Al lado de su abuela, Horacio meneaba los fideos, tostados a fuego lento sobre una cama de aceite y ajo. Los dejó caer con cuidado en la olla hirviendo… pero el cuidado le venía de la costumbre; en realidad, Horacio estaba distraído. Conforme avanzaba en la comida, tenía que partirse entre el guiso y la sopa. Mientras la abuela exprimía limones grandes y amarillos, algo hizo mal Horacio: la zanahoria hizo un mal clavado, o algo en el sartén sonaba como si se estuviera pegando.
—No estás aquí, m’hijito —le dijo doña Imelda a su nieto. —Aterrízate, por favor, que las chicas van a llegar de la universidad y les tenemos que tener la comida lista. Es la primera semana y necesitamos dar una buena impresión.
Pero doña Imelda no le habría podido decir algo que lo distrajera más. De golpe se juntaron en la cabeza de Horacio todas sus impresiones de la semana pasada.
Primero vio a una chica hermosa entrar en la casa de huéspedes de doña Imelda. Era Nadia. El cabello lacio, de un negro brillante como el plumaje de un zanate. La piel muy pálida, pero fresca y brillante. La cara terminada en una barbilla fina, en contraste con dos mejillas carnosas, con hoyuelos sonrientes. La boca rojísima de frío, con un labio inferior hinchado y vibrante. La nariz respingada, las orejas pequeñas. Dos ojos rasgados pero bien abiertos, abismales y resplandecientes.
Horacio tenía como norma no mirar el cuerpo de las mujeres, mucho menos el de las chicas que llegaban a hospedarse en la casa de huéspedes de doña Imelda. No siempre era fácil, puesto que llegaban sobre todo grandes mujeres de Europa del Este, rubias y de facciones fuertes, que ansiaban que sus cuerpos fueran tocados alguna vez por de sol del Trópico. Horacio sentía por sus cuerpos una mezcla de temor y reverencia, así que procuraba estar más o menos ausente cuando llegaban ellas. Cuando tenía que servirles de comer o pedirles la mensualidad, intentaba mirarlas a los ojos, pero terminaba mirando al piso. Con Nadia era diferente.
Llegó usando un pesado saco rojo, con botones de un dorado opaco, y a Horacio le pareció que la mismísima República Popular estaba cruzando su puerta. El saco era intimidante y el color era agresivo para los ojos, lo que potenciaba el naciente enamoramiento de Horacio: esa clase de atracción que nos hace sentir un poco torpes y un poco tristes. Por otro lado, así vestida era muy difícil saber cómo era el cuerpo de Nadia, lo que le permitía a Horacio mirarla con cierta frecuencia.
El lunes, cuando doña Imelda la recibió en casa, se sirvió café y galletas en la sala. La chica paseó la vista a su alrededor. Al ver el piso de duela y muebles pesados de madera, a Nadia le parecía que aquello era una enorme galleta de jengibre. Le gustaban los cuadros que pintaban lagos con nenúfares, la mesita de centro de piedra verde y el acogedor chirrido de los sillones viejos. “Esto es muy de abuela”, se dijo. Mientras Nadia sonreía con cierta condescendencia, Horacio creía estarla entendiendo.
Empezaron los tres a hablar como por pura fórmula. Sin saber muy bien cómo pasó, la pasión de Horacio por China (su escritura, su historia tecnológica, la Revolución Cultural, su economía justa y pujante), le soltaron la lengua enfrente de Nadia. La chica lo veía con ternura, pero también con un extrañamiento alegre. El español de Nadia estaba muy lejos de ser perfecto, pero entendía lo suficiente como para saber que Horacio era un chico de casa, amable e inofensivo.
Nadia casi podía sentir cómo el interés de Horacio por China se mezclaba con la visible atracción que sentía hacia ella. De repente, Nadia se descubrió poniéndose la mano en la mejilla, subiendo las cejas exageradamente, fingiendo atención por el chico y haciéndole con los ojos pequeñas muestras de interés.
El martes en la noche, Nadia terminaba de acomodar las pocas cosas que traía. Como quería ponerse cómoda llevaba solamente un pantalón de piyama y una blusa barata de colores grises, bastante ceñida al cuerpo. El trabajo de adaptar el cuarto a sus necesidades parecía no haberle sacado sudor, sino solamente haberle abierto los poros y enrojecido la piel de las mejillas y los hombros. Si alguien sudaba, era más bien el cuarto.
Cuando Horacio tocó a la puerta de su cuarto para avisarle de la cena, Nadia abrió la puerta por reflejo. Horacio sólo la había conocido con la formalidad del primer encuentro, y encontrarse cara a cara con un cuerpo inesperado tomó por sorpresa todas sus defensas. El pantalón era tan discreto como puede ser una piyama (aunque a Horacio le hizo de golpe visualizar a Nadia arropada en la cama), pero la blusa ceñida le revelaba a Horacio dos pechos enormes. Quizá eran (pensó en ese momento, sin querer) los dos pechos más grandes que había visto.
El tono rojizo de las mejillas y los hombros de Nadia, le hizo pensar en si sus pechos se habrían ruborizado también. Los tonos distintos de grises de la tela hacían imposible saber, pero por un segundo (justo antes de recuperar la compostura) Horacio pensó haber distinguido la forma de sus pezones, rígidos por el frío.
Nadia estaba encantada de haber desestabilizado al chico, pero no podía mostrarlo. Hizo como si no advirtiera nada, y le pidió a Horacio que entrara un momento. Se sentó en su escritorio, sacó una agenda con horarios y lugares, y le pidió al chico ayuda para saber qué transportes debía tomar para llegar aquí o allá. Así pasaron diez minutos. Horacio había olvidado completamente la cena, y empezó a hacerle preguntas a Nadia sobre China y sobre el chino, mientras hacía todo lo posible por verla a los ojos. Se veía que estaba tan incómodo como encantado. Nadia le contestaba, con cierto tono de cansancio, pero al mismo tiempo hacía hacia atrás los hombros y la cabeza, con coquetería, incitando a Horacio a mirar el pequeño escote de su blusa.
—¿Te puedo pedir algo, que seguramente te han pedido mil veces? —preguntó finalmente Horacio
—Sólo no vayas a decir que un beso —se burló Nadia.
El rubor le invadió a Horacio todo el cuerpo y durante unos segundos no pudo hablar. Finalmente, dijo lo que tenía pensado:
—No, no. Claro que no. Que me escribas algo en hanzi.
Nadia tomó un estilógrafo de su escritorio y sujetó la muñeca izquierda de Horacio.
—Este es mi nombre real —le dijo, en voz baja, mientras dibujaba signos en el brazo izquierdo de Horacio; los signos cruzaron su muñeca y entraron en el dorso de su mano.
Porque claro que Nadia no era el nombre real de nuestra chica, sino el que eligió cuando empezó a estudiar español. Su familia no tenía ningún vínculo con México, pero Nadia se enamoró de las ruinas de Uxmal cuando las vio en una enciclopedia de piel roja y dorada.
—Nos vamos a México —sentenció un día la niña, en un chino largo y muy nasal.
—La niña está loca —le dijo su padre a su madre, ignorando a Nadia.
Pero no estaba loca. Sólo se le había metido esa idea en la cabeza. Sus padres desaprobaron que tomara clases de español, pero igual las pagaron; desaprobaron que entrara a la carrera de Historia, pero igual lo permitieron; se horrorizaron cuando les digo que se iría de intercambio a México.
—¿Que no se acuerdan? Yo les dije que me iba a ir a México —les dijo, sonriendo.
Así pues, sus padres la desaprobaron. Pero igual la fueron a despedir al aeropuerto, sonriendo. La madre lloró y el padre le dio un beso en la frente.
Yo creo que si hubiera conseguido que sus padres la llevaran a Uxmal de niña, Nadia no se hubiera obsesionado con estudiar en México. Porque había tres cosas que distinguieron a Nadia desde muy jovencita: su palidez, la negrura brillante de sus ojos y su delicada necesidad por desafiar siempre a la autoridad. Durante el viaje a México, Nadia notó como los hombres del avión se quedaban viendo sus labios rojos. La chica los miraba a los ojos, a veces con ira, a veces con burla. A veces, solamente con los ojos vacíos, como si pensara en algo más grande que ellos. Los hombres sentían que Nadia estaba leyendo sus almas y desviaban la mirada; entonces, ella sonreía para sus adentros.
El día que Nadia escribió su verdadero nombre sobre la muñeca de Horacio, él la vio a los ojos y sintió eso mismo: el vacío. Entonces Nadia le guiñó el ojo y los dos bajaron a cenar.
El miércoles llegaron más estudiantes para el semestre que iba a comenzar en la universidad, pero Horacio ni siquiera se quedó a recibirlas con café y galletas. Se encerró en su cuarto con la luz apagada y el brazo sobre los ojos, repitiendo en silencio el verdadero nombre de Nadia.
El jueves, mientras Horacio cocinaba junto a su abuela, desde el cuarto de Nadia se escuchó un grito agudo e iracundo. El chico vio a doña Imelda con ojos de ansiedad.
—Ve a ver qué tiene la chinita —le dijo doña Imelda. —Tocas a la puerta y le preguntas si todo está bien. Si todo está bien, te quiero aquí mismo en treinta segundos.
No bien oyó a su abuela, Horacio salió corriendo, subió por las escaleras, tomó aliento y sintió vibrar su pecho por los nervios. Cerró los ojos para relajarse y golpeó delicadamente la puerta con los nudillos, cuatro veces.
—Nadia, soy Horacio. ¿Está todo bien?
—No bien —dijo Nadia.
—¿Qué pasó? —insistió Horacio, sintiendo que su voz sonaba más preocupada de lo que le hubiera gustado.
—¡Frío! —gritó Nadia del otro lado de la puerta
Se escuchó a Nadia tratar de buscar palabras más precisas, balbuceando algo. Luego, abrió la puerta y jaló a Horacio hacia adentro.
Nadia usaba solamente una toalla amarrada encima de su pecho. Como la chica era delgada, se notaba cuán prominentes eran sus pechos por la manera en la que la toalla caía holgada, bamboleando fantasmalmente en torno a su cuerpo.
Horacio necesito un gran aplomo para no estar boquiabierto. En un golpe de sensatez, decidió que debía mirar sólo un segundo, que debía ver muy fugazmente a Nadia para ya jamás olvidarla. Durante ese instante se esforzó en memorizar sus hombros desnudos, abiertos y como puntiagudos; la piel pálida y perlada, como una hoja de papel al sol; los ojos negros, rasgados pero grandes; los muslos delgados que se adivinaban debajo de la toalla; esos pechos ocultos que, sin embargo, eran sin lugar a dudas los pechos más grandes que había visto toda su vida.
—¿El agua de tu baño está fría? Hay un problema con la caldera seguramente… Em.. No es un día de viento, así que seguramente lo que pasó es que se acabó el gas. ¿Qué hacer?… Podríamos pedir un tanque, pero quizá, si tienes prisa, mejor podríamos calentarte agua para que te bañes con una palangana.
En éste momento, Horacio tragó saliva. Durante su largo y entrecortado diálogo, Horacio se esforzó por no pensar en el cuerpo de Nadia, pero en este último momento no pudo evitar pensar en ella como en una escultura de Afrodita, agachándose para tomar agua de una palangana y vertiéndola sobre su espalda desnuda. En este momento, finalmente, Horacio se ruborizó.
Durante el medio minuto que Horacio habló, Nadia aún tuvo en mente su baño. Trataba de seguir, en su mente, las soluciones que él le daba en español. Ahora, por fin entendía lo que estaba pasando. No entendía muy bien por qué la idea de la palangana excitaba a Horacio… de hecho, no estaba muy segura de saber qué era una palangana. Pero definitivamente Horacio estaba pensando en ella… en su toalla.
—Horacio, Horacio —mal pronunció Nadia. —Yo ya sé qué tienes. Está bien. No tienes por qué estar nervioso todo el tiempo conmigo. Sólo soy una persona.
Mientras decía esto, Nadia le tomó la mano fuertemente, más como un político que como una amiga. Luego se la soltó y llevó la mano al dobladillo que ajustaba su toalla.
—Creo que si me ves, vas a darte cuenta de que no hay nada de que temerme.
Nadia entonces se soltó la toalla. Horacio desvió la vista de forma instintiva, pero Nadia le tomó la barbilla con fuerza. Como él todavía tenía los ojos fuertemente cerrados, ella continuó hablando:
—No entiendo muy bien si es una diferencia cultural —mintió. —Creo que los cuerpos sólo son cuerpos. No es nada sexual. Velo como algo didáctico, chico. Ya no eres un niño y no puedes tener miedo de las mujeres toda tu vida.
Horacio era una persona tímida, pero sobre todo era una persona razonable. Y lo que estaba diciendo Nadia le parecía razonable. Es verdad que su miedo a las mujeres que le atraían no era normal. Lo sensato era combatirlo, ¿no? Y había una chica lo suficientemente noble y abierta como para ayudarlo.
Horacio abrió los ojos. Tuvo sólo unos segundos para ver, pero le bastó. La cintura de Nadia era pequeña y esbelta; sus muslos sí eran fuertes y pequeños. Quizá su trasero también lo fuera. ¡Pero ese pecho! Levantado, redondo y pálido, enrojecido por el frío en la parte en la que los senos empezaban a confundirse con el esternón, con un pezón enorme, alzado como un monte, de un color moreno cargado e hipnótico.
Horacio ya era consciente de que su entrepierna empezaba a incomodarle. Ahora tenía una erección visible y muy estorbosa. Nadia rió juguetona. Tomó a toda prisa su toalla del suelo y le dijo:
—¡Qué pervertido resultaste! ¿Qué va a decir tu abuela?
Horacio puso una cara triste e intentó irse. Nadia, culpable, lo llamó y hasta tuvo que tomarlo de la mano para evitar que se fuera.
—Estaba jugando. No es contra ti —le confesó, con ojos tiernos.
Luego, se acercó a Horacio hasta estar muy cerca de su cara. Sacó su lengua y lamió al chico, desde su barbilla hasta sus labios, una sola vez. Luego sonrió y lo dejó irse, muy confundido.
Nadia se bañó con palangana (y averiguó que era eso). Claro está, no le dijo nada doña Imelda sobre la perversión de su nieto. Esa noche, Horacio se masturbó furiosamente.
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