Ana estaba perdida en una bruma de placer continuo, su cuerpo respondiendo a cada toque como si ya no tuviera límites. El sofá debajo de ella se sentía húmedo, caliente, y el aire de la sala olía a sexo, a sudor ligero y a esa mezcla salada que solo surge cuando los cuerpos se entregan sin reservas.
Alex seguía dentro de ella, moviéndose con embestidas profundas y controladas, cada salida casi completa antes de volver a llenarla por completo. Luis no había dejado su clítoris ni un segundo: su lengua seguía allí, lamiendo alrededor del punto donde Alex entraba y salía, añadiendo una fricción húmeda que la mantenía al borde constante. Sus gemidos eran continuos ahora, roncos y entrecortados, vibrando contra la boca de quien la besara en ese instante.
Diego y Marco estaban cada vez más cerca del límite. Ana lo sentía en cómo latían sus miembros en sus manos: más duros, más calientes, con pulsos rápidos que anunciaban lo inevitable. Ella aceleró el ritmo sin que se lo pidieran, subiendo y bajando con movimientos firmes, el pulgar rozando la punta sensible de cada uno en cada pasada. Diego fue el primero en romperse.
—Ana… ya voy… —murmuró él contra su cuello, la voz grave y temblorosa.
Ella no dudó. Giró la cabeza hacia él, abrió la boca y lo tomó despacio, envolviéndolo con labios cálidos y húmedos. Su lengua jugó alrededor de la cabeza mientras seguía masturbándolo con la mano, succionando con esa presión justa que lo hizo gemir fuerte. Diego se tensó entero, una mano en su cabello castaño claro, guiándola sin forzar. Y entonces se vino: chorros calientes y espesos llenaron su boca primero, luego se retiró un poco para dejar que el resto cayera sobre su lengua, su barbilla, goteando despacio hacia sus senos pequeños. Ana tragó lo que pudo, el sabor salado y cálido extendiéndose por su garganta, mientras seguía moviendo la mano para exprimir las últimas gotas.
Marco no tardó mucho más. Ver a Diego descargarse sobre ella lo empujó al borde. Ana soltó a Diego con los labios y giró la cabeza hacia Marco, pero esta vez no lo tomó en la boca; en cambio, aceleró la mano, apretando justo debajo de la cabeza con movimientos rápidos y firmes. Marco jadeó, su abdomen contrayéndose.
—Joder… Ana… Se vino con un gemido largo y profundo. El primer chorro salió fuerte, aterrizando caliente sobre su pecho izquierdo, cubriendo el pezón que todavía estaba sensible de las chupadas anteriores. Luego otro, y otro, salpicando su piel blanca, goteando hacia su vientre plano. Ana siguió masturbándolo hasta que él tembló y se detuvo, dejando que las últimas gotas cayeran sobre su mano.
Mientras tanto, Alex seguía dentro de ella, pero ahora sus embestidas eran más rápidas, más urgentes. Luis había subido un poco, lamiendo el clítoris con toques rápidos mientras sus dedos entraban y salían junto a la penetración de Alex, añadiendo esa sensación de estar completamente llena. Ana sentía otro orgasmo construyéndose en su interior, alimentado por la visión de Diego y Marco descargados sobre su cuerpo, por el calor pegajoso que cubría su piel, por el olor intenso que llenaba la sala.
Alex fue el tercero. Se tensó dentro de ella, embistiendo profundo una última vez.
—Voy a… —gruñó, y se salió justo a tiempo.
Su semen caliente salió en chorros fuertes, primero sobre su monte de Venus, luego salpicando su vientre y mezclándose con lo que ya habían dejado Marco y Diego. Ana sintió el calor extenderse por su piel, goteando hacia los lados, mientras su propio cuerpo se contraía en otro clímax: sus paredes internas apretándose en el vacío, su clítoris palpitando bajo la lengua de Luis, que no paraba de lamer, prolongando las olas de placer hasta que ella tembló entera.
Luis fue el único que no se vino todavía. Se quedó ahí, entre sus piernas, lamiendo despacio ahora, saboreando la mezcla de todo: su humedad, el semen de Alex que aún goteaba, el calor de su orgasmo reciente. Sus ojos se encontraron con los de Ana, y había una promesa silenciosa en esa mirada: él esperaría, él sería el último, cuando ella estuviera lista para recibirlo de nuevo.
Ana, cubierta de semen caliente en el pecho, el vientre, la barbilla, jadeaba con la boca entreabierta, el cuerpo tembloroso y brillante bajo la luz tenue. Se sentía usada, saciada, adorada. Y aun así, cuando recuperó un poco el aliento, extendió una mano temblorosa hacia Luis y murmuró con voz ronca:
—Ven… ahora tú.
La noche aún no había terminado y Luis se levantó despacio del suelo, el cuerpo todavía tenso por la contención que había mantenido hasta ese momento. Sus ojos no se apartaron de Ana ni un segundo. Ella seguía recostada en el sofá, el pecho subiendo y bajando con respiraciones pesadas, la piel blanca cubierta de semen que empezaba a secarse en hilos brillantes sobre sus senos, su vientre y la barbilla. Estaba exhausta, pero sus ojos seguían brillando con esa entrega absoluta.
Sin decir una palabra, Luis se inclinó, pasó un brazo por debajo de sus rodillas y el otro por su espalda, y la levantó en brazos como si no pesara nada. Ana soltó un pequeño jadeo de sorpresa, pero no protestó; al contrario, rodeó su cuello con los brazos y apoyó la cabeza en su hombro, el cabello castaño claro cayéndole desordenado sobre la cara.
Los demás se quedaron quietos. Diego y Marco intercambiaron una mirada rápida, confundidos, con las cejas fruncidas. Alex se pasó una mano por el pelo, respirando hondo, pero ninguno dijo nada. No hubo reclamos, no hubo preguntas. El silencio que cayó sobre la sala fue pesado, casi reverente. Simplemente observaron cómo Luis se la llevaba, los pasos firmes resonando en el piso de madera hacia el pasillo que llevaba al baño principal.
La puerta del baño se cerró con un clic suave detrás de ellos.
Dentro, la luz era más fría, más blanca, con azulejos claros y un espejo grande que reflejaba todo. Luis la depositó con cuidado sobre la repisa ancha del lavabo, justo frente al espejo. Ana se sentó ahí, las piernas colgando, el culo pequeño apoyado en el borde frío de mármol. El contraste del frío contra su piel caliente la hizo estremecerse.
Luis abrió la regadera sin prisa, dejando que el agua empezara a caer caliente, llenando el espacio de vapor. Luego volvió con ella. Tomó una toalla suave del perchero y la mojó un poco, empezando a limpiarla con movimientos lentos, casi tiernos al principio: pasó la tela húmeda por su barbilla, quitando los restos pegajosos; bajó por su cuello, por sus senos, limpiando cada gota que Diego y Marco habían dejado; siguió por su vientre plano, recogiendo lo que Alex había derramado. Ana lo dejaba hacer, los ojos entrecerrados, mordiéndose el labio inferior cada vez que la toalla rozaba una zona sensible.
Pero la ternura duró poco.
Cuando llegó a sus muslos internos, Luis dejó la toalla a un lado. Sus manos se abrieron sobre la piel blanca, separándole las piernas con firmeza. Ana jadeó, todavía sensible, todavía húmeda. Él se colocó entre ellas, su erección dura presionando contra su entrada sin entrar todavía. La miró a los ojos, directo, sin pedir permiso esta vez.
—Te quiero así —murmuró.
Y entró de un solo movimiento profundo, duro, sin preámbulos. Ana gritó bajito, las manos aferrándose a sus hombros, las uñas clavándose en su piel. Luis no se detuvo: empezó a embestir con fuerza, con un ritmo apasionado y crudo que hacía que el cuerpo de ella se moviera contra la repisa con cada golpe. El mármol frío contrastaba con el calor que los unía; el vapor del agua caliente los envolvía como una niebla densa.
Ana sentía cada centímetro de él llenándola, rozando puntos que la hacían arquearse y gemir sin control. Sus piernas se enredaron alrededor de su cintura, atrayéndolo más adentro, más fuerte. Luis tenía una mano en su nuca, sosteniéndola para que no se golpeara contra el espejo; la otra en su cadera, guiándola para que recibiera cada embestida hasta el fondo. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con el agua cayendo, con los gemidos ahogados de Ana y los gruñidos bajos de él.
Ella llegó primero otra vez, el orgasmo golpeándola como un latigazo: su vagina contrayéndose alrededor de él en espasmos intensos, sus piernas temblando, un grito que salió ronco y prolongado. Luis no paró; al contrario, aceleró, embistiendo más profundo, más rápido, hasta que su propio clímax lo alcanzó.
Se vino dentro de ella con un gemido gutural, profundo, descargando todo lo que había contenido hasta ese momento. Chorros calientes la llenaron por completo, goteando despacio cuando él se quedó quieto un segundo, todavía dentro, respirando pesado contra su cuello. Ana sintió el calor extenderse en su interior, una sensación plena y abrumadora que la hizo suspirar largo, temblando entre sus brazos.
Se quedaron así un rato, pegados, el agua cayendo de fondo, el vapor empañando el espejo detrás de ellos. Luis la besó en la frente, suave esta vez, y luego la abrazó con fuerza, como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.
Afuera, en la sala, los otros tres seguían en silencio, escuchando los sonidos lejanos que llegaban por el pasillo. Nadie se movió. Nadie dijo nada, la noche había cambiado de rumbo, y todos lo sabían.
Luis mantuvo a Ana pegada a su cuerpo un rato más, ambos respirando pesado bajo el vapor que llenaba el baño. El agua seguía cayendo en la regadera, un ruido constante que amortiguaba el mundo exterior. Poco a poco, él se separó con cuidado, todavía dentro de ella hasta el último segundo, y luego la ayudó a bajar de la repisa. Las piernas de Ana temblaban, débiles, así que la sostuvo por la cintura mientras la guiaba bajo el chorro caliente.
No hablaron mucho. Luis tomó el jabón líquido y empezó a lavarla con movimientos suaves, casi mecánicos: primero el cabello, masajeando el cuero cabelludo hasta que el agua arrastró todo el sudor y los restos pegajosos; luego los hombros, los senos, el vientre, bajando por los muslos con cuidado para no irritar la piel sensible. Ana se dejó hacer, apoyada contra la pared de azulejos, los ojos cerrados, sintiendo cómo el agua tibia borraba las huellas físicas de la noche. Cuando terminó, Luis cerró la llave, la envolvió en una toalla grande y mullida, y la secó con la misma calma.
La cargó otra vez en brazos —ella ya no protestaba, solo se acurrucó contra su pecho— y la llevó por el pasillo hasta la habitación principal. La casa estaba en silencio absoluto; los demás no se habían movido de la sala. Luis la depositó en la cama king size, apartó las sábanas, y la acomodó boca arriba. Le dio un beso suave en la frente, casi fraternal ahora, y cubrió su cuerpo desnudo con la sábana ligera.
—Duerme —murmuró, y salió sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado.
Abajo, en la terraza, la piscina seguía iluminada por las luces subacuáticas, el agua quieta reflejando la luna. Diego, Marco y Alex ya estaban ahí cuando Luis bajó. Se habían puesto los shorts de nuevo, sentados en el borde con las piernas colgando, cada uno con una cerveza fría que habían sacado del refri. Nadie dijo nada al principio. Solo el rumor de las olas lejanas y el chapoteo suave cuando Luis se metió al agua y se sentó entre ellos.
Fue Diego el que rompió el silencio, voz baja, sin mirar a nadie en particular.
—Neta que no me lo esperaba así.
Marco soltó una risa corta, nerviosa.—Ni yo. Pero… pasó.
Alex se pasó la mano por el pelo mojado.
—¿Y ahora qué? ¿Mañana fingimos que nada?
Luis, el más calmado, negó con la cabeza despacio.
—No sé. Pero ella decidió. Nosotros también. No fue nadie obligado.
Se quedaron callados un rato más, bebiendo sorbos largos, mirando el agua. Hablaron poco: de lo intenso que había sido, de cómo todo fluyó sin que nadie tuviera que decir “vamos a hacer esto”, de que quizás no volvería a pasar, o quizás sí, pero que no había que ponerle etiquetas todavía. No hubo celos, no hubo reclamos. Solo una aceptación callada de que la noche había sido un desmadre único, compartido, y que ya estaba hecho.
Al final se quedaron ahí hasta que el cielo empezó a clarear un poco. Luego, uno por uno, se fueron a sus habitaciones sin decir más. La casa volvió al silencio.
Ana despertó tarde, casi al mediodía. La luz del sol entraba a raudales por las cortinas entreabiertas, calentando las sábanas. Se sentía pesada, adolorida en los lugares correctos, con un leve dolor de cabeza por el alcohol y la falta de sueño. Se sentó despacio en la cama, la sábana cayéndole hasta la cintura, y miró alrededor. La habitación estaba igual que siempre: ordenada, lujosa, impersonal.
Bajó las escaleras descalza, envuelta en una bata ligera que encontró en el baño. En la cocina encontró a los cuatro sentados alrededor de la isla, tomando café, comiendo fruta y totopos con guacamole como si nada. Cuando la vieron, hubo un segundo de silencio incómodo, pero luego sonrisas normales, casuales.
—Buenos días, dormilona —dijo Diego, pasándole una taza de café sin que ella pidiera.
—Te veías bien muerta —agregó Marco con una media sonrisa.
Ana tomó la taza, dio un sorbo y se sentó con ellos. Nadie sacó el tema directamente. Hablaron de tonterías: del clima, de que el mar estaba perfecto para surfear, de que había que recoger la casa antes de que volvieran los papás. Como siempre.
Después del desayuno, cada quien se fue por su lado: unos a la piscina, otros a la playa, Ana se quedó un rato sola en la terraza, mirando el mar. No había drama, no había promesas, no había “qué significa esto”. Solo la certeza tranquila de que lo que pasó, pasó. Fue intenso, fue real, fue compartido. Y ya.
Al final del día, cuando el sol empezaba a bajar, Ana se metió a la piscina con ellos. Nadaron, rieron, se salpicaron como siempre. Nadie tocó el tema de nuevo. No hacía falta.
Fue lo que fue, y con eso bastaba.
Fin
Gracias por sus comentarios y por leerme.
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