—Eres muy linda.
La sentencia tan esperada llegó a mi oído derecho. La música tecno era fuerte, pero se podía conversar sin gritar acercándose un poco a los oídos del interlocutor. Creo que habíamos claramente ido a esta fiesta para eso sin confesárnoslo: conocer gente. Con mi marido habíamos establecido reglas acerca de la fidelidad desde nuestro encuentro. Podíamos tener “aventuras”, pero sin romance, sexo puro, nunca en casa y, sobre todo, no queríamos enterarnos de los eventuales extravíos del otro. Llevábamos años con estas reglas que nos convenían maravillosamente bien.
En realidad, eran escasas las veces en las cuales yo había utilizado este joker, me imagino que era lo mismo para mi pareja. Un par de veces al año, solíamos ir a una fiesta tecno. Fuera de disfrutar de la noche “cada uno de su lado” (él pasándosela charlando en las terrazas y yo pegada al escenario), era un momento en el cual probábamos nuestras capacidades de seducción y nuestro encanto. A las cinco de la mañana, cuando terminaban las festividades, nos volvíamos a encontrar para regresar a casa juntos y felices, después de haber cosechado un par de cumplidos o de besos fugaces por parte de unos desconocidos que nunca volveríamos a ver.
Estaba justamente en el primer caso con un chico alto que bailaba a mi lado. Le había mandado un vistazo inequívoco que sencillamente significaba que me interesaba.
—Eres guapo también.
—¿Con quién has venido?
—Mi esposo, está en la terraza. ¿Tú?
Había sentido su brazo pasar detrás de mi espalda y su mano tomarme delicadamente la cintura. Hacía un calor infernal en la sala. Muchas personas andaban sin camisetas, enseñando orgullosamente pechos trabajados por horas de crossfit o bañadores con lentejuelas. Me había quitado el kimono corto que llevaba para solamente estar vestida de un sujetador de yoga y de una falda, ambos negros, como siempre. No cambió de actitud al escuchar mi respuesta, que solía enfriar a la mayoría de los hombres.
—Mi esposa. Lo miré con algo de sorpresa, no era muy común encontrarse en este tipo de situación. Al ver mi sorpresa, aclaró un poco las cosas.
—Es ella.
Me señaló con una gran sonrisa a una rubia, con una minifalda y un top blancos, bailando justo un metro delante. Bailando con la lengua metida en la boca de otro hombre, sin polo y con la espalda tatuada. Si estimaba mi relación de pareja bastante madura y de mente abierta, estos cuarentones tenían realmente otro nivel. Se habría notado cierto desconcierto mío porque siguió.
—Somos libertinos, desde hace 17 años.
Claro que sabía lo que era una pareja libertina, pero nunca había visto una con mis ojos en lo que parecía ser su hábitat natural. Su mano me acercó a él en un gesto suave y cariñoso.
—¿Cómo te llamas?
—Sandra.
—Manuel. Tengo muchas ganas de besarte.
Para ser directo, era muy directo. ¿Había percibido mi interés? ¿Mi sorpresa? ¿Mis dudas? Sí, todo. Y parecía acostumbrado a cierto ejercicio de pedagogía.
—Nos gusta salir y conocer a otras personas —siguió —, hay que tener mucha confianza mutua y en uno mismo para poder disfrutarlo, fue largo, pero lo logramos. Jess está pasando un buen momento y yo también.
Me había besado la mejilla para puntuar esta última frase. “Jess”, se había dado la vuelta, abrazada por detrás por el chico, bailando pegaditos. Me saludo con la mano y una gran sonrisa antes de buscar de nuevo la boca de su compañero de baile. Me quedaba sin contestar, mirando alternativamente a Manuel y a su esposa, atrapada en unas ganas repentinas de participar en el juego. Le devolví el beso en la comisura de los labios.
—Voy a salir a fumar un cigarro y ver dónde está mi marido —le dije.
—¿Quieres que te acompañe?
Marcaba puntos uno por uno. Asentí con la cabeza y lo llevé de la mano en medio del público compacto y brillante de sudor. Afuera no me costó mucho encontrar a mi pareja, que solía llevar una camiseta marinera para este tipo de eventos, justamente para que lo pueda ubicar con facilidad entre la gente. Conversaba con una chica bajita que se lo comía con los ojos, con unas tetas impresionantes que, sin duda alguna, le interesaban un poco más a mi flaco que la conversación que tenían. Me acerqué tratando de interrumpirlos lo menos posible para pedirle un cigarro. A mi espalda, Manuel se había encendido uno y esperaba.
—¿Todo bien? —me preguntó mi pareja.
—Sí, sí, muy bien. Ya hice un amigo, se llama Manuel, quería conocerte.
Se saludaron y yo, cobardemente, pretexté que necesitaba ir al baño y les dejé. No sabía qué se iban a contar y si Manuel iba a explicarle su situación y sus ganas y, sin saber por qué, me aterrorizó asistir a este tipo de intercambio por temor a que se cree algún tipo de tensión o de incomodidad. Me colé entre la multitud en trance hasta llegar a Jess, que soltó a su compañero para bailar conmigo y abrazarme.
—Pareces inquieta —me dijo —. Le gustas mucho a Manuel, lo conozco. Pero no te preocupes, no forzamos a nadie. ¡Disfruta de tu noche, guapa!
A estas alturas, ustedes, lectores fieles, sabrán todos los escenarios morbosos que pasaron por mi cabeza. Unos libertinos. Los quería ya, y no solo ellos, sino con mi chico también. Un relámpago morboso me pasó por la cabeza. Lo imaginé follando a esta mujer en cuatro. Ella tenía más formas que yo y me hipnotizaban sus tetas y sus caderas. Era obvio que, en posición de perra, con las tetas balanceando al ritmo de las idas y venidas profundas de mi marido, sería una obra de arte viviente.
Seguro que le encantaría la verga de mi pareja, que a mí me solía llenar de maravilla. Manuel me cogió la mano, me la beso suavemente y la puso sobre su hombro, para invitarme a bailar más cerca de él. Jess hizo exactamente lo mismo con mi esposo y el chico tatuado se despidió de ella con una gran sonrisa y haciendo el gesto de “te llamo” con la mano. Habíamos entrado en otra dimensión y agarré la mano libre de mi esposo unos instantes, para comprobar que estábamos de acuerdo para avanzar en esta línea. Nuestros dedos se entrecruzaron, mientras Jess le besaba el cuello, él había cerrado los ojos. Era su punto débil y ella no iba a tardar en darse cuenta de ello dado que se había pegado a su cintura.
Sentí que Manuel agarraba mi cadera para pegarme más a él, su mano bajó sobre mi culo y me dijo a la oreja:
—Están a gusto, ¿no te parece? Tengo muchas ganas de besarte.
Le di un beso en la mejilla, todavía no estaba lista y sobre todo quería mirar un rato más cómo mi hombre se dejaba llevar por esta maravillosa rubia. Seguro que ya la tenía parada y que ella se acababa de dar cuenta de la sorpresa que llevaba debajo de su jean. Las cosquillas calientes de la arrechura empezaron a invadir mi entrepierna, se despertaba mi lado voyerista que me era tan difícil satisfacer.
—Vamos a pasar un buen momento los cuatro —le dije a Manuel que ya me amasaba la nalga con fuerza.
La soltó para pasar su mano debajo del top negro que llevaba y sentí su dedo acariciar uno de mis pezones. Me faltó el aire unos instantes por el arranque de morbo que me invadió el pecho. Me pegué a sus caderas y sentí su erección contra mi pubis.
—¿Ves cómo me pone eso? —me dijo.
Mi marido le estaba comiendo la boca a Jess y ya le estaba tocando claramente el culo. Me sorprendió que me hubiera adelantado, quién lo hubiera dicho, todavía me quedaban bastantes cosas que descubrir de él. Lo imité y busqué la boca de Manuel. Su barba negra era suave y sus labios carnosos, su lengua era ágil y fresca. Debía de ser un placer tenerla en la concha. Así nos quedamos los cuatros unos largos minutos, besándonos y bailando, hasta que Jess, con la mirada ardiente, se acercó para decirme:
—¿Te parece si vamos a nuestra casa para seguir la noche? Estaremos más cómodos…
Yo estaba completamente líquida, la situación me calentaba como nunca. La besé y nuestros esposos respectivos se apresuraron para buscar un Uber.
En el carro, Manuel iba delante con el chofer y mi marido estaba sentado entre Jess y yo. Cada una teníamos una mano sobre uno de sus muslos. A medida que nos acercábamos al destino, Jess subía su mano y yo la imitaba en la penumbra del asiento de atrás, de modo que, cuando se estacionó el carro delante de una linda casa de la periferia de Burdeos, mi hombre la tenía completamente parada. En el camino, nos habían comentado que eran arquitectos los dos y que eran ellos quienes habían imaginado su casa.
Entramos en un salón de paredes blancas, con sofás y sillones azul oscuro. En el piso, una alfombra gruesa y suave recibió nuestros pies descalzos. Nos habían invitado a quitarnos los zapatos al llegar y nos habíamos instalados en dos sofás que estaban uno frente al otro. Por inercia y tal vez algo de timidez al estar en su casa, me había sentado al lado de mi marido. Manuel sacó unas cervezas frías y las puso en la mesa baja que estaba en el medio.
—Tenemos vino, si prefieren, —dijo —pero por el calor pensé que unas cervezas…
—Yo por el calor pensé que te podías quitar la camisa, amor —lo cortó Jess. —Y tú también —le dijo a mi esposo.
La vida me daba otra ocasión de conocer a una reina, esta mujer estaba a la altura de la de Alejandro, con quién había tenido una aventura hace unos años y que a ustedes les había contado en “Una esposa modelo”. Mi hombre siempre había sido un animal amable y dócil, y se dejó llevar cuando ella se acercó, decidida a presionar el acelerador.
—¿Me lo prestas, querida?
—Por supuesto…
Mi acuerdo formulado, ella se puso a horcajadas por encima de él y empezó a besarlo mientras le empezaba a quitar la camiseta. Las cosas se descontrolaron en unos instantes. Vi a mi marido levantar el top de Jess para buscar sus tetas y se las llevó a la boca una tras otra como un muerto de hambre. Verlo así de arrecho, mamando este par de tetas pesadas me excitaba al máximo, más aún porque sabía que en este exacto momento, Jess sentía lo duro que la tenía.
Creo que me hubiera podido quedar justo a unos centímetros de ellos para mirar, sin ni siquiera tocarme por miedo de que un movimiento mío lo derrumbara todo. Estaba cumpliendo con una de mis más grandes perversiones, ver a mi esposo llenar a otra mujer con su hermosa verga, con mi bendición.
Manuel me hizo un gesto con la mano para que lo alcanzara en el otro sofá. Sin camisa, me di cuenta que acumulaba más puntos aún. Un pecho como me gustan, ancho, firme y con pelos oscuros.
—Se llevan muy bien ¿ves? Bienvenidos a nuestro mundo —me dijo, mientras me agarró suavemente la barbilla para besarme. —Parece que compartimos una afición común, Sandra.
—No lo sé, es la primera vez que nos pasa esto.
Su mano subió sobre mi muslo y paso debajo de mi falda, sus dedos apartaron mi calzón y pasaron entre mis labios empapados. Se los llevó a la boca.
—Humm, una delicia, se nota que te gusta lo que estás viendo. Soy como tú, un voyerista empedernido, pero asumido.
Manuel guió mi mano hacia su entrepierna. Apenas la toqué, que estuve con ganas de sacar la verga dura que la ocupaba.
—Si quieres, podemos disfrutar juntos tranquilamente aquí, viendo cómo se van a divertir mi esposa y tu marido, ¿te parece? Le contesté desabrochando su cinturón para buscar su sexo y empecé a masturbarlo. Manuel dejó escapar un suspiro y se acomodó para poder tocarme al mismo tiempo. Dos de sus dedos no tardaron en entrar en mi concha mientras Jess se había arrodillado para chupar a mi esposo. Nuestras miradas se encontraron.
Sería difícil describir lo que intercambiamos en este momento, pero creo que nunca nos habíamos mirado con tanto morbo el uno al otro. Escupí en la verga de Manuel para lubricarla y darle las sensaciones más placenteras, sentí que mis líquidos empezaban a chorrear hacia mi culo. Jess se levantó, besó a mi esposo y, le puso un condón que había sacado del bolsillo de su minifalda. Una reina, les digo. Sin quitarse más ropa que la que tenía arriba, se puso en cuatro en el sofá y miró a su Manuel mientras se levantaba la minifalda y apartaba su tanga blanca para invitar a mi esposo a penetrarla.
—Manu, ¿has visto cómo la tiene? —le dijo con una sonrisa golosa —¡Me la va a meter riquísimo, amor!
Manuel acertó con una sonrisa lúbrica y me besó de nuevo.
—¿Más dedos, Sandrita? Para lo que viene, creo que toca ¿no?
—Por favor…
Sentí que me estiraba la concha con cuatro dedos, me encantaba ser follada así y aceleré mis movimientos, apretándole la verga. Pese a parecer acostumbrado a este tipo de configuración, la gota de líquido que se había formado en su punta sugería que estaba a poco de explotar. Cerré los ojos al sentir que un último dedo se juntaba a los demás, hundiéndome en una nube cálida. Al volver a abrirlos, vi que mi esposo estaba empotrando a Jess como un loco, sus tetas se balanceaban como me lo había imaginado. Se frotaba el clítoris rápidamente y, a cada golpe, abría más las piernas.
—Qué rica es… —le dije a Manuel —que sublime puta es tu mujer.
—Eso quería, uy… eso…
Aceleré la paja que le regalaba y sentí que estaba llegando al orgasmo. Arrecho como nunca, mi esposo escupió en el ano de Jess y, sin dejar de follarla, le metió sus dos pulgares, sus manos agarrando las nalgas redondas. Ella se arqueó y le dijo que le diera más fuerte. Mi esposo obedeció y vi que él también estaba a punto de explotar. Fue una reacción en cadena. Manuel lanzo un gemido ronco y su semen brotó a chorros mientras miraba a su mujer que se corría con los ojos cerrados en un largo maullido de gata en celo.
Una ola gigantesca de placer me sumergió como nunca, con una sensación de riquísimo estiramiento. Mi esposo, que acababa de ver que Manuel había metido su mano entera en mi concha, se vino a su turno, con su más hermosa cara de placer. Estaba volando, se me salía una cantidad de líquido tan importante que pensé que me meaba. Había alcanzado un orgasmo espectacular, era una fuente.
La calma volvió en el salón. Manuel me abrazó y Jess hizo lo mismo con mi esposo, que no terminaba de aterrizar todavía.
—Les he arruinado el sofá, —dije enseñando la mancha húmeda en medio de la cual estaba sentada.
—Que no, querida, ¡jejeje! ¿Tú crees que arriesgaríamos el mobiliario con nuestros juegos? —me contestó Jess. —Son fundas que se lavan, están hechas para eso y no te preocupes, eso pasa cada fin de semana.
—Claro —siguió Manuel —y ahora que nos conocemos mejor, les podemos invitar a nuestra próxima fiesta en casa, conocerán a más gente, va a ser divertido.
Nos miramos con mi esposo y nos sonreímos. Obvio que queríamos participar en la próxima fiesta…
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