Laura recorría el pasillo del hospital con pasos silenciosos, el eco de sus zuecos amortiguado por la moqueta gastada. Eran las tres de la madrugada y el edificio parecía contener la respiración: solo el zumbido lejano de algún monitor y el ocasional carraspeo de un paciente dormido rompían la quietud. Llevaba el uniforme blanco impecable, el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto la nuca pálida, ligeramente perlada de sudor por el calor sofocante de la calefacción central
Treinta y cuatro años, casada desde hacía ocho, madre de dos niños que ya dormían solos en casa con su padre. Una vida ordenada, predecible. Y, desde hacía meses, absolutamente carente de fuego.
Sergio ocupaba la habitación 312 desde hacía cinco días. Una torcedura de tobillo jugando al pádel, nada grave, pero su seguro privado le permitía quedarse “en observación” todo el tiempo que quisiera. Veintinueve años, soltero, cuerpo atlético de quien entrena cuatro veces por semana, piel morena y una sonrisa que parecía saber exactamente lo que provocaba.
Desde la primera noche había empezado a coquetear: comentarios sobre lo bien que le quedaba el uniforme, bromas sobre si las enfermeras de noche también curaban otro tipo de dolores, miradas que se detenían demasiado tiempo en el escote cuando ella se inclinaba para tomarle la tensión.
Laura fingía enfado, pero cada noche sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas al salir de la habitación. Su marido apenas la tocaba ya; el sexo se había convertido en una rutina apresurada los sábados, cuando los niños dormían en casa de los abuelos. Y Sergio… Sergio la miraba como si quisiera comérsela entera, despacio, sin prisa.
Aquella madrugada, mientras revisaba el carrito de medicación, oyó el timbre de la 312. Suspiró, ajustándose la bata, y empujó la puerta entreabierta.
Sergio estaba recostado contra las almohadas, la luz tenue de la lámpara de noche dibujando sombras suaves sobre su torso desnudo. La sábana le cubría desde la cintura hacia abajo, pero había un bulto evidente, tenso, que levantaba la tela de manera descarada. Él la miró con esa media sonrisa suya, los ojos brillantes.
—¿Me echabas de menos, enfermera? —preguntó con voz ronca, sin moverse.
Laura sintió que el corazón le daba un vuelco. Cerró la puerta tras de sí con cuidado, el clic del pestillo resonando como un disparo en el silencio. Se acercó a la cama, intentando mantener la compostura profesional.
—¿Qué necesitas, Sergio? —dijo, aunque su mirada ya se había desviado hacia aquel bulto imposible de ignorar.
Él no respondió con palabras. Con un movimiento lento, deliberado, apartó la sábana hacia un lado. Su polla apareció erguida, gruesa, la piel tensa y brillante en la punta donde ya asomaba una gota transparente. Se alzaba orgullosa contra su vientre plano, palpitando levemente con cada latido.
Laura se quedó sin aliento
—Necesito que me cures esto —murmuró él, rodeándola con la mano sin apretar, solo para mostrarla mejor—. Llevo días así cada vez que pienso en ti.
Sus pezones se endurecieron bajo el sujetador, traicionándola, y sintió un calor húmedo extenderse entre sus muslos. Miró hacia la puerta cerrada, luego hacia la ventana con las persianas bajadas. El hospital estaba vacío en esa planta; la otra enfermera de turno dormitaba en la sala de descanso al fondo del pasillo.
—No podemos… —susurró, pero su voz sonó débil, sin convicción.
Sergio extendió la mano libre y rozó apenas sus dedos con los de ella.
—Solo un poco —dijo—. Nadie va a entrar. Y tú… tú también lo deseas, Laura. Lo veo en cómo me miras.
Ella se mordió el labio inferior. El sentido del deber luchaba contra un hambre que llevaba meses royéndole las entrañas. Dio un paso más cerca de la cama. La polla de Sergio se movió ligeramente, como si la reconociera, y otra gota perlada brotó de la punta.
Laura respiró hondo, el pecho subiéndole y bajándole con rapidez. Luego, con un gesto casi automático, giró el pestillo de la puerta hasta el tope. El clic fue definitivo.
Se acercó al borde de la cama, los ojos fijos en él. Sergio no se movió, solo la observaba, dejando que fuera ella quien decidiera el siguiente paso. Laura levantó una pierna y, con cuidado para no hacer crujir el colchón, se subió a la cama, arrodillándose a horcajadas sobre sus muslos sin tocarlo aún. La sábana quedó arrugada a los lados. Sintió el calor que irradiaba del cuerpo de él, el aroma más intenso ahora que estaba tan cerca.
Sus manos temblaron ligeramente cuando se apoyó en el cabecero para mantener el equilibrio. Bajo la falda del uniforme, sus bragas ya estaban empapadas. Sergio alzó las manos y las posó con suavidad en sus caderas, sobre la tela, sin presionar, solo marcando territorio.
Laura bajó la mirada hacia aquella erección que apuntaba directamente hacia ella, palpitante, invitadora.
—La virgen… —susurró, casi para sí misma.
Y entonces, muy despacio, comenzó a bajar las caderas.
Laura sintió el roce de la tela de sus bragas contra la piel caliente de Sergio cuando sus caderas descendieron otro centímetro. El calor que subía de él era una promesa densa que le hacía palpitar el clítoris con anticipación.
Se detuvo un instante, respirando entrecortada, los dedos apretando el cabecero de metal frío. Sergio la miraba desde abajo, la mandíbula tensa por el esfuerzo de no moverse, de dejar que fuera ella quien marcara el ritmo.
Con un movimiento lento, casi reverente, Laura se inclinó hacia delante y deslizó una mano entre sus cuerpos. Sus dedos rozaron la base de la polla de Sergio, caliente, dura como acero envuelto en terciopelo. Él soltó un gemido bajo, apenas audible, y la gota que coronaba la punta se deslizó por el glande hasta mancharle los dedos. Laura se los llevó a los labios sin pensarlo, probando el sabor salado y ligeramente amargo, y el gesto hizo que Sergio apretara sus caderas con más fuerza.
—Joder, Laura… —susurró él, la voz ronca, temblorosa.
Ella sonrió por primera vez, una sonrisa pequeña y traviesa, y volvió a bajar la mano. Esta vez apartó sus bragas a un lado con dos dedos, exponiendo su sexo húmedo y hinchado al aire fresco de la habitación. El contraste la hizo estremecerse. Estaba tan mojada que sentía los labios resbaladizos, el clítoris palpitante asomando entre ellos como pidiendo atención.
La cabeza de la polla de Sergio rozó entonces su entrada, caliente, suave, insistente, y Laura dejó escapar un suspiro largo y tembloroso.
Se hundió despacio, muy despacio.
Primero solo la punta, que abrió sus pliegues con una facilidad obscena gracias a toda la humedad que había acumulado. Sintió cómo la estiraba, cómo la llenaba de a poco, centímetro a centímetro. El grosor era abrumador; sus paredes internas se adaptaban con un placer casi doloroso, contrayéndose alrededor de él en espasmos involuntarios. Sergio cerró los ojos un segundo, la cabeza echada hacia atrás contra la almohada.
Cuando llegó a la mitad, Laura se detuvo otra vez. El placer era tan intenso que temía que un movimiento brusco la hiciera gemir demasiado alto. Sentía cada vena, cada pulso de la erección dentro de ella, como si su cuerpo estuviera midiendo, memorizando.
El silencio del hospital parecía amplificar hasta el más mínimo sonido húmedo cuando ella se movió apenas, subiendo y bajando un par de centímetros para acomodarse mejor.
Sergio abrió los ojos y la miró fijamente. Sus manos subieron por las caderas de Laura, deslizándose bajo la falda del uniforme hasta tocar la piel desnuda de sus muslos. Los dedos se clavaron un poco, no con fuerza, solo con necesidad.
—Todo… —susurró él—. Quiero estar todo dentro de ti.
Laura tragó saliva y, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerse daño, descendió del todo. La sensación fue devastadora: él la llenó por completo, tocando un lugar profundo que hacía tiempo nadie alcanzaba. Sus nalgas se posaron sobre los muslos fuertes de Sergio, y ambos se quedaron inmóviles un instante, respirando el mismo aire caliente, sintiendo cómo sus cuerpos se reconocían.
Ella empezó a moverse entonces, muy despacio, apenas un balanceo de caderas hacia delante y hacia atrás. Cada roce hacía que la polla se deslizara dentro de ella, rozando sus paredes sensibles, presionando contra su punto más sensible en cada vaivén.
El placer crecía en oleadas lentas, densas, como miel caliente derramándose por su vientre. Sus pechos, aún cubiertos por el uniforme, se mecían con el movimiento; los pezones rozaban la tela del sujetador y enviaban chispas directas a su clítoris.
Sergio subió una mano y, con cuidado de no hacer ruido, desabrochó los primeros botones de la bata de Laura. Metió la mano dentro, apartó el sujetador y tomó uno de sus pechos. El pezón estaba duro como una piedra; lo pellizcó suavemente, luego lo rodeó con el pulgar, y Laura tuvo que apretar los dientes para no jadear. El asalto a sus sentidos era total: la polla gruesa moviéndose dentro de ella, el pecho siendo masajeado, el clítoris rozando el pubis de él cada vez que se inclinaba hacia delante.
Sus movimientos se hicieron un poco más amplios, pero siempre silenciosos. Subía hasta casi dejarlo salir, sintiendo el vacío momentáneo, y volvía a bajar tragándoselo entero con un suspiro contenido. Laura sentía cómo sus jugos resbalaban por la base de la polla de Sergio, empapando sus huevos, goteando sobre la sábana.
Sergio la miraba con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Aquel niñato no esperaba salirse con la suya ni por lo más remoto, pero estaba aprovechando bien la oportunidad. Su mano libre bajó hasta donde estaban unidos y, con el pulgar, encontró el clítoris hinchado de Laura. Empezó a frotarlo en círculos lentos, precisos, mientras ella seguía cabalgándolo.
El placer se volvió casi insoportable; Laura tuvo que inclinarse hacia delante, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de él, para no perder el equilibrio. Sus labios quedaron a centímetros de los de Sergio; respiraban el mismo aire, jadeos silenciosos que se mezclaban.
—Estás tan mojada… —susurró él contra su boca—. Se nota cuánto lo necesitabas.
Laura solo pudo asentir, los ojos vidriosos. El orgasmo empezaba a construirse en su bajo vientre, una tensión deliciosa que crecía con cada movimiento, con cada roce del pulgar de Sergio sobre su clítoris. Sus caderas se movían ahora en un ritmo constante, lento pero profundo, buscando esa fricción perfecta.
Y entonces Sergio dijo, con la voz más ronca que nunca, apenas un hilo de sonido:
—Quiero correrme dentro de ti, Laura… dentro de mi enfermera favorita.
Sus palabras cayeron como una chispa sobre pólvora seca. Laura sintió un estremecimiento violento recorrerle la columna, desde la nuca hasta la base misma donde él la embestía con aquella lentitud tortuosa. «Dentro de mi enfermera favorita». La frase se repetía en su cabeza, sucia y posesiva, y hacía que su coño se contrajera con más fuerza alrededor de la polla gruesa que la llenaba hasta lo imposible.
Para no gritar, apretó los labios con tanta fuerza que notó el sabor metálico de la sangre, pero no le importó. Siguió moviéndose, despacio, siempre despacio, porque cualquier aceleración haría crujir la cama o escapar un gemido que delatara todo. Sus caderas rodaban en círculos pequeños y profundos, frotando su clítoris hinchado contra el pubis duro de Sergio mientras él permanecía quieto debajo, dejando que ella tomara todo el placer que quisiera.
El sudor perlaba la frente de ambos. Una gota resbaló por la sien de Laura y cayó sobre el pecho desnudo de él, donde se mezcló con el brillo de su propia transpiración.
Sergio no apartaba los ojos de ella. Sus pupilas estaban tan dilatadas que apenas quedaba iris. La miraba como si quisiera grabar cada detalle: el rubor que subía por su cuello, los mechones rebeldes que se escapaban de la coleta y se pegaban a sus mejillas, el temblor apenas perceptible de sus labios mordidos.
Su pulgar seguía dibujando círculos húmedos sobre el clítoris de Laura, ahora más rápidos, más insistentes, sin perder nunca el ritmo silencioso que ambos habían impuesto.
Laura sintió que el orgasmo se acercaba como una ola lenta pero imparable. Empezó en lo más profundo de su vientre, una tensión ardiente que se extendía hacia afuera, haciendo que sus muslos temblaran sobre los de él. Cada vez que bajaba las caderas, la cabeza del glande rozaba ese punto exquisito dentro de ella, y su coño respondía apretándolo con avidez, como si quisiera retenerlo para siempre.
Los jugos de ambos se mezclaban en abundancia. Sentía la humedad caliente resbalar por sus nalgas, empapar los testículos pesados de Sergio, gotear sobre la sábana en un charco tibio y obsceno.
—Sergio… —susurró ella, apenas un hilo de voz, casi inaudible. Era la primera vez que pronunciaba su nombre así, sin el tono profesional, cargado de súplica.
Él respondió con un gruñido bajo, animal, y alzó ligeramente las caderas para encontrarse con ella en el siguiente descenso. El movimiento fue mínimo, pero suficiente: la polla se hundió un milímetro más profundo, presionando justo donde más lo necesitaba.
Laura cerró los ojos con fuerza. Vio estrellas detrás de los párpados. Sus paredes internas empezaron a palpitar en espasmos rápidos, anunciando lo inevitable.
Sergio sintió aquellos espasmos y perdió un poco el control. Sus manos se clavaron en las caderas de ella, guiándola ahora con más urgencia, aunque siempre contenida. Subía y bajaba con ella, acompasando sus movimientos, haciendo que cada embestida fuera más profunda, más húmeda, más perfecta. El sonido de sus sexos chocando era un chapoteo suave y constante, casi hipnótico, mezclado con sus respiraciones entrecortadas.
—Lo quiero… —repitió él contra su oído, la voz ronca y temblorosa—. Quiero llenarte entera, Laura.
Aquellas palabras fueron el detonante.
Laura se mordió el antebrazo para ahogar el grito que pugnaba por salir. Los dientes se hundieron en la carne mientras su cuerpo se convulsionaba en oleadas violentas. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de la polla de Sergio, apretándola en pulsos rítmicos y desesperados, como si quisiera ordeñarla.
Un chorro caliente brotó de ella, empapando aún más sus uniones, resbalando por los muslos de ambos. El placer era tan intenso que por un instante creyó que se desmayaría; todo su cuerpo temblaba, los pechos agitándose bajo el uniforme desabrochado, los pezones dolorosamente duros rozando la tela.
Sergio no pudo resistir más. Al sentir aquellas contracciones frenéticas, su propia liberación llegó con una violencia contenida. Gruñó contra el cuello de Laura, los dientes rozando apenas su piel, y se hundió hasta el fondo una última vez. Su polla se hinchó aún más dentro de ella antes de explotar: su esencia salió con fuerza, rota la presa, golpeando sus paredes sensibles una y otra vez. Laura sintió cada respingo de su miembro, cada latido que lo vaciaba dentro de ella, marcándola desde lo más profundo.
Ambos se quedaron inmóviles después, temblando, respirando con dificultad.
Laura seguía sentada sobre él, con la polla aún dura dentro, palpitando suavemente en las réplicas del orgasmo. Sentía en su útero un leve calor de fluidos que no le pertenecían, una sensación plena y pecaminosa que le provocaba pequeños espasmos de placer residual.
Sergio la abrazó por la cintura, atrayéndola hacia su pecho. Ella se dejó caer, la mejilla contra su piel sudorosa, escuchando los latidos acelerados de su corazón.
El silencio del hospital volvió a envolverlos, roto solo por sus respiraciones que poco a poco se calmaban. Laura cerró los ojos, saboreando la sensación de estar llena de él, de llevarlo dentro todavía.
Sabía que pronto tendría que levantarse, arreglarse, volver a ser la enfermera responsable. Pero por unos minutos más, solo quiso quedarse allí, disfrutando despacio las últimas ondas de placer, mordiéndose el labio mientras sentía cómo él seguía palpitando dentro de ella y recordaba sus últimas palabras susurradas:
Quiero correrme dentro de ti, Laura… dentro de mi enfermera favorita.
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La atmósfera y el componente sensual creciente. Todo ello muy bien escrito. Me gustó.