Katherine no pudo dormir esa noche. Se quedó de lado, con el culo aun ardiendo y el semen del pastor moviéndose despacio dentro de ella cada vez que cambiaba de posición. Pascual roncaba a su lado, ajeno a todo. Cuando por fin se levantó al baño de madrugada, se miró en el espejo y se separó los cachetes. El ano seguía un poco abierto, rojo, y un hilo blanco le resbalaba por el muslo. Se limpió por fuera otra vez, pero no se lavó por dentro. No quiso.
A la mañana siguiente, Pascual se despertó con ganas. Era domingo temprano, los muchachos todavía dormían. Se le acercó por detrás, le levantó el camisón y le acarició las tetas. Katherine se dejó hacer, todavía medio dormida y con el culo sensible. Pascual se acomodó entre sus piernas, le separó los labios vaginales y entró de una. Su pene era normal, ni grueso ni especialmente largo, el mismo de siempre. Katherine sintió la diferencia de inmediato y de una forma casi dolorosa.
Después de haber tenido adentro la verga negra, gruesa y larga del pastor, la de Pascual se sentía chiquita, casi como si no la llenara. Entraba fácil, sin esfuerzo, sin ese ardor ni esa sensación de estar completamente abierta. Mientras su marido se movía encima de ella con las embestidas de siempre, cortas y rápidas, Katherine cerró los ojos y no pudo evitar comparar. El pastor la había abierto hasta el fondo, le había estirado el ano hasta hacerla gemir de verdad; esto se sentía tibio, rutinario, insuficiente. Pascual jadeaba en su oído, contento, sin enterarse de nada. Ella fingió un poco, apretó las piernas y lo dejó terminar adentro.
Cuando él se vino y se quedó quieto, Katherine solo pensó en lo distinto que había sido la noche anterior: cómo el pastor la había llenado por completo, cómo cada vena se le había marcado adentro, cómo después de eso cualquier otra verga se sentía menor.
Pascual se levantó satisfecho a ducharse. Katherine se quedó un rato más en la cama, tocándose el culo todavía sensible y sintiendo que, aunque su marido se la acababa de pichar, el recuerdo del pastor seguía más presente que nunca.
Los días siguientes fueron una tortura lenta. El sábado, en la cocina de la iglesia, mientras pelaba papas con las otras hermanas, sentía el culo todavía sensible. Cada vez que se inclinaba, el roce de la ropa interior le recordaba cómo la había abierto el pastor. Jhon Jairo pasó por la cocina, la miró un segundo más de lo normal y le dijo con esa voz grave:
—Hermana Katherine, después del culto del domingo necesito que me ayude otra vez con unos papeles. Quédese un rato.
Ella solo asintió, con la cara caliente. Pascual estaba ahí cerca y no notó nada.
El domingo fue peor. Durante el culto, Katherine no podía concentrarse. El pastor predicaba sobre la pureza y la sumisión, y cada vez que lo miraba se le venían las imágenes de la noche aquella: el pene negro y grueso entrando en su culo, el aceite, los gemidos que no había podido contener. Cuando se levantaron a cantar, sintió que se humedecía entre las piernas solo de recordarlo.
Esa noche, después de que la gente se fuera, Katherine se quedó. Pascual se había llevado a los muchachos a casa porque Camilo tenía tarea. Ella inventó que tenía que terminar de ordenar unos materiales. Cuando la iglesia quedó en silencio, caminó hasta la oficina del pastor. La puerta estaba entreabierta.
Jhon Jairo la esperaba de pie, sin saco, con la camisa blanca arremangada. Las venas de los antebrazos se le marcaban. La miró y sonrió apenas.
—Cierre la puerta y trabe.
Ella obedeció. El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte en el silencio.
—Quítese todo. Hoy no solo el culo. Quiero verla completa.
Katherine se quitó la blusa, el brasier, la falda y las bragas. Se quedó desnuda en medio de la oficina. Las tetas grandes y pesadas le colgaban un poco, los pezones oscuros ya duros. El culo amplio y redondo se veía todavía un poco hinchado de la vez anterior. Jhon Jairo dio la vuelta alrededor de ella, tocándola sin prisa. Le apretó un seno, después el otro, y bajó la mano hasta separarle los cachetes.
—Todavía está un poco abierto. Bien.
Sacó otra vez la botellita de aceite. Esta vez no se limitó al ano. Vertió el líquido caliente sobre los senos de Katherine, lo untó en los pezones, bajó por la barriga y se lo metió entre las piernas, frotándole el clítoris con dos dedos gruesos hasta que ella empezó a temblar. Después la dio la vuelta, la inclinó sobre el escritorio y le echó aceite generosamente entre los cachetes.
—Hoy vamos a ir más profundo —dijo.
Se bajó el pantalón. El pene ya estaba duro, todavía más grueso de lo que ella recordaba. Se colocó detrás, ella separó los cachetes y él empujó. Katherine soltó un gemido largo cuando la cabeza entró. Esta vez no le costó tanto: el ano ya estaba más acostumbrado. Jhon Jairo empujó hasta el fondo de una sola vez y se quedó quieto, disfrutando de cómo ella lo apretaba.
—Mueva el culo. Mueva usted.
Katherine empezó a empujar hacia atrás, embistiéndose contra él. El pastor le agarraba las caderas y la dejaba hacer el trabajo. El sonido era obsceno otra vez: el aceite, el roce, los gemidos ahogados de ella. Después de un rato él tomó el control y empezó a darle fuerte, sin piedad. Cada embestida hacía que las tetas de Katherine golpearan el escritorio. El ano se abría y se cerraba alrededor del tronco negro, brillando de aceite y de los restos de la noche anterior que todavía quedaban dentro.
Jhon Jairo la levantó, la llevó al sofá y la puso a horcajadas sobre él, de espaldas. Katherine se sentó despacio sobre el pene, bajando hasta que lo sintió todo adentro. Empezó a subir y bajar, el culo rebotando contra los muslos del pastor. Él le apretaba los senos desde atrás, pellizcándole los pezones, y le hablaba al oído con esa voz grave:
—Así, mija… así se abre para el hombre de Dios. Mire cómo le cabe todo. Pascual nunca la ha llenado así, ¿verdad?
Katherine solo podía gemir y asentir. El placer y la vergüenza se mezclaban. Sentía que se le iba a salir un orgasmo solo de culo, algo que nunca le había pasado. Cuando llegó, se le doblaron las piernas y se quedó temblando, apretando el pene del pastor con fuerza. Él la dejó terminar y después la puso de rodillas en el piso, el pecho contra el sofá, y la embistió con fuerza hasta venirse otra vez adentro, profundo, llenándola de nuevo.
Cuando terminó, salió despacio. Katherine se quedó arrodillada, el culo abierto, el semen blanco resbalándole por el agujero hasta el piso. Jhon Jairo le pasó un pañuelo por la espalda y le dijo con calma:
—La próxima vez vamos a hacerlo con la puerta abierta un poquito. Quiero que sienta el riesgo. Y si se porta bien… tal vez un día la unja también por delante. Pero solo cuando yo diga.
Katherine se vistió en silencio. El semen le seguía saliendo mientras caminaba hasta el carro. En el camino a casa se pasó la mano por debajo de la falda y se tocó el ano hinchado, metiéndose un dedo y sintiendo lo caliente y resbaloso que estaba todavía.
Cuando llegó, Pascual estaba despierto viendo televisión.
—¿Todo bien, amor? Te demoraste.
—Sí —respondió ella, con la voz un poco ronca—. Solo papeles.
Se metió a la ducha, pero otra vez se lavó solo por fuera. Se acostó con el culo lleno y la mente ya pensando en el próximo encuentro. Sabía que esto no se iba a quedar ahí. El pastor la había abierto y ahora quería más. Y ella, aunque le diera vergüenza admitirlo, también.
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