Lo que se usa debajo (4): Lo que queda puesto

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No me lo sacó.

Esa fue la primera crueldad de después. No el empujón. La espera. Quedarme quieto, de lado, con lo más chico todavía dentro, sintiendo el pulso en un lugar que hasta hace una hora era solo mío. El cuerpo no sabía qué hacer. Se contraía. Se rendía. Volvía a contraerse. Cada vez que respiraba hondo, lo sentía. Cada vez que lo sentía, el esposo recordaba que ya no había “nunca”.

Ella se sentó a mi lado y me acarició el pelo como si fuéramos a dormir.

—No te muevas. Quiero que se te baje el susto y se te quede la idea.

El susto no se bajaba.

Se transformaba.

Había terror todavía, sí: un frío de haber entregado esa flor cerrada. Pero debajo empezaba otra cosa, más sucia, más difícil de confesar. Sofía no gritaba de dolor. Sofía, callada, empezaba a acomodarse a la sensación. A probarla. A preguntarse —contra el orgullo del esposo— cómo se sentiría un tamaño más.

Esa pregunta me dio más miedo que el juguete.

—Estás pensando —dijo ella—. Se te nota. El marido quiere sacárselo. La otra quiere que yo les mande prueba.

No negué.

Tomó el teléfono. Me hizo quedarme de rodillas sobre la toalla, la espalda baja, la cara medio escondida. No buscó una pose bonita. Buscó evidencia. El hilo corrido. Lo puesto. Mi respiración irregular. Una foto. Después otra. En la última me pidió que mirara al frente.

—Diles quién eres ahora.

—Sofía.

La voz me salió chica. Verdadera.

Ella la mandó ahí mismo, sin dejarme leer. Kim y Ji-soo iban a ver no solo el objeto: iban a ver el límite cruzado. Iban a ver al esposo abierto por primera vez. Iban a ver a Sofía asomando por esa herida.

El teléfono tardó poco.

Ella leyó y se le encendió la cara. No de vergüenza. De hambre.

—Les gustó. Quieren más. Dicen que el chico está bien para empezar… pero que Sofía no puede quedarse en la puerta. Que hay que subir. Despacio. Que cada semana un poco más. Que el esposo tiene que ir desapareciendo.

Me mostró el siguiente tamaño con la punta del pie, sin tocarlo todavía.

—Ellos no quieren solo un juguete. Quieren una puta. Sumisa. La que tú ya sientes cuando te nombro. Kim lo dijo claro: que te enseñe a pedir lo que ahora te da terror.

El esposo se le revolvió el estómago.

Sofía, traidora, se humedeció con la frase.

Ella se acercó a mi oído.

—Por eso no te lo saco todavía. Porque mientras lo llevas, ellos ganan tiempo dentro de tu cabeza. Mañana vas a trabajar pensando en esto. Pasado vas a ver el que sigue. Y un día, cuando te pregunte qué quieres, no vas a decir “pará”. Vas a decir “otro”.

Me hizo quedarme así un rato más. Quietud. Respiración. El pulso ajeno en el cuerpo. Yo contaba minutos para no romperme. Ella escribía, reía bajito, les prometía avance. De vez en cuando me tocaba la nuca, dueña, comprobando que no lo sacara.

—¿Tienes miedo?

—Sí.

—¿De que duela… o de que te guste?

No supe mentir a tiempo.

Esa pausa le bastó.

—Eso —susurró—. Eso es Sofía queriendo nacer. Ellos lo vieron en las fotos. Yo lo estoy viendo aquí. El esposo todavía se asusta. La puta, poco a poco, se está acomodando.

Me acostó otra vez. Me tapó. El juguete siguió puesto, pequeño y enorme. En la oscuridad yo sentía las dos personas pelearse sin descanso: una queriendo recuperar lo que ya no era virgen, la otra —más hondo, más caliente, más asustada todavía— imaginando el siguiente tamaño como una orden que tarde o temprano iba a pedir con la propia boca.

Antes de dormir, ella dejó el teléfono sobre mi pecho.

—Mañana contestan otra vez. Quieren video. Quieren que subamos.

Y yo voy a hacerlos felices.

Me besó.

—Tú solo quédate puesto. Que Sofía se vaya acostumbrando a ser lo que ya quiere ser.

No dormí.

No pude.

Porque el terror seguía ahí… y, a su lado, peor, más íntimo, empezaba el deseo de no volver atrás.

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