El camión de la mudanza había llegado. Los nervios de pasar de un departamento a una casa eran enormes, el nerviosismo a full, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
Después de lo que pasó, mi cabeza no para de pensar en mis puterías, aunque sabía que estaba mal. Algo en mí decía: “Estás pagando con la misma moneda…”. Él se había vuelto más “empresario”: teléfono todo el día, cero atención, cero relación. A causa de que dejó de entrenar, estaba más desarreglado; físicamente había engordado, pero sus llamadas a la madrugada seguían, y los mensajes que nunca quise ver también los encontré. Siempre me voy a arrepentir de no haber encarado esa situación de golpe. Quizás el miedo a perder a mi hijo en ese momento, o el miedo a que él también supiera que yo había sido desleal, me carcomía la cabeza… Pero bueno, nuestra relación siguió.
El día de la mudanza estábamos felices: empacamos todo, lo cargamos al camión y, felices, emprendimos rumbo a nuestra primera casa. La habíamos pagado en conjunto, siempre como equipo. A pesar de las peleas y del alejamiento progresivo, seguíamos siendo un equipo, y aún más con un hijo y un futuro hijo que iba a llegar.
Al llegar al country me sentí como en una película: la casa gigante, con jardín perfecto, la pileta cristalina, los adornos impecables… todo parecía sacado de un catálogo. Cuando llegamos, varios vecinos nos saludaban desde sus veredas y nos daban la bienvenida al barrio con sonrisas amplias y algún que otro mate ofrecido. Eso nos dio la certeza de que la elección de la casa había sido la correcta.
Los días fueron pasando y, poco a poco, nos acomodamos en la casa. También encontré un gym cerca para ir con mi esposo: nos anotamos y fuimos al principio, pero poco a poco él fue dejando. Yo quería volver a ver al tipo que me había enamorado años atrás, pero él al parecer ya estaba en otra. Igual no me preocupé demasiado, porque tenía mil cosas en la cabeza: el trabajo y mi familia me mantenían siempre al margen.
Conocí a un grupo de amigas vecinas que, desde el día uno, fueron muy amables. Éramos de distintas edades y compartíamos todo en los ratos libres.
Luego de unos meses, al salir del gym, fuimos con mis amigas a comprar algo al almacén que quedaba cerca. Ahí estaba él: José, un señor mayor de tez blanca, con canas y barba blanca. Llevaba su atuendo habitual: camisa azul, pantalón vaquero y un delantal. Al llegar, no me quitaba la vista de encima.
—No me vas a presentar a tu amiga linda —le dijo a mi amiga con un tono pícaro.
Cuando escuché eso, sentí una vergüenza tremenda. ¿Me vestí inapropiadamente? ¿Muestro demasiado? Fueron preguntas que brotaron de golpe en mi cabeza. Pero la respuesta de mi amiga me hizo entender todo.
—¡Aaay, vos siempre tirando los galgos, eh! —dijo riéndose.
Ahí comprendí que era el típico hombre chamuyero argentino. No le di mayor importancia y me reí mientras me presentaba:
—Jajaja, hola, soy Julieta. Nueva en el barrio hace unos meses —dije extendiendo la mano.
—Si me pareció escuchar que un ángel había caído del cielo, pero no imaginé que eras tan linda —dijo estrechando y apretando mi mano.
—Por favor, José, vas a espantar a tus clientas así, jajaja —dijo mi amiga mientras terminaba de comprar.
Yo solo me reí y, por nerviosismo, no dije nada más. Un simple “chau” y otro piropo de él quedaron flotando en el aire mientras salíamos. En el camino de vuelta, mi amiga me puso al día:
—Es un chamuyerooo, jajaja.
—Sí, lo noté, jajaja. ¿A vos también te tira los galgos?
—Obvio, la primera vez que vine no paraba de alabarme… ¡incluso estando mi marido al lado! Jajaja.
—Chuuu, es bastante animado, por no decir atrevido —dije, ya un poco más seria.
—Bastante, jajaja. Pero así son todos los hombres, ¿no?
—Sí, jajaja —contesté, aunque por dentro no estaba tan segura.
Ese día sentí algo nuevo, una chispita que llevaba meses apagada. Quizás los pocos halagos que tengo en casa habían terminado por enfriar algo en mí, y ese señor, con apenas dos palabras y una mirada que no disimulaba nada, acababa de encenderla otra vez.
Pero no le di importancia… por ahora.
Los días siguientes transcurrieron en una rutina que ya empezaba a pesarme. Mi marido se levantaba temprano, café en mano, teléfono pegado a la oreja antes siquiera de darme los buenos días. “Amor, tengo reunión”, “Amor, me quedo hasta tarde”, “Amor, estoy cansado”. Siempre lo mismo. El beso en la mejilla era mecánico, la caricia inexistente. A veces lo miraba mientras hablaba por videollamada con sus socios y pensaba: ¿cuándo fue la última vez que me miró así, como si yo fuera lo más importante del mundo? Ya ni siquiera me preguntaba cómo estaba, si necesitaba algo, si quería salir. El country, que al principio parecía un sueño, ahora se sentía como una jaula dorada: pileta, jardín, silencio… y yo sola la mayor parte del día.
Seguí yendo al gym casi todos los días. Me hacía bien sentir el cuerpo moverse, sudar, recuperar la forma después del embarazo. Me ponía las calzas que marcaban todo, el top ajustado, el pelo en una cola alta. No era para nadie en particular… o eso me decía. Pero cuando salía de ahí, con la piel todavía caliente y el pulso acelerado, pasaba por el almacén casi sin darme cuenta. “Solo para comprar agua”, me justificaba. O un yogur. O una barrita de cereal. Cualquier excusa era buena.
José siempre estaba ahí, detrás del mostrador, con esa camisa azul arremangada que dejaba ver los antebrazos fuertes y velludos. Cuando entraba, levantaba la vista y sonreía de esa manera lenta, como si tuviera todo el tiempo del mundo para mirarme.
—Llegó la más linda del country —decía en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que yo lo oyera.
Yo me reía, bajaba la mirada, fingía buscar algo en las góndolas. Pero sentía sus ojos en mí: en las piernas, en la cintura, en el escote que se formaba cuando me agachaba a tomar algo de abajo. Y me gustaba. Dios, cómo me gustaba. En casa nadie me miraba así desde hacía meses. Mi marido ni siquiera se daba cuenta cuando me ponía lencería nueva. Pero José… José me devoraba con la mirada cada vez que entraba, y con cada piropo, con cada “¿Todo bien, reina?” dicho en ese tono ronco, yo sentía que volvía a existir.
Una tarde entré sola, después de un entrenamiento pesado. Estaba transpirada, el pelo pegado a la nuca, las mejillas coloradas. Me acerqué al mostrador con una botella de agua y un paquete de galletitas.
—¿Entrenando duro, eh? —preguntó, apoyando los codos en la madera, acercándose un poco más de lo necesario.
—Sí, un poco —respondí, tratando de sonar casual, pero la voz me salió más suave de lo normal.
Se quedó mirándome un segundo largo. Después bajó la voz:
—Se te nota. Estás… radiante.
Sentí que el calor me subía desde el pecho hasta la cara. Nadie me decía cosas así. Nadie. En casa, lo más cercano a un cumplido era un “¿Ya cenamos?” distraído mientras miraba el celular.
—Gracias —murmuré, y por primera vez no desvié la mirada.
Él sonrió, esa sonrisa de hombre que sabe exactamente el efecto que causa.
—Cuando quieras venir a descansar un rato acá atrás, hay aire acondicionado y café fresco. Nadie te va a molestar.
No respondí nada. Solo pagué, tomé la bolsa y salí. Pero mientras caminaba de vuelta a casa, con el sol cayendo y el barrio en silencio, sentí esa chispita otra vez, más fuerte. Sentí que me deseaban. Que me veían. Que era mujer, no solo mamá, esposa o decorado de una casa perfecta.
Y aunque sabía que estaba mal, aunque una parte de mí gritaba que parara ahí… otra parte, la que llevaba meses apagada, susurraba: “Dejalo que te mire un ratito más. Total… nadie se entera”.
Las visitas al almacén se volvieron más frecuentes. Al principio eran excusas tontas: un paquete de yerba que “se me acabó de golpe”, una gaseosa fría después del gym, un chocolate para el antojo de media tarde. Pero en el fondo sabía que iba porque quería sentir esa mirada otra vez. Esa que me recorría entera, sin apuro, como si yo fuera lo único interesante en todo el country.
José lo notaba, claro. Y poco a poco empezó a subir la apuesta.
Una tarde entré con las calzas todavía húmedas de sudor y el top pegado al cuerpo. Él estaba acomodando unas botellas en la heladera y, al verme, dejó lo que hacía y se acercó despacio.
—Mirá cómo venís hoy… parece que el gym te trata bien, eh —dijo con esa voz grave, apoyándose en el mostrador—. O capaz que sos vos la que lo trata bien a él.
Me reí, nerviosa, buscando algo en la góndola para no mirarlo fijo.
—Exagerado —murmuré.
—No, para nada. Si seguís así, vas a tener que poner un cartel de “peligro: curva cerrada” cuando pasás por acá.
Sentí que me ardían las mejillas, pero no me fui. Me quedé charlando un rato más de lo necesario, sobre el calor, sobre lo caro que estaba todo, sobre cualquier pavada. Y él, cada tanto, soltaba una más:
—Con ese bronceado estás para revista, reina. Tu marido debe estar chocho de tenerte en casa.
Yo bajaba la vista, sonreía y cambiaba de tema rápido. Porque aunque me gustaba escucharlo, aunque me hacía sentir viva, todavía no estaba lista para cruzar esa línea. Todavía no.
En casa, por esos días, intenté arreglar lo nuestro. De verdad lo intenté.
Una noche preparé cena especial: asado con chimichurri casero, vino que nos gustaba, velas en la mesa del patio. Me puse un vestido corto, sin corpiño, el pelo suelto. Cuando mi marido llegó, lo recibí con un beso largo, de esos que antes nos daban ganas de todo.
—Amor, hoy quiero que sea una noche nuestra —le dije al oído, rozándole el cuello con los labios.
Él sonrió, me dio una palmada en el culo y dijo:
—Dale, pero rápido que mañana tengo reunión temprano.
Cenamos, charlamos un poco, y cuando subimos al dormitorio lo busqué con ganas. Me subí encima, lo besé despacio, le mordí el lóbulo de la oreja como sabía que le gustaba antes. Pero él estaba… distraído. El celular vibraba en la mesita y cada tanto lo miraba de reojo. El sexo fue mecánico: unos minutos, un gemido forzado, y listo. Después se dio vuelta y se durmió en dos segundos.
Yo me quedé mirando el techo, con el cuerpo todavía caliente pero vacío. Y en la cabeza, sin querer, apareció la voz de José: “Estás radiante, reina”.
Al día siguiente volví al almacén. Esta vez sola, sin excusa sólida. Solo quería un café.
José me lo sirvió en la trastienda, donde había una mesita chiquita y el aire acondicionado que zumbaba bajito. Me miró de arriba abajo mientras yo me sentaba.
—Hoy venís más tranquila… ¿todo bien en el palacio? —preguntó, con un tono que ya no era solo pícaro. Había algo más hondo.
—Sí, todo bien —mentí, revolviendo el café.
Él se sentó enfrente, no muy cerca, pero lo suficiente para que yo oliera su loción mezclada con el aroma a fiambres y cigarrillo que siempre traía.
—Sabés que acá podés hablar de lo que quieras, ¿no? Yo escucho… y no juzgo.
Lo miré un segundo largo. Sus ojos claros, las arrugas en las comisuras, la barba blanca que le daba un aire de hombre curtido pero cálido. Sentí ganas de contarle todo: la soledad, la indiferencia, el vacío. Pero me frené.
—Gracias, José. Sos muy amable.
Él sonrió de lado, se inclinó un poquito más.
—Amable no, Juli. Me gustás. Y me gusta verte entrar por esa puerta. Aunque sea para comprar un chicle.
Me quedé helada. Fue la primera vez que lo dijo tan claro. No un piropo, no un chamuyo. Algo directo.
Tragué saliva, me levanté rápido.
—Tengo que irme… gracias por el café.
Salí casi corriendo, con el corazón latiendo fuerte. En la vereda me paré un segundo, respirando hondo. Me sentía culpable, excitada, confundida. Todo junto.
Esa noche intenté de nuevo con mi marido. Le mandé mensajes hot durante el día, fotos sugerentes desde el baño. Cuando llegó, lo esperé en lencería negra, música suave, todo preparado.
Pero él llegó tarde, cansado, con olor a cerveza de alguna “reunión de trabajo”. Me dio un beso rápido en la frente.
—Amor, mañana seguimos, eh. Estoy muerto.
Se durmió en el sillón viendo fútbol.
Yo me metí en la cama sola, con la concha palpitando de bronca y deseo reprimido. Y por primera vez, mientras me tocaba pensando en nadie en particular… la cara que apareció fue la de José.
Pero todavía no. Todavía no caía.
Solo dejaba que la llama creciera, despacito, mientras intentaba salvar lo que quedaba en casa.
Esa noche decidí que iba a ser la última vez que lo intentaba con todo. Si después de esto nada cambiaba, ya no iba a seguir remando sola.
Me preparé como si fuera una cita con un desconocido: ducha larga, crema por todo el cuerpo, el perfume que sé que le vuelve loco, lencería roja nueva —tanguita de encaje que apenas cubría nada y un corpiño que empujaba las tetas bien arriba—. Bajé la luz del dormitorio, puse música suave con bajo que retumba, esa playlist que antes nos ponía a mil.
Cuando llegó del trabajo, lo recibí en la puerta con un beso profundo, la lengua adentro, las manos en su nuca.
—Hoy no hay excusas, amor. Te quiero entero —le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo.
Él sonrió, sorprendido, y me agarró el culo por encima del vestido corto. Subimos al cuarto y ahí empecé mi show.
Puse una canción más caliente y me paré frente a él. Me moví despacio, ondulando las caderas, bajándome el vestido centímetro a centímetro hasta quedar en lencería. Me giré, le mostré el culo, me agaché un poco para que viera cómo la tanga se hundía entre las nalgas. Él ya estaba duro, se le marcaba en el pantalón. Me acerqué gateando por la cama, le abrí el cierre y saqué esa pija que tanto conocía.
La tenía caliente, venosa, ya goteando un poco en la punta. La miré a los ojos mientras la lamía de abajo arriba, lenta, saboreando la sal de su piel. Después me la metí entera en la boca, hasta la garganta, tragando para que sintiera el apretón. Subía y bajaba rápido, chupando fuerte, con una mano en las bolas masajeándolas y la otra en la base apretando. Él gemía, me agarraba el pelo, empujaba un poco la cadera.
—Juli… la puta madre…
Lo dejé al borde y me subí encima. Me corrí la tanguita a un lado sin sacarla y me la clavé de una, despacio, sintiendo cómo me abría, cómo me llenaba hasta el fondo. Estaba re mojada, se escuchaba el ruido húmedo cada vez que bajaba. Empecé a cabalgarlo fuerte, las tetas rebotando fuera del corpiño, los pezones duros rozando su pecho. Él me agarraba las caderas y me ayudaba a subir y bajar, pero yo llevaba el ritmo: rápido, profundo, girando la pelvis para que la pija rozara justo ahí adentro.
Me incliné para besarlo, le metí la lengua mientras seguía moviéndome, y con una mano bajé y me empecé a tocar el clítoris en círculos. Sentía que me venía, que me venía fuerte.
—Venite conmigo —le ordené, jadeando.
Él gruñó, me agarró más fuerte y empujó desde abajo. Me corrí primero, apretándolo todo adentro, temblando, mojadísima, gimiendo en su boca. Dos embestidas más y él se descargó, caliente, profundo, llenándome con chorros que sentía golpear contra las paredes.
Nos quedamos así un rato, yo encima, él todavía adentro, los dos agitados.
Pensé que esta vez iba a ser distinto. Que después vendría el abrazo, la charla, el “te amo” de verdad.
Pero no.
A los dos minutos se salió despacio, me dio un beso en la frente y dijo:
—Estuvo increíble, amor… pero mañana tengo que levantarme a las seis.
Se dio vuelta y en menos de cinco minutos ya estaba roncando.
Yo me quedé mirando el techo, con el semen resbalando entre las piernas, el cuerpo todavía temblando… y un vacío enorme en el pecho.
Esa fue la última vez que me esforcé tanto por nosotros.
Después de esa noche, ya no intenté más.
Y cuando al día siguiente pasé por el almacén y José me miró como si yo fuera el postre más rico del mundo… ya no tuve tantas ganas de resistirme.
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Un relato que engancha, un desarrollo que parece estar sacado de una vida propia. Me identifico.
Seguiré leyendo. Leyéndote. Leyéndome mi pasado lejano.
Hola Cleo gracias por el comentario. Saludos!!
Por eso hay que admirar todos los días a las mujeres y hacerlas sentir vivas valorada y deseada a cada instante no que se sientan como un mueble más del hogar 😊😊🫣🫣
Jjajaj exacto!
Wouuu que exitante me encantó, me gustaría que relataras como te fue con el otro señor
Hola gracias !!! Que señor?
que alegría volver a leerte Juli, cuanto fuego para intentarlo tantas veces, me pregunto cuantas cosas más estarán por venir hasta llegar a la actualidad
Hola Dani gracias por el comentario!!!