La prima Sofia: Aunque me duela

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T. Lectura: 12 min.

Estuve a punto de soltar una respuesta cargada de cinismo —algo como “Fuimos a una fiesta y cogimos toda la noche”—, pero las palabras se me quedaron trabadas en la garganta cuando Sofía se adelantó.

—Perdón, má… fuimos a una fiesta… tomamos de más y… —titubeó ella, bajando la mirada mientras jugaba nerviosamente con el dobladillo de su vestido.

—Una chica vomitó encima de ella —intervine rápido, sosteniendo la mirada atónita de mi tía Rebeca para darle credibilidad—. Fue un desastre. Un amigo que vive cerca nos ofreció ir a su departamento para limpiarnos y descansar un rato antes de volver. Por eso llegamos así.

Rebeca nos recorrió con una mirada gélida, deteniéndose un segundo de más en el cabello húmedo de Sofía y en mi postura cansada. El silencio se volvió asfixiante. Podía sentir el pulso acelerado de Sofía a mi lado. Mi tía pareció sopesar la mentira, buscando alguna grieta, pero finalmente exhaló un suspiro cargado de desaprobación.

—Vayan a descansar —sentenció, aunque su tono no ocultaba la desconfianza—. Sofía, más tarde tengo que hablar contigo.

Esa última frase cayó como una losa. Sofía solo asintió en silencio y ambos subimos las escaleras. No fue hasta que estuvimos en el pasillo, lejos de la vista de Rebeca, que soltamos el aire que habíamos estado conteniendo.

Sofía se detuvo frente a la puerta de su habitación y se giró hacia mí. Tenía las mejillas encendidas, no sabía si por el susto o por los recuerdos de lo que acababa de pasar.

—“Una chica la vomitó”… —susurró con una chispa de travesura volviendo a sus ojos—. Te luciste, primito. Aunque creo que ella sabe que hay algo más.

—¿No le ibas a contar todo? —le susurré, deteniéndola antes de que entrara—. Esta pudo ser la oportunidad perfecta.

Sofía me miró por encima del hombro. Negó con la cabeza y, antes de cerrar la puerta, murmuró:—Te envío mensaje…

El clic de la cerradura nos separó.

Entré a mi cuarto y lo primero que hice fue sacar el teléfono. Me senté en la orilla de la cama, con la luz de la pantalla iluminando mi rostro en la penumbra. No tuve que esperar mucho; el “Escribiendo…” apareció casi de inmediato.

El primer mensaje llegó:

«Conozco la cara de mi mamá… Creo que está celosa. Sabe perfectamente que pasó algo más, pero no nos rompió. Se contuvo.»

Mis cejas se arquearon. Lo visualicé como una buena oportunidad. Rebeca no parecía escandalizada… sino más bien proyectando su propia frustración o deseo. Esa mirada en la cocina no era solo de enojo maternal. Había algo más: curiosidad, celos, tal vez hasta hambre. El pulso se me aceleró al imaginarlo.

Ahora tenía más dudas. ¿Y si Sofía tenía razón? ¿Y si su mamá no solo sabía, sino que estaba excitada con la idea? Recordé todas las veces que Rebeca me había “pillado” masturbándome, las miradas prolongadas, las sonrisas que duraban un segundo de más. ¿Era posible que no fuera casualidad?

Me recosté en la cama, todavía con el teléfono en la mano, y respondí a Sofía:

«¿En serio crees que no es una buena oportunidad?»

Sofía tardó un poco en responder. El “Escribiendo…” apareció y desapareció varias veces, como si estuviera eligiendo muy bien sus palabras.

«Para ti no, pienso que puede estar en un punto vulnerable… tal vez con papá, no lo sé. Y al no poder tener lo que quiere, nos puede limitar… Confía en mí, tómalo con calma. Además, aún puedes estar conmigo cuando quieras.»

Leí el mensaje varias veces. Su respuesta me dejó un sabor agridulce. Por un lado, me tranquilizaba saber que seguía queriendo estar conmigo. Por el otro, sentía que me estaba frenando justo cuando las cosas empezaban a ponerse interesantes con Rebeca.

Cuando iba a responder, me llegó un último mensaje de Sofía:

«Pero que no sea tan pronto. Me acabaron Alex y tú, dios me duele todo. Batallé para no caminar raro enfrente de mi mamá… Bueno, descansa primito, ya no te martirices.»

Me quedé mirando la pantalla en silencio, con el teléfono todavía en la mano. No sabía si Sofía me estaba ocultando algo, si yo me estaba imaginando las miradas y atenciones de mi tía, o si realmente podía lograr algo más con Rebeca.

Entonces llegó otro mensaje. Pensé que Sofía había recapacitado, pero no. Era Alex.

«Ey bro, ¿llegaron bien? Espero que no hayan tenido bronca en casa jajaja.»

Sonreí un poco a pesar de todo y le respondí:

«Sí, llegamos. Un poco tenso con mi tía, pero nada grave.»

Alex escribió casi al instante:

«Jajaja, me lo imaginaba. Oye… quería decirte que tu prima está bien cabrona. En serio, nunca había estado con alguien tan intensa y que se entregue así. Me dejó loco toda la noche.»

Sentí una punzada de celos mezclada con orgullo. No supe qué responder de inmediato, pero Alex siguió escribiendo:

«La neta me gustó mucho. Me quedé con ganas de más. ¿Crees que podrías arreglarme una cita a solas con ella? Algo discreto, sin que sea incómodo para ti. Solo platicar, tomar algo… y ver qué pasa.»

Antes de que pudiera contestar, llegó otro mensaje:

«A cambio, yo te ayudo con algo. Hay una chica que está interesada en ti. Se llama Avril. Morena, con un cuerpo de infarto: tetas grandes y firmes, cintura estrecha, culo redondo y unas piernas largas que te vuelven loco. Tiene el cabello castaño con reflejos rubios, cara de modelo y una sonrisa que derrite. Me ha preguntado por ti un par de veces. Si me arreglas lo de Sofía, yo te armo una salida con ella. ¿Qué dices? Trato justo.»

Dejé el teléfono sobre la cama y me pasé las manos por la cara. Ahora sí todo se complicaba. Sofía queriendo calmar las cosas con su mamá, Rebeca sospechando en la cocina, y ahora Alex ofreciéndome a Avril a cambio de otra noche con mi prima. El teléfono vibró otra vez. Era Alex:

«Piénsalo con calma, bro. No hay prisa. Pero la neta, tu prima es de otro nivel. Me encantaría volver a verla… y a ti te conviene lo de Avril, te lo aseguro.»

No contesté. Me quedé dormido con el teléfono aún en la mano, la mente dando vueltas entre Rebeca, Sofía y ahora Avril.

Cuando desperté, ya era medio día. Revisé el teléfono y tenía varios mensajes pendientes. El primero era de Sofía, enviado hace un par de horas:

«Ya hablé con mi mamá. No sobre lo que pasó anoche, obvio. Solo me dio el sermón clásico: que somos primos, que debemos respetarnos, que no es bueno que nos veamos tan juntos, etc. Me soltó todo el rollo de “la familia es sagrada” y “hay que poner límites”.»

Seguía otro mensaje:

«Algo cambió en ella. Ya no me platica como antes sobre chicos o fantasías. Se puso seria de repente. No sé si es por lo de anoche o porque sospecha más de lo que dice.»

Me quedé mirando la pantalla, incrédulo. ¿Eso era todo? ¿Un sermón de “respeto familiar”? Sentí una mezcla de alivio y decepción. Por un momento creí que realmente había una oportunidad con Rebeca, pero ahora todo parecía haberse enfriado.

Lo que sí era real era la propuesta de Alex. Avril. Esa morena con cuerpo de infarto que me había descrito. Eso sí podía pasar.

Estaba a punto de responderle a Sofía cuando llegó otro mensaje suyo, enviado hace apenas unos minutos:

«¿Estás despierto? Mis papás acaban de salir. Estoy en la sala. Si no vienes tú, iré a buscarte yo…»

El corazón me dio un vuelco. La casa estaba en completo silencio. Mis tíos se habían ido y solo quedábamos nosotros dos. Guardé el teléfono, me levanté de la cama y salí de mi habitación sin hacer de ruido.

Bajé las escaleras y ahí estaba ella, en la sala. Sofía estaba de pie junto al sofá, solo con un vestido rojo que apenas le cubría los muslos. La tela se pegaba ligeramente a su cuerpo, marcando sus curvas, y era evidente que no traía nada debajo. Su cabello estaba suelto y desordenado, y tenía esa mirada traviesa que ya conocía muy bien.

Al verme bajar, sonrió y caminó hacia mí con pasos lentos y deliberados.

—Finalmente… —susurró cuando estuve frente a ella—. Pensé que tendría que subir a despertarte yo misma.

Se acercó hasta quedar pegada a mí, puso una mano en mi pecho y la bajó lentamente por mi abdomen.

—Mi mamá me dio el sermón completo esta mañana… “somos primos”, “hay que poner límites”, “no es correcto”… bla bla bla. Pero mientras me hablaba, yo solo pensaba en cómo me cogieron anoche Alex y tú. Todavía me duele rico todo… el coño y el culo.

Se mordió el labio y presionó su cuerpo contra el mío, dejando que sintiera que no traía bragas.

—¿Quieres que te cuente exactamente lo que me dijo mi mamá… o prefieres que te demuestre lo mojada que estoy solo de recordar lo de anoche?

Sus dedos bajaron hasta el borde de mi pantalón y se metieron por dentro, rozando mi verga que ya empezaba a endurecerse.

—Porque mis papás acaban de salir… y tenemos la casa sola un buen rato.

No me contuve. Me abalancé contra Sofía y le di un beso hambriento. Se veía deliciosa con ese vestido entallado que marcaba cada curva de su cuerpo. Pasamos al sillón sin dejar de besarnos, devorándonos la boca con urgencia.

Me quité la playera de un tirón y ahí Sofía volvió a tener esa cara de pervertida que tanto me gustaba. Me miró directamente a los ojos, se mordió el labio inferior y me sonrió con pura lujuria. La llevé hasta el sillón y nos recostamos sin separarnos. Seguí comiéndomela a besos mientras mis manos recorrían todo su cuerpo por encima de la tela del vestido: su abdomen plano, subiendo lentamente hasta sus tetas. Las masajeé con fuerza y las apreté, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la tela.

Sofía lanzaba gemidos suaves cada vez que presionaba sus tetas. Mi mano bajó por su vientre hasta llegar a su entrepierna. Efectivamente, no llevaba ropa interior. En su lugar, solo encontré sus fluidos calientes producto de su excitación. Cuando metí los dedos entre su raja, sentí su clítoris muy hinchado. Sofía se estremeció violentamente al contacto.

—Ahhhh… despacito —gimió Sofía, tomando mi cara con ambas manos—. Aún estoy muy sensible…

—Y con ganas de que te vuelva a coger, ¿verdad, primita? —le susurré al oído.

Sofía no dijo nada. Solo sonrió con picardía y soltó un suspiro entrecortado antes de continuar besándome con más intensidad.

Bajé lentamente con besos por su cuello y hombros. Sofía gemía con cada roce. No aguantó más: con un movimiento brusco, liberó sus tetas del escote del vestido. Sabía exactamente lo que quería. Continué mi recorrido y, después de besar cada una, me las devoré con hambre, chupando y mordiendo sus pezones duros.

—Ahhhh… me encanta, sí, así… —gemía Sofía, presionándome la cara contra sus tetas sin dejar de retorcerse debajo de mí.

Sus caderas se movían buscando fricción, frotando su coño mojado contra mi pierna. El vestido se le había subido hasta la cintura, dejándola completamente expuesta. Mi mano volvió a bajar y esta vez metí dos dedos en su coño caliente y sensible. Sofía soltó un gemido más fuerte, arqueando la espalda.

—Primito… —jadeó entre gemidos—. Fóllame otra vez… pero suave… todavía me duele rico de anoche.

—Vamos despacio —le susurré—. Primero quiero disfrutar de estas tetas.

Sofía seguía gimiendo, entregada al placer.

—Y así vamos más suavecito —añadí, mirándola fijamente a los ojos mientras deslizaba mis dedos fuera de ella.

Sofía me sostuvo la mirada con las mejillas encendidas y los ojos vidriosos. Me fui desplazando hacia sus piernas, dejando un camino de besos por su abdomen; ella, adivinando mis intenciones, las elevó para acomodarlas sobre mis hombros. Al subir un poco más su vestido, su aroma dulce y excitado me embriagó, tensando mi erección al límite.

Sofía gimió con fuerza en cuanto mi lengua recorrió su hendidura, anunciando que estaba listo para devorar el banquete. Sus gemidos subieron de tono cuando mis manos apresaron sus pechos, apretándolos al ritmo de mis lengüetazos. Su sexo, hirviente, palpitaba contra mi rostro, empapándome la barba con su humedad. Ella se retorcía bajo el calor de sus propios espasmos, que se volvían cada vez más intensos.

—Me encanta cómo me comes —gritó, presionando mi cabeza contra su vulva empapada.

Sofía comenzó a mover sus caderas contra mi cara, follándose mi lengua. Yo movía la lengua más rápido, succionando su clítoris hinchado y penetrándola con la punta. Los jadeos de Sofía fueron volviéndose más sonoros y desesperados.

No aguanté más. Me detuve, me quité los pantalones y mi verga rebotó completamente erecta, dura y palpitante.

Sofía devoraba con la mirada mi verga, que palpitaba roja y cargada de venas frente a su cara. No aguantó más; estiró la mano para aferrarla, apretándome con fuerza mientras soltaba un gruñido de pura necesidad.

—ven métela ya, por favor… primito me estoy quemando —rogó, abriéndose de piernas con brusquedad, ofreciéndome su sexo que no paraba de chorrear.

Me posicioné sobre ella, guiando la punta hacia su entrada. Agarré mi verga y froté la cabeza gruesa contra su coño empapado, deslizándola entre sus labios hinchados y rozando su clítoris. Sofía se estremeció y en cuanto sentí el calor de su raja empapada, la penetré de un solo empuje, hundiéndome hasta el fondo. Sofía soltó un grito que se ahogó en un gemido ronco, arqueando la espalda mientras sus paredes me apretaban como un guante de seda hirviendo.

—¡Despacito! —exclamó, rodeando mi cintura con sus piernas para obligarme a entrar todavía más profundo.

Empujé lentamente. Mi verga entró más centímetro a centímetro en su coño caliente y apretado, todavía sensible de la noche anterior. Sofía arqueó la espalda y soltó un gemido profundo cuando la llené por completo.

—Ahhhh… sí… qué rico te siento… —jadeó, clavándome las uñas en los hombros.

Empecé a moverme con embestidas lentas y profundas, disfrutando cada sensación. El sillón crujía suavemente con cada movimiento.

—Más… dame más… —gimió, mirándome a los ojos con pura lujuria.

Empecé a bombear con saña, sacándola casi por completo para volver a embestirla con toda mi fuerza. El sonido de mis huevos golpeando contra sus nalgas y el chapoteo de nuestros fluidos mezclándose llenaban la habitación.

Me volví loco al ver cómo su clítoris se asomaba entre tanto flujo, así que apoyé mi peso sobre ella para frotarme contra su centro en cada envite.

Sofía echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin control:— ¡Sí, primito! ¡Así! ¡Cógeme más fuerte! Aunque me duela… no pares…

Empezó a sacudirse, con la mirada perdida y la boca abierta, mientras sus músculos vaginales me daban espasmos violentos que amenazaban con hacerme correr ahí mismo.

—¡Me vengo, me vengo ya! —chilló, apretando sus muslos contra mis costados mientras se entregaba a un orgasmo que la dejó temblando bajo mi cuerpo.

Su coño se contrajo alrededor de mi verga en oleadas fuertes y prolongadas, chorreando sus jugos calientes por todas partes. Sofía arqueó la espalda, clavándome las uñas en la espalda. Todo su cuerpo se convulsionaba, las tetas rebotando con cada espasmo, mientras yo seguía follándola sin parar, prolongando su placer.

—¡No mames, primito… me estás matando! —sollozó ella, todavía sacudida por los temblores, con los ojos en blanco en pleno éxtasis.

Aquello fue el detonante; no pude contenerme ni un segundo más. La aferré con violencia de las caderas, clavándole los dedos en la carne, y empecé a embestirla con una saña renovada. Aproveché que su sexo estaba hipersensible y completamente empapado para hundirme en ella con estocadas largas y brutales. El sillón crujía rítmicamente bajo nuestro peso, a punto de ceder ante el embate.

Sofía, lejos de amedrentarse, me sostuvo la mirada con una sonrisa perversa, mientras el sudor le pegaba el pelo a la frente.

—Sigue… no pares —jadeó, con la voz rota y las pupilas dilatadas—. Quiero que me llenes de nuevo… ¡haz que me corra otra vez!

Mis embestidas se volvieron más rápidas, más erráticas, buscando ese punto exacto donde nuestras humedades hacían un ruido sordo y constante. El hambre que sentía por ella no se saciaba; al contrario, verla rendida y pidiendo más solo hacía que mi verga se pusiera más dura.

—Quiero que me la chupes —le ordené, con la respiración entrecortada y la excitación todavía a flor de piel.

Sofía no tardó ni un segundo. Se deslizó del sillón hasta quedar en cuclillas frente a mí, con las rodillas abiertas y el vestido arrugado por encima de la cintura, dejando su sexo empapado a la vista. Me miró desde abajo con esa sonrisa perversa que me volvía loco; tenía los labios hinchados y los ojos encendidos.

—Como ordene, primito… —susurró con una voz que era puro fuego.

Aferró mi verga con ambas manos, que todavía brillaba por sus propios jugos, y la acarició con una lentitud tortuosa. Entonces se inclinó, sacó la lengua y empezó a recorrerla desde la base hasta el glande con lametones largos, densos y cargados de saliva. Rodeó la punta con la punta de la lengua, saboreando el rastro de su propia esencia, y soltó un gemido de satisfacción.

—Mmm… me encanta cómo sabe mi coño en tu verga… —murmuró, antes de abrir la boca y tragársela de un solo golpe.

Empezó a succionarme con un hambre voraz, bajando hasta donde su garganta se lo permitía y tirando con fuerza al subir. Su cabeza se movía con un ritmo frenético, constante, mientras hilos de saliva espesa se deslizaban por el tronco de mi miembro y goteaban sobre sus pechos desnudos. De vez en cuando la sacaba solo para azotarla contra sus mejillas o su lengua, sosteniéndome la mirada con un descaro absoluto.

—¿Así te gusta, primito? —preguntó con la voz rota, mientras me masturbaba rápido con la mano resbalosa por el flujo—. ¿Quieres que llegue más al fondo?

Sin esperar a que yo articulara palabra, se la metió hasta la garganta. Aguantó la arcada con la mirada vidriosa y fija en la mía, manteniéndome allí atrapado unos segundos que se sintieron eternos. Luego retomó el ritmo con una intensidad salvaje, usando una mano en la base para apretarme mientras su lengua se concentraba en mis huevos.

Yo solo podía gruñir y enredar mis dedos en su cabello, guiando su cabeza, mientras ella se entregaba por completo, gimiendo alrededor de mi verga como si fuera el manjar más delicioso del mundo.

Sofía liberó mi verga con un chasquido húmedo, dejando que un hilo denso de saliva quedara suspendido entre su boca y mi glande. Me sostuvo la mirada, desafiante y cargada de deseo; sin apartar sus ojos de los míos, aferró mi miembro con ambas manos y lo hundió en el generoso canal que formaban sus pechos.

Apretó sus tetas con fuerza, creando un túnel de carne caliente y resbalosa que me envolvía por completo. Empezó a deslizar sus pechos de arriba abajo con una lentitud calculada, disfrutando de mi reacción. La cabeza de mi verga asomaba entre el escote con cada vaivén, brillando bajo la luz por la mezcla de su saliva y sus jugos.

—Mmm… ¿te gusta así, primito? —susurró con la voz quebrada por la excitación—. ¿Te gusta follarme las tetas?

De pronto, aceleró el ritmo. Sus manos forzaban la presión de sus senos contra mi tronco mientras sus caderas acompañaban el movimiento en un compás frenético. Sus tetas se deformaban y rebotaban, atrapándome en un vaivén de suavidad extrema. Cada tanto, ella bajaba la cabeza para capturar la punta con su lengua justo cuando asomaba, succionándola con una avidez que me hacía perder el sentido.

—Están tan suaves… Mierda, qué calientes están —gemí, enredando mis dedos en su cabello para mantenerla cerca.

Sofía me regaló una sonrisa maliciosa y aumentó la presión. Sus pezones, endurecidos como piedras, rozaban mi glande con cada subida, inyectándome una corriente eléctrica directa a la base. El sonido de la fricción húmeda y la imagen de mi verga desapareciendo en ese abismo de carne era una tortura deliciosa.

—Quiero que me las llenes… —suplicó, con la respiración desbocada—. Quiero sentir tu leche caliente hirviendo sobre mis tetas… ¡Córrete encima de mí, primito!

—Todavía no… —le solté con la voz rota por el deseo.

La levanté del suelo sin apenas esfuerzo, sintiendo su peso liviano y su piel ardiendo. La llevé de vuelta al sillón y la acomodé de lado, su espalda se fundió contra mi pecho mientras ella elevaba una pierna, abriéndose para mí. Me pegué a ella, frotando mi verga tensa contra su entrada empapada hasta que Sofía soltó un gemido largo y vibrante en cuanto me hundí en ella de un solo movimiento, llegando hasta el fondo.

Su interior, hirviente y sensible tras el orgasmo anterior, me succionó con una fuerza increíble.

—Ahhhh… sí… así… —jadeó ella, arqueando la espalda, buscando el contacto total de nuestras pieles.

Empecé a moverme con embestidas lentas pero implacables. Mientras una de mis manos apresaba su pecho con fuerza, la otra bajó hasta su clítoris, masajeándolo con círculos eléctricos que la hacían temblar. Mis labios se perdieron en su cuello, alternando besos húmedos con mordiscos hambrientos en su hombro, mientras mi miembro entraba y salía de su coño con un ritmo rítmico y adictivo.

Sofía perdió el control de sus gemidos. Empujaba su culo contra mí con desesperación, queriendo que cada estocada llegara un poco más lejos.

—Primito… me encanta cuando me coges así… —susurró entre jadeos cortados—. Se siente tan rico… tan profundo… me vas a romper…

Aceleré el compás. Las embestidas se volvieron más secas y potentes; el sonido de nuestro choque, ese chapoteo húmedo y constante, inundaba el silencio de la sala. Mi mano no le daba tregua a su clítoris, mientras mis dedos pellizcaban su pezón endurecido. Sofía se retorcía, presa de espasmos, completamente entregada al placer que le dictaba mi cuerpo.

—Más… dame más… —suplicó, girando la cabeza para buscar mi boca en un beso desesperado, sedienta de todo lo que yo pudiera darle.

Sin salir de ella, la aferré con firmeza por las caderas y la obligué a girarse hasta quedar en cuatro sobre el sillón. Sofía se hundió sobre sus codos y arqueó la columna con una elasticidad felina, ofreciéndome su culo redondo y su sexo, que lucía hinchado y desbordante de humedad.

—Así… ponme como a una perra —gimió, mirándome por encima del hombro con una expresión de pura depravación.

Me arrodillé tras ella, separando sus nalgas con ambas manos para contemplar cómo mi verga la abría. Escupí sobre su entrada y, con un empuje seco y violento, la penetré hasta la raíz. Sofía soltó un alarido de placer que se clavó en el aire, hundiendo su culo hacia atrás para devorar cada centímetro de mi miembro.

—¡Ahhh, sí! ¡Métemela hasta el fondo, primito! —gritó, fuera de sí.

Comencé a follármela con embestidas brutales, de esas que no dejan espacio al aliento. La agarraba por las caderas y la jalaba contra mí con cada impacto, haciendo que sus nalgas rebotaran contra mi pelvis con un sonido húmedo, rítmico y obsceno. Sofía enterraba la cara en el respaldo del sillón, pero su voz no se apagaba:

—¡Así! ¡Más duro! ¡Rómpeme… quiero que me rompas!

Las palabras de Sofía me prendían más, sentía la verga más dura, más hambrienta, más deseosa de ella…

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