La prima Sofía: Control

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Desperté con los primeros rayos del sol filtrándose por la rendija de las cortinas, pintando de un tono ámbar la recámara. Avril ya estaba de pie junto a la cama, vistiéndose a contrarreloj para irse a trabajar. Se había puesto la blusa corta y en ese momento se subía con cuidado los shorts de mezclilla del día anterior. Sus movimientos eran pausados, casi coreografiados; cada flexión y cada paso delataban que su cuerpo seguía pasándole la factura del asedio del día anterior.

—Buenos días… —murmuré con la voz pastosa y ronca por el sueño, incorporándome a medias sobre los codos.

Avril giró la cabeza hacia mí y me dedicó una sonrisa, aunque una leve mueca en sus facciones dejó claro que el esfuerzo de vestirse le estaba costando.

—Buenos días, semental —respondió con una ironía juguetona—. Dormiste como un auténtico tronco. Yo casi no pude pegar el ojo; todavía siento que me palpita absolutamente todo ahí abajo.

El comentario terminó de espabilarme. Me despojé de las sábanas, me levanté de la cama y corté la distancia en silencio hasta quedar justo detrás de ella. La envolví por la cintura con los brazos, pegando la calidez de mi desnudez contra la curva de su espalda. Mis manos ascendieron por la firmeza de su abdomen, obligándola a retroceder un paso. Avril dejó escapar un suspiro hondo al sentir mi miembro, que ya recuperaba volumen, presionando directamente contra sus nalgas.

La giré sutilmente y nos enredamos en un beso denso. Su boca sabía a menta y a un deseo que parecía no haberse desgastado con el cansancio. Dejándome llevar por el ritmo, deslicé una mano por su columna, la colé bajo la tela rígida de la mezclilla y busqué el pliegue de sus nalgas, acariciando la entrada de su esfínter, que reaccionó al instante con un latido tenso.

Avril soltó un gemido ahogado contra mis labios, pero antes de que pudiera profundizar el terreno, me detuvo, apresando mi muñeca con una presión firme pero suave.

—Espera… —susurró, rompiendo el beso apenas unos milímetros—. De verdad que sigo muy maltratada ahí atrás, Andrés. Me arde todo el culo por lo de ayer; te juro que apenas puedo mantenerme en pie.

Me lanzó una mirada donde la lujuria libraba una batalla perdida contra el cansancio físico, hundiéndose los dientes en el labio inferior.

—Además, el reloj no perdona… ya voy tardísimo al trabajo.

A pesar de la negativa, su anatomía continuaba pegada a la mía, buscando mi fricción de forma inconsciente mientras su respiración se aceleraba. Me atrapó en un último beso lento, profundo, con el peso de una promesa absoluta, antes de murmurar contra mi boca con una voz ronca:

—Así que me vas a guardar toda esa energía para después… porque ten por seguro que voy a regresar por más.

Se apartó con una sonrisa maliciosa que le devolvió el control de la situación, terminó de ajustarse la ropa y tomó su bolso de la mesa.

—Te mando mensaje al rato —soltó desde el umbral, regalándome un último roce de labios—. Y ya sabes… pórtate bien.

La puerta se cerró con un clic definitivo, dejándome solo en el silencio del departamento, con el aroma de su piel flotando en el ambiente.

Me quedé un momento inmóvil, sintiendo los músculos agarrotados y la cabeza hecha un nudo. Caminé hacia la mesita de noche, tomé el teléfono y desbloqueé la pantalla para encarar las notificaciones pendientes.

El frente de Sofía estaba encendido con una ráfaga de mensajes enviados en la madrugada:

«¿Dónde estás? ¿Me vas a contar ya de tu nuevo departamento?»

«¿Estás con Avril?»

«Andrés, contéstame. No me dejes así.»

Justo debajo de su nombre, aparecía un recordatorio de la pasantía que me devolvió de golpe a la superficie:

«Andrés, recuerda que mañana a primera hora se debe entregar el reporte de avance del proyecto. No llegues tarde, por favor.»

Solté un suspiro profundo, soltando el aire acumulado en el pecho. La realidad me estaba alcanzando a una velocidad brutal. No solo tenía que navegar el caos emocional y la adicción sexual en la que me había metido de cabeza, sino que el tiempo corría en mi contra: necesitaba amarrar un empleo estable y bien pagado en mi área lo antes posible si no quería depender indefinidamente de los favores de Avril.

Me metí a la ducha, permitiendo que el chorro de agua caliente me golpeara la espalda y relajara los músculos tensos. Mientras me enjabonaba, las imágenes de la noche se mezclaron en mi cabeza en un bucle inevitable: la crudeza del culo de Avril entregándose a mí, la insistencia celosa de Sofía vigilando mis pasos y las miradas cargadas de Rebeca antes de dejar su casa. Estaba jugando en un tablero demasiado peligroso y con demasiadas piezas activas.

Salí del baño, me sequé y me puse ropa limpia. Me senté en el borde del colchón con el teléfono en la mano, obligándome a tomar el control de la jornada. Tenía que trazar una estrategia precisa: primero, darle una respuesta calibrada a Sofía para apagar el fuego, y luego, sentarme frente a la pantalla a postularme en bolsas de trabajo antes de que se me viniera encima la entrega de la pasantía.

Le respondí a Sofía con un mensaje escueto, midiendo la distancia para no alimentar sus sospechas:

«Esta tarde pasaré a la casa por una última maleta que dejé pendiente. Si te encuentro por ahí, platicamos con más calma y te cuento cómo está todo.»

El resto de la jornada transcurrió con una inercia sorprendentemente positiva. En la pasantía, la entrega del reporte de avance fue todo un éxito; mi supervisor no solo recibió el documento sin objeciones, sino que destacó la calidad técnica y la iniciativa que había mostrado en el análisis del proyecto. Aprovechando el buen ambiente, le comenté de manera franca mi necesidad de amarrar un empleo estable a la brevedad. Para mi sorpresa, reaccionó bien y me abrió una puerta interesante: me habló de una vacante próxima a abrirse en una empresa aliada del sector de telecomunicaciones, asegurándome que mi perfil encajaba perfecto y que podría recomendarme en un par de semanas.

Por primera vez en días, sentí que las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. El horizonte ya no se veía tan difuso.

A media tarde, tomé el transporte de regreso a la casa de mis tíos, experimentando una mezcla densa de nervios y una renovada seguridad. Quería dejar las cosas en paz; demostrarle a Rebeca que ya tenía un rumbo claro y confirmarle a Sofía que las cosas estaban prosperando, demostrando que no pretendía ser una carga ni una complicación para nadie por mucho más tiempo.

Al llegar frente a la fachada, presioné el timbre del portón, pero nadie acudió al llamado. Tras esperar un par de minutos en la banqueta, saqué del bolsillo el juego de llaves que todavía conservaba y giré la cerradura. El recibidor me dio la bienvenida con una atmósfera de absoluto silencio y orden. Asumí que la casa estaba vacía, así que di un paso al frente y alcé la voz por mera educación:

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

Nadie respondió. Confiado, enfilé hacia las escaleras con la intención de subir por mis pertenencias rezagadas, recoger la maleta y dejar las llaves sobre la barra de la cocina junto a una nota de agradecimiento.

Sin embargo, al poner un pie en el pasillo del segundo piso, el silencio sepulcral de la casa se trizó por completo. Un sonido sutil detuvo mi avance en seco.

Jadeos.

Eran apenas unos soplos de aire contenidos al principio, pero ganaban una cadencia rítmica y una nitidez innegable a medida que daba un paso tras otro en dirección a mi antigua habitación. Eran quejidos femeninos, agudos, entrecortados y saturados de una estimulación profunda. El pulso me dio un vuelco violento en el pecho cuando la familiaridad del tono me golpeó la cabeza.

No había duda. Esa voz era de Sofía.

Me aproximé flotando sobre la alfombra hasta plantarme justo frente a la puerta, que se encontraba apenas entornada, dejando escapar la intimidad del sonido hacia el pasillo. Desde la rendija, los gemidos se volvieron letales, urgentes, desprovistos de cualquier intento de control.

Empujé la puerta con una cautela milimétrica, apenas lo necesario para ampliar mi campo de visión hacia el interior de la recámara. Lo que se desplegó ante mis ojos me cortó la respiración, dejándome clavado en el umbral.

Sofía estaba tendida a mitad de mi antiguo colchón, despojada de su ropa habitual y vistiendo únicamente un conjunto de lencería de encaje color rojo carmesí que contrastaba de forma violenta con la blancura de su piel. El brasier, de un tejido translúcido, apenas lograba contener el relieve de sus pechos, mientras que la prenda inferior se perdía por completo entre la redondez de sus nalgas. Mantenía los párpados firmemente sellados, pero lo que de verdad me sacudió fue ver que tenía una de mis camisetas usadas hecha un nudo contra su rostro, inhalando el tejido con una desesperación casi dolorosa en busca de mi rastro, mientras su mano libre trabajaba de forma rítmica en su entrepierna.

Estaba entregada a su propia estimulación, totalmente ajena al mundo exterior.

Sus dedos trazaban círculos concéntricos y urgentes sobre su clítoris por encima de la fina tela roja, forzando una fricción continua. Por momentos, abandonaba la superficie para deslizar dos dedos bajo el resorte, hundiéndolos en la humedad de su coño antes de ahogar un quejido húmedo y sordo directamente contra las fibras de mi ropa.

—Andrés… —susurró con una ronquera quebrada, un lamento que vibró en el cuarto mientras presionaba la prenda con más fuerza sobre su nariz—. Te extraño tanto… maldita sea, necesito que me vuelvas a follar.

Su cuerpo se arqueaba en sutiles espasmos rítmicos con cada movimiento de su mano. El encaje rojo lucía una mancha densa y oscura en el centro, delatando una humedad abundante. Sus pechos ascendían y descendían de forma errática debido a la falta de oxígeno, y sus caderas replicaban un sutil balanceo reflejo, persiguiendo el clímax con una urgencia que no admitía demoras.

Permanecí estático, con la mano anclada en la cerradura, incapaz de dar un paso atrás o de romper el hechizo. Contemplar a Sofía buscando mi olor en una prenda olvidada mientras se saboteaba la cordura pensando en mí me asestó un golpe demoledor: una mezcla densa de desconcierto, una oleada inmediata de excitación y el peso de saber el control absoluto que ejercía sobre ella.

Sofía continuaba perdida en su propio laberinto. Incrementó la velocidad del bombeo con una insistencia febril, repitiendo mi nombre en un murmullo sibilante contra la tela, al filo del precipicio.

Me deslicé al interior de mi antigua recámara, moviéndome como una sombra sobre la alfombra. Sofía ni siquiera se inmutó; continuaba perdida en su propio trance, con las piernas desmadejadas sobre el colchón, buscando mi rastro en la camiseta con una urgencia, mientras sus dedos seguían bombeando con frenesí bajo el encaje de su tanga roja.

La estampa terminó por demoler el poco autocontrol que me quedaba. Sentí mi miembro tensarse de golpe, exigiendo espacio contra la tela de mi pantalón. Sin apartar los ojos de ella, me despojé de la ropa con movimientos rápidos y calculados: la playera, los jeans y los bóxers cayeron al suelo. Mi verga saltó libre, completamente rígida, venosa y pulsando de forma febril ante la expectativa del encuentro.

Corté los últimos pasos de distancia hasta plantarme en el borde del colchón, justo frente a su línea de visión, quedando completamente expuesto.

—¿Tanto me extrañas, primita? —solté en un susurro denso y ronco, rompiendo el silencio del cuarto.

Sofía se sobresaltó de forma violenta, como si una descarga eléctrica le hubiera recorrido la espina dorsal. Se apartó la camiseta del rostro de un tirón y sus ojos, desorbitados por la sorpresa, se clavaron en mi desnudez. Su mirada se estrelló de lleno contra mi erección, que apuntaba con firmeza a escasos centímetros de sus labios.

Durante un instante eterno se quedó completamente paralizada, con las mejillas encendidas en un rubor violento y la boca entreabierta, intentando asimilar la escena. Sus ojos descendieron de forma inevitable por la longitud de mi miembro, devorando el relieve de las venas con una fijeza cargada de un hambre innegable. Rompiendo el letargo, se incorporó sobre el colchón hasta sentarse justo en la orilla, manteniendo las rodillas separadas y los dedos todavía anclados en el interior de su prenda húmeda.

Sin mediar palabra, extendí el brazo para rodearle la muñeca con firmeza, obligándola a retirar la mano de su entrepierna. Sus dedos emergieron completamente empapados, brillando por su propia excitación. Sin romper el pulso visual, alcé su mano hacia mis labios y deslicé la lengua de forma lenta y deliberada sobre la yema de sus dedos, saboreando su esencia con un descaro absoluto mientras la retenía con la mirada.

Sofía dejó escapar un quejido ahogado, a mitad de camino entre la vergüenza de haber sido descubierta y la sumisión absoluta ante el estímulo.

—Andrés… —murmuró, y su voz tembló de una manera tan frágil que delató lo expuesta que se sentía ante mi control.

—Estás deliciosa, Sofía… —le solté en un murmullo denso, sin concederle un solo segundo de tregua visual.

Ella continuaba suspendida en ese estado de estupefacción, con las mejillas encendidas en un rubor violento y el pecho subiendo y bajando de forma errática. Sin darle espacio a que recuperara la compostura, deslicé los dedos de una mano para enredarlos con firmeza en su cabello, guiando su rostro de manera continua hacia mi rigidez febril.

—Ven… de rodillas. Reclámala.

Sofía entreabrió los labios de manera dócil, con un hambre contenida que delató su sumisión inmediata. Sus labios calientes envolvieron la corona hinchada de mi miembro y comenzó a succionar con una devoción absoluta. Con un movimiento pausado pero firme, forzó el descenso, albergando una mayor longitud en su interior hasta que la punta impactó contra la barrera de su garganta.

—Así… justo ahí, tómala completa —gruñí, aplicando una sutil presión en su nuca para mantenerla anclada unos segundos en el fondo.

Un gemido húmedo y sordo vibró en su garganta; sus ojos comenzaron a empañarse en lágrimas debido al esfuerzo físico reflejo, pero lejos de amagarse, incrementó la fuerza de la succión. Comenzó a mover la cabeza en un vaivén rítmico y constante. El exceso de fluidos lubricaba toda la superficie de mi verga, deslizándose por la base de mis testículos hasta manchar la colcha.

—Mmm… tienes una boca maravillosa, primita —jadeé, arqueando sutilmente la pelvis para marcarle el paso y poseer sus labios.

Sofía emitía pequeños quejidos alrededor de mi grosor, una vibración constante que me recorría la espina dorsal. Cada vez que emergía apenas unos centímetros, deslicaba la punta de la lengua por el reverso sensible de la corona, para luego volverse a confinar mi longitud entera en un oral denso, forzando la anatomía de su garganta al límite. Su mirada permanecía fija en la mía, inyectada de una lujuria y una entrega absolutas.

Un eco obsceno, denso y absorbente inundó la recámara con cada uno de sus descensos. Mientras su boca trabajaba la mitad superior, ciñéndose al glande con giros concéntricos de la lengua, estiró una mano hacia abajo para masajear la base con un bombeo manual continuo. Intentaba albergar cada milímetro de mi tamaño, ignorando las lágrimas que ya le surcaban las mejillas por el reflejo asfixiante.

—Lo estás haciendo de una forma irreal… —gemí, afianzando el agarre en su cabello con un matiz más posesivo—. Me vuelve loco verte tragandote mi verga… pareces una maldita adicta.

Sofía interrumpió la secuencia apenas un instante, retirándose con un jadeo pesado en busca de oxígeno. Un fino hilo de saliva densa conectó sus labios inflamados con la punta de mi miembro.

—Fóllame la garganta… —suplicó con una voz completamente quebrada por el esfuerzo, antes de abalanzarse con un hambre renovada, hundiéndose en mi longitud hasta que su nariz chocó de lleno contra mi abdomen.

La contención se quebró por completo. Clavé los dedos en la raíz de su cabello, bloqueándole cualquier movimiento, y comencé a follarle la garganta con estocadas cortas, densas y brutales, usándole la boca sin el menor rastro de piedad.

—Así, primita… trágate este pedazo de verga como la puta zorra que eres —le gruñí, clavándole la mirada mientras la obligaba a devorarme—. Te encanta que te use la garganta como si fuera un coño, ¿verdad? Te empapas como una perra en celo cada vez que te follo la boca.

Sofía soltó un quejido espeso que vibró alrededor de mi miembro, reaccionando al instante ante la crudeza de mis palabras. Las lágrimas le desbordaron los párpados debido a la profundidad del castigo, pero sus ojos vidriosos destellaban una lujuria desatada, completamente encendida por el lenguaje sucio.

—Te vas a tragar toda mi leche en el fondo… hasta la última gota, como la buena primita golosa que eres —continué implacable, acelerando el ritmo del bombeo en el conducto ardiente de su garganta—. Quiero que te llenes el estómago con mi corrida caliente, perra.

Con un gruñido animal que me nació del pecho, afiancé mis manos en su cabeza y empujé la pelvis hacia adelante, enterrándome hasta la raíz en su interior. Mi miembro palpitó de forma violenta y exploté directamente en su esófago. Chorros gruesos, densos y calientes de semen salieron disparados al fondo de su garganta. Sofía gorgoteó de forma instintiva y comenzó a tragar con una avidez impresionante, sosteniendo la presión sin intentar apartarse ni un milímetro mientras yo continuaba vaciándome con fuerza dentro de ella.

—¡Trágatelo todo, puta! ¡Que no quede nada de mi leche en esa garganta! —bramé, manteniéndola sellada contra mi abdomen hasta que cesaron las pulsaciones.

Cuando la descarga terminó, retiré mi longitud de forma lenta y pausada. Sofía jaló aire desesperadamente, con el pecho subiendo y bajando de manera errática; las lágrimas le surcaban las mejillas y una mezcla espesa de saliva y semen le chorreaba por la comisura de los labios hinchados. Me miró desde abajo con los ojos cargados de orgullo y entreabrió la boca de par en par, exponiendo el interior.

La cavidad estaba completamente limpia. No había dejado ni un solo rastro del fluido.

—¿Ves? —articuló con una ronquera pesada y triunfante, deslizando la lengua hacia afuera para cerciorarse de que lo hubiera asimilado—. Me lo tragué completito… como la puta que soy para ti, Andrés.

Se lamió los labios con una parsimonia tortuosa, recogiendo el exceso que había escapado por la barbilla, mientras sus ojos brillantes continuaban fijos en los míos, reclamando su lugar bajo mi control.

Sofía me miró inyectada de lujuria pura, hundiéndose los dientes en el labio inferior con un descaro absoluto. Sin mediar palabra, giró sobre sus rodillas y adoptó una posición en cuatro a mitad del colchón, arqueando la columna de forma exagerada para elevar su culo hacia mí. La estampa —con el hilo de encaje rojo sepultado entre sus nalgas firmes y su intimidad delantera asomando hinchada y resplandeciente por la humedad— hizo que mi miembro recuperara su máxima consistencia en cuestión de segundos, pulsando con una fuerza renovada.

No admití el menor preámbulo. Me acomodé justo detrás de su silueta, deslicé la prenda roja hacia abajo hasta confinarla en sus muslos y, de un solo impulso rotundo, la empalé por completo, hundiéndome hasta la raíz en su estrechez.

—¡Ahhhh… Cogeme así, sí! —bramó Sofía, arrojando la cabeza hacia atrás mientras sus ojos se ponían en blanco.

Sostuve el asalto con embestidas densas, firmes y profundas, afianzando mis manos en la osamenta de sus caderas para dictar una cadencia implacable, mientras mi longitud entraba y salía de su conducto empapado. Cada impacto seco hacía que la carne de su retaguardia rebotara con violencia contra mi pubis, inundando la recámara con un eco carnoso y obsceno.

—¡Más…! ¡Fóllame duro, primito! —suplicó en un murmullo sucio, perdiendo el aire—. ¡Quiero que me dejes el coño destrozado! ¡Necesito sentir cómo me haces tuya!

Imprimí una velocidad animal al vaivén, castigando su anatomía con estocadas brutales que no buscaban la menor sutileza. Sofía gemía entregada por completo al morbo, empujando la pelvis hacia atrás en cada uno de mis descensos para obligarse a albergarme aún más al fondo.

—¡Así, mierda… rómpeme por dentro! ¡Quiero que este coño me quede doliendo y desbordando por tu tamaño!

El esfuerzo continuo de las últimas horas comenzó a pasarle factura a mis músculos tras varios minutos de un martilleo incesante. Interrumpí la marcha de golpe, manteniéndome sepultado en su calidez mientras intentaba recuperar el oxígeno. Sofía, impaciente y devorada por la interrupción, giró el rostro por encima del hombro con la mirada inyectada de una súplica desesperada.

—¡No te atrevas a frenar ahora…! ¡Necesito más! ¡Sigue poseyéndome, por favor, Andrés!

La urgencia de su tono me encendió la sangre. La tomé por los hombros con brusquedad, la obligué a girarse bocarriba y la tendí de espaldas sobre el colchón. De un tirón violento y certero, le arranqué el encaje rojo, quebrando las costuras laterales antes de arrojar el tejido al suelo. Le abrí las piernas al límite de su flexibilidad y hundí el rostro entre sus muslos con un hambre salvaje: deslicé la lengua plana sobre su clítoris inflamado, ejercitando succiones densas y continuas antes de explorar su interior húmedo, saboreando la saturación de sus propios jugos.

Sofía se retorció en el colchón, clavando las uñas en mi cuero cabelludo para guiar la presión de mi boca.

—¡Sí…! ¡Devórame toda ahí abajo! ¡Me vuelve loca tu maldita lengua!

Satisfecho con el preámbulo, me incorporé de golpe sobre sus muslos, sujeté el tallo de mi miembro y arremetí de una sola estocada brutal, sepultándome hasta el fondo absoluto de su capacidad.

—¡Ahhhh…! ¡Sí, que rico, justo ahí! —chilló Sofía, arqueando la espina dorsal por el impacto directo.

Me acoplé sobre su cuerpo en una postura de misionero agresiva, alternando estocadas masivas y contundentes mientras sostenía un pulso visual implacable con ella. La redondez de sus pechos rebotaba de forma violenta con la crudeza de cada golpe, y sus quejidos, desprovistos de cualquier control, terminaron por saturar las paredes de la habitación.

La inercia del asalto se volvió ingobernable; la estructura de madera de la cama comenzó a rechinar con un eco violento que rebotaba en las paredes de la habitación. Sostuve el embate desde arriba con una fuerza bruta, obligando a mi pelvis a impactar contra la base de sus muslos en estocadas masivas y profundas que confinaban mi longitud entera en su interior. La brusquedad del balanceo terminó por vencer la resistencia del encaje traslúcido: sus pechos saltaron libres del brasier, rebotando sin ninguna contención ante la crudeza de cada golpe seco.

Sofía gritaba desbocada, entregada por completo al paroxismo, despojada de cualquier temor a que Rebeca cruzara la puerta principal y nos descubriera en pleno acto.

—¡Ahhh…! ¡Sí, así cogeme! ¡Más fuerte, Andrés, desbaratame el coño! —chillaba, con la voz desgarrada por el exceso de estimulación.

Sus pechos subían y bajando en un vaivén frenético mientras yo continuaba poseyéndola con una cadencia animal, hundiéndole los dedos en la carne de las caderas para asegurar el sometimiento de su anatomía. El eco húmedo, espeso y obsceno de mi miembro entrando y saliendo de su conducto anegado saturaba el ambiente, delatando la lubricación masiva que nos unía.

El cuerpo de Sofía acusó la proximidad del clímax; las paredes de su vagina comenzaron a cerrarse en torno a mi grosor con pulsaciones erráticas, pero justo antes de que la ola la cubriera por completo, intentó deslizarse hacia atrás sobre el colchón, buscando una tregua para regular el aire.

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