Usarla debajo ya no era una prueba de una mañana.
Era el turno entero.
Ella me vestía antes de salir, con la misma prisa con la que me habría alcanzado el desayuno. El uniforme encima. La lencería debajo. Cada vez más chica. Cada vez más reveladora. Cada vez más pensada para que yo la sintiera y nadie más la viera. Me acomodaba el hilo, tiraba de la tela, comprobaba que se clavara, y después me daba un beso en la mejilla, de esposa.
—Si te la quitas, lo voy a saber.
Esa amenaza no era de gritos. Era peor. Era confianza. Como si ya no le quedara duda de que Sofía salía conmigo a la calle aunque el esposo cerrara bien la chaqueta.
En el trabajo el cuerpo se me volvió un reloj.
Cada silla. Cada paso. Cada vez que alguien me hablaba y yo tenía que responder con voz normal mientras debajo llevaba algo que no debía existir en ese lugar. El esposo se aferraba a las tareas. Sofía se aferraba a la tela. Los dos peleaban en silencio, y esa pelea me dejaba la cabeza cansada mucho antes de la hora de salida.
A media mañana vibró el teléfono.
No un mensaje largo. Una orden corta:
Prueba.
Me encerré donde pude. Me bajé un poco el uniforme. Tomé la foto justo lo suficiente para que se viera la prenda bajo la ropa de siempre. El rostro no. El lugar, apenas. Lo íntimo, sí. Las manos me temblaban. No por el frío. Por la pregunta de siempre: ¿esto todavía soy yo, o ya es ella mandándome a través de mi propia piel?
La envié.
Tardó poco en responder. No con cariño. Con comprobación.
Otra a la tarde. Sin sacártela.
Ahí entendí que el turno no era mío. Era de ella. Y, más atrás, de ellos.
Porque mi esposa ya no recibía las ideas de Kim como quien juega. Las recibía como cómplice. Las leía, las mejoraba, las aplicaba a nuestra casa y a mi horario. Si Kim pensaba en humillar en silencio, ella encontraba el momento exacto: antes de salir, en el almuerzo, al volver. Si Ji-soo pedía prueba, ella no discutía. Me la exigía. Se había vuelto puente. Traductora. Dueña local de una orden que venía de lejos.
Esa complicidad le cambió la cara.
Ya no se sonrojaba al abrir un paquete. Se concentraba. Elegía lo más pequeño. Me miraba como quien mide si el esposo todavía puede contener a Sofía… y se le notaba el gusto cuando veía que cada vez le costaba más.
Por la tarde mandé la segunda foto. El uniforme un poco arrugado. La lencería todavía ahí, más hundida, más real. Me dio vergüenza al enviarla. También un alivio sucio, difícil de admitir: haber obedecido hasta el final. El esposo lo llamó debilidad. Sofía lo llamó lugar.
Cuando llegué, ella no me preguntó cómo me había ido.
Me hizo quedarme de pie, metió la mano debajo de la ropa y comprobó. Después me mostró el teléfono. Kim había escrito. Ji-soo también.
Ya no les bastaba.
Las fotos de lencería, las grabaciones de Sofía vestida, el saludo de rodillas… se habían vuelto poco. Querían subir el tono. Que Sofía no solo se mostrara. Que contestara. Que pidiera. Que se quedara más tiempo. Que el esposo dejara de taparla apenas terminaba la toma.
Ella leyó eso en voz alta, sin suavizarlo, mirándome a los ojos.
—Ya no quieren verte disfrazada un rato —dijo—. Quieren que te cueste soltarla.
El paquete siguiente fue distinto.
Más pequeño por fuera. Más pesado por dentro. Ella lo abrió sobre la cama, junto a mi uniforme, y primero sacó la lencería: otra vez más chica, más reveladora, casi una burla. Después metió la mano al fondo y lo confirmó.
Había llegado el primer juguete.
No lo nombró con prisa. Lo dejó sobre la tela mínima, lado a lado, como si las dos cosas formaran la misma orden. Kim detrás de la idea. Ji-soo mandándolo. Mi esposa mirándolo con esa calma nueva, dueña de cuándo se usaría.
Me miró a mí.
—Esto ya no es solo para debajo del uniforme —dijo—. Esto es para cuando yo decida que Sofía no se esconde tanto.
El esposo sintió un frío en la nuca.
Sofía, más hondo, entendió que la casa acababa de cambiar otra vez.
Ella no lo usó esa noche.
Solo lo guardó en el cajón de su lado, no en el mío, y dejó la prenda doblada sobre mi ropa de trabajo.
—Mañana sales con lo de siempre debajo.
Lo otro… lo abro yo cuando se me ocurra.
Apagó la luz.
Yo me quedé despierto, sintiendo las dos personas pelearse en el pecho: una pidiendo que ese cajón no se volviera a abrir, y la otra esperando el ruido de la madera.
Al día siguiente fui a trabajar con el hilo puesto.
El uniforme cubría. El secreto no. Cada vez que me sentaba pensaba en el cajón. No en la prenda que ya llevaba: en lo otro, en eso que ella había confirmado con una sola mirada. La sumisión se me había vuelto más mental que nunca. Ya no necesitaba tenerlo dentro para sentirlo. Bastaba saber que existía, que no era mío, que yo no podía tocarlo sin su permiso.
Ella me escribió a media mañana.
Sigue con lo de debajo. Lo del cajón no lo pienses tanto.
Pensarlo era exactamente lo que hacía.
Volví a casa y la encontré en la cocina, como siempre. Me preguntó si tenía hambre. Me dio un vaso de agua. Después, sin cambiar el tono, dijo:
—Esta noche no. Mañana.
Esa espera fue peor que una orden inmediata.
Porque el esposo se aferraba a las horas ganadas y Sofía se iba poniendo de rodillas por adelantado.
Cuando por fin abrió el cajón, no hubo teatro. Me hizo entrar al baño, quitarme el uniforme y quedarme con la lencería. Tomó el juguete sin abrir su envoltorio, me miró a los ojos y me preguntó, suave, cruel:
—¿Quién lo va a usar?
Dudé un segundo.
Ese segundo le gustó.
—Sofía —dije.
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