Lo que se usa debajo (parte 3): Antes de saber

1
283
T. Lectura: 3 min.

El cajón estuvo cerrado demasiado tiempo.

Eso fue lo primero que me destrozó: no lo que había dentro, sino no saber. Ella lo abría un poco, lo volvía a cerrar, dejaba la llave a la vista y me sonreía como si el misterio fuera parte del castigo. Kim había pensado algo. Ji-soo lo había enviado. Mi esposa lo guardaba. Y yo, en la cocina, en el trabajo, en la cama, solo podía imaginar.

El esposo se inventaba límites que todavía no se habían cruzado.

Sofía, más quieta, ya sentía que ese límite existía y que alguien más lo iba a decidir.

—¿Qué es? —pregunté una noche, lo más bajo que pude.

Ella no contestó. Me acomodó el cuello de la camisa, me miró a los ojos y dijo:

—Cuando yo quiera lo ves. Hasta entonces, piénsalo.

Pensarlo fue peor que cualquier prenda.

Me imaginé tela. Me imaginé otra humillación chica. Me imaginé algo que yo pudiera soportar sin dejar de ser del todo el de siempre. Pero había una posibilidad que no quería nombrar, una que me apretaba el estómago apenas me sentaba: que esta vez no vinieran a vestirme por fuera. Que vinieran a entrar. Que vinieran a tomarme una parte que nadie había tocado. Una parte que, incluso después de todo, yo seguía guardando como si todavía me perteneciera.

Esa idea me daba miedo.

No un miedo de juego.

Un terror frío, de cuerpo, de hombre que siente que van a abrirle algo que no sabe si va a poder cerrar después.

Pasaron horas.

Después un día.

Ella me hacía seguir la casa con la lencería debajo, como si nada, y de vez en cuando pasaba junto al cajón y lo tocaba con los dedos. No para abrirlo. Para recordármelo.

—Sigues pensando en lo que no te dije —observó, contenta—. Bien. Así te quiero. Inseguro.

Cuando por fin lo sacó, yo ya estaba vencido por la espera.

Lo dejó sobre la cama. El juego completo. Todos los tamaños. Los lubricantes especiales. La verdad de golpe. El esposo entendió al segundo y se le fue el aire. No era otra prenda. Era la frontera. Era eso que yo no había entregado nunca. Mi cuerpo cerrado. Mi último pedazo de pudor masculino. Lo que en la cabeza, asustado, llamé sin querer mi flor virgen: no por romanticismo, sino porque nadie había pasado por ahí. Nadie. Ni ella, antes. Ni yo.

Me temblaron las manos.

—Eso… —empecé.

—Eso —cortó ella—. Eso es lo que les debes. Y lo que yo les voy a dar.

Me tomó de la cara. Sin piedad. Sin apuro.

—Tienes miedo. Se te ve. Se te nota en la boca. En los ojos. Por eso me gusta. Porque el esposo todavía cree que esa parte es suya.

Me hizo ponerme de rodillas frente a la fila. El más chico parecía inofensivo. Aun así me dio terror. Porque el tamaño no era el problema. El problema era el paso. El antes y el después. Cruzar eso era dejar de poder decir “nunca”. Era entregar una intimidad que yo asociaba con no haberme rendido del todo.

—Si lloras, lloras —dijo—. Si tiemblas, tiemblas. Pero te lo voy a poner. Ellos quieren a Sofía abierta. Yo quiero ver cómo se te acaba la cara de marido.

Me dobló sobre la cama. Sentí el aire en la piel. Sentí el lubricante, frío, preciso, demasiado preparado. Sus dedos primero, apenas, y yo me encogí con un sonido que no reconocí. No era placer. Era pánico. El cuerpo diciendo no. La cabeza diciendo esto ya no tiene vuelta. Sofía, ahogada debajo, pidiendo que no me moviera porque moverme era todavía ser yo.

—Shhh —me habló al oído, dueña—. Nadie te ha tocado aquí. Por eso pesa. Por eso ellos lo pidieron. Por eso yo no voy a parar.

El primero presionó.

El mundo se me redujo a ese punto. A la resistencia. A la vergüenza de estar ofreciendo algo que yo mismo nunca había ofrecido. Pensé en el uniforme del día siguiente. Pensé en la mesa. Pensé en mi nombre. Pensé que si entraba, el esposo iba a quedar herido de una forma que no se ve, que no se cuenta, que se lleva adentro.

Ella empujó despacio.

Sin consuelo.

Con esa concentración cruel de quien cumple un encargo.

Duele menos de lo que el terror prometía.

Duele más de lo que el orgullo puede soportar.

Cuando el más chico quedó dentro, se me quebró la respiración. Un sollozo seco. No de dolor puro: de haber cruzado. De sentir que esa flor cerrada ya no lo estaba. De saber que mi cuerpo acababa de aprender un lugar nuevo para la sumisión.

Ella me acarició la nuca.

—Ya está. Ya no puedes decir que no te han abierto.

Eso era lo que te daba tanto miedo. No el juguete. Perder eso.

Me dejó ahí, temblando, lleno apenas, con los demás tamaños todavía mirándome como una amenaza futura. El esposo quería pedirle que lo sacara, volver atrás, fingir que esa parte seguía intacta. Sofía, más hondo, entendía que atrás ya no existía.

—Hoy basta con el primero —dijo ella—. Mañana, si ellos quieren, subimos.

Ahora vas a quedarte así un rato. Quiero que sientas lo que entregaste.

Me besó la frente.

—Así se hace felices a mis coreanos.

Con tu miedo. Con tu límite. Con esa parte que ya no te pertenece.

Cerré los ojos.

Por primera vez no era solo humillación.

Era la certeza, fría y caliente a la vez, de que el matrimonio acababa de pasar una puerta… y que yo había quedado del otro lado, abierto, asustado, y todavía sin saber si el que lloraba era el esposo o Sofía.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí