Llegué al lugar y efectivamente, estaba a reventar de gente. Justo debajo del reloj vi a mi sobrina. Altiva, tierna, sexy. Esa faldita que traía es de las que son muy ligeras, que hasta el viento levanta y su top dejaba ver de manera natural su busto, firme, turgente, tetas de joven.
Y como bien dijo, un señor, ya muy mayor estaba pegadito a ella. Llevaba un pantalón de mezclilla algo viejo y sucio, un suéter bastante gastado y una gorra de beisbol. Una barba blanca mal cuidada y una mochila que seguramente había sido de alguno de sus nietos.
Como pude me fui acercando hacia ella hasta que quedé al otro costado de ella. Había tanta gente que parecía imposible subirse en cualquier metro. Algunas personas al entrar y ver esa conglomeración decidían salirse e ir a buscar rutas alternas.
Tomé mi teléfono y le llamé.
-Bueno.
-Hola, ¿hija, como estas?, ya te vi, pero no voltees ni hagas nada.
-¿Por qué tío?
-Es que ya vi al señor que dices y algunos otros que están por ahí. Le voy a dar la vuelta para irme acercando, pero ve pidiendo permiso como para ir hacia el andén hasta cuando me veas y ya que estemos juntos vemos que hacemos, porque la verdad esta llenísimo.
-Vale tío, así le hago.
Discretamente ella volteo y a lo lejos me vio, se fue recorriendo, pidiendo permiso entre la gente, pero cual fue mi sorpresa de ver que el viejito venia pegadito, pidiendo permiso también y como se veía completamente inofensivo y hasta débil, nadie se molestaba en recorrerse. Después de unos 10 metros llegó a un costado mío. Saqué el celular y le escribí un mensaje. “voy a empezar a hacerte la plática como si fuéramos desconocidos, tu sígueme la corriente, pero quiero saber si este viejito si te despierta algo de morbo”.
Ella sacó su cel, sonrió y me dijo: “está bien y a tu pregunta, si y bastante.”
No lo pensé más, me fui acercando a ella, cada metro que llegaba, se iba subiendo poca gente y salía otro tanto. Eso hacía que nos fuéramos reacomodando. fui buscando la manera de quedar a la espalda de mi sobrina. El viejito, aunque de apariencia débil, era sumamente aferrado, no dejaba que nadie le quitara su lugar del costado de esa chiquilla de falda.
Ya estábamos como a 4 personas de llegar a la línea amarilla, no faltaba mucho para poder entrar. Seguro en unos 3 o 4 metros más podríamos ingresar. Conforme te vas acercando a la vía, la gente se aglomera más. Un descuido y pierdes tu lugar cuando la vorágine de gente lucha por entrar y salir al mismo tiempo.
Me acerqué al viejito y le dije en una voz que solo el pudiera escuchar:
-Mucha gente señor, ¿no lo aplastan mucho?
-Estoy acostumbrado joven, la cosa es no despegarse y seguir avanzando hasta poder entrar.
-Y ya vi que va bien pegadito, ¿he? -y le guiñé un ojo, viendo hacia abajo, fijando la mirada en las nalgas de mi sobrina
El volteo por reflejo y enseguida volteo de nuevo al frente.
-No se espante amigo, si desde que la vi, también quise ir “bien pegadito” – me acerqué más a su oído y le seguí diciendo – Además estoy seguro de que es de esas chiquillas que les gusta la verga, ¿Cómo se viene vestida así en el área de hombres?
El viejito solo sonrió ligeramente y asintió con la cabeza.
Pude confirmar que mis sospechas eran ciertas, el viejito quería tocarla. Era momento de pasar a la siguiente fase. Ahora acercarse a mi sobrina. Todo esto me estaba poniendo muy caliente, ya no podía pensar con claridad.
-¿Disculpe señorita, una pregunta, en que estación baja?
-Voy hasta Copilco señor -contestó mi sobrina de manera muy natural.
-Justo vamos a la misma estación, es que si hay mucha gente. A ver si entramos a la que sigue.
-Ojalá que sí, cuando llegue me empuja para que podamos entrar.
No me esperaba esa respuesta. Ella lo dijo con tal ligereza y con el volumen necesario para que viejito y yo pudiéramos escucharlo. Me pude dar cuenta que, al escucharlo, el viejito bajo su mochilita a la altura de las piernas de mi sobrina. Yo me acerqué un poco más. No tardó en llegar el siguiente metro y para nuestra fortuna venía a media capacidad. Todos los pasajeros que ahí estábamos, al darnos cuenta, nos empezamos a amontonar y compactar hombro con hombro, eras una masa uniforme que se agolpaba por entrar al vagón. Fue bajando la velocidad, nos acercamos aún más. Yo tomé por la cintura a mi sobrina y le dije:
-Parece que ahora si nos podremos subir, agárrese bien señorita para que no la vayan a tirar.
-Muchas gracias, señor. Yo creo que si podemos entrar.
Sentí como el viejito quería acercarse y parecía que lo iban a dejar afuera entre tantos aventones así que lo tome por la espalda y lo pase hacia delante de mi sobrina. El aceptó en silencio, dio un paso y las tetas de ella quedaron literalmente embarradas en la espalda del viejo.
Íbamos como en fila, Yo sujete a mi niña por la cintura y ella puso su mano en el hombro del señor y se acercó al oído y le dijo:
-Perdone señor, ¿le molesta si me agarro de usted para no caerme?
-Para nada mi niña, agárrese bien. Ahorita entramos.
Sucedió, El metro se detuvo, todos nos empezamos a empujar y al abrirse las puertas la presión fue muchísima, casi nos deja sin aliento. Empezamos a entrar a la fuerza, mi sobrina se tropezó y empujo al viejito, entre el arremolinamiento de gente el señor se empezó a girar y yo me aferre a la cintura de ella. La gente seguía presionando por entrar y ya no cabía un alma.
El abuelo quedó literalmente fundido a mi sobrina de frente. Lo supe porque mi mano iba en su cintura y podía sentir el brazo de él, sujetando su mochilita hacia abajo, quedando el dorso de su mano recargado justo en el muslo de ella. Mi niña puso su mano sobre el pecho del señor y la otra hacia su pecho. Yo podía ver al viejito que se intimidaba por tener a esta mujer tan joven pegada a él.
-Perdón señorita, es que me van aventando mucho – dije en voz normal para iniciar plática con ella.
-No se preocupe. Yo también voy aventando al señor, ¿no lo voy lastimando señor? – le dijo mi sobrina muy cerquita de su cara.
-Para nada señorita, usted apóyese bien para que no se vaya a caer – dijo eso y pude sentir el musculo de su antebrazo moverse como para acomodar su mano. Sabía que estaba buscando la oportunidad para tocarla.
Con mi otra mano rodeé la cintura de ella y el señor se pudo dar cuenta porque rosé su pansa también. Vi como bajo su mirada y vio mi mano, justo debajo de los pechos de ella, yo veía como viendo al infinito, pero empecé a subir mi pulgar muy discreto, buscaba afanosamente el borde inferior del busto y como traía ombliguera me resultó más fácil. El solo hecho de sentir sus pechos sobre la tela me empezó a generar una erección muy notoria para ella.
Sentí como recargo su cadera hacia atrás. Empecé a friccionar mi pelvis sobre sus nalgas mientras que mi mano fluía un poco más por sus pechos. El viejito no dejaba de mirar. Lo pude notar como hipnotizado. Su vista fija y volví a sentir el movimiento de su antebrazo tratando de acomodarse para ir hacia la entrepierna de mi sobrina. Eso me calentó aún más.
Para nuestra buena suerte, el metro se detuvo a la mitad del túnel. Sono la bocina del vagón: “la marcha se reanudará en breve” y cuando eso pasa, todos sabemos que de breve no tiene nada. Estaba disfrutando solo de lo que estaba pasando cuando de pronto mi sobrina empezó a platicar con el viejo.
-Oiga señor, ¿no quiere que le ayude con su mochila? Yo la puedo cargar un rato, cuando yo llevó mi mochila hasta se me duerme la mano cuando la cargo así.
-Ay perdón señorita ¿la viene molestando? Es que no tengo como acomodarme, ahorita veo como me acomodo….
Ella bajo su mano, sujeto la mochila y alcancé a escuchar que le dijo más bajito “es para que pueda llevar su mano más libre”
No lo podía creer, de verdad que esa niña que había conocido, tierna, angelical, llevaba dentro una mujer completamente dispuesta a experimentar su sexualidad mucho más fuerte de lo que hubiera deseado.
Volví a sentir como se acomodó el señor, su mano estaba literalmente sobre la falda de ella, entre sus piernas. Yo subí mi mano y apreté esa teta tan deliciosa, pude ver la piel de su cuello como se erizaba, como ese sudor incipiente empezaba a recorrer de su nuca hacia su espalda, era una imagen que derrochaba sensualidad.
Miré al señor, le sonreí discreto y el hizo lo mismo. Ya éramos cómplices, estábamos en el entendido que podíamos ir deleitando nuestros sentidos con este manjar de mujer.
Las personas abrieron las ventanas, unos se quejaban, otros medio se asomaban y chiflaban incitando a que por favor ya avanzaran, el calor empezaba a ser insostenible. La mezcla de olores lo hacía aún más dantesco.
En un momento se apagaron las luces y fue cuando no me contuve. Los segundos eran vitales y en cualquier momento podían encender la luz.
Bajé mi mano de sus tetas hacia su vagina y lo que encontré fue divinamente perverso. No pude meter mi mano por que este anciano tenía la suya por debajo de la falda. Venía dedeándola. Esa decrepita mano traía sus dedos en la vagina húmeda de mi sobrina. Sentía el brazo de ella moverse también. Trate de seguirlo para ver que hacía… estaba tocando el miembro del señor sobre su pantalón. La oscuridad aún era nuestra aliada. Le dije al oído:
-Mi niña, sácaselo, quiero que lo sientas, que tengas en tu mano una verga vieja, que sepas a que huele, a que sabe.
-Si tío, lo que me pidas.
Note sus movimientos y podía verlos en mi mente. Sus dedos juveniles, peleando con esa bragueta y después indagando entre su ropa interior. Sintiendo esta mezcla de líquido seminal y todo aquello que él pudiera trae ahí.
En la penumbra logré percibir la expresión del señor, desencajada, apuesto que traía ya los ojos en blanco. Sentir en su arrugada verga, en ese viejo miembro la mano tersa, suave tocándolo, apretándolo.
De un momento se encendieron las luces, el aire acondicionado se prendió y el tren despresurizó los frenos y estábamos por avanzar. Tratamos de recomponer al menos los rostros. Pero lo evidente era el aroma. Una mezcla de sexo y orina se empezó a hacer presente. La gente volteaba curiosa, buscaban de donde veía ese olor que incitaba a la curiosidad insana que genera la ocasión. Algunos volteaban hacia donde estábamos nosotros. Miradas cargadas de envidia y coraje por no ser ellos los que vinieran pegados a esta universitaria hermosa.
Llegamos a la siguiente estación. Se bajo mucha gente, pero otro tanto más estaba lista para la batalla de poder entrar antes de que la puerta se cerrara frente a ellos. El viejito pidió permiso, se alisto, agarro su mochila y al abrirse las puertas, se fundió a esa masa humana que salió expelida del vagón. Yo me pegue hacia mi sobrina hasta llegar a la puerta contraria. Ella se giró me abrazo por la cintura y me beso. Fue el beso más erótico que había sentido en mucho tiempo. Al separar sus labios de los míos levanto su mano a la altura de su pecho, solo para que ambos pudiéramos ver y venia llena de semen rancio y oxidado. Había deslechado al viejo, pero se quedó con un regalo de él.
La miré fijamente y le dije:
-Quiero ver cómo te lo comes.
-Si tío, sabes que siempre voy a hacer lo que tú me digas.
Llevó uno de sus dedos a sus labios, pude ver e incluso olerlo. Sin quitarme la vista de encima, engulló todo su dedo y lo sacó limpio. Así continuó hasta dejar su mano limpia. Yo estaba completamente excitado. La miraba y respiraba agitado no podía dar crédito a todo lo que podía haber paso entre una estación y otra.
Llegamos a la siguiente estación. Salimos y buscamos el primer hotel. Ambos no podíamos esperar más.
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