Madre e hija en el metro de Medellín

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T. Lectura: 4 min.

Era jueves por la tarde y el Metro de Medellín iba como siempre a reventar en la hora pico. Laura, 38 años, acababa de salir de la oficina: blusa blanca de botones semiabierta por el calor, falda lápiz negra ajustada que le marcaba el culo redondo y firme que seguía conservando gracias al gimnasio, tacones medianos y medias transparentes que le daban ese toque de ejecutiva puta sin querer serlo. A su lado iba su hija Camila, 19 años, recién salida de la universidad: jeans pitillo rotos en las rodillas, crop top blanco que dejaba ver el ombligo y el borde inferior de sus tetas medianas pero muy paradas, sin sostén porque “hoy hace calor, ma”. Las dos se pegaron como podían en el vagón que acababa de llegar a Poblado, empujadas por la marea de gente.

Laura se agarró del pasamanos de arriba con una mano, la otra la usó para sujetar a Camila por la cintura y no separarse. “Aguanta, mi amor, ya casi llegamos a Envigado”, le susurró al oído. Pero el tren arrancó con un tirón y las aplastó contra un muro de cuerpos sudorosos. Detrás de Laura quedó un tipo de unos 50, barrigón con aspecto de trabajar en alguna obra de construcción . Delante de Camila, un chavo de unos 25, alto, con gorra y mochila, que se hizo el distraído mirando el celular.

Al principio fue solo el roce inevitable. El tren se sacudía en las curvas y los cuerpos se pegaban. Laura sintió primero la presión en el culo: algo duro, caliente, que se acomodaba justo entre sus nalgas separadas por la falda tensa. Pensó que era la mochila de alguien, pero cuando el tren frenó en la siguiente estación y el tipo no se movió, se dio cuenta: era verga. Dura. Empujando. El hombre respiraba contra su nuca, y su mano “por accidente” rozó el muslo de ella .

Camila, al frente, sintió lo mismo pero más descarado. El chavo de la gorra había bajado la mano libre y la apoyó en la cadera de ella, como si se sostuviera. Luego, despacio, los dedos se deslizaron por el borde del crop top, rozando la piel del abdomen. Camila se tensó, miró a su mamá con ojos abiertos. Laura le apretó la cintura: “Tranquila, mucha gente es inevitable”. Pero su voz temblaba.

En la estación Industriales subió más gente. El vagón se convirtió en una lata de sardinas caliente. Ahora sí no había escapatoria. El barrigón detrás de Laura empujó más fuerte; la verga, gruesa y corta pero tiesa como piedra, se hundía entre las nalgas de ella a través de la falda. Laura sintió el calor subirle por el cuello. Intentó moverse, pero solo consiguió que la polla se acomodara mejor, rozando justo donde la raja empezaba. El tipo soltó un gruñido bajito y su mano subió por el muslo, metiéndose bajo la falda sin disimulo. Dedos gordos encontraron la tanga de encaje negro, la apartaron un poco y uno se coló entre los labios del coño ya húmedo por el sudor y… algo más.

Laura mordió el labio. “No… por favor”, pensó, pero no dijo nada. El dedo entró despacio, resbaloso. Ella se le escapó un gemidito ahogado que Camila oyó perfectamente. La hija la miró horrorizada… pero también con los ojos vidriosos. Porque al mismo tiempo, el chavo delante de ella había metido la mano por debajo del crop top. Agarró una teta entera, pellizcó el pezón duro y tiró suave. Camila jadeó, las piernas le temblaron. Intentó apartarse, pero el tipo la pegó más contra el pasamanos y bajó la otra mano al cierre del jean. Bajó el botón con un movimiento experto, metió los dedos dentro de la tanga y encontró el clítoris hinchado.

Madre e hija se miraron. Las dos rojas, respirando agitadas, los cuerpos traicionándolas. Laura sintió cómo el barrigón le metía dos dedos ahora, bombeando lento pero profundo, mientras con la otra mano le sobaba una nalga con saña, pellizcándola. El coño le chorreaba; la falda se estaba mojando por dentro. Camila, por su parte, tenía la mano del chavo dentro del jean, dedos frotando el clítoris en círculos rápidos, y otro dedo entrando en el coño apretado de virgen tardía. Ella se mordía el labio inferior, los ojos cerrados a ratos, abriéndolos para ver a su mamá siendo manoseada igual.

El tren entró en una curva larga. Todos se tambalearon. El barrigón aprovechó para bajar el cierre de su pantalón. Sacó la verga. La pegó contra la falda de Laura, entre las nalgas, y empujó hacia arriba. La tela se metió en la raja. Laura sintió la cabeza caliente rozándole el ojete por encima de la tanga. “Dios… no”, murmuró, pero arqueó la espalda un poquito sin querer. El tipo gruñó y empujó más; la verga se coló bajo la falda, apartó la tanga y la punta entró en el coño empapado de un solo empujón seco.

Laura soltó un grito corto que se ahogó en el ruido del tren. La verga gruesa la abrió entera, llenándola hasta el fondo. El barrigón empezó a bombear despacio, disimulado por los vaivenes del vagón. Cada embestida le hacía rebotar las tetas dentro de la blusa; los botones amenazaban con saltar. Al lado, Camila vio todo: cómo la polla entraba y salía de su mamá, cómo el semen precursor brillaba en los muslos morenos. Y eso la encendió más.

El chavo delante de ella bajó más el jean, sacó su verga larga y delgada, la frotó contra el culo de Camila por encima de la tela, luego metió la mano atrás y le bajó el jean hasta medio muslo. La tanga rosa quedó a la vista, empapada. Metió la verga entre las nalgas, rozando el ojete, y empujó hacia abajo hasta que la cabeza se coló en el coño.

Camila gimió fuerte, se tapó la boca con la mano. Su mamá la miró, los ojos vidriosos de placer y vergüenza. “Ma… “, susurró. Laura, mientras la follaban por detrás con embestidas cada vez más rápidas, estiró la mano y agarró la de su hija. “Aguanta… ya casi llegamos…”. El barrigón aceleró, gruñendo como animal. Le agarró las tetas por encima de la blusa, las estrujó con fuerza, rompió un botón. Las tetas grandes saltaron libres, pezones duros y oscuros. Los pellizcó mientras la empalaba.

El chavo de Camila hizo lo mismo: le subió el crop top, dejó las tetas al aire, las chupó una mientras la follaba por detrás. Camila se corrió primero: un orgasmo violento, las piernas temblando, el coño apretando la verga extraña. Chorros calientes le mojaron los muslos. El tipo no aguantó: empujó hasta el fondo y se corrió dentro, llenándola de leche espesa que empezó a gotear por las piernas.

Laura lo sintió todo: los gemidos de su hija, el semen chorreando, y eso la llevó al límite. El barrigón le dio tres embestidas brutales más, gruñó ronco y se vació dentro del coño de ella. Chorros calientes, abundantes, desbordando la tanga y bajando por las medias. Laura se corrió en silencio, el cuerpo convulsionando, apretando la mano de Camila con fuerza.

Cuando el tren llegó a Envigado, las dos bajaron tambaleantes, las faldas arrugadas, las blusas abiertas, semen goteando por los muslos, las tetas medio fuera. El barrigón y el chavo se quedaron atrás, sonriendo satisfechos, limpiándose las vergas en los pantalones.

Madre e hija caminaron en silencio hacia la salida, pegadas la una a la otra. Al llegar a casa, Laura cerró la puerta con llave, miró a Camila con los ojos todavía nublados de lujuria.

“Mi amor… ¿estás bien?”

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