No fue una videollamada.
La primera vez que Ji-soo vio a Sofía fue por fotos.
Kim y él enviaron dinero. No pidieron permiso. Solo llegó el mensaje: que arrendáramos una cabaña lejos de todo, lejos de vecinos, lejos de cualquiera que pudiera reconocer a la mujer recatada que mi esposa había sido… o al hombre que yo todavía fingía ser de día.
Ella aceptó en segundos.
Yo sentí un nudo en el estómago y, más abajo, una dureza vergonzosa. Esa mezcla ya me era conocida: culpa y placer pelean dentro de mí cada vez que Sofía pide salir. Me pregunto si está bien. Me pregunto qué clase de esposo se deja vestir, depilar y posar para el amigo del amante de su mujer. La respuesta siempre llega igual: si no me gustara, no seguiría.
La cabaña estaba escondida entre cerros. Silencio. Paredes gruesas. Nadie cerca.
Apenas cerramos la puerta, ella sacó el traje. El mismo rosa. El de sirvienta. El que Kim me había puesto aquella noche. El corsé, el hilo, las portaligas, las medias, los zapatos de charol.
—Hoy no eres tú —dijo, con una calma que antes no tenía—. Hoy eres Sofía.
La mujer tradicional de antes jamás habría pronunciado esa frase. Ahora la decía como quien da una orden natural. Se había desinhibido tanto que ya no pedía. Disponía.
Me llevó al baño. Me depiló completa, sin prisa, como si estuviera preparando un regalo. Cada pasada de la cuchilla me dejaba más expuesto, más suave, más lejos del hombre que salgo a la calle. Me cremé. Me vestí. El hilo se me metió hasta el fondo. El corsé me apretó el pecho. Al mirarme al espejo sentí esa punzada otra vez: humillación que quema… y un placer sucio que se niega a apagarse.
¿Está bien esto?
¿Está bien que me guste?
Ella no me dio tiempo a responder. Encendió el teléfono y empezó a colocarme.
—De rodillas.
—Manos atrás.
—Pecho adelante.
—Abre un poco más las piernas… pero que no se note nada.
Ese era el juego cruel de las fotos: Sofía tenía que verse mujer. Completa. Sumisa. Sirvienta. Y mi verga, dura y traicionera debajo del hilo, no podía asomar. Cada vez que se marcaba, ella se acercaba, me acomodaba la tela, me apretaba, me giraba la cadera, me cubría con la falda. Lo hacía con una concentración casi cariñosa… y con una excitación que ya no escondía. Se le notaba en la respiración. En cómo se mordía el labio. En cómo se le endurecían los pezones bajo la blusa.
La mujer recatada que se tapaba para cambiarse ahora me movía como una muñeca. Me pedía que bajara la mirada. Que abriera la boca un poco. Que pusiera las manos sobre las rodillas. Que me girara de espaldas, de lado, sentada en la orilla de la cama, de rodillas junto a la ventana. En cada pose yo sentía dos cosas al mismo tiempo: la vergüenza de haber dejado de ser su esposo… y el alivio enfermo de convertirme en lo que ellos querían.
—No mires a la cámara como hombre —me dijo en un momento, acomodándome el pelo—. Mírala como Sofía. Como si estuvieras esperando órdenes.
Lo hice.
Y al hacerlo, algo dentro de mí se quebró un poco más.
Ella se tocó más de una vez entre foto y foto. Sin disimulo. Se pasaba la mano por entre las piernas, se le escapaba un gemido corto y volvía a encuadrarme. Ya no era la esposa tradicional. Era la cómplice. La que disfrutaba humillándome tanto como disfrutar siendo la puta de Kim.
Cuando terminó, revisó cada imagen. Borró las que delataban demasiado. Guardó las que me hacían ver pequeña, rosa, obediente, casi inocente… y al mismo tiempo vencida.
—Estas se van ahora —dijo.
Las mandó.
Yo me quedé sentado en la cama, todavía vestido, con el hilo clavándome y la culpa subiendo por la garganta. Pensé en detenerlo. Pensé en decir que no. Pensé en el hombre serio y cerrado que soy frente a los demás.
Pero no dije nada.
Porque en el fondo, mientras ella sonreía al teléfono esperando la respuesta de Ji-soo, yo ya sabía la verdad más humillante de todas:
No lo hacía solo por ellos.
También lo hacía porque Sofía, cada vez que aparece, me enciente de una forma que el esposo nunca pudo.
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