La entrega de la sumisa

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Tras el reconocimiento de la mazmorra, el señor y su sumisa enmascarada subieron a la habitación de la cabaña, como acordaron se vistieron por separado, ella usaba un catsuit de látex negro húmedo de sudor y fluidos pegado a su piel brillante, se puso de pie con las rodillas marcadas y lo siguió sin preguntar, el cuerpo temblaba imaginando el placer. Salieron por una puerta lateral que daba a un pasillo privado del inmueble y entraron a una habitación que olía a sábanas limpias y a madera encerada.

La cama enorme, con cabecero tapizado en terciopelo beige, dominaba el espacio. Cortinas pesadas, lámparas de mesa de luz suave y una banqueta junto a la pared completaban el ambiente íntimo. Él cerró la puerta con un clic definitivo y se volvió hacia ella. Estaban solos en la cabaña que quedaba en medio del bosque, y él había dispuesto que no los molestaran en toda la semana.

El señor dejó que la sumisa se recostara un momento sobre la cama. Ella cerró los ojos detrás de la máscara, el látex caliente contra su piel sudada, el corazón aun latiendo fuerte. Pasaron unos minutos en silencio, solo el sonido de su respiración y el crujido ocasional del material. Luego él se acercó, la miró y ordenó con voz baja, filtrada por el látex que cubría su propia boca: —Quítate todo. Hoy vas a vestirte para mí de otra forma.

La sumisa despertó del breve reposo y obedeció de inmediato. Se incorporó, bajó la cremallera del catsuit negro desde el cuello hasta la entrepierna con un sonido húmedo y lento. El material se separó con resistencia, pegado al sudor y a los fluidos que habían empapado su interior. Se lo fue pelando de los hombros, de los brazos, de las caderas, el látex estirándose y chasqueando al desprenderse de la piel caliente. Cuando llegó a los muslos lo bajó de un tirón firme, liberando las piernas. Quedó desnuda en medio de la habitación, el cuerpo todavía caliente y marcado por el traje, los pechos pesados y los pezones erectos por el aire fresco, el vello púbico oscuro y húmedo brillando bajo la luz de las lámparas, su cabello cayó sobre sus hombros, húmedo y desordenado.

Él le ordenó que se duchara. Ella entró al baño contiguo, el agua caliente cayendo sobre su piel, lavando el sudor, los restos de látex y los fluidos. Se enjabonó lentamente, las manos recorriendo su cuerpo, sintiendo cada curva, cada marca que el traje anterior había dejado. Cuando salió, se secó con una toalla suave y se colocó de nuevo un antifaz simple. El señor la esperaba junto a la cama. Le señaló una bolsa negra que había dejado sobre el colchón. Ella la abrió con manos temblorosas de anticipación.

Dentro había un traje de látex negro más elaborado que el anterior, era una pieza completa con corsé de cordones y hebillas, una capucha integral que cubría toda la cabeza con aberturas precisas para los ojos y la boca, y hebillas laterales. Todo brillaba intensamente bajo la luz suave de las lámparas, el material nuevo y frío al tacto.

—Póntelo —dijo él—. Paso a paso. Quiero verlo todo.

Ella se sentó en el borde de la cama y empezó por las piernas. Introdujo un pie en el látex frío, luego el otro. El material se estiró con esfuerzo sobre los tobillos y subió por las pantorrillas, apretando la carne, marcando cada músculo. Tiró de las costuras laterales hasta que el látex cubrió los muslos gruesos y las caderas, el brillo negro ajustándose como una segunda piel. La costura de la entrepierna quedó ajustada y tensa contra el pubis húmedo, presionando el clítoris con cada movimiento. Se puso de pie y terminó de subirlo, el calor de su cuerpo empezando a calentar el interior de inmediato, creando una sensación de encierro delicioso.

Luego metió los brazos en las mangas abullonadas. El látex se hinchó en los hombros y se ciñó en los antebrazos, el material crujiendo al ajustarse. Los volantes de las muñecas quedaron en su sitio, elegantes y restrictivos. Ajustó el torso, un el corsé frontal con cordones y ojales de metal. El señor se colocó de espaldas y tiró de los cordones uno por uno, sintiendo cómo el látex se cerraba sobre el pecho, elevando y comprimiendo los senos, las hebillas laterales y de la cintura chasquearon al cerrarse con un sonido metálico definitivo.

Por último, la capucha. Ella la tomó con ambas manos y de espaldas de su señor, que aún no deseaba verle su rostro, se la colocó sobre la cabeza. El látex cubrió el cabello y se ajustó al cráneo, a las mejillas, a la barbilla, sellando casi todo el rostro. Solo quedaron abiertos los ojos y la boca. Las hebillas laterales se cerraron con un clic metálico. El mundo se redujo de inmediato, había un el sonido amortiguado, el olor intenso del látex caliente llenando cada respiración, la presión constante en todo el cuerpo, desde la punta de los dedos de los pies hasta la coronilla. Respiró hondo por la abertura de la boca, el aire filtrado y cálido. Los ojos claros miraron al señor a través de las aberturas, brillando con sumisión y deseo.

El señor también había aprovechado para ducharse y cambiarse de segunda piel, en ese momento, también llevaba su catsuit completo de látex negro, con capucha integrada, solo ojos y boca visibles, gafas detrás de las aberturas. La cremallera de la entrepierna permanecía cerrada. Se acercó y la recorrió con las manos enguantadas, el pecho y la cintura, las caderas, los muslos brillantes y tensos. El látex de ambos trajes crujía al rozarse, un sonido húmedo y eléctrico que llenaba la habitación. Él disfrutaba del contraste, de verla completamente sellada, un objeto brillante y sumiso solo para él.

—Arrodíllate —ordenó.

Ella se arrodilló sobre la alfombra, exactamente como él quería, las rodillas separadas, las manos enguantadas apoyadas en los muslos cubiertos de látex. El brillo del traje reflejaba las lámparas, creando destellos en cada curva. Él bajó la cremallera de su entrepierna y liberó el miembro, erecto, grueso y caliente, contrastando contra el látex frío que lo rodeaba. Ella abrió la boca por la abertura de la capucha y lo recibió con lentitud. La lengua recorrió el glande húmedo, saboreando el sabor salado y el calor; los labios se cerraron alrededor del tronco, succionando con presión firme. Él le sujetó la capucha con una mano y empujó más adentro, llenándole la boca hasta la garganta.

El sonido húmedo de la succión llenó la habitación. Ella chupaba con lentitud deliberada, disfrutando el contraste entre el calor de su boca y el encierro total del látex que la cubría de pies a cabeza. Cada succión hacía que el traje se tensara en los hombros y en el pecho se expandía con cada movimiento. Él gemía bajo, controlado, empujando con ritmo constante, usando su boca como quería.

Cuando se retiró, un hilo de saliva unía su miembro a los labios de ella, brillante y viscoso. La hizo levantarse y la llevó a la cama. La tumbó de espaldas. El látex de su espalda se pegó a las sábanas con un sonido adhesivo. Él se colocó entre sus piernas, bajó la cremallera trasera del traje de ella lo justo para exponer la vulva húmeda y caliente, y entró de una sola vez, profundo, llenándola por completo. El látex de sus muslos chocó con el de ella con un golpe seco y crujiente. Ella gimió, el sonido amortiguado por la capucha, el cuerpo arqueándose.

Él empujó con ritmo constante y fuerte, alternaba entre embestidas largas y profundas y movimientos cortos y rápidos, y ella respondía empujando hacia atrás las manos enguantadas sujetándole las caderas cubiertas de hebillas, clavando los dedos en el material. Ella levantó las piernas y las enganchó en su cintura, los pies enfundados cruzados detrás de su espalda, tirando de él hacia adentro. Cada embestida hacía que el látex crujiera y que el calor atrapado dentro de su traje aumentara, el sudor acumulándose entre la piel y el material, resbalando por la espalda y los pechos comprimidos.

Ella empujaba hacia él, disfrutando el sexo enfundado por completo, la sensación de estar sellada y a la vez abierta solo donde él la necesitaba, el miembro entrando y saliendo con fricción húmeda y deliciosa. Él se detuvo un momento, enterrado hasta el fondo, y frotó el clítoris con más intensidad, los dedos enguantados moviéndose en círculos firmes sobre el borde del látex abierto. Ella tembló violentamente, las piernas amenazando con ceder.

—No te corras todavía —ordenó él, la voz baja y autoritaria—. Aguanta. Quiero sentirte apretar cuando yo lo decida.

Ella asintió con la cabeza cubierta, mordiéndose el labio a través de la abertura de la boca, el cuerpo tenso de contención. Él reanudó el ritmo, más lento ahora, profundo y deliberado, cada entrada haciendo que el látex de sus nalgas se pegara y se despegara con un sonido húmedo. El semen de él aún no había llegado, pero el de ella amenazaba con desbordarse. Él disfrutaba del control total, de tenerla completamente sellada y abierta solo para su uso. El calor dentro de ambos trajes era intenso, el sudor haciendo que el látex brillara aún más, pegándose a la piel en cada punto de contacto.

Entonces la giró. Quedó a cuatro patas sobre la cama, el traje brillante tensado en la espalda y en las nalgas, marcando cada curva. Él se arrodilló detrás, escupió en su ano, se colocó un preservativo lubricado y entro en el ano de su sumisa, esta vez, golpeando el fondo con cada embestida. Una mano le sujetó la capucha y tiró hacia atrás, arqueando su columna hasta el límite, exponiendo más el cuello. La mano enguantada bajó y frotó el clítoris a través del borde abierto del látex, con presión firme y circular.

Ella tembló, el cuerpo estremeciéndose dentro del encierro. El señor aumentó el ritmo, el sonido de los dos trajes chocando era seco y húmedo a la vez, llenando la habitación de crujidos y gemidos amortiguados, el látex de sus nalgas golpeando contra el de él, el calor y el sudor haciendo que el material se pegara y se despegara con cada impacto. Él disfrutaba el encierro total, no veía piel, solo el brillo negro que los cubría a ambos, el calor que se concentraba dentro de los trajes, la sensación de estar completamente sellados mientras la usaba sin piedad.

El miembro de él palpitaba dentro de ella, grueso y caliente, estirando sus paredes internas. Cada embestida empujaba el aire fuera de sus pulmones, el látex restringiendo la expansión de su pecho, haciendo que cada respiración fuera más corta y excitante. El sudor se acumulaba entre sus pechos comprimidos, resbalando por la piel bajo el material brillante. Él inclinó la cabeza y mordió suavemente el látex sobre su hombro, el material crujiendo entre sus dientes. Ella gemía más fuerte, el sonido amortiguado, pero claro en su deseo, el cuerpo empujando hacia atrás para recibirlo más profundo. El calor dentro del traje era sofocante y delicioso, una sauna personal de placer y encierro.

El cambio de preservativo y volvió a penetrarla vaginalmente, Después de varios minutos aceleró de nuevo. Las embestidas se volvieron más rápidas y fuertes, el sonido de los trajes chocando, llenando la habitación, mezclado con sus gemidos y el crujido constante del látex. Ella no pudo aguantar más ese ritmo tortuoso. El orgasmo la golpeó con fuerza, el cuerpo convulsionando, el interior apretando rítmicamente alrededor de él en oleadas intensas. Ella gritó, el sonido amortiguado por la capucha, las manos agarrando las sábanas. Él continuó embistiendo a través de su clímax, prolongándolo, hasta que él mismo llegó al límite. Con un gemido bajo, se vació dentro de ella, el semen caliente y abundante llenando su interior, derramándose y mezclándose con sus propios fluidos, resbalando por los bordes del látex abierto y manchando el material brillante.

Permanecieron unidos un momento, respirando con dificultad a través de las aberturas de las capuchas, el calor y el olor a sexo y látex envolviéndolos. Luego él se retiró lentamente. Ambos se quedaron en la cama, los trajes brillantes de sudor y fluidos, pegados en algunos puntos.

Después de descansar un momento, el empezó a desnudarla con lentitud, casi con reverencia. bajó la cremallera del torso. El látex se separó de la piel sudada con un sonido suave y húmedo. Le quitó las mangas, luego bajó el pantalón por las caderas y las piernas, el material resistiéndose y dejando marcas rojas en la piel. Cuando solo quedó la capucha, la desabrochó y se la retiró con cuidado. El cabello apareció, húmedo, pegado a las sienes y a la nuca. Los ojos lo miraron, todavía nublados por el placer.

Ella hizo lo mismo con él. Bajó la cremallera de su catsuit desde el cuello hasta la entrepierna. Le ayudó a pelar el látex de los hombros, de los brazos, de las piernas, el material saliendo con resistencia, dejando la piel de él también marcada y caliente. Por último, le retiró la capucha. El rostro de él quedó al descubierto, la piel caliente, el pelo corto oscuro, la mirada fija en ella, intensa y satisfecha. Se miraron en silencio, desnudos, el olor a látex todavía flotando entre ambos, mezclado con el de sus cuerpos.

Ella pensó el hombre la rechazaría frente a frente, ya que se consideraba poco agraciada y no gustaba su cuerpo, cuando la mujer empezó a hablar que le pedía disculpas por su primera piel Él hombre la reprendió severamente y le acarició la mejilla con la mano desnuda, el tacto cálido y humano después de tanto látex.

—Para mí eres perfecta, tanto tu físico como tu cara me encantan, es más quiero que seas mi pareja también fuera de esto —dijo, la voz clara, sin el filtro del látex—. Serás mi sumisa 24/7 y serás mi pareja en mundo vainilla. Quiero verte la cara todos los días, no solo cuando te cubres para mí.

La mujer con sus ojos llorosos de emoción solo asintió con un gesto lento y suave. Se inclinó y lo besó en los labios, un beso largo, sin prisa, profundo, saboreando el momento de intimidad sin barreras. Cuando se separó, sus ojos seguían fijos en los de él.

—Serás mi señor en todos los mundos —dijo.

Las lámparas seguían encendidas. Los dos trajes de látex yacían en el suelo, brillantes y abandonados, testigos de lo que había ocurrido. Ellos permanecieron abrazados sobre las sábanas, desnudos, el uno frente al otro, el calor de sus cuerpos desnudos compartido en silencio.

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