La bióloga y el pescador (2)

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T. Lectura: 9 min.

Aproveché que Sara se levantó para ir al baño exterior para salir de la habitación. Necesitaba un momento a solas, para procesar lo que había pasado. Me tomé unos diez minutos, sentado en la terraza, fumando un cigarrillo tras otro, con el cuerpo todavía vibrando y la mente a mil por hora. Cuando Sara volvió, ya estaba lista para empezar el día.

—Voy a revisar las trampas que pusimos ayer en el manglar —dijo, con una energía que yo no sentía—. Quiero ver si atrapamos algo interesante. Vuelvo en un par de horas.

Se había puesto un shorts de lycra negro que se le clavaba al culo como una segunda piel, y un top deportivo ajustado que le contenía las tetas pero no ocultaba su forma. Estaba espectacular, una diosa rubia en medio de la selva.

—Vale, mi amor. Ten cuidado —le dije, nos despedimos con un beso y la vi alejarse por el sendero, su culo moviéndose con un ritmo hipnótico.

Estuve en la terraza, intentando leer, pero era inútil. Mi mente estaba en otro lugar. Pasé casi una hora así, cuando escuché el motor de una lancha. Miré hacia el mar y vi a Eusebio acercándose. Mi corazón dio un vuelco. No se dirigió al muelle principal, sino a la pequeña playa privada que él había mencionado. Apagó el motor y saltó a la arena. No venía solo. Con él estaba Yuliana.

Me quedé mirando, sin hacer ruido, desde la vegetación que rodeaba la cabaña. Eusebio le dijo algo a su hija y ella asintió, con una sonrisa tímida. Él se dirigió hacia la cabaña, mientras Yuliana se quedaba en la playa, empezando a recoger conchas. Mi pulso se aceleró. ¿Venía a por mí?

Llamó a la puerta.

—Carlos, ¿está ahí? Traje unos pescados frescos para que doña Sara los prepare.

Abrí la puerta, tratando de parecer tranquilo.

—Eusebio, qué sorpresa. Sara no está, ha ido al manglar.

—Ah, qué pena. Bueno, pues yo le ayudo a limpiarlos y los guardamos en el hielo. Así cuando vuelva no tiene trabajo.

Entró en la cabaña como si fuera de su casa. Mientras limpiaba los pescados en la cocina, sus ojos no paraban de recorrerse el lugar, deteniéndose en la cama sin hacer, de la sábana aún estaba arrugada.

—Anoche… doña Sara durmió bien, ¿verdad? —preguntó sin mirarme, centrado en su tarea.

—Sí, bastante. El calor es fuerte.

—Jue’puerca… el calor no es lo único que es fuerte por aquí —dijo, y por el rabillo del ojo vi que sonreía—. Una mujer como esa… es un milagro tenerla cerca. Hace que hasta los huesos viejos se sientan jóvenes.

Terminó de limpiar los pescados y los guardó en la nevera. Se limpió las manos en el pantalón y se acercó a mí.

—Bueno, yo me voy. Yuliana me está esperando. Pero si necesita algo… cualquier cosa… ya sabe dónde encontrarme. Y si doña Sara se aburre… puede mandarla a la casita. Mi hija le puede enseñar a tejer redes de pesca. O a preparar patacones. Cosas de… mujeres.

Lo vi reunirse con Yuliana en la playa. Hablaban, y él le señaló la cabaña. Yuliana me miró y sonrió, avergonzada, y bajó la cabeza. Luego se fueron en la lancha.

Una media hora después, vi a Sara regresar por el sendero. Venía sonriendo, con una canasta llena de muestras. Pero cuando se acercaba a la cabaña, se cruzó con Yuliana, que venía caminando por la playa.

—¡Doña Sara! —la saludó Yuliana—. Mi papá me dijo que si usted quería, le podía enseñar a hacer patacones. Son muy ricos.

Sara la miró, sorprendida.

—Oh, qué amable, Yuliana. Pero ahora estoy cansada.

—No se preocupe, es fácil. Yo le ayudo con todo. Y así mi papá se queda tranquilo que no está sola aquí.

Sara dudó un segundo, luego sonrió.

—Bueno, vale. ¿Ahora mismo?

—¡Sí! Venga, vamos a mi casita. Es más fresco allí.

Las vi caminar juntas por la playa, la figura alta y rubia de Sara al lado de la joven y exuberante Yuliana. Mi mujer le preguntaba algo, y Yuliana respondía, riendo. Me quedé en la terraza, mirándolas alejarse, y un pensamiento retorcido se instaló en mi mente. ¿Por qué Eusebio quería que su hija estuviera con Sara? ¿Y por qué Sara había aceptado tan fácilmente?

Esperé unos minutos, no pude evitarlo. Me levanté y seguí sus pasos, manteniéndome a distancia, escondido en la vegetación. La casita de Eusebio estaba al otro lado del muelle principal, pequeña pero limpia. Por la ventana abierta pude escuchar sus voces. Me acerqué con sigilo. Había una ventana pequeña en la parte de atrás, alta, pero suficiente para asomarme y ver qué pasaba.

Cuando pegué el ojo, me quedé sin aliento.

Sara estaba sentada en un taburete, en la cocina de la casita. Se había quitado el top deportivo y estaba solo con el sujetador de deporte negro, apretándole las tetas. Su piel brillaba por el sudor. Yuliana estaba de pie a su lado, mostrándole cómo machacar los plátanos. Su cuerpo joven era espectacular, con ese culo monumental apenas cubierto por una falda corta y ligera.

—Así, doña Sara —decía Yuliana, riendo—. Con fuerza. Mire que usted es fuerte.

—¡Uf, es más difícil de lo que parece! —reía Sara, golpeando el plátano con el mazo—. ¡Y qué calor hace aquí dentro!

—Es que mi papá le tiene miedo al aire acondicionado —dijo Yuliana—. Dice que es para los débiles. Pero es más cómodo sin tanta ropa, ¿verdad?

Y mientras lo decía, se quitó la blusa ligera que llevaba, quedándose en un top diminuto que apenas contenía sus tetas jóvenes. Sara la miró, un poco sorprendida, pero sonrió.

—Tienes razón, es mucho mejor.

Yuliana se acercó a Sara, para mostrarle algo en el plátano. Sus cuerpos casi se tocaron. Pude ver cómo los ojos de Sara se fijaban en el cuerpo joven de la chica, en su piel canela, en su culo.

—Usted tiene un cuerpo muy bonito, doña Sara —dijo de repente Yuliana, con su voz suave—. Mi papá lo dijo anoche. Dijo que era como una diosa.

Sara se sonrojó intensamente.

—Tu papá… exagera.

—No, no exagera. Es verdad. Y yo también lo creo.

Yuliana le pasó una mano por el brazo a Sara, un gesto casual, pero vi cómo la piel de mi mujer se erizaba. Sara se quedó quieta, sin saber qué hacer. Yo observaba, con la garganta seca y la polla empezando a latir. ¿Estaba pasando lo que yo pensaba que estaba pasando?

—Tiene la piel muy suave —siguió Yuliana, y su mano bajó un poco, hasta el antebrazo de Sara—. Y es muy fuerte. Apriete aquí.

Le puso la mano de Sara sobre su propio abdomen, la mano de Sara se quedó apoyada sobre el abdomen firme y caliente de Yuliana. Sentí el impulso de intervenir, pero me mantuve inmóvil, prisionero de mi propia excitación. Veía el rostro de mi mujer, una mezcla de sorpresa, incomodidad y una curiosidad que no podía ocultar.

—Es… es muy fuerte —logró decir Sara, su voz un poco temblorosa. No retiró la mano.

—Es por remar mucho —dijo Yuliana, y su risa sonó como una campana en el aire húmedo—. Mi papá dice que una mujer debe ser fuerte, pero suave. Como usted.

Y mientras hablaba, la mano de Yuliana, que había guiado la de Sara, se deslizó lentamente por el brazo de mi mujer hasta su hombro. Sus dedos morenos se posaron sobre la piel blanca y sudorosa, justo de la tirantez del sujetador dejaba una marca roja. Sara inspiró de golpe, un sonido casi inaudible desde mi posición.

—¿Le duele? —preguntó Yuliana, acercándose aún más—. Ese sujetador parece muy apretado. Debe de hacer mucho calor.

Sara solo asintió, incapaz de hablar. Sus ojos estaban fijos en los de la joven, y en ellos vi algo que nunca había visto antes: una rendición, una apertura. El control de mi mujer, su profesionalidad, su represión, todo se estaba disolviendo bajo el calor de la casita y la mirada de aquella chica de veinte años.

—Permítame —susurró Yuliana.

Sus dedos buscaron la cremallera de la espalda del sujetador deportivo. Sara no se movió. No protestó. Se quedó quieta, con los ojos cerrados, como si se hubiera rendido a un sueño. Con un movimiento suave, Yuliana bajó la cremallera y el sujetador se aflojó, cayendo hacia adelante y liberando las tetas de Sara.

Yo me quedé sin aliento. Eran más hermosas que nunca, blancas, firmes, con los pezones rosados y erectos, respondiendo no al aire, sino a la tensión del momento.

—Jue’puerca… —murmuré para mí, repitiendo las palabras de Eusebio.

Yuliana no las tocó. No al principio. Simplemente las miró, con una admiración genuina y un deseo que era tan palpable que podía sentirlo a través de la ventana.

—Son perfectas, doña Sara —dijo, y su voz era un murmullo cálido—. Mi papá tenía razón. Son de una diosa.

Sara abrió los ojos y los miró a ella, y por primera vez, vi una sonrisa pícara en sus labios. Una sonrisa que decía “sé lo que soy y sé lo que quieres”.

—Gracias, Yuliana —dijo, y su voz ya no era temblorosa. Era baja, cargada de una nueva confianza—. ¿Y tú? ¿No tienes calor?

Fue Yuliana quien se sonrojó esta vez. Pero con una sonrisa, se quitó el diminuto top que la cubría, dejando al descubierto sus tetas jóvenes, más pequeñas que las de Sara, pero igualmente perfectas, con unos pezones morenos y duros como canicas.

—Aquí siempre hace calor —dijo ella.

Se acercaron la una a la otra, en medio de la cocina humilde, con el olor a plátano frito y a sudor. Sus cuerpos, uno blanco y rubio, el otro canela y moreno, se reflejaban en la luz que entraba por la ventana. Sara levantó una mano y, con una vacilación que duró apenas un segundo, rozó el pezón de Yuliana con la yema de su dedo. La joven gimió, un sonido suave y animal.

Ese sonido fue como un disparo para mí. Mi polla latía con tanta fuerza que me dolía, apretada contra el pantalón. Vi cómo Sara, animada por la reacción de Yuliana, se decidía. Acercó su cara y, con una delicadeza que me pareció imposible, besó el hombro de la joven, justo de su piel se encontraba con el moreno de su pezón. Yuliana arqueó la espalda, empujando su pecho hacia el de mi mujer, y sus manos buscaron la cintura de Sara, sus dedos hundiéndose en la carne suave de su espalda.

—Doña Sara… —susurró Yuliana, y su voz era un ronquito cargado de deseo—. Sara…

—Sí —respondió mi mujer, y fue todo lo que dijo. Bajó su cabeza y esta vez, sin dudarlo, tomó el pezón moreno y duro de Yuliana en su boca.

La joven soltó un gemido, esta vez más alto, más desesperado. Sus manos subieron por la espalda de Sara hasta su nuca, aferrándose su pelo rubio. Yo veía la lengua de mi mujer, cómo jugaba, cómo lamía, cómo mordisqueaba con una ferocidad que nunca le había conocido. Era como si otra persona, una versión más salvaje y liberada de Sara, hubiera tomado el control. La bióloga profesional, la esposa aburrida, se había esfumado. En su lugar había una mujer hambrienta, explorando un cuerpo nuevo, un deseo prohibido.

La mano de Sara, mientras tanto, no estaba quieta. Bajó por el costello de Yuliana, por la piel suave y tersa, hasta llegar a la falda corta. La deslizó por debajo, y vi cómo se movía, cómo buscaba, hasta encontrar el culo firme y monumental de la joven. Yuliana gimió de nuevo, moviendo las caderas al ritmo de la mano de Sara, frotándose contra ella, en un baile lento y erótico que me tenía hipnotizado.

Justo cuando las cosas se estaban calentando, cuando Sara iba a levantar la cabeza para besar a Yuliana en los labios, un sonido cortó la tensión de la casita. El sonido de un motor de lancha, pero no era el motor potente de Eusebio. Era otro, más débil, que se acercaba.

Las dos se separaron como si las hubiera quemado la electricidad. Sara se cubrió el pecho con las manos, con los ojos abiertos como platos, el pánico sustituyendo al deseo en su rostro. Yuliana, más rápida, se agachó y recogió su top del suelo, poniéndoselo con movimientos torpes.

—Es… es mi papá —dijo Yuliana, con la voz temblorosa—. Vuelve a buscar algo.

Sara asentía, incapaz de hablar, buscando con la mirada su sujetador y su top deportivo. Los encontró en el taburete y se los puso con una urgencia desesperada. Yo me quedé inmóvil, con el corazón en la garganta, preguntándome qué harían. La lancha ya estaba casi llegando al muelle.

—¡Yuliana! —gritó una voz desde fuera, una voz que no era la de Eusebio—. ¿Estás ahí? Traje el arroz que me pediste.

Yuliana soltó un suspiro de alivio tan grande que casi se cae.

—Es mi tío —dijo a Sara, todavía agitada—. Vino del pueblo. Tranquila.

Se acercó a la puerta y la abrió un poco. Yo tuve que moverme rápido para no ser visto.

—Sí, tío, estoy aquí. Con la doña Sara, la bióloga.

La voz de Yuliana temblaba un poco, pero intentaba sonreír normal. Sara, en cambio, se paralizó. Sus ojos buscaban frenéticamente su top deportivo, que estaba en el taburete, a varios pasos de distancia. No llegaría a tiempo. La puerta se abrió más y entró un hombre flaco, de unos cuarenta y tantos años, con la piel curtida por el sol y un rostro delgado y algo tosco. Llevaba una camiseta vieja y un pantalón corto. Era el tío, sin duda.

—¡Ah, la científica! —dijo él, con una voz más chillona que la de su hermano—. Qué gusto conocerla. Yo soy Ramiro, el hermano menos guapo de Eusebio —se rio, una risa un poco desagradable.

Sus ojos, en cuanto se adaptaron a la luz tenue de la cocina, se clavaron en Sara. Y se quedaron allí. Ella solo llevaba el sujetador deportivo negro, apretando sus tetas blancas y sudorosas. Sus brazos cruzados sobre el pecho no servían de mucho, solo lo hacían más prominente.

—Hola… —logró decir Sara, su voz casi un susurro, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

—Qué bueno que Yuliana tenga compañía —siguió Ramiro, entrando del todo en la casita y dejando el saco de arroz en una esquina—. Una mujer inteligente, de ciudad… eso le da buena cultura a la muchacha. Muy bueno.

Se acercó a Sara, con una sonrisa que le mostraba unos dientes amarillentos. No había malicia en él, no como en la de su hermano. Había algo más simple, más crudo. Una admiración torpe y una lascivia sin filtros.

—Usted es… más bonita de lo que decían, doña Sara. Mi hermano no exagera. De hecho, hasta se queda corto.

Sara no sabía qué hacer. Bajó la mirada, sintiéndose atrapada como un animal. Una sonrisa forzada y temblorosa se dibujó en sus labios.

—Gracias… es muy amable.

—Amable nada, es la verdad —dijo él, y estaba ya demasiado cerca—. Una mujer como usted… en un lugar como este… es como encontrar una perla en el fango. Hay que… apreciarla.

Hizo una pausa, mirándola de arriba abajo. Sara sentía su peso sobre ella.

—Pere la atrevimiento, doña Sara… pero es que no me lo puedo creer. ¿Me permite darle un abrazo? Un abrazo de bienvenida. A una mujer tan hermosa no se la saluda solo con la mano.

La pregunta la dejó sin aire. ¿Qué podía decir? Negarse parecía grosero, agresivo. Aceptar era rendirse. Vio a Yuliana de reojo, que la miraba con una expresión imposible de leer. Finalmente, Sara hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza, una rendición silenciosa.

—Claro —susurró, y la palabra sonó a condena.

Ramiro abrió sus brazos y la envolvió. Era un abrazo de hierro. Sara se quedó rígida, sin aliento, con los brazos colgando a los lados, sin atreverse a devolverlo. Sentía el pecho huesudo de Ramiro aplastando sus tetas, sentía su respiración caliente en su cuello. Él se demoró, disfrutando el momento. Y entonces, cuando por fin empezó a soltarla, su mano derecha, en un movimiento lento y deliberado, se deslizó por su espalda hasta pasar por encima de su culo. No lo apretó, no lo agarró. Simplemente lo recorrió, de arriba abajo, dejando una estela de fuego y humillación a su paso. Fue un gesto de posesión, una marca.

Cuando terminó el abrazo, Sara dio un paso atrás, temblando, con la cara roja no de furia, sino de pura vergüenza. Se cubrió el pecho con los brazos de nuevo, como si intentara desaparecer.

—Bueno… yo… tengo que irme —dijo ella, con la voz rota, sin mirarlo.

—¿Ya? ¡Pero si acabamos de conocerla! —protestó Ramiro, con esa sonrisa tonta—. Quédese a probar los patacones. Yuliana los hace muy ricos.

—No, gracias. Tengo que… volver con mi marido.

Y sin más, Sara salió de la casita como un cohete, casi corriendo, sin mirar atrás. Yo me moví rápido, escondiéndome mejor entre las palmeras para que no me viera. La vi cruzar la playa, con el cuerpo tenso, y desaparecer por el sendero.

Dentro de la casita, Ramiro se quedó mirando la puerta por la que se había ido.

—Jue’puerca… qué mujer —dijo, frotándose las manos—. Mi hermano sí que supo elegir. Yuliana

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2 COMENTARIOS

  1. que buen relato loco! está excelente y super atrapante la excitacion del marido de Sara luchando entre el odio y el placer de ver a su mujer ser tan promiscua. Espero leer más porque están buenisimos!!!

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