Las fotos se fueron.
El silencio que quedó después no fue tierno. Fue una soga.
Yo seguía de rodillas, vestida de Sofía, con el corsé rosa clavándome las costillas y el hilo tan metido que cada respiración me recordaba que ya no había dónde esconderme. Mi esposa caminó alrededor mío como si estuviera revisando mercancía. Antes se sonrojaba si yo le miraba las piernas. Ahora me miraba ella a mí… y se le notaba el hambre.
—No te levantes —dijo.
No fue un pedido. Fue una orden.
La mujer recatada había aprendido a hablar así, y esa voz me dobló más que el disfraz.
El teléfono vibró. Ella lo leyó de pie, con una sonrisa lenta, y después me agarró del pelo para que alzara la cara.
—Quiere más —susurró—. Dijo que Sofía se ve sumisa. Que le gusta cómo escondes eso que se te para. Que la próxima vez quiere verte usarlo… y que yo me encargue de que no te escapes.
Kim escribió después. Corto. Como quien entrega una llave:
Que Ji-soo estaba satisfecho.
Que ella sabía qué hacer conmigo.
Mi esposa dejó el teléfono sobre mi falda, justo encima de la erección que el hilo no lograba ocultar del todo, y se sentó frente a mí abriendo las piernas. Se metió la mano debajo de la ropa interior sin apartar los ojos de los míos. Se oyó lo mojada que estaba. Gemió bajito, sin vergüenza, y me mostró los dedos brillantes.
—Ábrelos.
Dudé. Un segundo. Ese segundo en el que el esposo todavía pregunta si esto está bien, si un hombre de verdad se arrodilla para lamer los dedos de su mujer después de que ella lo vendió en fotos a otro.
Ella no esperó.
Me tomó de la mandíbula y me metió los dedos en la boca.
—Sofía no piensa tanto —dijo, moviéndolos sobre mi lengua—. Sofía agradece. Sofía obedece. El que duda eres tú… y mira cómo se te pone dura mientras dudas.
Tenía razón. Y esa razón me destrozó.
Porque la culpa me quemaba el pecho y, al mismo tiempo, me corrí un poco solo de oírla hablarme así. Me odié por eso. Me excitó odiarme.
Me hizo quedarme de rodillas mientras ella se tocaba. No me dejó usar las manos. Solo mirar. Cada círculo sobre su clítoris era una lección: la esposa tradicional se había convertido en la que decide. Yo, en la que espera. Cuando se acercó al borde, me agarró de la nuca y me pegó la cara entre sus muslos.
—Sin dientes. Sin prisa. Como sirvienta.
Obedecí.
El sabor de ella me llenó la boca. Sus gemidos ya no eran tímidos. Eran altos, sucios, dueños de la cabaña. Me apretó la cabeza con las dos manos y se frotó contra mi cara hasta correrme sobre mi lengua, temblando, riendo, tirándome del pelo para que no me apartara.
Después me escupió un poco de su propio gusto en los labios y me dijo:
—Trágatelo. Así aprendes de quién eres ahora.
Lo tragué.
Y mientras lo hacía pensé, otra vez, que debía parar. Que mañana iba a despertar y arrepentirme. Que Sofía era un juego que se estaba comiendo al esposo. Pero el hilo estaba empapado. Las rodillas me dolían. Y el único pensamiento claro era que quería que me volviera a usar.
Ella se recostó en la cama, todavía con las piernas abiertas, y me señaló el suelo a sus pies.
—Esta noche no te cambias. Vas a dormir vestida. Si se te para, no te toques. Si lloras, tampoco. Sofía no se consuela sola.
Me acosté al pie de la cama, con las medias puestas, el corsé apretando, la verga palpitando contra la tela inútil. Ella habló por mensaje con ellos. Reía. Se tocaba otra vez. En un momento me puso el teléfono frente a la cara para que viera las fotos que ya habían abierto del otro lado del mundo.
—Mírate —dijo—. Esa eres tú cuando dejas de pelear. Bonita. Pequeña. Fácil.
Cerré los ojos.
Por dentro seguía la pelea: esto está mal, esto me gusta, esto me está borrando, esto me está encendiendo. Las dos voces. Ninguna ganaba del todo.
Ella apagó la luz, me puso un pie sobre la nuca, suave, dueña, y susurró:
—Mañana grabamos el video. De rodillas. Saludando. Diciendo tu nombre. Y si se te marca, yo te lo voy a esconder con la mano… o con la boca. Según me dé la gana.
Me quedé quieta.
Sumisa.
Con la culpa sentada en la garganta y el placer latiéndome entre las piernas.
Sofía no durmió.
El esposo tampoco.
Solo quedó ese cuerpo en el suelo, esperando la siguiente orden, preguntándose —y excitándose al preguntárselo— cuánto más iba a entregar antes de dejar de hacerse la pregunta.
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