Hambres cruzadas: Crónica de un servicio (muy) técnico

2
3886
T. Lectura: 5 min.

Lo que no se encuentra en casa, se busca afuera. Así son las cosas, aunque muchos digan lo contrario. Aquí no vengo a juzgar; cada quien sabe por qué lo hace, y yo lo sé mejor que nadie. Muchas mujeres terminamos buscando en otra cama no por falta de moral, sino por hambre de vida. Es un “basta” rotundo a esa idea de que la mujer, al pasar los cuarenta, debe ser un mueble más, un adorno que se empolva mientras la vida pasa.

Soy una mujer bien caliente, y aquel que está en casa parece haber olvidado que, además de ser padre, es esposo. Él cree que por llevar el pan, pagar la luz y cumplir con las obligaciones ya hizo su parte. Se le olvidó que un matrimonio no es una empresa de facturación, sino un jardín que hay que regar. Él me ve como “la mamá de sus hijos” o “la dueña de casa”, pero dejó de verme como hembra.

A mis cuarenta y cinco, mi libido aumentó al ciento diez por ciento. ¿A qué hombre no le gustaría que su mujer lo vea con cara de almuerzo y lo quiera coger bien rico cada vez que se dé la oportunidad? Además, mientras llega a casa, juegan con mensajitos bien calientes con fotos y videos, para que cuando llegue, su mujer lo esté esperando con las piernas abiertas. Pero no, mi realidad es un desierto. Así que salgo a buscar afuera el fuego que en mi cama se volvió hielo. Él se olvidó de que el matrimonio es un jardín que hay que regar… y ese descuido, sumado a mis ganas locas de sentirme viva, son los dos motores que me empujan a la calle, y pretendientes no me faltan.

Tengo un vecino, un hombre que está como quiere y al que no paso desapercibida. Cuando me ve pasar hacia la tienda, con mi jean bien ajustado marcando mi pequeño trasero y mi blusita ajustada, regalando unos naranjazos que no dejan nada a la imaginación —sí, no uso brasier porque ese es mi objetivo: llamar la atención—. El vecino me saluda con esa mirada morbosa que me recorre entera:

—¡Hola, vecina! ¿Necesita compañía? —me dice con esa voz que me hace vibrar.

Yo solo giro, le sonrío y sigo mi camino, dejándolo con las ganas… por ahora. El problema es que siempre está rodeado de amigos o de sus hijos, y yo no quiero despertar sospechas; mis travesuras deben ser un secreto absoluto. No quiero chismes, quiero fuego real.

Y como el hambre no espera a que el vecino esté solo, la oportunidad me llegó por otro lado. Una tarde, sola en casa como siempre, llegó Gus, el técnico del cable, para solucionar un problema con el servicio de Internet. Aquel hombre estaba como quiere y, además, joven. Cuando entró, escaneó mi cuerpo de arriba hacia abajo, ya que estaba en pijama: una blusita de tirantes y un short ajustadito; para disimular, llevaba una bata, pero la tenía abierta.

Lo hice seguir a mi habitación porque allí estaba el router; ese hombre no disimulaba nada, y yo, feliz de tener su atención. Él demoró el servicio a propósito y yo, encantada de verlo sentada al borde de la cama.

—¿Te provoca tomar algo?

—Eh… bueno, señora, gracias.

—Señora no, dejemos las formalidades, llámame Gabriela.

—Está bien, Gabriela. Gracias.

Me fui a la cocina por un vaso con jugo y cuando volví lo vi sentado en el piso cortando cables.

—Aquí tienes, Gus, ¿te puedo llamar así? —le entregué el vaso mientras me agachaba dejándole ver mis jugosas naranjas.

—Eh… gracias, Gabriela —se quedó unos segundos observándolos y luego subió su mirada perversa. “Ya caíste”, pensé.— Llámame como quieras.

—¿Te gusta lo que ves? —voy directo al grano.

—Mucho, la verdad.

—¿Quieres tocarlos? Porque en este momento deseo que me los expriman, están muy sensibles.

—Si quieres eso, Gabriela, puedo cumplir con tu requerimiento. A eso vine, ¿no? —dejó a un lado el vaso y se arrodilló frente a mí.

—Exactamente, un excelente servicio.

Me senté sobre su regazo abriendo mis piernas mientras él, sin miedo, fue metiendo sus manos por debajo de mi blusa, pasando sus grandes manos ásperas por mi espalda. Me fui directo a sus labios para meter mi lengua hasta el fondo de su garganta. Él, por su parte, pasó sus uñas arañando mi espalda, llegando a mis nalgas y metiendo sus manos dentro del short. Apretó con tanta fuerza para pegarme más a su cuerpo, que estaba calientito.

—¿Su marido no la atiende? —hace la pregunta mientras baja los tirantes de la blusa, dejando libres a mis naranjazos que desean ser exprimidos.

—No, por eso busco afuera lo que no encuentro aquí, en esta casa.

—¡Qué desperdicio! No sabe la mamasota que tiene —agarra con fuerza mis tetas—. Bueno, aprovecharé su descuido.

—Dale, Gus, culéame bien rico —comencé a gemir cerca de sus labios.

—Te voy a coger bien rico y a llenarte esa chochita que está descuidada con mi verga.

Me llevó a la cama, quitándome lo único que me quedaba; luego se desnudó frente a mí, liberando esa verga venuda apuntando hacia arriba. Se arrodilló enfrente de mí, abriendo mis piernas para irse directamente a mi coño mojado. No saben ese hombre cómo se devoraba mis labios, con una maestría que mi espalda se arqueó formando una curva estupenda, como para plasmarla en una fotografía erótica. Gemía tan duro en esa habitación donde muchas veces me he sentido sola estando acompañada.

Gus no paraba, metía sus dedos follándome con ellos, provocando en mí oleadas de calor por todo mi cuerpo, liberando así mi primer orgasmo.

—¡Méteme esa verga ya! —grité.

—¿Andas muy ganosita, perra?

—¡Sí, así que fóllame duro!

—Te voy a clavar tan duro que no vas a poder caminar y tu marido lo notará —empujó esa verga dentro de mí con fuerza.

—¡Ah! —grité—. Ese ni cuenta se dará.

—Jajaja… si supiera la puta que tiene en la casa —se clava con fuerza varias veces haciéndome gritar en mi cama.

—Una puta que te estás cogiendo ahora mismo. Así que dame con toda.

Se salió de repente, girando mi cuerpo y poniéndome en cuatro; se clavó nuevamente dándome una fuerte nalgada.

—Así se cogen a las putas —clava sus uñas en mis caderas.

—Así se coge, con ganas. No con tibiezas —le respondí—. Y si así se cogen a las putas, pues así me gusta.

Me tomó por el cabello llevándome a su pecho, luego me tomó por el cuello haciendo una leve presión dificultando mi respiración. Pasó su lengua por una de mis orejas dejándola mojada; todo esto lo hacía mientras se hundía con fuerza dentro de mí.

—Cómo quisiera tener en mi casa a una puta como tú, así toda ganosita, pero solo tengo a una que se queja de dolores de cabeza —me susurra al oído.

Esa es la otra cara de la moneda. Hay hombres que quizás sí quieren, pero se estrellan contra un muro de rechazo constante.

—Ya ves, nada es perfecto en esta vida, Gus.

—De eso me doy cuenta, Gaby. Tú me fascinas, no sabes hace cuánto no cojo de esta manera.

—Estamos a la par, ahora disfrutemos, ¿sí?

Me tumbó nuevamente a la cama yéndose sobre mí. El calor de su cuerpo me fascinaba junto con su humedad. Buscaba mi coño para jugar con mi clítoris mientras meneaba su cadera sobre mi trasero. Su respiración pesada la escuchaba en mi nuca; se notaba que disfrutaba y yo también.

—Dame más, Gus, clávate bien duro y déjame llenita —pedía más con cada gemido.

—¿Puedo llenarte el culito? Mi mujer nunca me ha dejado.

—Hazlo, Gus, mételo con ganas, pártame el culo si eso quieres.

—Gracias.

Se puso de rodillas abriendo mis nalgas en busca de ese lugar negado a muchos, pero para mí es bienvenido. Con la punta de su verga trataba de entrar a mi hoyito, así que me puse en cuatro para que fuera más fácil. Él entraba lentamente, abriendo los músculos anales; duele, no lo voy a negar, pero manejé el aire para relajarme. Al estar totalmente dentro de mí, comenzó a menear su cadera mientras escuché cómo gemía por el placer que debía estar sintiendo.

Por mi parte, cerré los ojos y me dejé llevar por todas las sensaciones que él me provoca; movía mi culo hacia atrás para clavármelo con más velocidad, así que él entendió lo que quería y comenzó a taladrarme con ímpetu. No sé por cuánto tiempo estuvimos allí; ese hombre me cogió como nunca, me llenó todita dejándome recuerdos de él, mi piel marcada y su leche dentro de mí.

Al final, Gus se fue dejando el servicio de internet funcionando y a mí con el alma (y el cuerpo) reiniciada. Me dio una calificación de diez por mi “colaboración”, y yo le di lo mismo por su maestría. Guardé su número no como un contacto más, sino como un seguro de vida para mis días de sequía.

Me quedé un rato sola en la habitación, sintiendo aún el rastro de sus manos ásperas en mi piel y su humedad entre mis piernas. Mientras escuchaba a lo lejos el ruido de la llave de mi marido entrando en la cerradura, sonreí para mis adentros. Él llegaría cansado, preguntando qué hay de cena y quejándose del tráfico, sin sospechar que en esta casa habita una mujer que ya no espera migajas.

Porque si él solo quiere ser el administrador de las facturas, yo seré la dueña de mis propios incendios. Salí de la habitación sin bañarme, poniendo mi mejor cara de “esposa abnegada”, sabiendo que el secreto me hace más fuerte, más joven y, sobre todo, mucho más peligrosa.

Loading

2 COMENTARIOS

  1. Que rico, me haces recordar mis mejores tiempos y el placer que llegue a brindarle a mujeres de esa edad uffff riquísimo

  2. Estuvo muy bueno Gaby , creo que somos del mismo país , podés escribirme para esos momentos de sequía.

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí