Jugué con fuego y me quemé (1/2)

2
1520
T. Lectura: 9 min.

Primera parte de dos, capítulo 1. Basado en un recuerdo, con algo de aporte y libertad literaria, espero sea de su agrado. Como siempre son bienvenidos sus comentarios

Verano, mi vida parece tranquila vista desde afuera: primeros años casada con Mi Mor, mudados temporalmente de nuestra Ciudad Norteña a un complejo residencial privado en las afueras de la Ciudad de Occidente por su trabajo, una casa grande con jardín y piscina elevada, dos bendiciones que por fin se fueron al campamento de verano. Yo, profesionista, pero integrada en un periodo de ama de casa, disfrutando de unas semanas de relativa calma.

Pero nada es tan simple.

Mi Mor había recibido la confirmación hacía unos días: nos mudábamos de regreso al norte. Solo nos quedaban unos pocos días en Guadalajara. Esa noticia me había llenado de una mezcla de aliento y… algo más peligroso. Una especie de libertad temporal. Sabía que después de esta semana no volvería a ver a ninguno de nuestros vecinos de la privada. Y esa certeza me volvió imprudente.

El sol de Occidente caía como plomo derretido. Eran casi las doce del mediodía y el aire olía a cloro caliente, a tierra mojada de la lluvia de anoche y a buganvilias. Me senté en el borde del sillón reclinable de madera y tela gruesa que habíamos comprado hacía poco. El calor del plástico quemaba ligeramente la parte posterior de mis muslos.

Tomé la botella de bronceador con factor 50 y vertí una buena cantidad en la palma de mi mano. El líquido era espeso, tibio por el sol. Lo extendí lentamente sobre mi pecho izquierdo, dibujando círculos amplios. Sentí cómo la crema fría al principio se calentaba rápidamente contra mi piel bronceada. Mis pezones, ya sensibles por el calor, se endurecieron al instante bajo la palma de mi mano. Un cosquilleo eléctrico bajó directo hasta mi vientre.

“Qué bochorno …”, pensé, pero no me detuve. Seguí masajeando el derecho con más lentitud, pellizcando ligeramente el pezón entre mis dedos sin querer admitirlo del todo. La piel se me erizó. El contraste entre el calor del sol y la frescura residual de la loción me hacía sentir extrañamente viva.

Mi cabello castaño oscuro, largo y con algunas ondas naturales, lo tenía recogido en una cola de caballo alta y apretada. Algunos mechones se me pegaban ya a la nuca por el sudor. Me puse de pie un segundo para ajustarme la parte baja del bikini amarillo que había elegido esa mañana —pequeño y atrevido— y luego me senté de nuevo.

Fue entonces cuando lo sentí.

Esa mirada.

Sabía que él me estaba mirando.

La ventana del segundo piso de la casa de al lado estaba entreabierta. Enrique “Quique” López, nuestro vecino recientemente divorciado de cuarenta y cinco años, estaba ahí. Otra vez. Lo había descubierto mirándome casi todos los días desde que las bendiciones se fueron. No era la primera vez que un hombre me observaba, pero con él había algo distinto. Era más insistente. Más hambriento.

Y hoy… hoy yo había decidido provocarlo de verdad. Total, en unos días nos iríamos. ¿Qué podía pasar?

Recordé las palabras de Sandra, su ex esposa, cuando todavía éramos algo cercanas antes del divorcio. Habíamos tomado una tarde y, entre copas de vino, me confesó riendo, pero con un toque de resentimiento:

—“Ese cabrón está bien servido, Eleny. 25 centímetros de dolora y placentera carne. Te juro, la primera vez casi me manda al hospital y veces me da miedo que termine desgarrándome”.

Yo me había reído en aquel entonces. Mi Mor —mi segundo esposo— era un hombre cariñoso, atento, sumiso en la cama. Nunca había conocido nada parecido. Y era feliz de conocerlo. O eso me repetía, Ya no estaba para el calor e intensidad de ese tipo de machos. Aunque aún fantaseaba con aquellos días. Y ahora, sabiendo que me iría pronto, esa fantasía se había vuelto peligrosa.

Pero ahora, aquí, bajo este sol abrasador, la idea me parecía tan lejana.

Decidí provocarlo.

Me quité lentamente la parte de arriba del bikini. La tela se deslizó por mis brazos y la dejé caer al suelo junto al sillón. Mis pechos quedaron completamente expuestos al sol. Sentí el calor directo sobre mis pezones erectos, casi quemándolos. Tomé la gorra de béisbol de ala ancha que usaba para el sol y me la puse, luego busqué mis gafas oscuras grandes y me las coloqué. Detrás de ellas, mis ojos seguían abiertos.

Me recosté completamente en el sillón, brazos estirados hacia atrás por encima de mi cabeza, piernas ligeramente abiertas. El corazón me latía fuerte.

“Solo es un juego… solo estoy tomando el sol”, me mentí a mí misma.

El sudor empezaba a correr entre mis pechos, mezclándose con el bronceador. Sentía la piel brillante, resbaladiza. El calor entre mis piernas aumentaba, y no solo por el sol. Una humedad traicionera comenzaba a formarse dentro de mi bikini.

Pasaron varios minutos. Escuché el canto de las cigarras y el lejano rumor de un coche en la privada. Entonces… el sonido inconfundible de la puerta corrediza de vidrio de la casa de al lado abriéndose y cerrándose con cuidado.

Mi respiración se volvió más superficial.

No me moví. Fingí dormir.

Escuché pasos suaves sobre la hierba, luego el crujido de arbustos. Se estaba acercando por el lateral, donde la cerca viva era más espesa. El muy hijo de puta se estaba atreviendo cada día más.

Sentí su presencia antes de verlo. Ese olor masculino mezclado con sudor y algo de colonia barata flotó hasta mí. Mi cuerpo reaccionó a pesar de mi mente: un latido fuerte entre las piernas, mis pezones endureciéndose aún más.

Mi cuerpo reaccionó traicioneramente. Sentí un calor líquido entre las piernas, humedeciendo la tela del bikini. Me odié por ello… pero no me moví.

“¿Qué carajos estoy haciendo?”, pensé con rabia. “Esto está mal. Debería levantarme y entrar a la casa ahora mismo”.

Pero no lo hice. Me quedé quieta. La excitación prohibida me mantenía clavada al sillón.

“Solo es un juego”, me repetí. “En unos días me voy y nunca más lo volveré a ver”.

Los pasos se detuvieron muy cerca. Podía sentirlo a menos de dos metros, observándome. Mirando mis pechos desnudos, mi vientre, la tela del bikini apenas cubriendo mi vulva.

Mi cuquita se contrajo involuntariamente. Sentí cómo se humedecía más. Sentía como el bochorno me quemaba las mejillas debajo de las gafas oscuras.

De repente, escuché un movimiento más cercano. Estaba rodeando el sillón. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

Y entonces lo sentí.

Algo delgado, frío y plástico rozó la parte interna de mi muñeca derecha, donde tenía el brazo estirado hacia atrás. Intenté mantener la respiración calmada, pero fallé. Un segundo después, el mismo objeto rodeó mi muñeca izquierda.

“¿Qué…?”

Antes de que pudiera reaccionar, escuché el “clic-clic” rápido y brutal de dos bridas cerrándose al mismo tiempo.

Mis ojos se abrieron de golpe detrás de las gafas.

El pánico me golpeó como una ola helada.

Intenté tirar de mis brazos, pero las bridas de plástico se clavaron dolorosamente en mis muñecas. Manteniéndome completamente inmovilizada contra el respaldo del sillón. Estaban bien apretadas, sujetándome los brazos hacia atrás y abiertos contra el respaldo del sillón reclinable. El corazón me martilleaba en el pecho con tanta fuerza que sentía cada latido en los oídos.

—¿Qué chingados crees que estás haciendo? —grité, pero mi voz salió más ahogada de lo que quería—. ¡Suéltame ahora mismo!

Escuché una risa baja, ronca, cargada de triunfo. Quique rodeó el sillón y se plantó frente a mí. Era más alto de lo que recordaba de cerca. Cuarenta y cinco años, cuerpo fuerte y tosco de tanto trabajar en obra, piel morena por el sol, camiseta sudada pegada al pecho y una sonrisa que me heló la sangre.

Se tomó su tiempo para observarme: mis pechos desnudos subiendo y bajando agitados, mis pezones duros por el sol y la adrenalina.

—Shhh, Eleny… no grites —dijo con esa voz gruesa—. Nadie te va a oír. Y aunque te oigan… ¿qué van a pensar cuando vean que la señora Ramírez se quitó el top del bikini solita y se puso a tomar el sol como una perrita en celo?

Me quitó la gorra de un tirón y luego las gafas oscuras. Mis ojos castaños se encontraron con los suyos, oscuros y llenos de lujuria. Intenté cubrirme, pero era imposible. Mis pechos quedaban completamente expuestos, pezones duros y enrojecidos por el sol y la excitación traicionera.

—Suéltame, hijo de puta. Solo eran unos días más aquí… ¡nos vamos esta semana! —le espeté, intentando usar la mudanza como escudo.

Quique soltó una carcajada.

—Ah, sí… me enteré que se iban. Por eso andas de provocadora, Todos los putos días. Sacando esas tetas bonitas, abriendo las piernas, fingiendo que no sabías que te estaba viendo. ¿Creías que soy pendejo? ¿verdad? Pensaste que podías excitarme y luego desaparecer. Mala suerte, vecina.

Quique se rio otra vez y se llevó la mano a la bragueta de sus pantalones cortos de trabajo. Bajó el cierre lentamente, casi con ceremonia.

Sacó su verga. Dios mío. Era gruesa, venosa, más oscura que el resto de su cuerpo y ya completamente dura. Sandra no había exagerado. Era enorme. Por mucho más grande que la de Mi Mor. Calculé que efectivamente eran veinte cinco centímetros de pura carne gruesa y pesada, con la cabeza hinchada y brillante.

Mi boca se secó. El terror y una excitación vergonzosa se mezclaron en mi estómago.

—No… Quique, por favor. En serio nos mudamos en unos días. Esto no tiene sentido… Suéltame… en cualquier momento llegará mi marido.

—Tu marido… —repitió con desprecio mientras se acercaba más—. Ese pinche pendejo, tan calladito y sumiso. ¿Crees que le gustaría saber que su mujercita se moja cada vez que el vecino la mira?

Se paró a horcajadas sobre el sillón, una rodilla a cada lado de mis caderas, y acercó esa monstruosidad a mi cara. El olor era fuerte: sudor masculino, piel caliente y un toque almizclado que me revolvió el estómago… y me humedeció más abajo.

Él se acercó más, a horcajadas sobre el sillón, y presionó la cabeza gruesa de su verga contra mis labios.

—Ábrele la boca a tu vecino, perra. Total… si te vas en unos días, aprovechemos el tiempo, ¿no?

Cerré los labios con fuerza, girando la cara. Las lágrimas me ardían en los ojos.

Quique me agarró del cabello y me jaló la cabeza hacia atrás con fuerza, obligándome a mirarlo.

—Te voy a decir cómo va a ser esto, Eleny. Si gritas, si haces escándalo, yo mismo le voy a contar a tu cornudo todito lo que has estado haciendo. Que te desnudabas para mí. Que te excitabas sabiendo que te veía. ¿Quieres que tu cornudo se entere que su mujercita es una provocadora antes de irse? Y si no me cree… puedo armar tal pedo en la privada que nadie te va a volver a ver con los mismos ojos. ¿Entendiste?

Mi respiración era entrecortada. El sol quemaba mi piel desnuda. Sentía el sudor corriendo entre mis pechos y bajando por mi vientre.

Asentí apenas, derrotada.

—Buena puta —murmuró.

Presionó la cabeza gruesa de su verga contra mis labios. Estaba caliente, suave por fuera y durísima por dentro. El sabor salado se extendió por mi lengua cuando abrí la boca a la fuerza.

—Así… chúpamela rico.

Entró poco a poco. Era demasiado gruesa. Sentí cómo mis labios se estiraban alrededor de él, cómo mi mandíbula se abría al límite. Solo había metido la mitad y ya sentía que me llenaba toda la boca. Intenté respirar por la nariz, pero su olor me invadía.

Quique empezó a mover las caderas lentamente, sujetándome la cabeza con ambas manos. Cogiéndome la boca con calma sádica. Cada vez que empujaba más profundo, sentía la cabeza golpeando el fondo de mi garganta. Arcadas. Lágrimas corriendo por mis mejillas. Saliva espesa escapando por las comisuras de mi boca y bajando por mi barbilla hasta mis pechos.

—Mírate… qué bonita se ve la norteña mamando verga como una profesional —gruñó—. Y todo porque pensabas que te ibas a escapar… Qué equivocada estabas. Tu panocha debe estar empapada ya, ¿verdad?

Tenía razón. A pesar del asco, de la rabia y de la humillación que me quemaba por dentro, mi cuerpo me estaba traicionando. Sentía mi clítoris hinchado, palpitando, y una humedad caliente empapando la tela del bikini amarillo. Mis pezones estaban tan duros que dolían.

Quique aceleró el ritmo, sujetándome la cabeza con ambas manos. Sus huevos pesados golpeaban contra mi barbilla. Gemía como un animal.

—Me voy a correr en tu boca, Eleny… y te lo vas a tragar todito como la buena vecina que eres.

Intenté protestar, pero solo salió un sonido ahogado. Su verga se hinchó aún más dentro de mi boca. De repente, soltó un gruñido profundo y empezó a eyacular, soltó chorros espesos y calientes directamente en mi garganta. Tragué por instinto, una y otra vez, mientras él gemía de placer.

El primer chorro fue potente, caliente, directamente en mi garganta. Tosí, me atraganté, pero él no salió. Siguió corriéndose, chorro tras chorro espeso y abundante. El sabor era fuerte, salado, ligeramente amargo. Tragué por instinto, una, dos, tres veces, mientras más semen llenaba mi boca. Parte se escapó por las comisuras y corrió por mi cuello.

Cuando por fin salió, jadeando, me miró con una sonrisa satisfecha. Tosí violentamente, con el sabor fuerte y salado todavía en mi lengua.

—Buena puta. Te tragaste casi todo.

Intentando recuperar el aliento. Sentía su semen todavía en mi lengua, en mi garganta. Lágrimas de rabia y vergüenza corrían por mi cara.

—Hijo de la chingada… —susurré con voz rota—. Ya te aprovechaste. Ahora suéltame.

Quique se rio mientras se guardaba la verga todavía semidura.

—Todavía no, “bebecita”. Apenas estoy empezando.

Quique se rio mientras se arrodillaba entre mis piernas.

Sus manos grandes y ásperas agarraron la cintura elástica de mi bikini amarillo y tiraron de los lazos a los lados. La tela se deslizó fácilmente. Intenté cerrar las piernas, pero él las abrió con fuerza y rápidamente colocó dos bridas más alrededor de mis tobillos, atándolos a los laterales del sillón, dejándome completamente abierta bajo el sol.

Quedé completamente expuesta. Piernas abiertas de par en par bajo el sol de Occidente. Mi cuquita depilada, hinchada y brillando de humedad.

—Mira nada más qué panocha tan bonita y mojada tienes, puta —dijo con voz ronca, pasando dos dedos gruesos por mis labios vaginales—. Pensabas que te ibas a ir y me dejabas con las ganas… Ahora vas a pagar por provocarme.

—No… —gemí, pero mi voz sonó débil.

Bajó la cabeza y pasó su lengua lentamente por toda mi hendidura. Un escalofrío violento recorrió mi cuerpo. Intenté resistirme, pero cuando empezó a chupar mi clítoris hinchado mientras metía dos dedos dentro de mí, supe que estaba perdida. Un escalofrío violento recorrió todo mi cuerpo. Mis caderas se sacudieron involuntariamente.

Mi mente gritaba de rabia y vergüenza:

“Solo eran unos días… ¿cómo dejé que esto pasara?”

Pero mi cuerpo ardía. Mis caderas empezaron a moverse contra su boca sin que pudiera detenerlas. El orgasmo se acercaba peligrosamente.

Quique levantó la vista, con la boca brillante de mis jugos, y sonrió con malicia:

—Sabes delicioso —murmuró contra mi carne, y empezó a lamerme con hambre.

Mis muslos temblaban. Intenté resistir con todas mis fuerzas… pero estaba perdiendo la batalla.

Su lengua era experta, insistente. Chupaba mi clítoris, lo rodeaba, lo succionaba mientras metía dos dedos gruesos dentro de mí. Sentía cómo mis paredes internas se contraían alrededor de ellos, traicionándome. El sonido húmedo y obsceno de sus dedos penetrándome llenaba el jardín.

Mi mente gritaba de vergüenza y rabia.

“Esto no puede estar pasando… soy una mujer casada… ¿cómo puedo estar así de mojada?”

Pero mi cuerpo ardía. Oleadas de placer subían por mi vientre. Mis pechos subían y bajaban con la respiración agitada. Sentía que me acercaba peligrosamente al borde.

Quique levantó la vista, con la boca brillante de mis jugos, y sonrió con malicia.

—Estás a punto de correrte, ¿verdad, puta? … aunque creas que te vas a escapar. Se te nota en la cara. Córrete para tu vecino… quiero sentir cómo te convulsionas en mis dedos.

Mis muslos temblaban. Intenté resistir con todas mis fuerzas, pero su lengua volvió a atacar mi clítoris con movimientos rápidos y precisos mientras sus dedos me profanaban más profundo, curvándose justo donde más lo necesitaba.

—No… por favor… no…

El orgasmo me golpeó como un tren.

Mi cuerpo entero se arqueó contra las bridas. Un gemido largo y ahogado escapó de mi garganta mientras oleadas intensas de placer me recorrían. Mis paredes vaginales se contraían rítmicamente alrededor de sus dedos, expulsando más humedad que corría por mis muslos y por el sillón. Mi mente se quedó en blanco por unos segundos, solo existía el placer brutal y humillante.

Cuando empecé a bajar, todavía temblando, Quique levantó la cabeza y me miró con ojos victoriosos.

—Esa fue la primera… pero no será la última…

Loading

2 COMENTARIOS


  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí