitó a tomar un café, lo cual acepté de buena gana.
Invariablemente la conversación viró hacia el pasado, a la época de la secundaria, los recuerdos y anécdotas aparecían naturalmente. En eso estábamos, charlando, y hablando de profesores, no nos poníamos de acuerdo en quién había sido la profe de Literatura en segundo, yo decía que había sido la Sra. Vaca y él la Sra. Romano. En ese momento, en broma, le dije “¿qué querés apostar?”; su respuesta me dejó estupefacta: “si perdés vamos a un telo a hacer el amor”.
Me quedé muda, pasmada, lo miré incrédula y le dije “te fuiste al carajo, no te reconozco”. Él me contestó que me deseaba mucho y que quería tenerme en sus brazos.
En otro momento de mi vida le hubiera respondido que yo también lo había deseado, pero ahora era tarde, que estaba casada y que no quería poner en peligro mi matrimonio. Me levanté, lo saludé con la mano, le dije algo que no recuerdo y me fui.
Los días fueron pasando y otras preocupaciones ocupaban mi mente, pero inexorablemente volvían las palabras de Santi; saber que me deseaba en el fondo me halagaba y me hacía sentir mejor. Un día, mientras me bañaba, ese recuerdo volvió y de pronto mi mano se detuvo un largo rato entre mis piernas, entrecerré los ojos, mi imaginación comenzó a volar y cuando reaccioné mi dedo frotaba frenéticamente mi clítoris; lejos de detenerme continué masturbándome hasta que sentir temblar mis piernas y el desahogo me llegó.
En un principio me puse muy mal, mientras mi esposo estaba en la habitación contigua yo me había estado tocando pensando en otro hombre. Pero en el correr de los días la situación se repitió, nuevamente en la ducha. Y poco después, una mañana, cuando él ya había salido para su trabajo, yo volví a la cama, me desnudé y comencé a tocarme sin apuro y pensando en Santi; lo veía desnudo, entrando en mí, moviéndose frenéticamente, y hasta tuve la sensación de que acababa y su semen tibio me inundaba.
Así no puedo seguir, me dije, debo terminar ya con esta fantasía. Los siguientes días fueron una batalla interior para alejar de mis pensamientos a Santi; me repetía que mi esposo Daniel no solo me hacía muy feliz, también me cogía muy bien. Eso funcionó un tiempito, hasta que una vez que estábamos haciendo el amor, yo pensaba que estaba con Santi y el placer subió imprevistamente de nivel. Cuando, después del orgasmo, recuperé la serenidad, tomé la decisión.
Un par de días después lo llamé y le dije: “tenías razón la profe de 2º fue la Sra. de Romano, ¿me vas a cobrar la apuesta?, jaja” , me contestó que le encantaría cobrármela, su respuesta hizo acelerar mi corazón, inmediatamente acordamos dónde y cuándo encontrarnos.
El día del encuentro, un domingo, nos despertamos con mi esposo y nos quedamos abrazados en la cama; seguramente la culpa influyó y mi mano se dirigió a su entrepierna por debajo de su slip, tomé su miembro dormido y lo acaricié; rápidamente reaccionó y se endureció; lo tomé entre mis manos, me lo llevé a la boca y no lo saqué hasta que sentí que se corría dentro, no me detuve, por el contrario aumenté mi ritmo hasta que noté que él estaba relajado y satisfecho; después me levanté, hice el desayuno y lo llevé a la cama, para poder mirar la carrera juntos. Nos levantamos al mediodía, pedimos algo para comer y almorzamos.
Los domingos a la tarde de Daniel están ocupados por el fútbol; así que se fue enseguida y yo me preparé para el encuentro tan anhelado.
Llegué a horario a la esquina acordada y allí estaba él; subí al auto, le di un beso y le dije decidida “vamos”. Llegamos enseguida, era cerca, él pagó y condujo hasta la habitación que nos habían asignado; bajó la cortina y yo descendí del auto, fue en ese instante que, por primera vez en nuestras vidas, nos abrazamos y nos besamos apasionadamente.
Al entrar a la habitación del hotel era evidente que él estaba más que excitado (lo que se notaba en su pantalón claramente), “voy al baño, no empieces sin mí” le dije y me reí. Cuando volví todavía estaba sentado en la cama vestido, como paralizado, volví a besarlo mientras le susurraba al oído “gracias por esperarme, llevame despacio”.
Nos recostamos en la cama y continuamos besándonos; me daba cuenta que él seguía muy tenso; yo me recosté mirándolo a los ojos y lo atraje hacia mí continuando con los besos, los que se hacían cada vez más intensos.
Comenzó a acariciar y besar mis pechos sobre mi camisa, luego desprendió todos los botones y sus labios cambiaron de lugar, ahora recorrían mi torso, la piel de mi vientre, mis hombros; torpemente intentó desprender el cierre del corpiño y al fracasar lo hice yo; así empecé a sentir sus labios saboreando mis pezones, el placer que sentía dispararon mis primeros gemidos de placer.
Se arrodilló en la cama para desprender mi pantalón y lentamente lo fue bajando junto con mi bombacha; le facilité la tarea levantando la cadera, y ofreciéndole mi sexo desnudo; comenzó a acariciarlo en un movimiento lento y rítmico que obtenía como respuesta un incremento exponencial de mis gemidos los que aumentaban cuando rozaba mi clítoris, en eso estábamos cuando advierto que él no se había aún desnudado, y le dije: “me estás haciendo trampa, todavía estás vestido”; rápidamente lo hizo quedando a mi vista su pene erecto y bien duro.
Me incorporé, lo puse espaldas sobre el colchón y mi lengua empezó a recorrer todo su miembro, de arriba hacia abajo, una y otra vez, y luego lo introduje totalmente en mi boca y continué jugando con mi lengua sobre su glande; fue cuando recordé que esa mañana había hecho lo mismo con el miembro de Dany (jocosamente pensé para mí: “esta mañana chupé una verga, ahora chupo otra, estoy hecha una puta, y lo disfruto mucho”).
Alcancé a oír que me decía que parara, que iba a correrse enseguida, inmediatamente me subí a horcajadas sobre él e introduje íntegramente su pene en mi sexo empapado. Ambos estábamos tan calientes que mucho antes de un minuto habíamos acabado (yo ya venía estimulada de la mañana); fue de esas corridas que salen desde lo más adentro de tu ser, quedamos un buen rato abrazados y entrelazados, sin decir palabras, disfrutando de haber acabado en forma tan intensa; nos empezamos a decir cosas lindas al oído, solo recuerdo repetirle “te amo, te amo”.
Pocos minutos después comenzamos nuevamente a besarnos y acariciarnos; esta vez él, con su boca buscó y encontró mis labios vaginales, entonces me arqueé para sentirlo mejor, mis caderas se movían cada vez más intensamente sobre sus labios, hasta que tomando suavemente entre mis manos su cara lo atraje hacia mí; su miembro, duro, totalmente firme, recorrió mis labios vaginales incrementando el goce que sentía, así me fue penetrando lenta y profundamente, comenzando con un ritmo suave que de a poco se fue incrementando; durante sus embestidas cada vez más profundas, yo me aferraba a las sábanas y le pedía que no parara; mis movimientos frenéticos eran respondidos de la misma manera por él.
No resistiendo más el placer le pedí que acabara, lo cual se produjo enseguida, provocando que yo también me corriera.
Quedamos abrazados, exhaustos, satisfechos, y entre dormidos, hasta que una voz nos anunció que el turno terminaba en diez minutos; tras pasar ambos por el baño comenzamos a vestirnos en silencio mientras nuestras miradas se juntaban y nos decían que lo que habíamos experimentado nos iba a marcar para siempre, que el placer vivido necesitaba ser nuevamente sentido, que nuestros cuerpos querían y necesitaban volver a unirse. Salimos de la habitación abrazados, sabiendo que ya no nos separaríamos más.
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