La mujer que ya no conocía (4): La grabación

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Amanecí todavía vestida.

El corsé me había dejado marcas. Las medias estaban torcidas. El hilo, frío y pegado, me recordaba que Sofía no se había ido a dormir: se había quedado en mi cuerpo como una mancha que ya no se lava. El esposo abrió los ojos primero y pensó en quitarse todo. En decir basta. En volver a ser el de siempre.

No me levanté.

Ella sí. Descalza, el pelo revuelto, la mirada ya despierta y sucia. Me vio en el suelo y sonrió como quien encuentra su juguete exactamente donde lo dejó.

—Bien —dijo—. Ni siquiera intentaste escaparte.

Me tomó del pelo y me sentó de rodillas en medio de la habitación, frente a la cama. Encendió el teléfono, lo apoyó y me acomodó la falda con las dos manos, despacio, cruel, cubriendo lo que se me paraba otra vez.

—Hoy no hay fotos. Hoy te va a ver moverte. Y vas a hablar.

El nudo en la garganta me dolió.

¿Está bien esto?

¿Está bien que me tiemble la voz de vergüenza y se me ponga dura al mismo tiempo?

Ella me tomó de la cara, me obligó a mirarla y me apretó un poco las mejillas.

—Deja de hacer esa cara de hombre arrepentido. Sofía no se arrepiente. Sofía saluda.

Me obligó a juntar las rodillas, a poner las manos sobre los muslos, a bajar un poco la cabeza. Se colocó detrás de la cámara y se tocó por encima de la ropa mientras me dirigía.

—Ahora. Míralo. Dilo.

Tragué saliva.

—Soy Sofía.

La voz me salió rota. Pequeña. Ajena.

A ella se le escapó un gemido.

—Otra vez. Más sumisa. Como si le estuvieras pidiendo que te use.

—Soy Sofía… —repetí, y el esposo dentro de mí se encogió de asco y de placer—. Estoy lista.

Ella se acercó, se bajó un poco para entrar en el encuadre y me pasó el pulgar por los labios, abriéndomelos.

—Así. Que vea que ya no discutes.

Empezó a grabar de verdad. Me hizo caminar de rodillas hasta la cama. Me hizo girar. Me hizo levantar la falda de espaldas, lo justo para que se viera el hilo y no lo que escondía. Cada vez que se me marcaba, ella metía la mano, me acomodaba, me apretaba, me sostenía esa dureza contra la palma y se reía bajito.

—Mira cómo se te pone de solo saber que te están viendo. Dices que te da culpa… y esto me late en la mano.

Me dio vergüenza hasta el pecho.

Y esa vergüenza me encendió más.

Se arrodilló frente a mí, todavía grabando, y me bajó el hilo solo un segundo. El aire frío me pegó. Quise taparme. Ella me sujetó las muñecas.

—No. Que se note el problema. Después lo escondemos.

Me la tomó. No para darme placer. Para controlarme. Me apretó la base, me la dobló hacia abajo, me la cubrió otra vez con la tela y me dio un beso en la punta por encima del hilo, burlona, dueña.

—Si se te escapa, te la meto en la boca hasta que se te baje. Te lo dije anoche.

Seguimos.

Me hizo decir que el traje era mío. Que Kim me había enseñado mi lugar. Que Ji-soo ahora también podía mandarme. Cada frase me costaba. Cada frase se me iba a la entrepierna. El esposo gritaba que eso era una traición. Sofía lo decía igual, con la voz dulce y rendida, porque rendirse le sabía mejor.

Cuando ella se cansó de dirigirme, se sentó en la orilla de la cama, se abrió de piernas y me jaló la cara entre ellas sin dejar de grabar.

—Sirve. Que vea para qué te vistes.

Lamí.

Ella me usó la boca con más hambre que anoche. Me frotó. Me ahogó. Me sostuvo de las orejas. Se corrió rápido, fuerte, mojándome los labios y el mentón, y me obligó a quedarme ahí, con la cara brillante, mirando al teléfono.

—Enséñale —jadeó—. Enséñale lo que te hice.

Me limpié con la lengua lo que pude. Lo que no pude se me quedó secando en la piel, como una marca.

Apagó la grabación.

No me dejó verla. La mandó ahí mismo, con las piernas todavía temblando y una sonrisa de triunfo.

El teléfono tardó poco en vibrar.

Ella leyó, se mordió el labio y me agarró otra vez del pelo.

—Le gustó. Quiere otra. Más larga. Y esta vez con lo que va a mandar.

Me besó la frente, casi con cariño, y después me habló al oído, cruel:

—Cada vez que te preguntas si está bien, acuérdate de esto: te corriste un poco en el hilo solo de decir tu nombre. El esposo puede tener culpa. Sofía no. Sofía ya eligió.

Me dejó de rodillas en medio de la pieza.

El cuerpo me temblaba.

La boca me sabía a ella.

Y en el fondo, debajo de toda la vergüenza, había una sola verdad que me destrozaba:

Estaba esperando el siguiente paquete.

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