La mujer que ya no conocía (1)

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Cuando el avión de Kim despegó, pensé que el hechizo se rompería.

Que mi esposa volvería a ser la misma de siempre: recatada, tradicional, la mujer que durante años apenas se dejaba tocar con la luz apagada, que nunca me había dado sexo oral porque “le daba asco”, que se sonrojaba si yo le hablaba sucio.

Me equivoqué de la forma más brutal.

Los primeros días caminaba por la casa como si todavía llevara su verga adentro. Se tocaba el cuello donde él la había mordido, se miraba las nalgas en el espejo buscando las marcas de las nalgadas, y a veces, sin darse cuenta, se mordía el labio y soltaba un suspiro largo. Yo la observaba en silencio. Cada gesto me decía lo mismo: la mujer tradicional que había conocido ya no existía. Kim se la había follado tan profundo que había sacado a otra.

La primera videollamada llegó el domingo siguiente, casi a medianoche.

Ella se había puesto el body de encaje negro que él le dejó. Un body que antes jamás se hubiera atrevido a comprar, mucho menos a ponerse. Se sentó frente al teléfono con las piernas abiertas, sin vergüenza, y cuando la cara de Kim apareció en la pantalla, sonrió de una forma que yo nunca le había visto.

—Muéstrame cómo me extrañas, mi putita chilena —dijo él con voz grave.

Ella no dudó.

Se bajó el body hasta la cintura, se abrió los labios con dos dedos y le mostró el coño ya brillante. Empezó a tocarse con una naturalidad que me dejó sin aire. Circulaba los dedos sobre el clítoris, se metía dos, tres, y gemía su nombre como si estuviera en la misma habitación.

—Todavía te siento… aquí adentro —le decía jadeando—. Quiero que me vuelvas a partir. Quiero tu leche otra vez. Quiero que me uses.

Yo estaba parado en el marco de la puerta. Ella sabía que yo miraba. No le importó. Al contrario: abrió más las piernas para que yo también viera. Kim se masturbaba al otro lado de la pantalla y de vez en cuando levantaba la vista hacia mí y sonreía, como disfrutando el espectáculo doble.

Cuando ella se corrió, lo hizo con un grito largo y tembloroso, el cuerpo arqueado, los ojos en blanco, gritando su nombre. Después se quedó jadeando, con los dedos todavía dentro, y le dijo con voz ronca:

—Mira lo que me hiciste… ya no puedo ser la de antes.

Kim rio bajo.

—Y apenas estamos empezando.

A partir de esa noche todo se desbordó.

Las videollamadas se volvieron diarias. A veces solo hablaban. A veces ella se tocaba hasta correrme dos o tres veces mientras él le daba órdenes. Le pedía que se pusiera en cuatro frente a la cámara, que se nalgueara sola, que se metiera los dedos en el culo (algo que antes ni siquiera me dejaba intentar). Y ella lo hacía. Todo. Sin poner una sola excusa. Sin sonrojarse. Con una hambre que yo jamás le había visto.

Los paquetes de lencería llegaban cada diez o quince días. Bodies transparentes, arneses, collares de cuero, tangas que apenas eran un hilo. Cada vez que abría una caja, sus ojos se iluminaban como los de una niña en Navidad… pero una niña que solo pensaba en ser follada. Se los probaba frente al espejo, me pedía que le tomara fotos desde abajo, desde atrás, con las piernas abiertas, con los dedos adentro. Después se los mandaba a Kim y se tocaba mientras esperaba su respuesta.

Una noche la encontré en la cama, con auriculares, masturbándose con un consolador que él le había recomendado. Estaba en cuatro, el culo empinado, gimiendo en voz baja:

—Así… más fuerte… úsame como tu puta…

Cuando se dio cuenta de que yo estaba ahí, no se detuvo. Solo me miró por encima del hombro, con la cara sudada y los ojos brillantes, y me dijo:

—Quédate. Mírame. Quiero que veas lo que él me convirtió.

Y yo me quedé.

Porque ya no podía dejar de mirar.

Porque la mujer recatada y tradicional que había amado durante años se había convertido en una puta hambrienta… y esa transformación me tenía más duro y más sumiso que nunca.

Fue exactamente en una de esas noches, mientras ella todavía temblaba por el último orgasmo, cuando Kim sonrió a la cámara y dijo la frase que lo cambiaría todo otra vez:

—Le conté de Sofía a un amigo… se llama Ji-soo.

Le gustó mucho la idea. Quiere conocerla personalmente. Aunque sea a distancia.

Mi esposa rio, todavía con los dedos dentro, y me miró con una sonrisa peligrosa.

Yo sentí cómo Sofía se removía dentro de mí, lista para volver a salir.

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