¡Feliz May the 4th… tardío!
Aunque quise publicar este relato exactamente el 4 de mayo, la vida (y la falta de tiempo) no me lo permitió. Así que aquí está, con un poco de retraso, pero con toda la intensidad que merece.
Este es un fanfic erótico sin fines de lucro. Star Wars y todos sus personajes pertenecen a George Lucas, Lucasfilm y The Walt Disney Company. Esta historia es puramente ficticia y no representa la visión oficial de la saga. Se trata de una fantasía adulta creada por una fan para fans.
Todos los derechos de los personajes y el universo pertenecen a sus respectivos dueños. Solo los eventos y descripciones explícitas de esta historia son creación mía.
May the force be with you….
Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía vibrar en la garganta mientras activaba los controles de la plataforma de carbonita. El vapor frío me envolvió, helándome la piel de los brazos y el cuello. Mis manos temblaban dentro de los guantes del disfraz de Boushh.
Que esté vivo. Por favor… que esté vivo.
El bloque se abrió con un siseo prolongado. Han cayó hacia adelante y yo lo atrapé entre mis brazos. Su cuerpo estaba congelado, rígido, terriblemente frío contra mi pecho caliente y sudoroso. Lo sostuve con fuerza, quitándole el casco con dedos torpes.
—Han… soy yo —susurré, con la voz rota.
Sus ojos se abrieron lentamente, blancos, ciegos. Sentí un nudo doloroso en el pecho.
—¿Quién… quién eres? —preguntó con esa voz ronca que tanto había extrañado.
Me quité el casco. Mi cabello cayó húmedo y pegado sobre mis hombros. Me incliné y lo besé. Un beso desesperado, profundo, lleno de todo el miedo, el alivio y el deseo que había guardado durante meses. Sus labios, aún fríos, empezaron a responder. Sus manos torpes subieron hasta mi cintura y me apretaron contra él.
Sentí un calor traicionero subir por mi vientre. Mis pezones se endurecieron contra la armadura del disfraz al rozarse con su pecho. Una humedad cálida y vergonzosa comenzó a formarse entre mis muslos. Nunca había sentido algo así tan intensamente. Nunca había dejado que nadie me tocara de verdad. Seguía siendo virgen… y en ese momento, con Han vivo entre mis brazos, mi cuerpo me traicionaba de una forma que me avergonzaba.
Te ama. Aunque nunca te lo haya dicho como mereces.
—Alguien que te ama… —murmuré contra sus labios.
Han sonrió débilmente.
—Sabía que vendrías, princesa…
El beso se volvió más urgente. Sentía su aliento cálido mezclándose con el mío, su lengua rozando la mía, y un palpitar insistente entre mis piernas que me hacía apretar los muslos. Mi respiración se volvió entrecortada. Por un segundo olvidé dónde estábamos.
Entonces las luces se encendieron.
Risas grotescas estallaron a nuestro alrededor. El pánico me atravesó como un rayo. Intenté separarme, pero ya era tarde. Manos brutales nos arrancaron el uno del otro. Vi cómo los gamorreanos arrastraban a Han, todavía ciego y tambaleante, hacia las mazmorras.
—¡Han! —grité, forcejeando con todas mis fuerzas.
Unas manos gruesas me sujetaron los brazos con violencia. Sentí cómo el disfraz se rasgaba en el hombro, dejando mi piel expuesta al aire caliente y sucio del palacio. El contraste entre el calor del beso de Han y la rudeza de los guardias me mareó. Mis pezones seguían duros, mi entrepierna todavía húmeda, y esa traición de mi propio cuerpo me llenó de rabia y vergüenza.
Me arrastraron fuera de la sala del trono principal y me empujaron hacia una antesala lateral, más oscura y estrecha.
El golpe seco de la puerta de metal al cerrarse todavía vibraba en mi pecho. Me encontraba en una antesala estrecha y mal iluminada, con el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas. El traje de cazarrecompensas de Boushh seguía pegado a mi cuerpo, pesado y caliente. La armadura segmentada de color gris verdoso me apretaba el torso y los hombros, pero el casco ya lo había quitado para besar a Han.
Mi cabello castaño oscuro estaba húmedo de sudor, pegado a mi nuca y a mis sienes. La tela interior del traje, normalmente ajustada, se había rasgado en el hombro izquierdo durante el forcejeo, dejando expuesta una franja de mi piel pálida y sudorosa. Sentía el aire caliente del palacio rozando esa zona desnuda, contrastando con el calor sofocante que me generaba el resto del traje.
Respiré hondo, intentando calmarme. Todavía podía sentir los labios fríos de Han contra los míos, sus manos torpes apretándome la cintura por encima de la armadura. Ese beso había despertado algo en mí que me avergonzaba: un calor líquido entre las piernas, los pezones endurecidos rozando incómodamente contra la capa interior del traje, y un palpitar insistente que no lograba ignorar.
Han está vivo. Ciego, débil, pero vivo. Luke vendrá. Solo tengo que resistir un poco más.
Me abracé a mí misma, sintiendo el frío metal de los guantes contra la piel expuesta del hombro. El traje olía a sudor, a metal y al leve aroma acre del desierto que se filtraba por las grietas del palacio. Mis muslos se apretaban instintivamente bajo la parte inferior del traje, tratando de contener esa humedad traicionera que se había acumulado durante el beso.
La puerta se abrió de nuevo.
Me tensé por completo, el pulso acelerándose. Pero cuando la figura entró y se quitó el casco con lentitud deliberada, un breve alivio me recorrió.
Lando.
Su rostro familiar, con esa barba perfectamente recortada y los ojos oscuros y confiados, me miró desde el umbral. Por un segundo pensé que venía a ayudarme, que era parte del plan de rescate.
—Lando… —susurré, con la voz aún ronca por la emoción—. Gracias a la Fuerza. Han ya está en las mazmorras, pero está vivo. Tenemos que sacarlo de aquí antes de que…
Las palabras se me fueron apagando.
Su mirada ya no era la de un aliado. Recorrió mi cuerpo con una lentitud deliberada: el cabello revuelto y húmedo, el hombro desnudo y brillante de sudor donde el traje se había rasgado, la forma en que la armadura de Boushh se ajustaba a mis pechos agitados por la respiración, la curva de mis caderas marcadas bajo la parte inferior del traje. Sentí cada segundo de esa mirada como un roce físico.
Di un paso atrás. Mi espalda chocó contra la pared de piedra áspera y fría. El contraste brutal entre el calor atrapado dentro del traje de cazarrecompensas y el frío de la piedra me arrancó un escalofrío largo y profundo que me recorrió la columna vertebral, haciendo que mis pezones se endurecieran aún más contra la tela interior.
Lando cerró la puerta con el código de guardia. El clic electrónico sonó demasiado definitivo.
—No te acerques —le advertí, intentando que mi voz sonara firme, aunque salía temblorosa—. Han está vivo. Acaban de llevárselo. Este no es el momento para ninguna distracción, Lando. Tenemos que ceñirnos al plan.
Mi mente era un caos de lealtad, miedo y confusión. Es Lando. Ha arriesgado su vida por nosotros. No puede estar pensando en… No ahora.
Pero mi cuerpo, aún encendido por el beso con Han, por la adrenalina y por el roce constante del traje contra mi piel sensible, respondía de forma traicionera. Sentía el calor acumulándose en mi bajo vientre, la humedad deslizándose lentamente entre mis pliegues, y una vergüenza ardiente que me subía por el cuello y las mejillas.
Lando dio un paso más hacia mí, sin prisa, manteniendo esa sonrisa suave pero peligrosa. Su voz bajó a un tono íntimo, casi un ronroneo:
—Tenemos muy poco tiempo, Leia. —Sus ojos volvieron a bajar por mi cuerpo, deteniéndose en el rasgón del traje—. Y hay algo que Jabba valora más que cualquier otra cosa en sus nuevas esclavas… Las vírgenes.
El silencio cayó pesado entre nosotros. Sentí que el estómago se me contraía con fuerza.
Me quedé congelada contra la pared, el traje de Boushh aun oprimiéndome el cuerpo como una segunda piel caliente y restrictiva. El hombro izquierdo seguía expuesto, y sentía cómo una gota de sudor bajaba lentamente desde mi cuello, recorriendo la curva de mi pecho antes de perderse bajo la armadura.
Lando dio otro paso lento hacia mí. No era agresivo… todavía. Pero su mirada había cambiado. Ya no era el jugador encantador de Cloud City. Era algo más oscuro, más hambriento.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, aunque una parte de mí ya temía la respuesta.
Él suspiró suavemente, como si realmente le doliera tener que explicármelo.
—Jabba tiene ciertas… preferencias con las esclavas nuevas, Leia. Las que llegan vírgenes son tratadas como trofeos especiales. Las reserva. Las humilla públicamente, las hace bailar, y luego las ofrece como sacrificio al rancor… o peor. Dice que la sangre virgen tiene un “sabor más dulce”. En cambio, a las que ya han sido cogidas las considera mercancía usada. Las pone de esclavas comunes, las encadena al trono, las pasa a sus guardias… pero suelen sobrevivir más tiempo.
Sentí que se me revolvía el estómago. Un frío nauseabundo me subió por la garganta.
No. No puede ser verdad. Está mintiendo para manipularme.
—No te creo —susurré, negando con la cabeza. Mi voz sonaba más débil de lo que quería—. Estás inventando esto para…
—¿Para qué, princesa? —interrumpió, acercándose otro paso—. ¿Crees que tengo tiempo para juegos? Dentro de poco vendrán a buscarte. Te quitarán ese traje, te bañarán, te pondrán el uniforme de esclava dorado y te encadenarán al trono de Jabba. Si detecta que eres virgen… te reservará para algo mucho peor que ser su mascota.
Mi respiración se volvió más agitada. El traje de Boushh me apretaba el pecho, haciendo que cada inhalación fuera más difícil. Sentía el pulso latiendo fuerte en mi cuello, en mis sienes… y entre mis piernas. Esa humedad seguía allí, empeorando con cada latido.
Han. Piensa en Han. Acaba de salir de la carbonita. Está ciego, quizás herido, en una mazmorra. No puedes traicionarlo. No puedes.
—No voy a dejar que me toques —dije con toda la firmeza que pude reunir—. Prefiero arriesgarme con Jabba antes que traicionar a Han contigo.
Lando estaba ya muy cerca. Podía oler su sudor mezclado con el polvo del palacio, y un leve aroma a colonia cara que aún conservaba debajo de todo eso. Levantó una mano lentamente y rozó con dos dedos el borde del rasgón en mi hombro. El contacto fue ligero, pero mi piel se erizó violentamente. Un escalofrío me recorrió el brazo.
—Tan terca… —murmuró—. Tan pura. Lo apretada que debes estar. Han ni siquiera ha podido probarte todavía, ¿verdad?
Me sonrojé violentamente. La vergüenza me quemó las mejillas.
—Cállate —siseé, apartando su mano de un manotazo—. No sabes nada de mí.
Pero él no se detuvo. Su mano volvió, esta vez bajando por mi costado, siguiendo la curva de la armadura de Boushh hasta llegar a mi cadera. Sentí el peso de su palma a través del traje grueso. Mi cuerpo, maldito sea, respondió con un pequeño espasmo interno.
—Puedo salvarte de lo peor, Leia —continuó, su voz baja y persuasiva—. Si te tomo ahora… si rompo esa virginidad tuya… ya no serás “pura”. Jabba te verá como una esclava más. Te pondrá el humillante uniforme de esclava, te encadenará, pero tendrás una oportunidad real de sobrevivir hasta que Luke y los demás lleguen. Es la única forma.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia y humillación.
—¿Quieres que te deje cogerme como si fuera un trato comercial? —escupí, con la voz temblando—. ¿Mientras Han está encerrado ahí abajo, ciego? Eres despreciable.
Intenté empujarlo con ambas manos, pero él atrapó mis muñecas con facilidad y las presionó contra la pared por encima de mi cabeza. El movimiento hizo que mi pecho se elevara y presionara contra la armadura. Mis pezones, ya duros y sensibles, rozaron dolorosamente contra la tela interior.
Lando se inclinó hasta que su aliento cálido rozó mi oreja.
—Puedo hacerlo suave al principio… —susurró—. Solo lo suficiente para que dejes de ser virgen. O puedo dejarte intacta y que Jabba sea el primero. Tú decides, princesa.
Mi mente gritaba que no, que peleara, que lo escupiera. Pero mi cuerpo… estaba reaccionando. Sentía cómo mis pliegues se humedecían más, cómo mi clítoris palpitaba con cada palabra suya, y un calor profundo y vergonzoso se extendía por mi bajo vientre.
Mi espalda seguía pegada a la pared fría mientras Lando mantenía mis muñecas sujetas por encima de mi cabeza. El traje de Boushh crujía ligeramente con cada movimiento, la armadura rígida presionando contra mis costillas y mis pechos hinchados. Sentía el calor atrapado entre mi piel y la tela interior, húmeda de sudor.
—Suéltame… —gruñí entre dientes, forcejeando sin éxito. Mi voz sonaba más ronca de lo que quería.
Lando no me soltó. En cambio, bajó su rostro hasta que sus labios quedaron a centímetros de mi oreja. Su aliento cálido rozó la piel sensible de mi cuello, provocándome un escalofrío involuntario que me recorrió todo el cuerpo.
—Puedo olerlo, ¿sabes? —susurró—. Ese olor dulce que desprende una mujer cuando se excita, aunque no quiera. Han te besó hace unos minutos y tu cuerpo todavía está reaccionando. Tan virgen… tan lista.
La humillación me quemó las mejillas. Intenté girar la cara, pero él siguió hablando, bajo y lento:
—Imagínate lo que te hará Jabba si descubre que nadie te ha abierto todavía. Te va a querer intacta. Te va a hacer desfilar, te va a tocar con esos tentáculos babosos para comprobarlo… y luego te dará al rancor mientras todavía sangras.
Cerré los ojos con fuerza. Lágrimas de rabia se acumularon en mis pestañas.
No lo escuches. Es un mentiroso. Es manipulador. Han está esperando. Luke viene en camino.
Pero mi cuerpo… no escuchaba. Sentía cómo mis pezones, duros y dolorosamente sensibles, rozaban una y otra vez contra la tela interior del traje con cada respiración agitada. Entre mis piernas, una humedad caliente y abundante se deslizaba lentamente, empapando la entrepierna del traje. Cada vez que apretaba los muslos, la presión contra mi clítoris hinchado me arrancaba un pequeño espasmo interno.
Lando soltó una de mis muñecas y bajó su mano libre por mi costado. El guante áspero del uniforme de guardia rozó la armadura de Boushh con un sonido metálico suave. Sentí sus dedos deslizarse por la curva de mi cintura, bajando hasta mi cadera, apretando la carne a través del traje grueso.
—Para… —susurré, pero mi voz salió débil.
Sus dedos continuaron explorando, subiendo ahora por mi vientre. Cuando llegaron al rasgón del hombro, se detuvieron. Lentamente, metió dos dedos por la abertura y rozó mi piel desnuda. El contacto directo fue como una descarga. Mi piel se erizó violentamente. Un gemido ahogado escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.
—Tan suave… —murmuró Lando, casi con reverencia—. Tan caliente. Tu piel está ardiendo bajo este traje.
Bajó la mano un poco más, deslizándola por el borde del rasgón en mi hombro. Sus dedos enguantados rozaron la piel sensible de la parte superior de mi pecho, aun parcialmente cubierta por la armadura del traje de Boushh. El contacto hizo que mi pezón, ya endurecido y sensible por el beso con Han, se erizara aún más contra la tela interior.
Un rayo de placer involuntario me atravesó el vientre. Apreté los labios con fuerza, intentando no hacer ruido.
Esto no puede estar pasando. No con Lando. No mientras Han está ciego y encerrado a pocos pasillos de aquí.
—Lando… por favor —supliqué, odiándome por el tono suplicante de mi voz—. No me hagas esto. Soy de Han. Nunca he estado con nadie. No me robes esto.
En lugar de responder, él presionó su cuerpo contra el mío. Sentí su erección, dura y caliente, contra mi vientre, incluso a través de las capas de ropa. Su mano libre bajó más, deslizándose por el frente del traje hasta llegar al borde inferior, justo donde terminaba la armadura y comenzaba la tela más flexible que cubría mis caderas y entrepierna.
Sus dedos presionaron allí, sobre la tela, justo encima de mi monte de Venus. El calor de su palma se filtró a través del material. Gemí suavemente, mordiéndome el labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de la sangre.
—Estás mojada —dijo con una sonrisa oscura en la voz—. Muy mojada, princesa. Tu panocha virgen está empapando el traje.
—No… —negué con la cabeza, lágrimas rodando por mis mejillas—. Eso no es verdad. Te odio…
Pero mi cuerpo me traicionaba descaradamente. Sentía cómo mis paredes internas se contraían con anticipación, cómo más humedad caliente se escapaba de mí, empapándome. Mis caderas, malditas sean, se movieron apenas un milímetro hacia su mano.
Lando presionó más firme, frotando en círculos lentos sobre mi clítoris a través de la tela. El placer fue inmediato y vergonzoso. Mis rodillas temblaron. Un gemido más fuerte escapó de mi boca antes de que pudiera ahogarlo.
—Shhh… —susurró él contra mi cuello, su aliento cálido humedeciéndome la piel—. Deja que te toque. Solo un poco. Deja que tu cuerpo admita lo que tu mente se niega.
Su otra mano regresó al rasgón del hombro. Esta vez no solo rozó. Tiró deliberadamente de la tela rota de la túnica exterior. Escuché cómo varias costuras cedían. La pesada capa beige-marrón del disfraz de Boushh se abrió más, deslizándose por mi hombro y brazo. La capa interior más fina también bajó, dejando mi pecho izquierdo completamente expuesto al aire caliente y cargado del palacio.
Sentí un escalofrío inmediato. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, el pezón rosado y erecto endureciéndose por la exposición repentina y el contraste de temperatura. La mayor parte del traje seguía puesto: el ancho cinturón de cuero y tela rodeándome la cintura, la túnica superior acumulada alrededor de mi torso, las protecciones de los brazos y guantes, y la parte inferior cubriendo mis caderas y piernas. Pero tener un pecho desnudo mientras aún llevaba casi todo el disfraz de Boushh me hacía sentir aún más vulnerable y humillada.
Lando lo miró con evidente hambre.
—Mírate… —murmuró con voz ronca—. Qué tetas tan perfectas tienes escondidas bajo todo este disfraz de mercenario.
Intenté cubrirme con el brazo libre, pero él lo sujetó contra la pared.
—Lando… por favor —supliqué, con la voz temblorosa—. No me hagas esto. Soy de Han. Nunca he estado con nadie. No me robes esto.
Él presionó su cuerpo contra el mío. Sentí su erección dura y caliente contra mi vientre, incluso a través de las capas de tela que aún quedaban entre nosotros. Su mano bajó por mi torso, deslizándose entre la túnica abierta y mi piel sudorosa, acariciando mi cintura desnuda justo por encima del ancho cinturón.
Sus dedos continuaron bajando hasta llegar al borde inferior de la túnica, donde esta se unía al cinturón. Presionó la palma abierta justo sobre mi monte de Venus, por encima de la tela de la parte inferior del traje. El calor de su mano se filtró a través del material grueso.
Gemí suavemente, mordiéndome el labio inferior.
—Estás mojada —dijo con una sonrisa oscura y satisfecha—. Muy mojada, princesa. Puedo sentir el calor de tu panocha virgen empapando la tela.
—No… —negué con la cabeza, lágrimas de vergüenza rodando por mis mejillas—. Eso no es verdad. Te odio…
Pero era verdad. Sentía cómo mis pliegues se hinchaban y humedecían más con cada latido, cómo la tela interior se pegaba incómodamente a mi vulva. Mis caderas se movieron apenas un poco hacia su mano, buscando más presión sin que yo lo quisiera.
Lando comenzó a frotar en círculos lentos y firmes sobre mi clítoris a través de la tela. El placer fue inmediato y vergonzoso. Mis rodillas flaquearon. Un gemido más fuerte escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.
—Shhh… —susurró él contra mi cuello, su aliento cálido—. Deja que te toque. Solo un poco. Deja que tu cuerpo admita lo que tu mente sigue negando.
Lando soltó mi pezón con un sonido húmedo y levantó la mirada hacia mí, los labios brillantes por su propia saliva.
—Tan receptiva… Tu cuerpo ya está pidiendo que te coja, aunque tu boca siga diciendo que no.
Mi respiración era un caos. El pecho izquierdo me palpitaba, húmedo y expuesto, el pezón hinchado y sensible al aire caliente del palacio. La túnica superior del traje de Boushh seguía abierta y arrugada alrededor de mi cintura, dejando mis pechos desnudos mientras el ancho cinturón de cuero y tela seguía firmemente atado, y la parte inferior del disfraz cubría mis caderas y piernas.
Intenté cerrar las piernas, pero Lando ya había metido su muslo entre ellas, manteniéndome abierta. Con ambas manos agarró la parte baja de la túnica y tiró hacia abajo con fuerza. La tela cedió, deslizándose por mis caderas y quedando amontonada sobre el cinturón. Mi vientre plano y sudoroso quedó completamente al descubierto.
Ahora estaba terriblemente expuesta: pechos desnudos, vientre desnudo, solo la parte más baja del traje de Boushh (la entrepierna y las protecciones de las piernas) seguía cubriendo mi vagina… por poco tiempo.
—Lando… no sigas —supliqué con voz quebrada, mirando hacia abajo, viendo mi propia piel brillando de sudor bajo la luz tenue—. Por favor… todavía puedo…
No me escuchó.
Me levantó una pierna con facilidad, enganchándola sobre su cadera. La posición me abrió más y presionó mi espalda contra la pared fría. Sentí la cabeza gruesa y ardiente de su verga rozando directamente mi bajo vientre desnudo, dejando un rastro pegajoso y caliente de pre seminal sobre mi piel.
Con la mano libre apartó bruscamente la tela interior que aún cubría mi entrepierna hacia un lado. El aire caliente rozó mis pliegues hinchados y empapados. Estaba vergonzosamente mojada; podía sentir mis propios jugos resbalando por la cara interna de mis muslos.
Lando frotó lentamente la cabeza de su verga entre mis labios vaginales, lubricándola con mi abundante humedad, subiendo y bajando, rozando mi clítoris hinchado y bajando hasta mi entrada virgen.
—Estás chorreando, princesa —gruñó contra mi oído, la voz cargada de deseo—. Esta panocha virgen está empapada y lista para ser abierta.
Empujó…
Continuará.
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