Este es mi primer relato. Espero que les guste.
Como contexto, soy un hombre travesti. Me encanta vestirme de nenita, y siempre había tenido la fantasía de que una mujer me feminizara, me dominara y me tratara como su putita.
Pues muy recientemente se me cumplió. Estoy en una relación con la mujer más maravillosa del mundo, y por la confianza que le tengo decidí contarle mi travestismo. Para ella, imagino, fue algo en qué pensar, pero con plática y paciencia entendió que era un fetiche. Pasaron los días y yo no sabía lo que estaba por hacer. Un mes después de contárselo, un viernes al mediodía recibí un mensaje.
“Amor, esta noche quiero que nos divirtamos mucho. Saliendo del trabajo, dirígete a esta dirección. Tengo una gran sorpresa”.
Me mandó la dirección de un hotel un poco alejado de nuestro rumbo habitual. Sin pensarlo mucho, y con muchas ganas, salí del trabajo y me dirigí hacia allá. Cuando llegué, ella ya estaba afuera con algunas bolsas. Yo todavía no me esperaba lo que estaba por pasar. Entramos, pedimos una habitación y subimos.
Una vez dentro, ella tomó la iniciativa. Empezó a besarme, me quitó la camisa, después el cinturón y me bajó el pantalón. Justo cuando intenté quitarle la blusa, se detuvo, me miró y me dijo con un tono serio:
—Desnúdate.
La miré un poco desconcertado. Nunca me había hablado de una forma tan mandona.
—Que te desnudes, amor. No lo voy a repetir.
Se dirigió al sillón donde había dejado las bolsas, abrió una y sacó un lindo conjunto de lencería negra. Me lo mostró y dijo:
—Que te desnudes, muñeca. Hoy vas a ser mía.
Sonrió pícara. No sé si se notó mucho la emoción en mi cara, pero terminé de desnudarme por completo. Entonces me ordenó:
—Báñate. No tardes.
Obedecí. Me metí al baño y me bañé lo más pronto que pude. Cuando salí, la lencería estaba tendida en la cama: brasier, tanga y liguero, una peluca larga y negra, unos tacones negros y, lo más curioso, un uniforme sexy de criada.
Me acerqué. Ella me tomó de la mano y preguntó:
—Antes que nada, ¿cuál es tu nombre?
Sin dudarlo le dije:
—Itzel.
Sonrió.
—Perfecto. Serás mi sirvienta Itzel.
Me sentó en la cama y me dio la lencería.
—Ponte esto.
La tomé sin pensarlo. Me coloqué el brasier, el liguero, las medias y la tanga, y encima el uniforme de sirvienta. Hasta ese momento no me había visto en el espejo, pero ya me estaba excitando. Ella se sentó en mis piernas y empezó a maquillarme: un poco de rímel, enchinador, labial. Algo sencillo, pero lindo. Después me colocó la peluca, se levantó, me miró y dijo:
—Listo. Ya estás lista para ser mi sirvienta.
Me agaché para ponerme los tacones. Me tomó de la mano y me puso de pie. Al hacerlo se notaba con fuerza mi erección, y eso no le gustó.
—Ay, mi putita. No puedes andar con erecciones en este momento.
Tomó otra bolsa negra y vació el contenido en la cama. Salieron varios plugs anales, un cinturón con strap-on y, curiosamente, una jaula de castidad. La tomó.
—¿Sabes qué es esto? Lo vas a usar mientras seas mi putita. No quiero que andes por ahí con el pene parado.
No se lo había contado, pero ya había usado jaulita antes. La tomé y me la puse. Por la erección me costó un poco, pero pude. Entonces me dijo:
—Ahora, mi putita, te vas a poner en cuatro.
Mientras hablaba, tomaba un plug y lo lubricaba. Mis ojos brillaron. Obedecí sin pensar. Me coloqué en cuatro, con el culo al aire. Empezó a tocarme y, cuando menos lo esperaba, me estaba comiendo el culo. Lo disfruté tanto que solo sentía el pene presionado dentro de la jaula. Después de unos minutos se detuvo y comenzó a meter el plug poco a poco. Sentía cómo entraba y cómo se expandía mi culo, y justo cuando entró por completo solté un gemido ligero. Ella lo alcanzó a oír.
—¿Te gustó, verdad? Se nota que eres toda una zorra. Ven acá, mi putita.
Me reincorporé. Sentía el plug dentro del ano y la presión del pene en la jaula. Se acercó y me dijo que era una putita muy sexy. Por fin pude ponerme frente al espejo. Me veía tan sexy, y me sentía toda una putita: la putita que siempre había fantaseado ser.
Tomó su teléfono y empezó a tomarme fotos. Me pidió que hiciera como que tendía la cama, que de rodillas le limpiara los zapatos, y me dio algunas órdenes más. Me tomó bastantes fotos. El último reto fue salir al pasillo del hotel, buscar a una de las mucamas y pedirle una escoba y un trapo. Dudé. Sabía que alguien podía verme, pero no me importó: eso me excitaba más. Salí al pasillo y caminé hacia recepción. Justo antes de llegar vi que en una de las habitaciones estaban haciendo la limpieza. Un poco nervioso me acerqué.
—Disculpen, ¿no tendrán un trapo o una escoba que me presten?
Eran dos mujeres de entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Me miraron, y una dijo:
—Sí, señorita. Déjeme le presto mi trapo. Escoba no tengo, pero tome el trapeador.
Los tomé.
—Muchas gracias.
Sonreí y me di la vuelta con las cosas en las manos.
—De nada, corazón. ¡Que quede bien limpio, eh! —completó la señora, riendo.
Regresé a la habitación. Mi novia reía en silencio.
—¿Cómo te fue, amor? ¿Sí encontraste tus herramientas de trabajo?
—Sí, mi ama. Aquí están.
—Pues empieza por limpiar el espejo.
Obedecí sin pensar. Mientras lo hacía, observaba en el reflejo cómo se ponía el cinturón con el strap-on. Mi ano empezó a desear que eso entrara. Se acercó por detrás mientras yo limpiaba.
—No te detengas. Tú sigue limpiando.
Me inclinó un poco hacia el espejo, me separó las piernas. Sentí su mano entre los glúteos, hizo a un lado la tanga, sacó el plug y empezó a empujar poco a poco el strap-on. No era tan grande: dieciocho centímetros, un dildo negro con venas. Sentí cómo lo introducía lentamente en mi ano. Dejé de limpiar. Solo quería que me penetrara. Ella lo notó.
—¡Que sigas limpiando, puta!
Intenté hacerlo, pero con cada centímetro que entraba me costaba más concentrarme. Empezó el vaivén y yo a gemir de placer. Llegué al punto en que estaba completamente recargada en el marco del espejo, con el dildo dentro, los ojos en blanco, gimiendo como toda una puta.
—¿Así te gusta, Itzel?
Solo alcancé a contestar, entrecortada:
—Me encanta.
Me pasó a la cama y, de nuevo en cuatro, siguió cogiéndome tan rico. La espalda se me arqueaba y con cada empujón la boca me soltaba un gemido cada vez más fuerte. Después de un rato estaba completamente mojada, el ano destrozado, y el pene deseando venirse, pero con la jaula me era imposible. Salió de mí y yo me rendí en la cama, boca abajo.
—¿Qué haces? —preguntó—. Aún no me complaces a mí.
Volví a incorporarme. Me dio la llave de la jaula.
—Quítatela. Has sido una puta tan obediente que dejaré que te vengas.
Me la quité mientras ella se quitaba el cinturón y se desnudaba por completo. Se hincó frente a mí y me dio una de las mamadas más ricas que he sentido. Después de unos minutos se subió encima, se sentó en mi pene durísimo y empezó a empotrarse. Gemía sin parar.
—Itzel, eres tan puta que me contagiaste. Ahora hazme venirme.
Empecé a cogerla. El sube y baja no paró hasta que llegó al éxtasis. Seguí penetrándola hasta que me vine dentro de ella. Quedamos abrazados, exhaustos, jadeando un momento en la cama. No duró mucho.
—Nadie te dio permiso de descansar. Si no te estoy usando, debes seguir limpiando. Así que date prisa: debes entregar la habitación limpia.
Se bajó de mí. Me puse de pie y empecé a hacer la cama mientras ella se metía a bañar. Salió y dijo:
—Ahora ve a dejar las cosas que pediste prestadas. Cuando regreses, debes cambiarte.
Salí al pasillo con las cosas. Encontré a una de las señoras de antes.
—Muchas gracias, señora.
—De nada, corazón. ¿No te gustaría trabajar aquí?
—No creo, señora.
Me fui con una risa muy nerviosa. Regresé a la habitación. Mi novia ya estaba vestida de nuevo.
—Bien, amor. Ahora cámbiate, báñate y vámonos.
Entendí que el juego había terminado. Me desvestí, me bañé, y cuando salí mi ropa de trabajo ya estaba puesta en la cama. Todo lo de sirvienta había sido guardado. Me vestí mientras ella me desmaquillaba. Salimos de la habitación y nos cruzamos en el pasillo con las señoras, que solo se rieron murmurando. Llegamos a recepción, dejamos la llave y salimos. Durante el camino a casa ella dijo:
—Me divertí mucho, y me gustó conocer a Itzel. Creo que podemos llegar a ser grandes compañeras.
Yo solo sonreí y seguí caminando.
Esta es la historia de cómo mi novia me hizo suya. Y me encantó.
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