Los cuernos en familia duelen más que los otros (1/2)

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Estimado josemafacu, tu mensaje del 19 de febrero diciendo «No nos abandone, esperamos sus relatos», es suficiente motivo para retomar la escritura y dedicarte esta narración que va en dos partes. Espero que sea de tu agrado. Mi abrazo afectuoso.

Hacía más de seis meses que no visitábamos a la familia de Claudia, con la que llevo cinco años casado, ella de veinticinco, y yo con cinco más. Son una multitud pues sus padres tienen varios hermanos, cada uno aportando hijos y algún nieto; naturalmente en ese montón de personas hay de todo, agradables, hoscos, cultos, brutos y, naturalmente algunos apasionados del sexo tanto entre las mujeres cuanto entre los hombres; en esto había que tener cierto cuidado pues el parentesco no era un obstáculo de envergadura para disuadir a los lujuriosos.

En general con ellos tengo una cordial relación excepto con dos primos, una con Julio de la misma edad que mi señora y por el cual siento un claro rechazo, y otra con Rut de diecinueve años, criatura muy femenina, preciosa, delgadísima y con la cual tengo mucha y manifiesta afinidad. Y estas dos claras posturas afectivas se formaron en mí en el momento de ser presentado a toda la familia, y por supuesto, tanto la empatía como el rechazo, se verificaba de ambos lados.

Mi suegro y un hermano suyo son apasionados por la pesca y, sabiendo que esa actividad también es de mi agrado, me invitaron a participar ese sábado, regresando en la mañana del domingo para el almuerzo familiar. Mi señora, esa noche tenía reunión de primos aprovechando la casa de los abuelos, cuya amplitud aseguraba comodidad para todos; los viejos ese fin de semana se irían con uno de los hijos.

En el consumo de comida y bebida las pescas son parecidas a las reuniones sociales de los más jóvenes, aunque éstas ponen mayor énfasis en la parte líquida y algunos juegos que dan pie a acercamientos no tan inocentes, como lo comprobé alguna vez en el pasado.

La mañana del regreso nos reunió, a mi señora y a mí, con visibles muestras de habernos excedido en lo ingerido y restado horas al sueño; ya habría lugar para eso después de comer y, por supuesto, reponernos al completo a la noche.

El almuerzo fue multitudinario, en parte como consecuencia de nuestra presencia, y eso hizo que nos esmeráramos en distribuir el tiempo como para que nadie se sintiera postergado; naturalmente yo estuve más con los viejos mientras Claudia al revés, y ahí percibí que el primo Julio se mantenía cerca de ella, aprovechando cualquier oportunidad para provocar algún contacto corporal, actitud que no tenía con el resto de las mujeres.

Cuando, en oportunidades anteriores, le había hecho saber a mi esposa el desagrado que me provocaban esos contactos, excediendo el límite de lo aceptable, ella me contestaba que no diera importancia a cosas insignificantes, que Julio era así con ella porque se habían criado como hermanos, y entre ambos existía una afinidad muy por encima de la que hay entre simple primos.

Por supuesto que, exteriormente, acepté la explicación sin ahondar en el tema, aunque por dentro no compartiera esos argumentos, a todas luces, falsos. Yo a una hermana no la desnudo con la mirada ni estoy a la pesca de lo que muestre el escote caído o las piernas apenas separadas.

Si bien el comportamiento del varón me incomodaba, el desagrado mayúsculo obedecía a las respuestas de ella que, cuando se percataba de la actitud del obsesivo mirón, sonreía y contribuía al deleite varonil, ahuecando los hombros para hacer más visibles los pechos antes de erguirse, o separando las rodillas antes de cerrar las piernas.

No soy un enfermo de celos, pero a mi mujer no la comparto desde ningún punto de vista, y tampoco acepto mansamente una relación como esa, a todas luces desleal; y con cierto pesimismo me dije «Aquí hay algo más, y de vieja data»; quizá ese estado de ánimo me provocó una sensación corporal de astas largas y frondosas enraizadas en la frente. Ante eso mi decisión fue estar muy atento y pensar, previsoramente, que hacer en caso de una evidente cornamenta.

La plácida siesta de dos horas me reconfortó a tal punto que, a la noche, ver las redondeces apetitosas de Claudia marcándose sobre el camisón, me despertó el indio con el deseo de darle por boca, concha y culo, pero no tuve suerte pues me dijo estar agotada.

El lunes al despertarme la veo entrar al baño y escucho el sonido de la ducha, como en ese momento sentí ganas de orinar hice igual que otras veces, entré sin avisar, si hubiera estado en aguas mayores era costumbre cerrar con pestillo; la sorpresa fue para ambos, ella por estar frente al espejo tomándose una teta para mirar un hermoso moretón, y yo sintiendo fuego en el estómago cuando trató de disimular entrando apresuradamente en la bañadera y corriendo la cortina; sin ganas de oír alguna excusa tonta, ni pregunté a qué se debía esa marca violeta.

Los días siguientes ni hice amago de querer intimar y reduje a lo inevitable las frías muestras de cariño, al parecer sin extrañeza de su parte. El viernes se programó una nueva reunión de primos con la idea de despedirnos, y ahí sí participé, aunque con pocas ganas, pues la relación matrimonial seguía distante. Alternando con todos, Carmela una prima bien extrovertida, me llevó a bailar mientras mi mujer evolucionaba pasando por varios brazos; ya había corrido bastante alcohol y parejamente se ampliaron los límites dando lugar a cercanías corporales de más en más osadas y duraderas. Mis escrúpulos y falta de costumbre me mantuvieron a prudencial distancia de la dama hasta que ella me preguntó.

-“¿No te gusto?”

-“Seguro que sí, sos una hermosa mujer y, para no atraerme, tendría que estar ciego y con el gusto atrofiado”.

-“Sin embargo te mantenés lejos”.

-“Es verdad, y eso sucede porque sé reconocer el peligro y además soy consciente de mis debilidades”.

-“Explayate algo más para entender”.

-“Supongamos que me pego a vos, si no sufro rechazo voy a querer acariciar, frotarme, llevar mis manos bajo tu ropa, comer tu boca, saborear tus pechos, lamer tu entrepierna, y así siguiendo”.

-“¿Y cuál es el peligro?”

-“El peligro es hacer algo que rompa mi matrimonio”.

-“¿Y Claudia comparte tu postura?

-“Espero que sí, por eso sigo con ella”.

-“Entonces quizá te convenga buscarla, quizá te lleves una sorpresa, estas reuniones son especiales para perder los papeles”.

-“¿Te parece bien que deba hacer el papel de policía con mi esposa?”

-“No hace falta investigar, recién la vi bailando con Julio y ahora han desaparecido, me imagino dónde pueden estar pues conozco las preferencias de mi primo, vení que te ahorro el esfuerzo”.

Y me llevó a un recoveco del jardín, donde ocultos por un arbusto frondoso, pudimos ver a mi amada de rodillas frente al pariente de pie, devorando el erguido miembro que asomaba desde la bragueta, mientras sentía galopar mi corazón y un fuego abrazarme estómago. Cuando sentí que el alma regresaba a mi cuerpo, haciendo un gran esfuerzo para no demostrar que interiormente estaba destruido, le pedí a Carmela.

-“Gracias por tu labor de guía, no necesito ver más, regresemos”.

Y en lugar de volver a la pista me senté en el primer sofá que encontré libre, rogándole a mi atenta acompañante y guía, un rato de soledad. Alcancé a estar unos segundos con la mirada baja asimilando lo que antes suponía, y que ahora había visto con mis propios ojos, cuando sentí que alguien se ubicaba a mi lado.

-“Primo amoroso, algo serio te sucede para que tengas la expresión de haber tocado el infierno”.

Mi forzada sonrisa, hacia Rut, esa delicada y preciosa jovencita que, tomando mi brazo se pegaba contra mí, fue la introducción.

-“Estás en lo cierto, recién tuve un atisbo del fuego eterno; acabo de ver a tu prima Claudia, mi esposa, tomando con las dos manos el miembro de tu primo Julio, para mantenerlo firme dentro de su boca”.

-“Era previsible que te enteraras, ninguno de los dos se preocupa por disimular, en la reunión anterior solo les faltó coger enfrente de todos”.

-“Pero no me lo dijiste”.

-“Es verdad y te pido perdón, pero seguro que vas a entender mis razones; es sabido que los mensajeros de malas noticias son los primeros en sentir el odio de quien recibe la novedad; además era provocarte un dolor espantoso sin aportar solución al problema; te amo demasiado desde que te conocí para enfrentar esas dos posibilidades”.

En eso apareció Claudia frente a nosotros.

-“¿No me estarás poniendo los cuernos con esta mocosa putita?”

La miré callado esbozando un remedo de sonrisa antes de contestar.

-“¿Estás viendo alguna señal de intimidad carnal?”

-“No, pero por si acaso pregunto”.

-¿Te parece que ella o yo seríamos capaces de hacer algo reprochable en público?”

-“No lo sé”.

-“No te preocupés, nada malo hay entre nosotros y me llama poderosamente la atención que justo vos te muestres celosa”.

-“No sé qué querés decir”.

-“Es simplemente sugerirte que, antes de hablar, te limpies el grumo de esperma que tenés bajo el labio inferior; una pregunta ¿ya te desapareció el moretón en tenías en la teta?”.

El cambio de color de la cara, el gesto de sorpresa, la mano buscando limpiar el lugar donde, supuestamente, estaba ese resto de semen, fueron suficiente muestra de aceptación de la infidelidad que le reclamaba y, en franca actitud de ignorarla, me levanté para luego tomar a Rut de la mano y caminar hacia donde otros bailaban. Espontáneamente la tomé entre mis brazos y ella sola pegó su cuerpo al mío.

-“¿Estás bien así primita?”.

-“Sí, me gusta estar con vos y más aún cuando me decís primita; más contenta estaría sabiendo que no lo hacés por desencanto o revancha”.

-“Hermosa mía, la única razón para desear tenerte a mi lado es que así lo quiere mi corazón, y eso te lo he demostrado desde hace largo tiempo; lamento que cuando te conocí ya estaba de novio con Claudia y además vos tenías catorce años”.

-“Tenés razón, y desde entonces es que te amo en silencio, apretame fuerte por favor”.

-“Eso entraña peligro tesoro, puedo perder los estribos y hacer algo que después llegues a lamentar”.

-“¿Te parece que lamentaré ser tu mujer después de tantos años deseándolo, envidiando a Claudia y además odiándola por no merecerte?”

Y hablando de Roma… aparece a nuestro lado mi esposa con cara demacrada.

-“Me voy a casa, mañana salimos de viaje temprano”.

-“Empleá el singular Claudia, como me queda una semana de vacaciones me voy a quedar algunos días; de todos modos andá tranquila que a tu casa no vuelvo, salvo para sacar mis cosas; ahora te acompaño para sacar el equipaje y el auto de la casa de tus padres”.

-“No por favor, ellos me van a preguntar qué pasó”.

Cuando decidimos vivir juntos elegimos la casa de ella, regalo de sus padres, mucho más cómoda que mi departamento. Esta vez sí se fue cabizbaja y llorando.

-“¿La vas a dejar?”

-“Seguro, lo de hoy no es un desliz, no es un momento de debilidad; por lo que vos contás junto a las palabras de Carmela y las actitudes ambiguas de ella en el pasado, este engaño viene de hace mucho. Una costumbre arraigada no cambia salvo raras excepciones, y este caso no tiene pinta de ser una excepción”.

-“Lamento este momento incómodo para vos aunque para mí no lo sea, ahora se abre una esperanza que nunca imaginé posible”.

Y, como forma de evadirme del dolor que sentía, me dediqué a mirar detenidamente a la hermosa jovencita que tenía pegadísima a mi cuerpo. Vestía un cortísimo short que apenas le cubría las nalgas y una delgada camiseta de cuello redondo, holgada, donde, de a ratos, sobresalían los pezones pues no llevaba sostén.

Estaba en esa deliciosa tarea cuando me entró un tema de urgente solución, si a mi mujer le había dicho que no regresaría a casa era ilógico que esta noche fuera a acostarme con ella, aunque solo fuera un rato; debía buscar dónde dormir hasta el momento de regresar a la casa de mis suegros, y eso le averigüé a Rut que, de inmediato me dio la solución.

-“Lugares para descansar hay de sobra, acá mismo podemos buscar alguna habitación que todavía no esté ocupada”.

En la búsqueda encontramos algunas cuya ocupación era, a todas luces, transitoria y respondiendo a una urgencia, cosa palpable pues sus ocupantes, a medio vestir, se revolcaban apasionadamente. Nos metimos en la primera que encontramos libre y cerramos con llave; ese fue el momento en que mi dulce prima política me echó los brazos al cuello para cubrir mis labios con los suyos, beso que disfruté con sobresaltos pues estaba mechado con el malestar natural de los cuernos frondosos que, sin saberlo y durante largo tiempo, había lucido orondamente ante toda la familia. Era necesario hablar para que este nuevo modo de relacionarnos caminara sanamente, por eso cuando nos separamos, le di un beso en la frente para luego iniciar la charla.

-“Mi amorosa prima, este beso fue maravilloso, pero hubiera sido mucho mejor si el malestar de mis cuernos no estuviera presente, me encantaría que el resto de la noche lo pases conmigo, abrazada, ayudándome a soportar la tristeza y disminuir la bronca que no me deja pensar ¿podrá ser?”

-“Por supuesto que sí mi amor, espero ser la compañía que necesitás”.

-“Seguro que lo vas a ser, y para que tu calma no tenga sobresaltos, pudiéndola trasmitir a través de la piel, te voy a hacer un suave tratamiento de relajación”.

Ante su mirada de extrañeza la llevé a la cama donde la acosté de espaldas quedando los pies en el suelo, con los dedos le bajé los párpados para cerrar los ojos, desprendí el short sacándoselo por los pies y separando sus piernas me ubiqué entre ellas; besando alternadamente la cara interna de los muslos me fui acercando a la entrepierna mientras mis manos sostenían las suyas, que se iban crispando junto con mi avance; al llegar a la pequeña braga la sucesión de besos, en la conchita tapada por la tela, fue recibida por un gemido; era el momento de pasar la lengua sobre la piel al borde del elástico de la cintura y meter las manos bajo la remera para apresar, acariciar, estrujar y retorcer los pechitos libres de ropa.

La exclamación de placer fue ruidosa y sus manos bajaron el elástico dejando el vello pubiano a la vista para luego tomar mi cabeza y guiarla hacia esa mata que ya mostraba signos de humedad, ahí peiné con la lengua empapada en saliva haciendo que los labios quedaran libres de vellosidad, ella acompañando mis movimientos con una letanía en voz queda «mi amor, mi amor»; su primera corrida se dio cuando la punta de la lengua recorrió el canal por encima y ahí se arqueó sobre hombros y muslos gritando su orgasmo.

Ahora venía el último tramo; respeté su laxitud rozando amorosamente la vellosidad con mi mejilla hasta que ella, tomándome de la cabeza llevó mi boca al encuentro de la suya para alternar palabras tiernas con besos profundos para después quedar abrazados unos instantes; luego bajé nuevamente para sacar por los pies la biquini que había quedado a medio muslo y, llevando sus rodillas a los hombros, hacer que la flor abriera totalmente sus pétalos dejando a la vista la rosada mucosa interior.

Ahí con la lengua recorrí los bordes de la entrada, hice ingresar la puntita, le di un beso de transitoria despedida y fui subiendo hasta enfrentar el botoncito ya descapuchado, un piquito en la punta precedió a cubrirlo con los labios cual pezón, hasta que un eterno orgasmo la dejó inerme. Era el momento de frenar.

-“Ahora sí cielo, voy a dormir abrazado a vos para espantar la legión de demonios que están esperando para visitarme durante el sueño”.

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