La entrega de Ana (1)

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T. Lectura: 12 min.

Ana se despertó esa mañana con el sol filtrándose por las cortinas de la habitación principal, esa que daba directo al mar. La casa de playa de sus papás era un chingón de lugar: amplia, con techos altos, muebles modernos y una piscina infinita que parecía fundirse con el océano. Sus viejos se habían ido de viaje a Europa por dos semanas, dejándola a cargo del paraíso este fin de semana.

A sus 19 años, con la universidad en pausa por vacaciones, Ana se sentía como la reina del mundo. Era delgada, con piel blanca que contrastaba con su cabello castaño claro cayéndole en ondas sueltas por la espalda, senos pequeños pero firmes bajo su top ligero, y un culito pequeño pero bien paradito que hacía que sus shorts de mezclilla se ajustaran perfecto.

El viernes había sido un desmadre: amigos y amigas llegando y saliendo, música a todo volumen, chelas frías y risas hasta la madrugada. Pero hoy sábado, las cosas se habían calmado. La mayoría se había ido temprano, con resaca o planes en la ciudad. Solo quedaban cuatro: sus amigos de toda la vida, que conocía desde la prepa. Todos guapos a su manera, con cuerpos atléticos de tanto surf y gym. Estaba Diego, el moreno alto con sonrisa de comercial; Marco, el de ojos verdes y chistes pinches; Luis, el callado pero con un cuerpo que nomás de verlo daban ganas de suspirar; y Alex, el rubio que siempre traía la buena vibra. Eran amigos cercanos, nada de rollos raros antes, pero Ana no podía negar que cada uno era un bombón.

Bajó a la cocina alrededor de las 11, todavía en pijama corto, el cabello revuelto. Los chicos ya andaban por ahí, algunos en trunks listos para la piscina, otros sirviéndose café. “¡Buenos días, princesa!”, soltó Diego con una carcajada, pasándole un jugo de naranja fresco. Ana. ¿Ya viste el mar? Está perfecto para un chapuzón. Ella sonrió, sintiendo un cosquilleo leve en el estómago al verlos a todos juntos, semidesnudos y relajados. “Sí, wey, pero primero desayuno. ¿Quién quiere hot cakes? Yo los preparo.” Se movió por la cocina con gracia, sirviendo platos mientras charlaban de todo: la fiesta de anoche, los chismes de la uni, planes para el día. Nadie tenía prisa por irse; el fin de semana era largo y la casa estaba a su disposición.

Poco antes del mediodía, Marco sacó una hielera del refri. “Oye, ¿y si preparamos unas micheladas? Nada pesado, solo para refrescar.” Ana dudó un segundo, pero el calor del sol ya pegaba fuerte. “Va, pero suavecito, eh. No quiero terminar como anoche.” Rieron, y pronto estaban en la terraza junto a la piscina, con vasos en mano. El alcohol era ligero al principio: una chela con clamato y limón, sorbos lentos mientras platicaban sentados en las sillas lounge. El mar rugía de fondo, y el aire salado mezclado con el olor a protector solar creaba una atmósfera relajada, casi íntima.

Diego se tiró a la piscina primero, salpicando a todos. “¡Vengan, pinches flojos!” Ana se rio, quitándose el top para quedar en bikini –uno sencillo, azul, que acentuaba su figura esbelta–. Se metió al agua, sintiendo el frescor en su piel blanca. Los chicos la siguieron, chapoteando y jugando como niños grandes. Nada agresivo, solo bromas: Marco la cargó un momento para tirarla al agua, pero con cuidado, riendo. “¡Cuidado con la reina de la casa!”, gritó Luis desde el borde.

El día avanzaba perezoso. Bebían despacio, alternando con agua y snacks que Ana sacó de la cocina: guacamole, totopos, unas frutas frescas. Platicaban de sueños, de viajes que querían hacer, de lo chido que era estar así, sin presiones. Ana se sentía cómoda, atractiva bajo sus miradas casuales. Notaba cómo Diego la observaba cuando salía del agua, el cabello pegado al cuerpo; cómo Alex le sonreía con esa calidez que hacía que se sonrojara un poquito. Pero todo era sutil, como un juego inocente que se cocinaba a fuego lento.

Al caer la tarde, el sol bajaba y el alcohol había subido un poco el tono. Se movieron adentro, a la sala amplia con vista al mar, poniendo música suave –reggaetón light, nada que acelerara las cosas demasiado pronto–. “Otra ronda, ¿no?”, sugirió Alex, y Ana asintió, sintiendo un calorcito agradable en las mejillas. “Pero vamos tranquilos, weyes. La noche es joven.” Se acomodaron en los sofás, cuerpos cercanos pero no invasivos, charlando más profundo ahora: confesiones leves, recuerdos compartidos. El aire se cargaba de algo indefinible, una tensión dulce que prometía explotar cuando el sol se ocultara del todo.

Al atardecer, el sol ya se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las ventanas panorámicas de la sala. La casa seguía envuelta en esa calma lujosa: pisos de madera pulida, cojines mullidos en los sofás grandes, y el rumor distante de las olas como fondo perfecto. Ana se había cambiado a un vestido ligero de verano, uno blanco que le llegaba a medio muslo, ajustándose suave a su figura delgada. Su piel blanca brillaba un poco bajo la luz tenue de las lámparas, el cabello castaño claro suelto y aún húmedo del chapuzón en la piscina. Sus senos pequeños se marcaban sutilmente bajo la tela fina, y el culito chiquito pero firme se notaba cuando se movía con esa gracia natural suya.

Los chicos se habían acomodado alrededor: Diego y Marco en el sofá principal, Luis en un sillón al lado, y Alex en el suelo, recargado contra las piernas de Ana, que estaba sentada en el borde del sofá. Habían subido la música un poquito –un playlist de chill out con toques de reggae–, nada que acelerara el pulso demasiado. Las bebidas seguían fluyendo despacio: un ron con cola para variar, sorbos tranquilos que calentaban el ambiente sin prisa. “Pásame el hielo, wey”, dijo Marco a Luis, estirando la mano con una sonrisa floja. Ana observaba cómo se movían, sus cuerpos relajados después del día en el agua –torso desnudos algunos, shorts holgados–, y sentía un calorcito interno que no era solo del alcohol.

La charla había derivado a cosas más personales, como siempre pasa cuando el día se estira. Diego empezó contando de su última cita fallida en la uni, riendo de lo torpe que había sido. “Neta, pensé que iba a ser algo chido, pero al final nomás platicamos de series y ya. ¿Y tú, Ana? ¿Algún rollo reciente que no sepamos?” Ella se rio bajito, cruzando las piernas y sintiendo el roce casual del brazo de Alex contra su pantorrilla. “Nah, nada serio. Solo salidas con amigos, como esto.” Miró alrededor, captando las sonrisas cómplices. Luis, el más callado, intervino: “A veces lo mejor es con los que ya conoces, ¿no? Sin complicaciones.” Sus ojos se detuvieron un segundo en ella, y Ana sintió un escalofrío leve, como si el aire se cargara un poquito más.

Marco cambió el tema a recuerdos de la prepa, sacando anécdotas que los hicieron reír a carcajadas. “Acuérdate de esa vez en la fiesta de graduación, cuando bailamos hasta que nos corrieron.” Ana asintió, recargándose en el sofá y dejando que su mano rozara accidentalmente el hombro de Diego. Era sutil, un toque que duró solo un instante, pero suficiente para que él la mirara con esa intensidad juguetona. “Sí, bailamos bien pegaditos esa noche”, murmuró ella, con una sonrisa inocente. El alcohol hacía que las palabras fluyeran más sueltas, confesiones disfrazadas de bromas: Alex admitió que siempre le había gustado cómo Ana se movía en el agua, “como una sirena, wey”; Luis habló de lo cómoda que se sentía la casa con ella ahí, “hace que todo sea más… cálido”.

Se acomodaron más cerca sin darse cuenta: Ana terminó con las piernas sobre el regazo de Alex, que las masajeaba distraídamente mientras platicaban; Diego le pasó un brazo por los hombros en un gesto abrazo fraternal, pero su mano se quedó ahí, cálida contra su piel. La noche caía afuera, oscureciendo el mar, y el ambiente en la sala se volvía más íntimo, como un secreto compartido. Nadie apuraba nada; era solo risas, miradas que se prolongaban un segundo de más, y un pulso que latía despacio, prometiendo que lo bueno vendría después, cuando las luces bajaran del todo.

La conversación seguía su ritmo natural, sin forzar nada. Las luces de la sala ya estaban bajas, solo quedaban las lámparas de pie y el reflejo azulado del mar entrando por las ventanas. El ron con cola se había vuelto más lento, más de sorbos pensados que de tragos rápidos. La música seguía sonando bajita, algo de R&B suave que no molestaba la charla.

Fue Luis el que, casi sin querer, abrió el tema. Estaba recargado en el sillón, mirando el techo como si estuviera pensando en otra cosa, y de repente dijo:

—Oigan… ¿alguna vez han pensado en lo raro que es que dos personas que se conocen de toda la vida terminen teniendo sexo? O sea, de repente todo cambia de categoría sin que nadie lo planee.

Marco soltó una risa corta, sin malicia.

—Claro que pasa, wey. Pasa todo el tiempo. Amigos que se emborrachan, se miran diferente una noche y ¡pum! Al día siguiente fingen que nada, o no fingen y se vuelve algo más. Lo importante es que los dos estén en la misma página.

Ana se acomodó un poco mejor en el sofá, cruzando las piernas. El vestido se le subió apenas un centímetro, pero nadie lo comentó. Solo escuchaban.

—¿Y si son más de dos? —preguntó Diego, medio en broma, medio curioso—. Tipo… ¿un trío o algo así? ¿Eso también pasa en la vida real o nomás en películas porno?

Hubo un silencio breve, pero cómodo. Nadie se sintió atacado, nadie se puso tenso. Alex fue el que respondió, con esa voz tranquila que siempre tenía:

—Pasa. No es tan común como la gente cree, pero pasa. Lo he visto con amigos de amigos. Lo clave es que todos sepan qué quieren y qué no. Si hay confianza y nadie está tratando de “ganar” algo, puede ser… increíble. Sin drama, sin celos. Solo… disfrutando.

Ana dio un sorbito largo, mirando el vaso antes de hablar.

—La neta, creo que lo que hace que funcione es cuando todos se conocen bien. Porque ya sabes cómo es la otra persona en el día a día: si es atento, si es egoísta, si respeta límites. Eso vale más que cualquier química de una noche con un desconocido.

Marco asintió despacio.

—Exacto. Con alguien que ya confías, no tienes que estar adivinando. Sabes que si dices “para” va a parar. Y si dices “sígueme”… pues sigue. Eso es lo que lo hace diferente.

Diego miró a Ana un segundo más de lo normal, pero sin presión.

—¿Tú crees que podrías? ¿Con amigos cercanos, digo?

Ella se encogió de hombros, con una sonrisa chiquita, casi tímida.

—No sé… nunca me ha pasado. Pero no lo descarto. Si se diera de forma natural, sin que nadie se sienta obligado ni forzado… sí podría estar abierta. Depende mucho del momento y de las personas.

El aire se quedó un poco más pesado, pero no incómodo. Más bien… expectante. Como si acabaran de admitir algo que todos ya intuían, pero que nadie había dicho en voz alta.

Entonces Alex, todavía con las piernas de Ana sobre su regazo y sin dejar de acariciar distraídamente su tobillo, levantó la vista.

—¿Y si hacemos algo para pasar el rato? Algo sencillo. Verdad o reto, pero sin mamadas pesadas. Si alguien quiere pasar, pasa. Sin broncas.

Ana lo miró, divertida.

—¿Tú proponiendo verdad o reto? Eso sí me sorprende.

—Solo para reírnos —dijo él, levantando las manos—. Nada que no queramos. Palabra.

Diego se recargó hacia atrás, sonriendo.

—Va. Pero empiezo yo. Ana… ¿verdad o reto?

Ella dudó un instante, sintiendo cómo el calor del alcohol y de la charla se le subía un poco a las mejillas. Miró a los cuatro, a sus caras relajadas pero atentas, y decidió.

—Verdad.

Diego sonrió suave, sin prisa.

—¿Cuál es la fantasía que más te prende… pero que nunca le has contado a nadie?

Ana respiró hondo, miró el mar oscuro un segundo y luego los miró a ellos, uno por uno.

—Que me atiendan varios al mismo tiempo. Que todos sepan qué hacer, que se coordinen sin hablar mucho… y que sea solo placer, sin que nadie esté compitiendo ni reclamando nada después.

Nadie dijo nada de inmediato. Solo se escuchó la música suave y el rumor lejano de las olas.

Marco levantó su vaso despacio, como brindis silencioso.

—Siguiente ronda.

La ronda siguió sin prisa, como si nadie quisiera romper el ritmo que se había formado. Diego se recargó un poco más en el sofá, estirando los brazos por el respaldo, y miró a Marco con una sonrisa floja.

—Tu turno wey. ¿Verdad o reto?

Marco se rascó la nuca, fingiendo pensarlo.

—Reto. Pero nada cabrón, eh.

Diego soltó una risita.

—Va. Te reto a que le des un masaje de hombros a Ana. Cinco minutos. Sin trampa.

levantó las cejas, pero no dijo que no. Solo se movió un poco hacia adelante en el sofá para dejarle espacio, el vestido blanco cayéndole suave sobre los hombros. Marco se levantó sin drama, se paró detrás de ella y puso las manos con cuidado, primero solo apoyándolas, como probando.

—¿Está bien así? —preguntó bajito.

Ella asintió, cerrando los ojos un segundo cuando empezó a mover los pulgares en círculos lentos sobre sus trapecios. No era un masaje de spa, pero se sentía bien: cálido, atento. Los demás miraban sin decir mucho, solo sorbiendo sus tragos, la música llenando los silencios.

—Te tienes tenso aquí —murmuró Marco, bajando un poco la presión—. Mucho estrés de ser la dueña de la casa, ¿no?

Ana sonrió sin abrir los ojos.

—Algo así. Pero ya va mejorando.

Pasaron los cinco minutos y Marco se sentó de nuevo, pero Ana no se movió de inmediato. Se quedó ahí, un poco más relajada, con los hombros sueltos. Alex, que seguía con sus piernas sobre el regazo, le dio una palmadita suave en la pantorrilla.

—Te ves más tranquila ya. ¿Quieres que siga yo un rato? Solo los pies, nada raro.

Ella abrió los ojos y lo miró, divertida.

—¿En serio? ¿Ahora todos se van a volver masajistas?

Luis soltó una risa baja desde su sillón.

—Es que el día estuvo largo. Y la noche apenas empieza.

Ana dudó un segundo, pero luego estiró las piernas hacia Alex con un gesto casual.

—Va, pero solo porque estoy floja del ron.

Alex empezó despacio, solo con las yemas de los dedos en las plantas de los pies, presionando suave, sin prisa. Era un roce casi distraído, como si lo hiciera por costumbre. Diego se acercó un poco más en el sofá, recargando el brazo en el respaldo detrás de Ana, no tocándola del todo, pero lo suficientemente cerca para que ella sintiera su calor.

La charla volvió a fluir, pero más bajita ahora. Hablaron de viajes que querían hacer, de una playa que habían visto en fotos y que parecía sacada de un sueño. De vez en cuando alguien soltaba un comentario sobre lo cómodo que se sentía todo: la casa, la compañía, el no tener que apurarse por nada.

En un momento, mientras Alex seguía con los pies y Marco se había acercado para pasarle un cojín detrás de la espalda, Ana suspiró largo, casi sin querer.

—Neta que se siente bien estar así… rodeada de buena onda.

Diego bajó la voz, casi al oído.

—Y nosotros también nos sentimos bien contigo aquí. Como si todo encajara perfecto.

Nadie dijo más. No hacía falta. El ambiente se había vuelto más denso, más cálido, pero seguía siendo natural: risas suaves, miradas que se quedaban un segundo de más, toques que duraban un poquito más de lo necesario. La noche avanzaba despacio, y cada minuto parecía llevarlos un paso más cerca de algo que todos sentían venir, sin que nadie lo nombrara todavía.

La noche ya había caído del todo, y la sala se sentía como un capullo cálido, con las luces suaves y el mar susurrando afuera como un secreto. Ana seguía ahí, recargada en el sofá, con Alex aún trabajando en sus pies de manera distraída, sus pulgares presionando justo en los puntos que la hacían soltar un suspiro ocasional. Marco había terminado su masaje, pero no se alejó mucho; en cambio, se sentó más cerca y empezó a ajustarle el cojín detrás de la espalda, como si quisiera asegurarse de que estuviera lo más cómoda posible. Diego, con el brazo aún en el respaldo, le alcanzó el vaso de ron que había dejado en la mesa, sin que ella lo pidiera.

—Toma wey, no se te vaya a calentar —murmuró él, con una sonrisa casual, pero sus dedos rozaron los de ella un segundo más de lo necesario al pasárselo.

Ana tomó un sorbo, sintiendo cómo el líquido tibio se deslizaba por su garganta, sumándose al calor que ya le subía por el cuerpo. No era solo el alcohol; era todo: las manos de Alex en sus pies, que ahora subían un poquito a las pantorrillas, como si fuera lo más natural del mundo; Marco preguntándole si quería que le trajera algo de la cocina, “un snack o lo que sea, para que no te baje la energía”; Luis, desde su sillón, observándola con esa mirada tranquila, y de pronto ofreciéndose a ponerle una manta ligera sobre las piernas porque “el aire se está enfriando un poco”.—Gracias, chicos —dijo ella bajito, con una risa nerviosa que no pudo contener—. Neta que me están tratando como a una reina. ¿Qué onda? ¿Es por la casa o qué?

Diego se encogió de hombros, pero su mano bajó un poco del respaldo para rozarle el hombro, un toque ligero como para enfatizar sus palabras.

—Nah, es porque te lo mereces. Has sido la mejor anfitriona todo el fin de semana. Solo estamos… devolviendo el favor.

La charla siguió ligera, hablando de tonterías: una película que habían visto hace años, un chisme viejo de la prepa que los hizo reír. Pero entre las palabras, la dinámica se había asentado sin que nadie lo dijera. Era como si todos, de forma instintiva, se hubieran enfocado en ella: Alex masajeando con más dedicación ahora, encontrando nudos en sus músculos que ni sabía que tenía; Marco levantándose para traerle unas uvas de la cocina, “frescas, para que no te dé sed”; Diego ajustándole el cabello que se le había pegado al cuello, un gesto casual pero íntimo; Luis acercándose por fin, sentándose al otro lado y ofreciéndole su mano para que la estirara, “para relajar los brazos también”.

Ana sentía todo eso acumulándose dentro de ella, un remolino confuso. Al principio lo tomó como broma, como parte del juego de verdad o reto que se había diluido en algo más. Pero ahora… el calor de sus toques se quedaba en su piel blanca, haciendo que su corazón latiera un poquito más rápido. ¿Era solo amistad? ¿O había algo más en cómo la miraban, en cómo se coordinaban sin hablar, como si supieran exactamente qué hacer para hacerla sentir… atendida? Se sonrojó un poco bajo la luz tenue, el vestido blanco sintiéndose de pronto demasiado ligero contra su cuerpo delgado, sus senos pequeños subiendo y bajando con respiraciones que trataban de ser normales.

Quería decir algo, romper el hechizo, pero al mismo tiempo no quería; era una confusión dulce, un cosquilleo que se extendía desde los pies hasta el estómago, haciéndola preguntarse qué pasaría si dejaba que siguiera.

—Oigan… ¿y si ponemos algo más de música? —propuso ella, para distraerse, pero su voz salió más suave de lo que esperaba.

Luis sonrió y se levantó sin decir nada, yendo al equipo de sonido para subir el volumen un poquito, una canción lenta con ritmo que parecía sincronizarse con el pulso de todos. Y así, sin más, la noche siguió tejiéndose alrededor de ella, sutil, natural, como si el mundo entero se hubiera reducido a esa sala y a las atenciones que la envolvían.

La canción nueva que Luis había puesto era perfecta: un ritmo lento, casi hipnótico, con un bajo que se sentía más en el cuerpo que en los oídos. El aire de la sala se había vuelto espeso, cargado del olor a sal del mar que entraba por las ventanas entreabiertas, mezclado con el leve aroma a coco del protector solar que todavía les quedaba en la piel y el dulzor sutil del ron que flotaba en cada vaso.

Ana cerró los ojos un momento, dejando que las sensaciones la envolvieran sin resistirse. Los dedos de Alex seguían en sus pantorrillas ahora, moviéndose con una lentitud deliberada, como si trazara mapas invisibles sobre su piel. Cada presión era ligera, pero precisa; cuando encontraba un punto tenso, se quedaba ahí un segundo más, y ella sentía cómo el músculo se soltaba, enviando pequeñas olas de calor que subían por sus piernas hasta el vientre.

Marco se había sentado a su lado izquierdo, tan cerca que el calor de su muslo se filtraba a través de la tela del vestido. No la tocaba directamente, solo había apoyado el brazo en el respaldo del sofá, los dedos rozando apenas el borde de su hombro desnudo cada vez que respiraba. Era un contacto tan mínimo que casi parecía accidental, pero Ana lo sentía como una corriente eléctrica suave, constante.

Diego, del otro lado, había bajado la mano del respaldo. Ahora descansaba abierta sobre el cojín, a centímetros de su cintura. De vez en cuando movía los dedos, como si quisiera comprobar que seguía ahí, y el roce del dorso de su mano contra la curva de su cadera era tan leve que podía confundirse con la brisa. Pero no lo era. Ana lo sabía.

Luis se había acercado sin hacer ruido. Se sentó en el suelo frente a ella, con la espalda recargada en la mesa baja, y simplemente la miró un rato. Luego, sin decir nada, tomó una de sus manos que descansaba floja sobre su regazo y empezó a frotar el pulgar contra su palma, en círculos lentos, profundos. El tacto era cálido, seco, casi reverente. Cada pasada hacía que Ana sintiera un cosquilleo que subía por el brazo hasta la nuca, erizándole la piel fina de los antebrazos.

Ninguno hablaba mucho ya. Solo respiraciones, el rumor del mar, la música que parecía acompasarse con los latidos que Ana empezaba a notar con más fuerza en el pecho, en las sienes, en la parte baja del vientre.

De pronto sintió un roce distinto: el cabello de Marco rozándole el cuello cuando se inclinó un poco para apartarle un mechón que le caía sobre la clavícula. El aliento de él le rozó la piel, cálido y con olor a limón y alcohol suave. No la besó. Solo se quedó ahí un segundo, respirando cerca, antes de volver a su posición.

Ana abrió los ojos despacio. Los cuatro la miraban con la misma calma, sin prisa, sin exigencia. Pero había algo nuevo en sus miradas: una atención absoluta, como si en ese momento el mundo entero se redujera a ella, a su piel, a cómo respondía su cuerpo a cada roce mínimo.

Se mordió el labio inferior sin darse cuenta, un gesto pequeño, casi inconsciente. El calor que le subía por el cuello ya no era solo del ron; era algo más profundo, más líquido, que se acumulaba entre sus piernas y la hacía apretar los muslos con suavidad, buscando alivio sin querer admitirlo del todo.

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2 COMENTARIOS

  1. Sin lugar a dudas, una historia fascinate, llena de deseos escondidos, historia bien narrada que hace sentir de verdad las sensaciones descriptas. Formidable!

  2. Lo mejor que he leído en mucho tiempo. He disfrutado cada detalle. Gracias. Estoy atento a la próxima parte.

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