La entrega de Ana (2)

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T. Lectura: 12 min.

—¿Estás bien? —preguntó Alex en voz muy baja, sin dejar de mover los dedos en su pantorrilla.

Ana asintió, la voz le salió ronca, apenas audible.

—Más que bien… Nadie dijo nada más. Solo siguieron. Los toques, los roces, las respiraciones compartidas. La noche se deslizaba alrededor de ellos como terciopelo oscuro, y Ana sentía que, poco a poco, se estaba derritiendo en medio de esa atención silenciosa, dulce, implacable.

La música seguía envolviéndolos, un pulso lento que parecía acompasarse con las respiraciones en la sala. Ana tenía los ojos entrecerrados, la cabeza ligeramente echada hacia atrás contra el respaldo del sofá, como si el simple acto de mantenerlos abiertos requiriera demasiado esfuerzo. El calor de los cuerpos a su alrededor era constante, casi como una manta invisible que la cubría entera.

Alex había subido las manos un poco más, ahora en la parte trasera de sus rodillas, los pulgares trazando líneas suaves hacia arriba, deteniéndose justo donde empezaba el muslo. No avanzaba más, pero cada roce hacía que la piel de Ana se erizara en ondas que subían hasta la nuca. Sentía cómo su propia respiración se volvía más profunda, más audible en el silencio entre las notas.

Marco, a su izquierda, había inclinado la cabeza hacia ella. Su aliento le rozaba el cuello cada vez que exhalaba, cálido y con ese leve olor a limón que quedaba del ron. De pronto, sin decir nada, acercó los labios a la piel justo debajo de su oreja —no un beso, solo un contacto tan ligero que podía ser el roce de una pluma— y se quedó ahí un segundo, respirando. Ana sintió un escalofrío que le recorrió la columna entera, haciendo que sus pezones se marcaran sutilmente bajo la tela fina del vestido.

—¿Te molesta? —susurró Marco, la voz tan baja que vibró contra su piel.

Ella negó con la cabeza, despacio. No confiaba en su voz para responder.

Diego, del otro lado, había deslizado la mano del cojín hasta posarla abierta sobre su cintura, justo donde el vestido se arrugaba un poco. Los dedos no se movían, solo estaban ahí, cálidos, firmes, como anclándola. Pero de vez en cuando, el pulgar hacía un movimiento mínimo, un círculo casi imperceptible sobre la tela, y Ana sentía cómo ese punto diminuto se convertía en el centro de todo su cuerpo.

Luis, sentado en el suelo frente a ella, había dejado de frotar su palma. Ahora sostenía su mano entre las suyas, pero con la otra mano había empezado a acariciar el interior de su antebrazo, subiendo despacio hasta el codo y volviendo a bajar. Era un movimiento tan suave que parecía parte de un sueño. Cada vez que llegaba al pliegue del codo, se detenía un instante, presionando apenas, y Ana notaba cómo su pulso se aceleraba justo ahí, latiendo contra los dedos de él.

El silencio se había vuelto denso, roto solo por la música y por los pequeños sonidos que ella no podía evitar: un suspiro más largo, un leve movimiento de caderas cuando el calor entre sus piernas se hacía demasiado insistente, un roce involuntario de sus muslos al apretarlos.

Ana abrió los ojos por fin. Los miró uno por uno —Alex con esa concentración tranquila, Marco con la mirada fija en su cuello, Diego con una media sonrisa que no llegaba a ser juguetona, Luis con esa calma absoluta que siempre lo caracterizaba—. Ninguno apartó la vista. Ninguno se apresuró.

—¿Quieren… que paremos? —preguntó ella en voz muy baja, casi como si temiera romper algo frágil.

Diego fue el primero en hablar, su pulgar todavía dibujando ese círculo diminuto en su cintura.

—No si tú no quieres.

Ana tragó saliva. Sintió cómo el calor le subía hasta las mejillas, hasta las orejas. Su cuerpo ya no obedecía del todo a su cabeza; había una parte de ella que quería seguir sintiendo, que quería ver hasta dónde llegaba esa corriente que la recorría entera. Pero otra parte —la que todavía pensaba, la que racionalizaba— se preguntaba si esto era real, si mañana todo seguiría siendo igual, si sus amigos seguirían siendo solo eso.

Sin embargo, en lugar de responder con palabras, hizo algo más simple: giró un poco el cuerpo hacia Diego, dejando que su hombro se recargara contra su pecho. Al mismo tiempo, su mano libre buscó la de Alex y la apretó suavemente, como diciendo “no te vayas”.

Fue un gesto pequeño, casi imperceptible. Pero ellos lo entendieron.

Marco acercó la boca de nuevo a su cuello, esta vez dejando que los labios rozaran apenas la piel, un contacto que duró dos, tres segundos. Alex subió las manos un centímetro más por sus muslos, deteniéndose justo donde la piel se volvía más sensible. Luis levantó su mano hasta llevarla a su mejilla, el pulgar rozándole el labio inferior con una lentitud que hizo que Ana contuviera el aliento.

La confusión seguía ahí, latiendo en su pecho como un segundo corazón. Pero ahora se mezclaba con algo más fuerte: curiosidad, deseo, una entrega que empezaba a formarse sin que ella tuviera que decidirlo del todo.

La noche se había vuelto un susurro compartido, y Ana, en el centro, sentía que poco a poco se dejaba llevar por él.

Ana sintió que el aire en la sala se había vuelto casi irrespirable, cargado de esa tensión que ya no podía ignorar. Su cuerpo latía entero: el calor entre las piernas era un pulso constante, húmedo, que la hacía moverse inquieta en el sofá. Los roces de sus amigos —tan sutiles, tan coordinados— habían encendido algo dentro de ella que no quería apagar. La confusión seguía ahí, pero ahora era un susurro lejano; lo que dominaba era el deseo, crudo y urgente.

Sin pensarlo dos veces, giró la cara hacia Diego, el más cercano a su derecha. Sus labios encontraron los de él primero, suaves y cálidos, con un leve sabor a ron que la hizo suspirar contra su boca. No fue un beso tímido; lo tomó con hambre, la lengua rozando la de él en un movimiento instintivo, como si hubiera estado esperando ese momento todo el día. Diego respondió de inmediato, su mano en la cintura apretando un poco más, atrayéndola contra su pecho. El beso duró lo suficiente para que Ana sintiera cómo el mundo se reducía a esa conexión, húmeda y eléctrica.

Pero no se detuvo. Giró el cuerpo ligeramente hacia el otro lado, rompiendo el beso con Diego solo para encontrar los labios de Marco, que ya la esperaba con una mirada que lo decía todo. Sus bocas se unieron en un beso más profundo, las manos de Marco subiendo por su espalda bajo el vestido, rozando la piel desnuda. Ana gimió bajito contra él, sintiendo cómo el calor se extendía, cómo su culito se apretaba contra el sofá en busca de fricción. Los demás no se movieron, solo observaron, respirando pesado, esperando su turno.

Alex fue el siguiente. Ana se inclinó hacia adelante, soltando a Marco, y lo tomó por el cuello para atraerlo hacia arriba. Sus labios se encontraron en un beso más urgente, las manos de Alex dejando sus muslos para enredarse en su cabello castaño claro, guiándola. Mientras tanto, Luis se acercó por fin, y cuando Ana rompió el beso con Alex, giró la cabeza para besarlo a él: un beso más lento, exploratorio, su lengua jugando con la de Luis mientras sentía las manos de los otros empezar a moverse de nuevo, ahora con menos contención.

La ropa empezó a sobrar. Diego levantó el vestido blanco por los muslos, deslizándolo hacia arriba con cuidado, exponiendo su piel blanca y las bragas ya húmedas. Ana no protestó; al contrario, levantó los brazos para que Marco se lo quitara del todo, quedando solo en bikini —el mismo azul de la tarde, ahora sintiéndose ridículamente pequeño—. Los chicos se movieron como en un baile silencioso: Alex y Luis bajaron al suelo, posicionándose entre sus piernas, que Ana abrió despacio, invitándolos. Eran de mente abierta, como siempre habían sido en sus charlas; no hubo dudas, solo acción natural.

Primero fueron besos en los muslos internos:

Alex por un lado, Luis por el otro, sus bocas cálidas rozando la piel sensible, subiendo despacio hacia el centro. Ana jadeó, su mano enredándose en el cabello de Diego mientras él se inclinaba para besarla en la boca de nuevo, profundo, su lengua explorando como si quisiera devorarla. Marco, a su lado, bajó la cabeza hacia su pecho, quitando el top del bikini con un movimiento suave. Sus labios encontraron uno de sus senos pequeños, chupando el pezón con lentitud, la lengua girando alrededor hasta que se endureció en su boca.

Entonces llegó el momento: Alex y Luis llegaron al centro al mismo tiempo. Bajaron las bragas con cuidado, exponiendo su vagina ya húmeda, y sus bocas se unieron ahí, coordinadas sin palabras. Alex lamiendo el clítoris con toques precisos, Luis explorando más abajo, su lengua entrando y saliendo en un ritmo que la hacía arquear la espalda. Dos bocas atendiendo su intimidad, cálidas y húmedas, sin celos, solo placer compartido. Ana gimió fuerte contra la boca de Diego, que la besaba con pasión, sus manos sosteniéndole la nuca.

Diego y Marco se alternaban ahora: Diego rompió el beso para bajar al otro pezón, chupándolo con la misma intensidad que Marco, mientras este subía para besarla en la boca, su lengua saboreando la de ella. Luego cambiaban: Marco al pezón, Diego a los labios, un ciclo fluido que la hacía sentir abrumada, atendida por completo. Cuatro bocas en ella al mismo tiempo —dos en su vagina, lamiendo y succionando en armonía; una en su boca, besándola con urgencia; la otra en su pezón, chupando y mordisqueando suave—. Su cuerpo temblaba, el placer acumulándose en olas que la recorrían entera, desde los pies hasta la cabeza.

Ana se entregó por completo, sus manos guiando cabezas, sus caderas moviéndose contra las bocas de Alex y Luis. Era un caos sensorial: el sabor salado en los besos, el calor húmedo entre las piernas, los pezones sensibles enviando chispas directas a su centro. No había palabras, solo gemidos, respiraciones pesadas, y el rumor del mar afuera como testigo distante. La noche explotaba alrededor de ella, y Ana, en el centro, se dejaba llevar hacia el clímax que sabía que vendría pronto, intenso, compartido.

Ana se sentía como si estuviera flotando en un mar de sensaciones que la envolvían por completo, cada ola de placer golpeándola más fuerte que la anterior. Su mente, que antes había luchado con dudas y confusiones, ahora se había rendido por completo; solo existía el aquí y el ahora, el cuerpo temblando bajo las atenciones de sus cuatro amigos, que se movían con una sincronía casi instintiva, como si hubieran leído sus pensamientos más profundos.

Abajo, entre sus piernas abiertas, Alex y Luis trabajaban en perfecta armonía. La lengua de Alex rodeaba su clítoris con círculos suaves pero insistentes, succionando de vez en cuando para enviar chispas directas a su vientre, haciendo que sus caderas se arquearan involuntariamente hacia él. Luis, más abajo, exploraba con movimientos profundos y lentos, su lengua entrando y saliendo de su vagina húmeda, lamiendo las paredes internas con una presión que la hacía sentir llena y expuesta al mismo tiempo.

A veces sus bocas se rozaban entre sí —un beso accidental en medio de su intimidad—, y eso solo intensificaba todo: el calor de sus alientos mezclándose, las lenguas coordinadas como si compartieran un secreto, haciendo que Ana sintiera un placer dual, abrumador, que se acumulaba en su centro como una tormenta a punto de estallar. Cada lamida, cada succión, enviaba ondas de calor que subían por su abdomen, haciendo que sus muslos temblaran y que un gemido ahogado escapara de su garganta.

Arriba, Diego y Marco se alternaban con una fluidez que la dejaba sin aliento. En ese momento, Diego tenía sus labios en los de ella, besándola con una pasión que era casi posesiva: su lengua invadiendo su boca, explorando cada rincón, saboreando el ron y el deseo compartido. Ana respondía con hambre, mordisqueando su labio inferior, sintiendo cómo ese beso la anclaba al sofá, como si fuera lo único que la mantenía en tierra. Mientras tanto, Marco había tomado su pezón izquierdo entre los labios, chupándolo con una succión rítmica que hacía que el pezón se endureciera aún más, sensible al punto del dolor dulce.

Su lengua giraba alrededor, con toques rápidos que enviaban descargas directas a su vagina, conectando todo su cuerpo en una red de placer. Luego cambiaban: Marco subía para besarla, sus labios más suaves pero igual de intensos, mientras Diego bajaba al pezón derecho, mordisqueándolo suavemente con los dientes antes de chupar, alternando entre los dos para no dejar ninguno desatendido.

Sus manos no se quedaban quietas. Las de Alex y Luis subían por sus muslos internos, apretando la carne suave para mantenerla abierta, sus dedos rozando ocasionalmente la entrada de su vagina junto a las lenguas, agregando un toque de fricción que la hacía jadear. Diego tenía una mano en su nuca, guiando el beso; la otra bajaba por su espalda, trazando la curva de su culito pequeño pero firme, apretándolo con gentileza para hacerla arquearse más. Marco, con la mano libre, acariciaba su otro seno, pellizcando el pezón con dedos expertos, sincronizándose con la boca en el opuesto.

Ana estaba abrumada, neta que sí: el placer la invadía en capas, como si cada parte de su cuerpo gritara al mismo tiempo. Sentía el calor líquido acumulándose en su vientre, un nudo que se apretaba más y más con cada lamida, cada beso, cada chupada. Su piel blanca estaba sonrojada, perlada de sudor ligero que hacía que los toques se sintieran más intensos, más resbaladizos.

Los gemidos salían de ella sin control, ahogados contra las bocas que la besaban, y su mente giraba en un torbellino: “¿Cómo es posible sentir tanto? ¿Cómo pueden saber exactamente qué hacer?”. Era como si su fantasía se hubiera hecho real, multiplicada por cuatro, y el clímax se acercaba rápido, un tsunami que la haría explotar en cualquier momento. Pero no quería que pararan; al contrario, sus manos se enredaban en cabellos, atrayéndolos más cerca, entregándose por completo a ese placer que la consumía entera.

Ana sintió que el nudo en su vientre se apretaba hasta el punto de no retorno. Todo se volvió más intenso de golpe: la lengua de Alex presionando justo en su clítoris con movimientos rápidos y precisos, succionando con esa fuerza que la hacía ver estrellas; la de Luis entrando más profundo, lamiendo en círculos amplios que la llenaban y la vaciaban al mismo tiempo. Las bocas en sus pezones —Diego chupando uno con dientes suaves que rozaban el borde del placer y el dolor, Marco alternando con besos húmedos en el otro— enviaban descargas directas a su centro. Y los besos en su boca, turnándose sin pausa, la ahogaban en un sabor compartido que era puro deseo.

Entonces llegó. El orgasmo la atravesó como una ola que rompe contra la costa, sin aviso, sin piedad. Su cuerpo entero se tensó: las piernas se abrieron más, los muslos temblaron violentamente contra las manos que la sostenían, su espalda se arqueó tanto que casi se levantó del sofá. Un gemido largo y roto salió de su garganta, ahogado primero contra los labios de Diego, luego contra los de Marco cuando cambiaron. Sintió cómo su vagina se contraía en espasmos profundos alrededor de la lengua de Luis, cómo el placer se expandía en pulsos calientes que le recorrían el abdomen, los pechos, hasta las puntas de los dedos. Era abrumador, casi demasiado; lágrimas se le escaparon de los ojos por la intensidad, pero no eran de dolor, eran de rendición total.

Mientras las réplicas la recorrían —pequeños temblores que la hacían jadear cada vez que una lengua la rozaba de nuevo—, su mente, por un instante, volvió a aclararse. Un pensamiento fugaz cruzó: ¿Qué estoy haciendo? Son mis amigos… ¿y si mañana todo cambia? ¿Y si esto rompe algo?. Pero el pensamiento duró solo un segundo. El placer todavía latía en su cuerpo, cálido y líquido, y los cuatro seguían ahí, sin apresurarse, sin exigir, solo esperando, respirando pesado contra su piel. No había presión en sus miradas, solo deseo crudo y compartido. Y en ese silencio entre olas, Ana tomó la decisión.

Se dejó llevar. Completamente.

Abrió los ojos despacio, todavía nublados por el clímax, y los miró uno por uno. Su voz salió ronca, casi un susurro:

—No paren…. Fue la frase más clara que había dicho en toda la noche. No había dudas, no había medias tintas. Era una entrega total.

Diego fue el primero en reaccionar. Se inclinó para besarla de nuevo, esta vez más lento, más profundo, mientras sus manos bajaban para abrirle las piernas un poco más. Alex y Luis se movieron al unísono: Alex se levantó un poco para quitarse el short, su erección ya dura presionando contra el muslo de Ana; Luis hizo lo mismo, pero se quedó entre sus piernas, guiando su miembro hacia la entrada húmeda y aún sensible de ella. Marco, con una sonrisa suave, se acomodó a un lado para que Ana pudiera alcanzarlo con la mano, y ella lo hizo sin pensarlo, envolviéndolo con dedos temblorosos mientras su otra mano buscaba a Diego.

La habitación se llenó de sonidos nuevos: respiraciones entrecortadas, gemidos bajos, el roce de piel contra piel. Luis entró primero, despacio, llenándola con un movimiento suave que la hizo jadear de nuevo. Alex esperó su turno, besándole el cuello mientras tanto. Diego y Marco se alternaban en su boca y en sus pechos, manos por todas partes: apretando su culito, acariciando sus muslos, pellizcando sus pezones sensibles.

Ana se convirtió en el centro de todo. Cada embestida de Luis la hacía moverse contra Alex, que pronto tomó su lugar cuando Luis se retiró; cada beso en su boca era interrumpido por otro en su cuello, en sus pechos. Sus manos no paraban: una en Diego, la otra en Marco, masturbándolos con movimientos instintivos mientras ellos la tocaban, la penetraban, la besaban.

No había orden fijo, solo fluidez. Uno entraba mientras otro salía; uno chupaba su clítoris mientras otro la besaba; dos en su boca al mismo tiempo, turnándose. Ana se dejaba llevar por completo, su cuerpo respondiendo a cada toque, cada penetración, cada lengua. El segundo orgasmo llegó más rápido, más profundo, y luego un tercero, hasta que perdió la cuenta entre el placer que la inundaba sin parar.

Estaba siendo usada exactamente como había pedido, y en ese momento, nada le parecía más correcto. La noche se volvió un borrón de cuerpos, gemidos y placer compartido, y Ana, en el centro, se sentía más viva que nunca.

Ana seguía temblando por dentro, las réplicas del último orgasmo aún recorriéndole la piel como pequeñas descargas. Su cuerpo estaba sensible, hipersensible, pero el deseo no había disminuido; al contrario, se había vuelto más voraz, más profundo. Los chicos la miraban con esa calma intensa, esperando su señal, y ella solo tuvo que abrir un poco más las piernas y susurrar:

—Sigan… no paren.

Luis fue el primero en moverse. Se acomodó de nuevo entre sus muslos, pero esta vez no entró de inmediato. Bajó la cabeza y su lengua volvió a su clítoris, lamiendo con movimientos lentos y amplios, saboreando la humedad que todavía fluía de ella. Ana jadeó fuerte, la cabeza echada hacia atrás contra el sofá, mientras sus caderas se elevaban instintivamente hacia esa boca cálida.

Alex se unió casi al instante, colocándose al lado de Luis: su lengua se deslizó por los labios externos de su vagina, lamiendo hacia arriba hasta encontrarse con la de Luis en el clítoris. Dos lenguas alternando, rozándose entre sí, explorando cada pliegue, cada punto sensible. Ana sentía el placer duplicado, triplicado: el calor húmedo, la presión suave, los pequeños succiones que la hacían arquearse y gemir sin control.

Mientras tanto, sus manos no estaban quietas. Diego se había arrodillado a su derecha, guiando su mano hacia su erección dura y caliente. Ana la envolvió con dedos temblorosos, masturbándolo con movimientos lentos al principio, sintiendo cómo latía contra su palma. Marco hizo lo mismo al otro lado: su mano encontró la de ella y la llevó a su miembro, y Ana empezó a alternar, una mano en cada uno, subiendo y bajando con un ritmo que se sincronizaba con las lamidas abajo. Sus pulgares rozaban las puntas, extendiendo la humedad que ya había ahí, y los gemidos bajos de Diego y Marco se mezclaban con los suyos, creando un coro suave y crudo.

Entonces Alex se levantó un poco, dejando que Luis siguiera con la lengua en su clítoris. Se posicionó entre sus piernas, alineando su erección con la entrada húmeda y abierta de Ana. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo mientras Luis no dejaba de lamer alrededor, su lengua rozando el punto donde sus cuerpos se unían, añadiendo una capa extra de placer que la hizo gritar bajito. Alex empezó a moverse: embestidas profundas pero controladas, saliendo casi por completo antes de volver a entrar, cada vez un poco más fuerte, un poco más rápido.

Ana estaba completamente ocupada, completamente entregada. Dos bocas en su intimidad —Luis lamiendo su clítoris sin descanso mientras Alex la penetraba—, sus dos manos trabajando en Diego y Marco, masturbándolos con movimientos cada vez más firmes, sintiendo cómo ellos se endurecían más en su agarre. Diego se inclinó para besarla de nuevo, profundo y hambriento, mientras Marco bajaba a chuparle un pezón, alternando con mordidas suaves que la hacían apretar las manos con más fuerza.

El placer la invadía desde todos lados: el roce constante de la lengua de Luis en su clítoris, la fricción profunda de Alex dentro de ella, el sabor salado en su boca con cada beso de Diego, la succión en su pezón que enviaba chispas directas a su centro. Sus gemidos se volvieron continuos, entrecortados, ahogados contra los labios que la besaban. Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía del todo; era un instrumento de placer, atendido y usado por cuatro al mismo tiempo, y eso la excitaba más que nada.

Otro orgasmo empezó a construirse, más intenso que los anteriores, alimentado por la sobrecarga sensorial. Sus caderas se movían solas, buscando más de todo: más lengua, más penetración, más roce en sus manos. Diego y Marco gemían contra su piel, sus miembros latiendo en sus palmas, mientras Alex aceleraba el ritmo y Luis succionaba su clítoris con más fuerza.

Ana se dejó ir otra vez, el clímax explotando en su interior como una ola que la arrastra. Su vagina se contrajo alrededor de Alex en espasmos profundos, su cuerpo temblando entero, las manos apretando con fuerza a Diego y Marco mientras gemía contra la boca de quien estuviera besándola en ese momento. No había palabras, solo sensaciones: calor, humedad, latidos, placer que no terminaba.

Y aun así, cuando las réplicas empezaron a calmarse, ella no pidió que pararan. Solo abrió los ojos, los miró con una sonrisa temblorosa no podía creer lo que estaba viviendo…

Continuará.

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