Me vengo del padre de mi mejor amiga por abusar de mí

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Me vengo del padre de mi mejor amiga por abusar de mí
Me vengo del padre de mi mejor amiga por abusar de mí
T. Lectura: 13 min.
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Relato

El día que el padre de mi mejor amiga abusó de mí, quedó grabado para siempre en mi mente. Aquel incidente despertó en mí una obsesión por vengarme de él. No me forzó en un sentido literal; me engañó para follarme el coño y darme por el culo sin que yo supiera que era él.

Por razones que no alcanzo a comprender, resultó ser amigo de Paco, un cuarentón que me dobla la edad, pero también el semental más impresionante con el que he follado. Desde el primer encuentro, mi obsesión por Paco creció hasta convertirse en una adicción, en una necesidad imperiosa de entregarme a él por completo. Ejercía sobre mí una influencia tan poderosa que me impuso una condición: cada vez que acudiera en busca de sexo, debía suplicárselo.

El caso es que Paco no es nada del otro mundo comparado conmigo. No busco romance con él, solo su enorme polla y el sexo más salvaje que nadie, ni siquiera mi novio, puede darme. Por eso no me importa rebajarme hasta límites que antes me habrían parecido inimaginables: someterme al ritual de rogarle que me joda, que haga conmigo lo que quiera hasta dejarme exhausta.

Hace tres semanas, debido a esa posición de dominio absoluto y al miedo a contrariarlo y que me mandara a la mierda, acepté su capricho más extremo: dejar que dos de sus colegas me follaran. Me los presentó como socios de negocios. Estaba tan confusa y asustada que no sospeché nada cuando dijo que llevarían antifaces, alegando que eran casados y no querían asumir riesgos.

Cuando todo terminó —tras haberme follado por el coño y por el culo—, regresé a recoger mi móvil olvidado. Fue entonces cuando los oí jactarse de su hazaña. Uno de ellos, en particular, presumía de ser el padre de Ana, mi mejor amiga. Confesó a los otros que siempre había estado obsesionado con mi culo y que había orquestado toda la farsa para satisfacer su deseo de sodomizarme. En eso consistió exactamente el abuso: engañarme aprovechando la influencia que Paco ejerce sobre mí para dominarme y hacerme rendir a sus caprichos.

Después de aquello, cada día fue una tortura. La obsesión por vengarme crecía sin cesar, pero sin que Ana sufriera las consecuencias de la vileza de su padre, a quien ella tiene en un pedestal.

Hace dos semanas, recordando cómo se había jactado del engaño y convencido de que volvería a intentarlo con cualquier artimaña, incluso en su propia casa, vi la luz. Encontré el modo perfecto de ejecutar mi venganza: actuar en su propio terreno, poniéndoselo fácil, pero de forma inocente y progresiva para no levantar sospechas.

Primera fase: la seducción.

Un lunes, después del almuerzo, fui con Ana y sus padres a la playa. Mi amiga y yo jugamos un rato con las raquetas. De cuando en cuando le devolvía la pelota con fuerza y en direcciones impredecibles, obligándola a correr de un lado a otro. En media hora la tenía exhausta, jadeando, con la lengua fuera. Al final se rindió: tiró la raqueta contra la arena, malhumorada, soltando algún taco, y se fue directa a bañarse.

Recogí la raqueta y me acerqué a sus padres, Juanma e Inés, que estaban resguardados bajo la sombrilla.

—Juanma, Ana tiene muy poco aguante —le dije mientras le ofrecía la raqueta de su hija—. Seguro que tú aguantas más. ¿Te animas a jugar conmigo?

—Juega con la niña —intervino Inés sin levantar la vista del libro—. Un poco de ejercicio te vendrá bien.

—Vamos, anciano —añadí en tono burlón, tendiéndole la mano para ayudarlo a levantarse.

Llevaba un bikini diminuto y exageraba cada movimiento al devolver la pelota: arqueaba la espalda o saltaba más de lo necesario para que mis pechos rebotaran apenas contenidos por la tela. De vez en cuando dejaba que la pelota pasara por encima y me agachaba a recogerla con el torso inclinado, las piernas rectas y ligeramente abiertas, ofreciéndole una vista descarada de mi culo. Varias veces lo pillé ajustándose la entrepierna; fingí no darme cuenta, hacerme la inocente.

Repetí el ritual de seducción durante los dos días siguientes: unas veces con el mismo juego, otras de formas aparentemente inocentes, pero igual de provocadoras. No le daba tregua; lo mantenía en un estado de erección permanente, aunque aún no había logrado quedarme a solas con él para asestar el golpe definitivo.

El jueves tuve más suerte. A media tarde, Ana y su madre se encontraron con unas conocidas y decidieron ir al chiringuito a tomar algo. Yo rechacé la invitación, alegando que no me apetecía, que prefería darme un baño.

—No voy con ellas porque prefiero quedarme contigo —le dije a Juanma en cuanto se alejaron. Me senté frente a él en la arena, con las rodillas separadas y los pies cruzados—. Quiero hablar de algo contigo, algo que no me atrevo a contarle ni a mis padres ni a Ana.

—Cuenta con mi absoluta discreción —respondió él.

Me ajusté el sujetador del bikini; sus ojos se clavaron de inmediato en mis tetas, y en los pezones endurecidos bajo la tela. Luego ajusté suavemente la braguita en la entrepierna, y su mirada bajó hasta el bulto de mi vulva.

—Ya sabes que tengo novio —empecé, mirándolo fijamente a los ojos—. Con Sergio todo va bien y me satisface en la cama, pero…

Hice una pausa dramática. Funcionó: su curiosidad era evidente.

—Dime, Laura, no te cortes —me animó, haciendo un gesto con la mano.

Suspiré, como si me costara continuar.

—El caso es que hace un tiempo conocí a un hombre que me dobla la edad y… me lie con él. No sé qué demonios me pasó por la cabeza, pero caí. Ahora estoy hecha un lío: me lo hace tan bien que se ha convertido en una obsesión. Y lo que más me preocupa es que… ¡Joder! No sé si debería contarte esto.

Volví a hacerme de rogar. Él insistió, y fui directa al grano.

—Como tú tienes más o menos su edad, ¿qué opinas de que una chica de veintidós años como yo se enrede con un hombre maduro?

Juanma se quedó mudo un instante, ojiplático. Sabía perfectamente de quién hablaba, pero fingió sorpresa.

—No es lo más común —respondió en voz baja—, pero pasa. No le veo nada malo siempre que sea voluntario y responsable.

—No sé si lo tengo bajo control —repliqué, poniendo cara de niña perdida—. Desde que jodo con él, miro de otra forma a los hombres de vuestra edad. Incluso prefiero pasar tiempo con tu familia para estar cerca de ti. Y no te lo tomes a mal, pero ahora te veo distinto: menos como el padre de Ana y más como un hombre atractivo, de los que me ponen.

Juanma sonrió de oreja a oreja, me tomó las manos y habló con tono paternal.

—Mira, pequeña, a vuestra edad es normal fijarse en hombres mayores: un profesor, el jefe, incluso el padre de una amiga. Buscáis experiencia, madurez, algo que los chicos de vuestra edad no suelen tener.

Solté una risita traviesa, aparté las manos y bajé la mirada, fingiendo vergüenza.

—Entiendo. Pero también pasa al revés: los hombres mayores se prendan de chicas mucho más jóvenes. Y a algunas nos excita cómo nos miran. A mí me gusta cuando me miras, como estos días… o como ahora.

De repente, como si me arrepintiera de haber hablado más de la cuenta, me levanté de golpe.

—Lo siento, Juanma. No debí decirte eso —murmuré, y salí corriendo hacia el mar, contoneando las caderas con exageración.

Regresé cuando Ana y su madre ya habían vuelto. Lo que había pasado entre su padre y yo quedó suspendido en el aire, cargado de tensión.

Segunda fase: el asedio.

El viernes por la tarde, sobre las ocho, me planté frente al edificio donde viven. Parada en la acera, apreté los dientes y los puños para armarme de valor. Respiré hondo, crucé la calle, pulsé el portero automático y esperé. Al poco escuché su voz por el interfono, preguntando quién llamaba.

—Juanma, soy yo, Laura —respondí con tono inocente—. ¿Ana está en casa?

—Laurita, menuda sorpresa. Ella y su madre han ido a cenar y luego al cine. No me digas que se le olvidó avisarte.

Yo sabía perfectamente que Ana y su madre estarían fuera hasta tarde, y que a él no le gusta el cine. Por eso había elegido ese momento.

—Tienes toda la razón, y no sé dónde tengo la cabeza. Perdona por la molestia, pero pasaba por aquí y estoy en un pequeño apuro.

—¿Qué es eso de que estás en un apuro? —preguntó, ahora con preocupación—. Sube y me cuentas, a ver si puedo ayudarte.

La puerta se abrió. En el interior del portal, saqué del bolso un botecito de pintura roja y me salpiqué generosamente los vaqueros y la camiseta. Era pintura lavable para niños, fácil de quitar. Subí en el ascensor hasta el octavo. Cuando se abrió la puerta, él ya esperaba en el rellano.

—Antes de nada, no te asustes porque no es sangre —le dije con cara de circunstancia—. Solo pintura. Siento la intromisión, pero necesito lavarla antes de que se seque. Salía de la zapatería de abajo, buscando unos zapatos que me recomendó Ana, pero no los tenían… y de pronto algo estalló contra la pared y me salpicó. Ha debido ser un globo lleno de pintura, de esos que tiran los gamberros a la gente para joder. Lo peor es que, del susto, me caí de culo y me duele la nalga derecha.

—Llegará un día en que no podremos ni salir a la calle —refunfuñó—. En mis tiempos solo eran globos de agua.

Me invitó a pasar, colgué el bolso en el perchero de la entrada y me dirigí cojeando ligeramente al baño del fondo del pasillo. Dejé la puerta entreabierta a propósito. Me quité los vaqueros, la camiseta y el sujetador, los dejé en el lavabo y abrí el grifo. Mientras frotaba la camiseta, coloqué con disimulo el pequeño espejo de mano de Ana —el que usa para verse la nuca cuando se peina— de modo que reflejara la puerta. Al fondo del pasillo, asomando la cabeza desde el salón, Juanma observaba sin perder detalle. Sonreí para mis adentros: el pez había picado.

Cuando terminé de lavar las manchas, miré de reojo el espejo: seguía allí, espiando como un pervertido. Colgué la ropa mojada en la mampara de la ducha y me envolví en una toalla de baño, de los pechos a medio muslo. Al salir, él ya no estaba en el pasillo; lo encontré sentado en uno de los sillones del salón, fingiendo leer el periódico.

—Perdona las pintas —dije mientras me sentaba de medio lado en el sofá de enfrente—. La ropa está empapada y la he puesto a secar. Espero que se seque antes de que vuelvan Ana e Inés. No quiero ni imaginar qué pensarían si nos encuentran así.

Juanma soltó una risa breve, casi nerviosa.

—La sesión es a las once. No volverán antes de la una —aseguró. Se levantó, fue a la cocina y regresó con un vaso de agua y una pastilla—. Ibuprofeno, para el dolor. Y tengo una pomada milagrosa para contusiones.

Me pilló desprevenida con lo de las contusiones, pero reaccioné rápido, recordando que le había dicho que me dolía la nalga.

—¿Te importa ponérmela tú? —pregunté con voz de niña—. Si suelto la toalla para hacerlo yo, se me caerá al suelo.

Asintió sin palabras, me puse en pie de lado, él se arrodilló, se echó una cantidad generosa en la mano, levanté la toalla lo justo para dejar al descubierto mi nalga izquierda y empezó a extender la crema.

—Aprieta más para que penetre bien —le pedí en un susurro.

Apretó tanto que ya no era un masaje, sino un magreo descarado. Yo soltaba pequeños gemidos, fingiendo dolor. De pronto se detuvo y estrujó la otra nalga sin pedir permiso.

—Solo era una —protesté suavemente.

Juanma se incorporó de golpe, me miró fijamente a los ojos y dijo con voz ronca y una mezcla de indignación y deseo:

—Eres una buscona. Antes dijiste que te dolía la nalga derecha… y me has ofrecido la izquierda. Además, te duele la que no es, y no te duele la que supuestamente sí.

Retrocedí un paso, puse cara de ángel inocente y confesé:

—Tienes toda la razón, Juanma. Todo ha sido una farsa. Solo quería estar a solas contigo y no se me ocurrió nada menos evidente. Recuerda lo que te dije ayer en la playa: he descubierto que me vuelven loca los hombres mayores… y tú me gustas mucho, aunque seas el padre de mi mejor amiga. No puedo evitarlo. Anoche no pegué ojo, excitada, recordando cómo me mirabas. Esta mañana, al despertar, se me ocurrió esta tontería para quitármelo de la cabeza. Pero tranquilo, ya me voy.

Me giré hacia el pasillo para recoger la ropa. Entonces me agarró del codo y me detuvo.

—¿Es cierto todo lo que dices? —preguntó, suavizando la voz hasta hacerla casi un susurro.

—Puedes creerlo o no, pero es cierto —respondí. Di un paso atrás, solté la mano con que sujetaba la toalla y la dejé caer a mis pies—. ¿Te parece que no voy en serio?

Me devoró con ojos de depredador: la braguita blanca de encaje casi transparente, los pechos desnudos, los pezones duros, mis labios entreabiertos mientras respiraba agitada, como si me faltara el aire, como si el deseo me quemara por dentro.

—No te vayas, por favor —suplicó con la voz quebrada—. No tienes idea de las veces que he fantaseado con esto.

Se acercó para besarme en la boca, pero lo frené poniendo las palmas contra su pecho.

—Si va a pasar algo —le advertí—, no quiero que sea romántico. Quiero que sea sucio. Solo esta vez si tú quieres. Solo para sacarme esta espina.

Tomé su mano derecha y la coloqué sobre mi pecho izquierdo.

—¿Notas cómo me late el corazón? —susurré, mirándolo en plan zorra.

Deslicé su mano por ambos pechos, gimiendo bajito al sentir la aspereza de su palma. Luego solté su mano y él continuó solo, apretando, explorando. Incliné la cabeza hacia atrás y gemí sin control cuando pellizcó deliciosamente mis pezones.

—Joder, cómo me pones —murmuré entre jadeos—. Es exactamente como lo imaginaba.

De pronto me hizo girar, me abrazó por la cintura desde atrás y se pegó a mi espalda. Su aliento caliente rozó mi nuca.

—Eres una buscona… pero me encanta —gruñó en mi oído, apretándose más contra mí.

Sentí la dureza de su polla contra mi culo y solté un gemido largo. Cuando sus dedos se colaron bajo la goma de la braguita para bajarla, lo detuve.

—Espera… necesito ir al baño. Me meo de los nervios.

Desaparecí un par de minutos. Al volver, me coloqué de nuevo dándole la espalda y le di luz verde.

—Quítamela ahora, pero muy despacito.

Obedeció al instante, se sacó la polla y la colocó en el canal entre mis nalgas.

—Me gusta el sexo vaginal —suspiré contra su cuello—, pero prefiero el anal. ¿Tu mujer se deja por ahí?

—No hablemos ahora de Inés —resopló como un búfalo, acelerando el roce de su polla entre mis nalgas.

—Conforme —murmuré—. Pero al menos fóllame en la cama conyugal. Si vas a ponerle los cuernos, que sea a lo grande.

Me tomó de la mano y tiró de mí con urgencia hacia el dormitorio. Me detuve a los pies de la cama mientras él se desnudaba a toda prisa. Cuando liberó su verga, la reconocí al instante: tan gruesa y majestuosa como la recordaba. Le pregunté si quería que se la chupara, pero él no estaba para preliminares.

Me empujó suavemente por los hombros y caí de espaldas sobre el colchón. Poseído por un demonio lujurioso, me agarró de las caderas, me arrastró hasta el borde y colocó mi culo justo al límite. Apoyó la punta en mi entrada y me penetró el coño de un solo empujón brutal.

Antes de que empezara a moverse, alcé la vista.

—¿Solo follas con tu mujer? —pregunté con voz ronca—. Porque si no es así, sin goma no sigues.

—Solo con ella —afirmó el muy canalla.

Me mordí la lengua para no desenmascararlo allí mismo.

Y entonces empezó a follarme con una desesperación animal: rodilla izquierda en la cama, pie derecho en el suelo, abriéndome las piernas al máximo, inclinado para clavármela hasta el fondo. Yo me abandonaba por completo: brazos extendidos por encima de la cabeza, tetas aplastadas contra el pecho, pezones duros apuntando al techo, gimiendo sin control, suplicando como una puta que me llevara al orgasmo.

No aflojó ni un segundo. Jadeaba cada vez que hundía la polla, gruñía al retirarla, una y otra vez, cada vez más salvaje animado por mis gemidos y mis ruegos, viendo cómo mis tetas se agitaban, blasfemando, acordándose de la madre que lo parió.

Apenas cinco minutos bastaron. Me corrí como una primeriza, entre gritos y sollozos, las paredes del coño contrayéndose alrededor de él, implorando que no parara.

—Yo tenía razón —jadeé, mirándolo a los ojos mientras él seguía embistiendo, y yo recuperaba poco a poco el aliento—. Los hombres mayores folláis mejor que los niñatos. Lo hacéis como si fuera la última vez.

—Después de unos años de matrimonio —respondió entre resuellos—, las mujeres, al menos la mía, se acomodan y nos cierran el grifo.

—No me digas que eres un marido insatisfecho —reí provocadora, apretándolo con el coño—. Yo no seré de esas cuando me case. Me gusta tanto follar que nunca diré que no. Cuantas más veces al día, mejor.

—Entonces eres una rareza —gruñó con un último envite profundo que me arrancó un grito—. Una buscona de cuidado… a la que ahora voy a partir el culo.

Sin decir más, me agarró con fuerza, me obligó a arrodillarme en el suelo y empujó mi torso hasta aplastar mis pechos contra el colchón. Impaciente, me abrió las nalgas con las manos, colocó el glande hinchado en mi ano y entró despacio, inexorable, hasta que sus pelotas chocaron contra mi coño empapado.

—Lo que más me pone es dar por el culo a una hembra como tú —gruñó mientras comenzaba a moverse dentro de mí—. Inés se deja, pero solo de Pascuas a Ramos, cuando ha bebido lo suficiente para soltarse. Y aun así, solo la puntita, unos segundos… Es más frustrante que si me lo negara del todo.

Me importaba una mierda lo que hiciera o no su mujer. En ese momento solo existía su polla abriéndome el culo, llenándome, poseyéndome. Y lo hacía mucho mejor que la primera vez: con rabia, cogiéndome las muñecas, tirando hacia atrás como si mis brazos fueran las riendas de una yegua, arqueándome la espalda, dominándome por completo. Entraba y salía con furia, arrancándome alaridos de placer.

En el punto más alto, cuando el placer se volvía insoportable, le supliqué que me soltara las manos: necesitaba tocarme el clítoris, correrme otra vez. Pero no cedió. Le excitaba someterme, negarme incluso eso. Me costó, pero acabé corriéndome de puro anal: un orgasmo lento, profundo, que me sacudió entera tras diez minutos interminables de sodomía salvaje.

Justo entonces, Juanma se tensó, jadeó como si fuera a exhalar el último aliento y se derramó dentro de mí: chorros calientes, abundantes, inundándome el recto.

—Ahora chúpamela —ordenó tras sacarla, incorporándome por las axilas y sentándome en el borde de la cama.

—Eso ni lo sueñes —respondí con frialdad—. No pienso meter en la boca lo que has metido en mi culo.

Lo aparté de un empujón, me levanté y me apoyé en el tocador fingiendo un traspié. Cogí un objeto, lo encerré en el puño, fui al salón, me puse la braguita, regresé por el pasillo sin mirarlo siquiera y me encerré en el baño.

—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? —preguntó desde el otro lado de la puerta mientras yo me vestía con la ropa todavía húmeda.

—Ya hemos follado —le dije al salir, con voz seca—. No pretendas que esto se convierta en una aventura. Lo último que quiero es tenerte como amante.

Caminé decidida hacia la entrada, cogí mi bolso y salí dando un portazo que retumbó en todo el rellano, dejándolo con la palabra en la boca.

El fin de semana no fui con ellos a la playa, pero seguí quedando con Ana como si nada hubiera pasado. El lunes me autoinvité a cenar en su casa. Cuando entré del brazo de mi amiga, Juanma palideció al verme. Lo saludé con la misma familiaridad de siempre, y él entendió que, por ahora, nuestro secreto estaba a salvo.

Fue después de la cena cuando puse en marcha la tercera fase: el golpe de gracia.

—Vamos a la cocina a preparar café —dijo Ana.

—Ve tú con Inés —respondí—. Quiero que tu padre me enseñe la última mariposa que ha añadido a su colección.

La excusa era perfecta: a mi amiga le daban pánico las mariposas disecadas y a su madre asco. Al pedirlo delante de ellas, Juanma no pudo negarse.

Apenas entramos en el despacho, cerré la puerta, me planté frente a él, y con una sonrisa dulce solté:

—Me debes cuatrocientos euros.

—¿Por qué te debo cuatrocientos euros? —preguntó, creyendo que bromeaba.

—Doscientos por el viernes, cuando me follaste en el dormitorio conyugal, y doscientos por aquella vez en el reservado del bar de Paco.

Su rostro se desencajó. Fue una imagen para enmarcar.

—No sé de qué me hablas, ni quién es ese Paco —balbuceó.

—No te servirá hacerte el tonto —dije con calma—. Os escuché en la oficina cuando volví a recoger mi móvil olvidado. Fuiste el más hijo de puta de los tres: no solo por follarme con engaños, sino por planearlo y presumir de ello, de haberte follado a la mejor amiga de tu hija, alguien a quien deberías haber respetado por encima de todo.

Abrí una carpeta en mi teléfono y le envié un vídeo por WhatsApp. Aparecíamos los dos follando como animales en su propia cama. Juanma no entendía cómo lo había grabado, ya que iba desnuda y no llevaba el móvil encima. Sin piedad, le expliqué:

—Compré un bolígrafo espía con cámara integrada. Lo dejé ayer en el dormitorio de Ana. Cuando fui a mear, lo recogí y lo coloqué en tu habitación, enfocado a la cama. Por eso insistí tanto en follar allí.

—Eres una buscona, ya lo decía yo —escupió con rabia.

—Y tú un mal padre, un peor marido y un cabrón de campeonato —repliqué sin inmutarme—. Pero pensaste que te iba a salir gratis. Ahora mismo me vas a dar por el culo.

Me subí la minifalda, bajé la braguita hasta medio muslo y me incliné sobre su escritorio, apoyada en las manos, ofreciéndole el culo. Giré la cabeza para ver su cara.

—Lo harás siempre que yo lo exija, y pagarás doscientos euros por sesión. Solo por el culo: me da asco que me la metas en el coño después de lo que hiciste. Tu mujer y tu hija no sabrán nada… por mi parte. Pero tú no quieres que este vídeo llegue al banco donde trabajas, menos ahora que te han nombrado director de sucursal. Imagina el escándalo si sale a la luz que has follado con una cría inocente como yo.

Intentó subirme la braguita y suplicó que parara con aquello. Amenacé con gritar hasta que acudieran Ana e Inés. Vaciló unos segundos eternos, pero cedió. Me sodomizó allí mismo, tapándome la boca con la mano para ahogar mis gemidos de placer, hasta correrse dentro de mi recto.

—Ahora quiero que me hagas un Bizum de seiscientos euros. Lo de hoy también cuenta —exigí antes de ir al baño a evacuar su esperma, apretando el culo para manchar la braga lo menos posible.

Tomamos el café todos juntos como si nada. Sus miradas asesinas solo me hicieron sonreír.

Unos días después, el jueves por la mañana, me presenté en su sucursal. Le dije a la comercial que quería ver a don Juan Manuel, el director, que era amiga de su hija y era urgente. Me dejó pasar sin anunciarme. Cuando entré y cerré la puerta, volvió a palidecer.

Rodeé su mesa, me subí la minifalda, bajé las bragas y me puse en pompa.

—Necesito doscientos euros más —anuncié—. Ya sabes lo que toca si no quieres un escándalo.

Inmediatamente descolgó el teléfono y ordenó que nadie lo molestara: estaba tratando un asunto confidencial de máxima importancia.

Y me dio por el culo. Vaya si lo hizo.

En esta ocasión iba mejor preparada. En cuanto eyaculó dentro de mí, saqué una compresa del bolso y me la coloqué para no manchar la braguita. Acto seguido envió el Bizum correspondiente y me marché la mar de feliz.

La moraleja del cuento es que Juanma me trató como a una puta, y como tal me comporté, cobrando por los servicios prestados igual que una profesional.

Sin embargo, no pienso convertir esto en una costumbre. Solo jugaré con él una temporadita, lo justo para permitirme algún capricho de vez en cuando. Por supuesto, jamás he considerado en serio enviar el vídeo a nadie. Por nada del mundo perjudicaría a mi amiga y a su madre.

Pero, mientras crea que soy capaz de hacerlo, seguiré exprimiéndolo gota a gota porque se lo puede permitir.

Respecto a Paco, he decidido no volver por su bar. Me sigue motivando joder con él, pero no a costa de perder la dignidad. Si quiere algo conmigo, que me lo pida él, eso sí, pagando el mismo precio que Juanma. De ahora en adelante, mi caché serán doscientos euros para quienes tengan posibles.

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4 COMENTARIOS

  1. Excelente relato. Todos y cada uno de ellos son buenos. Y la secuencia es muy buena. Gracias por tus relatos. Ya casi me voy a Argentina a buscarte. Jajaja. Besos. Feliz año.

    • Gracias, Luis. Aclaro que no soy de Argentina, sino de Tarragona, España. Gracias por comentar. Me alegra que te haya gustado. Feliz año.

  2. Sigo tus relatos desde el primero y este es el mejor de todos pero pena no publiques mas seguido. Me la ha puesto dura.

    • Gracias por tu comentario As de picas. Publico cuando puedo porque me gusta que mis relatos estén lo mejor posible. Feliz año y besos.

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