Bajo el resplandor plateado de una luna llena que inundaba los campos con una luz casi sobrenatural, el conde galopaba raudamente hacia su castillo, en aquella noche, su corazón latía con alegría al pensar en el regreso a su hogar, tras largas jornadas de asuntos en tierras lejanas. Vestía un traje de cuero negro que cubría todo su cuerpo, ajustada como una segunda piel como una amante posesiva, pantalones ceñidos que moldeaban sus muslos, una chaqueta que abrazaba su torso, botas altas de cuero reluciente que llegaban hasta las rodillas, y guantes largos que enfundaban sus manos hasta los codos. Al conde le obsesionaba estar completamente enfundado en cuero, sentir cómo lo aprisionaba, cómo el aroma intenso y animal del material se mezclaba con su sudor, le despertaba deseos ocultos.
Llegó al castillo de forma furtiva, desmontando en las sombras y deslizándose por pasadizos secretos conocidos solo por él. Subió sigilosamente las escaleras hacia la recámara principal, atraído por un murmullo de voces femeninas y susurros ahogados. Al entreabrir la puerta, sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y excitación. Allí, en el amplio lecho, yacía la condesa, su reciente esposa, quien desnuda mostraba de curvas generosas y carnes abundantes, y una religiosa de formas igualmente voluptuosas. La religiosa estaba desnuda, salvo por el tocado blanco que aún cubría su cabeza, contrastando con su piel rosada y expuesta.
Se besaban con pasión voraz, sus labios fundiéndose en un beso profundo mientras las manos de la condesa exploraban los pechos plenos de la religiosa, pellizcando sus pezones endurecidos. La monja, a su vez, deslizaba los dedos entre las piernas de la condesa, frotando su sexo húmedo con movimientos circulares, provocando gemidos que llenaban la habitación. Luego cambiaron, la religiosa se tendió boca arriba, y la condesa descendió sobre ella, lamiendo sus pliegues íntimos con avidez, después sus labios se fundían en besos profundos y húmedos, lenguas danzando con avidez mientras saliva se escurría por sus barbillas.
Luego la condesa succionaba los pezones oscuros y erectos de la religiosa, mordisqueándolos hasta hacerla gritar, mientras sus dedos gruesos penetraban el coño empapado de la monja, embistiendo con ritmo frenético, salpicando jugos calientes sobre las sábanas. Luego la religiosa se arrodilló entre las piernas abiertas de la condesa, lamiendo nuevamente su clítoris hinchado con lengua voraz, introduciendo dedos curvados para golpear ese punto secreto que hacía convulsionar a la noble dama en éxtasis.
El conde las observó en silencio desde las sombras, su respiración acelerándose bajo el cuero que lo aprisionaba, para su sorpresa, su miembro se endureció presionando contra los pantalones ajustados, pensó la situación un momento.
Hasta que de pronto, emergió de la oscuridad, su figura se veía imponente y amenazante recortada contra la luz de las velas. Las mujeres se sobresaltaron, separándose con un grito ahogado. La condesa palideció, y la religiosa se cubrió instintivamente los pechos, ambas pensando que el conde desenvainaría su espada para castigarlas por su infidelidad pecaminosa.
Pero el conde, con una sonrisa lasciva, arrojó su espada y chaqueta al suelo con un clangor metálico, se abalanzó sobre la religiosa dirigiéndose a la cama, obligándola a ponerse de cuclillas sobre sus rodillas, con sus manos enguantadas de cuero, comenzó a darle nalgadas firmes y sonoras en su trasero carnoso, cada golpe resonaba en la habitación, dejando marcas rojas que florecían en la piel pálida, haciendo que la monja jadease de dolor y sorpresa.
El conde no se detuvo hasta que su trasero estuvo completamente enrojecido, ardiente al tacto. Al separar sus nalgas con los guantes, descubrió con deleite que el coño de la religiosa estaba empapado, sus labios hinchados y brillantes de excitación. Entonces una gran erección distendió sus pantalones de cuero, entonces se sacó sus botas y pantalones, liberando su pene grueso y venoso, y se arrojó lascivamente sobre la monja. La envistió apasionadamente, penetrándola de un solo empellón profundo, sus caderas chocando, cuando la envistió el trasero rojo con un ritmo feroz en la cama, la religiosa dio un frito entre mezcla de placer y dolor.
Así, la religiosa, en lugar de asustarse, comenzó a gozar intensamente, arqueando la espalda y empujando hacia él, sus gemidos convirtiéndose en gritos de placer, seguía empujaba hacia atrás, mientras gritaba obscenidades, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos de gozo puro. La condesa observaba, aterrorizada y extasiada, con sus dedos hundidos en su propio sexo, masturbándose frenéticamente al ver a su esposo dominar a la otra mujer. Cuando el orgasmo del conde se acercaba, rugiendo como una bestia, se detuvo. Se volvió hacia la condesa, y mostro su polla reluciente de los jugos de la monja. “Ahora no te opondrás a cumplir con tus deberes maritales “, le dijo con voz ronca y dominante.
La tomó por las caderas generosas y la envistió con fuerza, hundiendo su miembro hasta el fondo en su sexo caliente y dispuesto. Mientras la penetraba con embestidas potentes, ordenó a la religiosa: “Chúpame el culo,”. La monja, obediente y excitada, se colocó detrás de él, separando sus nalgas y con su lengua hábil, le realizó un beso negro profundo, lamiendo y estimulando su ano con círculos húmedos y penetraciones suaves, succionando y explorando mientras su tocado rozaba la piel del conde.
Entre el movimiento rítmico de la penetración en la condesa y la intensa estimulación anal de la religiosa, el conde alcanzó un orgasmo monumental, su cuerpo se tensó, y se corrió profusamente dentro de la condesa, inundándola con chorros calientes y abundantes de semen, mientras rugía de placer, el orgasmo fue devastador, rugiendo mientras eyaculada chorros espesos y calientes dentro de la condesa, inundando su matriz con semen abundante, marcándola como suya.
Entonces descansó un momento, un poco jadeante, pero pronto continuó penetrando a ambas mujeres, alternando entre ellas. Las tomó por turnos, chupando sus pechos plenos, mordiendo sus pezones y sus carnes suaves, lamiendo sus sexos hasta hacerlas temblar de éxtasis. Ambas gozaban ahora de las nuevas circunstancias, entregándose sin reservas a sus embestidas.
Casi al amanecer, con las primeras luces tiñendo el horizonte, el conde se recostó entre ellas y abrazándolas les dijo: “Os perdono, bellacas. Me han dado buen placer. van bien los asuntos del condado y no deseo ensombrecer los grandes acuerdos he logrado haciéndoles daño”.
Medito un momento recostado en la cama y para sorpresa de las mujeres, añadió “Os hago una propuesta, si os apetece escribiré al obispo para liberarte de tus votos, hermana. Serás la dama de compañía permanente de mi esposa. Velarás porque ningún otro hombre la toque jamás. Entre vosotras podéis follaros cuanto queráis, con dedos, lenguas o lo que os plazca… pero siempre me admitiréis en este lecho para uniros a vuestro gozo, como ocurrió esta noche”.
Las mujeres solo expresaron sorpresa y felicidad en sus ojos brillantes. Al unísono, tomaron fuertemente el pene del conde con sus manos suaves, masturbándolo con vigor renovado, fuerza y coordinación, exprimiendo las últimas gotas mientras sus labios se buscaban en un beso profundo sobre él, indicando que aceptaban la propuesta. A partir de dicho momento, solo habría gozo en dicha cama, un trío eterno de placeres prohibidos bajo las paredes protectoras del castillo.
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