Mi hermano y mi novio nos follan a mi prima y a mí por turnos

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Mi hermano y mi novio nos follan a mi prima y a mí
Mi hermano y mi novio nos follan a mi prima y a mí
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Relato

La llegada de Lupe, mi prima de Veracruz, fue como un viento ardiente que avivó las brasas del deseo que nos consumían a mi hermano Álex y a mí. Su cuerpo, pleno y vibrante, entró en la casa como un regalo que el destino nos ofrecía. Entre los dos la sedujimos con la lentitud calculada de quienes ya conocen el abismo del placer compartido, y nos entregamos a un trío salvaje y perfecto que, lejos de saciarnos, abrió en nosotros un hambre más profunda, más oscura.

Ese mismo día, después de la cena, Lupe y yo propusimos a mi hermano repetir. La necesidad de volver a tenerlo entre las piernas era insoportable. Pero hacerlo en casa estando mis padres era imposible. Entonces propuse ir a casa de Sergio, mi novio, y que nos jodieran bien jodidas entre los dos.

Lupe se estremeció. Sus ojos oscuros se abrieron con una mezcla de sorpresa y fascinación, preguntando, casi sin aliento, si yo estaba realmente dispuesta a compartir a mi novio con ella.

Entre risas suaves, casi crueles, le expliqué que nuestra relación no conocía cerraduras. Que Sergio y yo manteníamos una relación abierta, que el placer de uno era el placer del otro, y que tenía en su casa una modesta mazmorra donde las dos pasaríamos una noche inolvidable.

—Suena intenso —murmuró ella, buscando la mirada de Álex—. ¿Tú qué dices, primo?

Mi hermano se pasó la mano por la barbilla, fingiendo deliberar. Solo yo podía reconocer el fuego que ardía en sus ojos.

—Mientras vuelva a follaros otra vez a las dos, me apunto —dijo al fin, con esa risa grave que siempre me humedece.

Lupe y yo asentimos, y sin tiempo que perder llamé a Sergio por teléfono.

—Hemos tenido suerte —aseguré—. Le he pillado justo cuando se iba a dormir. Dice que también se apunta.

—Me da pena quitarle tiempo de sueño —se lamentó Lupe.

—No te preocupes, Sergio es un encanto y tan morboso como nosotros. Ya verás como enseguida te sientes cómoda con él.

Lupe se mordió el labio inferior, nerviosa, pero su respiración se había vuelto más agitada, más ansiosa.

Fuimos en el coche de mi madre, riendo como criaturas que se lanzan al pecado por primera vez. En cuanto Sergio abrió la puerta y le presenté a Lupe, desaparecieron las formalidades. La atrajo contra él con brusquedad posesiva y hundió la boca en la de ella. Un beso profundo, húmedo, devorador. Sus manos bajaron hasta sus nalgas, apretándolas y separándolas bajo la tela fina de la minifalda.

—Laura no me había dicho que estuvieras tan rica —murmuró contra sus labios, amasando su culo con ambas manos—. Ni que tuvieras un culo tan perfecto. Me muero por follártelo.

—Veo que no te andas por las ramas —dijo ella, palpándole la verga por encima del pantalón—. Por lo que puedo notar, estás bien armado y no sé yo si mi pequeño orificio la tolerará.

Me acerqué por detrás de ella, rodeándola con los brazos, y tomé sus pechos entre mis manos mientras Sergio deslizaba los dedos bajo la minifalda, buscando directamente la carne caliente y ya mojada. Lupe gimió, un sonido largo y ronco que llenó el ambiente.

—Quiero que la folles como me follas a mí —susurré al oído de Sergio, mordiéndole el lóbulo—. Quiero verla rota de placer.

Sergio rio bajito, complacido por mi entrega. Sus dedos entraban y salían del coño de Lupe con lentitud deliberada, curvándose justo donde sabían provocarle el mayor tormento. Ella se arqueaba, perdida, y exigió con voz entrecortada:

—Dejaos de charla y vamos al grano.

—¿Quieres pasar al siguiente nivel? —preguntó Sergio con esa autoridad tranquila que siempre me doblega.

—Llévame donde quieras —suspiró Lupe.

Me aparté de ellos y besé a mi hermano con una intensidad que reflejaba el incendio que crecía dentro de mí. Por el rabillo del ojo vi cómo Sergio manoseaba los pechos de nuestra prima. Lupe, incapaz de contenerse más, deslizó la mano hacia su bragueta. Con un movimiento rápido y felino, abrió el cierre y liberó su erección. Sergio dejó escapar un suspiro grave al sentir cómo ella se arrodillaba y sus labios carnosos rozaban la punta de su polla.

Cada movimiento de Lupe estaba cargado de intención. Sus labios se cerraron alrededor del glande, succionando con una intensidad provocadora mientras su lengua trazaba círculos rápidos y húmedos. No duró más de un minuto, pero fue suficiente para arrancarle gemidos bajos a Sergio, cuya mano se enredó en el cabello ondulado de ella, guiándola con suavidad. Lupe alzó la vista, cruzó su mirada con la de él y, con una sonrisa traviesa, se apartó, dejando su miembro palpitante y una promesa silenciosa flotando en el aire.

—Esto es solo un adelanto —susurró, relamiéndose como una zorra.

—Joder, primita, presiento que nos vas a destrozar —dijo Álex, admirado.

Sergio, recuperando el control, se ajustó los pantalones con una sonrisa que prometía dulces represalias.

Tomé a Lupe de la mano y la guie escaleras abajo hacia el sótano, con Sergio y Álex justo detrás. El aire se volvió más fresco y denso. El aroma a cuero y madera vieja nos envolvió al cruzar el umbral de la mazmorra.

La sala, iluminada por luces tenues, era un templo dedicado al placer. Sergio tomó a Lupe por la cintura y la llevó al centro, donde cada aparato parecía susurrar promesas de éxtasis.

—Bienvenida a mi santuario —dijo Sergio con tono orgulloso y provocador—. ¿Por dónde te gustaría empezar?

Mi prima, desde su posición, echó un vistazo a todos los artilugios con fingida inocencia. Sus ojos se detuvieron a su derecha.

—Me llaman la atención esos dos maderos cruzados… aunque no tengo ni idea de para qué sirven —dijo con voz melosa.

Por supuesto que lo sabía. Cualquiera reconoce una cruz de San Andrés a primera vista. La muy golfa se hacía la ingenua solo para provocarlos. Sergio sonrió con complicidad y sin decir una palabra la colocó frente a la estructura. Entre él y Álex le alzaron los brazos y le sujetaron las muñecas con los gruesos amarres de cuero.

—Imagino que ahora me daréis unos latigazos —dijo Lupe entre risitas.

—Nos está provocando —murmuró mi hermano.

Sergio asintió, se puso en cuclillas, subió la minifalda de Lupe hasta la cintura, le bajó las bragas y se las quitó por completo. La tela blanca quedó colgando de uno de sus tobillos.

—Nos vamos a divertir mucho —afirmó Sergio con sonrisa lobuna, mirando a mi hermano—. Esta golfilla lo está pidiendo a gritos. Amárrale ese pie.

Entre los dos le abrieron las piernas y aseguraron sus tobillos, dejándola completamente expuesta y abierta.

—Realmente tiene un culo espectacular, amigo Álex —comentó Sergio, pasando la mano con codicia por las nalgas—. ¿Ya lo has probado?

Álex soltó una carcajada grave.

—Esta tarde me las he follado a las dos por el culo después de reventarles el coño.

—¿Y quién te ha dado permiso para follarte a mi novia? —preguntó Sergio con fingida indignación.

Los tres estallamos en risas. Lupe nos miró con los ojos muy abiertos, sorprendida.

—No me digáis que los tres ya habéis…

Sergio no la dejó terminar. La agarró con fuerza de las caderas, sacó su polla gruesa por la bragueta y colocó el glande en su entrada. De un solo empellón brutal se la clavó hasta el fondo.

—Álex se la folla cuando quiere —gruñó mientras empezaba a bombearla con fuerza—. Yo también. Y los dos juntos cuando ella nos lo suplica. Tu prima Laura es insaciable y te vamos a joder entre los dos como a ella.

 

Sujetándola firmemente, Sergio la follaba con violencia, con embestidas profundas y rápidas que la hacían temblar de puro placer. Sentada en el banco frente a ellos, observándolos de perfil, sentí cómo mi propio coño se contraía de excitación. Conmigo solía ser salvaje, pero con Lupe parecía poseído. Su cara reflejaba una lujuria animal, como si quisiera romperla.

Lupe gemía sin control, como una perra en celo. Cada vez que Sergio entraba del todo, un gemido ronco y largo escapaba de su garganta. De vez en cuando giraba la cabeza hacia mí, mirándome con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, completamente perdida en el placer.

Después de varios minutos intensos, Sergio salió de ella con la polla brillante y cedió su lugar a Álex, que ya estaba completamente desnudo, con la verga dura como el acero y una expresión hambrienta.

Se colocó detrás de ella y sin más preámbulos la penetró de un solo golpe. Lupe soltó un grito ahogado que se transformó en un largo gemido cuando Álex empezó a follarla con el mismo ritmo brutal. Cada choque de su pelvis contra el culo de nuestra prima resonaba en la mazmorra como un latigazo. Lupe tiraba de las correas, el cuerpo tenso, la espalda arqueada, soltando gemidos roncos y entrecortados que ya no parecían humanos.

—Joder, primo, esta tarde no jodías así, con tanta rabia —jadeaba ella, con la voz rota.

Yo no aguanté más en el banco. Me levanté, me quité el vestido por la cabeza y me quedé solo con las braguitas empapadas. Me acerqué por delante de ella y tomé su cara entre mis manos. Su expresión era pura locura: ojos vidriosos, labios hinchados y entreabiertos, saliva brillando en la comisura.

—Mírame —le ordené suavemente, pegando mi frente a la suya—. Quiero verte la cara mientras mi hermano te destroza el coño.

La besé con fuerza, metiéndole la lengua hasta el fondo, tragándome sus gemidos cada vez que Álex la empalaba. Mientras la besaba, bajé una mano y le pellizqué un pezón con saña, luego el otro. Lupe se estremeció violentamente.

Sergio se colocó detrás de mí, me bajó las bragas de un tirón y me metió dos dedos de golpe, follándome el coño con ellos al mismo ritmo que Álex jodía a Lupe.

—Estás super mojada, zorra —me gruñó al oído—. Te excita ver cómo nos follamos a tu prima, ¿verdad?

—No te haces una idea —gemí contra la boca de Lupe—. Me pone cachonda de cojones.

Me aparté un poco de su boca y bajé la cabeza hasta sus grandes tetas. Empecé a chupárselas con hambre, mordiendo los pezones mientras mi mano bajaba más y le encontraba el clítoris hinchado. Lo froté con fuerza, en círculos rápidos.

Lupe soltó un grito agudo.

—No pares, Laura, que estoy a punto de correrme.

De repente, Lupe empezó a temblar. Su cuerpo entero se tensó contra las correas, y entonces un orgasmo brutal. Todo su cuerpo se convulsionó, el coño apretando la polla de Álex con fuerza mientras yo seguía frotando su clítoris sin darle tregua, alargando el placer hasta que casi parecía que iba a desmayarse.

Álex salió y Lupe quedó colgando de la cruz, jadeando, con hilos de saliva cayéndole por la barbilla y el coño chorreando por los muslos.

Sergio se colocó detrás de Lupe, acariciando con ambas manos sus nalgas abiertas y expuestas. Con voz grave y provocadora, murmuró:

—Es hora de probar este culito tan rico, pero solo si me lo suplicas en plan zorra, lo que eres.

Lupe, todavía temblando por el orgasmo anterior, giró la cabeza todo lo que las correas le permitían y jadeó con voz rota:

—Déjate de pendejadas, Sergio, y métemela de una vez.

Sergio esbozó una sonrisa de satisfacción. Escupió sobre su propio glande y presionó la punta gruesa contra el ano fruncido de Lupe. Poco a poco, pero sin detenerse, empujó hacia adelante y se hundió en su interior con un gemido ronco. Empezó a darla por el culo con un ritmo lento y profundo, saboreando el momento. Pero ella no parecía del todo satisfecha y le ordenaba que la jodiera más fuerte.

Solo entonces Sergio perdió el control. Agarró sus caderas con fuerza, tiró de ellas hacia atrás y empezó a sodomizarla con embestidas mucho más brutales, profundas y rápidas, arrancando gritos ahogados de ella.

Mientras tanto, yo me había arrodillado frente a mi hermano. Tenía su polla gruesa y brillante entre los labios, chupándola con devoción, lamiendo hasta el fondo y masturbándolo con la mano. Me moría de ganas de que me follara, pero el morbo de esperar mi turno amarrada en esa cruz era demasiado intenso. Quería sentirme tan usada y expuesta como Lupe.

Después de varios minutos intensos, Sergio salió de Lupe, dejando su ano abierto y palpitante. Álex no perdió tiempo: se colocó detrás de ella, la penetró analmente de un solo empujón, y la enculó con fuerza durante un buen rato, arrancándole gritos y súplicas entrecortadas, hasta que finalmente salió de ella.

Entonces Sergio me miró, con los ojos oscuros de deseo.

—Ha llegado tu hora, pequeña golfa.

No voy a contar todo lo que me hicieron. Fue más de lo mismo: salvaje, intenso y delicioso. A fin de cuentas, la verdadera protagonista de este relato es mi prima. Solo diré que preferí que me follaran solo por el coño. Quería correrme al menos un par de veces para motivarme a tope.

Cuando me desataron, mi coño estaba hinchado, rojo y chorreando. Me sentía satisfecha, pero sobre todo hambrienta de más. Lo que realmente deseaba era que me dieran por el culo recostada en el potro, el artilugio que más me excita de toda la mazmorra.

A Lupe se le iluminaron los ojos.

Sergio y Álex no tardaron en prepararlo todo. Colocaron el potro en el centro de la sala. Lupe y yo nos tumbamos sobre él, cada una en un extremo. Nuestras caras quedaron enfrentadas, casi rozándose. Nos ataron las muñecas juntas al frente y nos abrieron las piernas, colgando a ambos lados del potro, asegurando nuestros tobillos con correas. Quedamos completamente expuestas, culos levantados y ofrecidos, mirándonos directamente a los ojos.

Sergio se colocó detrás de mí. Álex detrás de Lupe.

Sentí primero el glande caliente y resbaladizo de Sergio presionando contra mi ano. Lupe soltó un gemido ahogado cuando Álex empezó a abrirse paso en el suyo.

Los dos empujaron al mismo tiempo. Sergio se hundió en mí de un golpe firme y profundo, arrancándome un grito que Lupe se tragó con un beso desesperado. Álex hizo lo mismo con ella, y empezaron a sodomizarnos con ritmo sincronizado: embestidas largas, fuertes y posesivas.

Gemíamos y gritábamos la una contra la boca de la otra. Cada vez que nos empalaban hasta el fondo, nuestros gemidos se mezclaban en un beso húmedo y caótico. El potro crujía bajo nuestros cuerpos. El sonido húmedo y obsceno de sus caderas chocando contra nuestras nalgas llenaba la mazmorra.

Ellos se jactaban de la facilidad con que sus pollas se hundían y salían de nuestros rectos. Nosotras temblábamos, jadeando, con los ojos vidriosos clavados en los de la otra.

—Creo que aguantaría así toda la noche —me susurró Lupe de repente—. Solo espero que ellos estén a la altura.

No pude evitar la risa.

—Te garantizo que tienen aguante para un rato largo. Si llegaran a correrse, ten por seguro que no son de los que pierden interés y ganas.

Cada cuatro o cinco minutos, se intercambiaban. Sergio salía de mí y se metía en el culo de Lupe, mientras Álex tomaba mi ano con la misma brutalidad. El cambio de polla, de ritmo, de grosor, nos volvía locas. Nuestras bocas no se separaban casi nunca, besándonos, mordiéndonos los labios y tragándonos los gritos de placer.

Estar atadas e indefensas, con los culos bien abiertos y recibiendo verga sin descanso, nos tenía al borde de la locura. Éramos dos primas, cara a cara, compartiendo el mismo placer sucio y salvaje.

De vez en cuando, cuando se intercambiaban, Sergio y Álex se detenían a la altura de nuestras cabezas. Sin decir una palabra nos ofrecían sus vergas directamente a la boca.

El sabor era intenso, rancio, con ese regusto terroso y obsceno. Olía y sabía a sexo anal puro, a sudor y a placer prohibido… pero Lupe y yo nos entregábamos como dos putas hambrientas. Abríamos la boca con avidez, sacando la lengua y chupando aquellas pollas rígidas como si fueran los más deliciosos caramelos. Y babeábamos, gemíamos alrededor de la carne y nos mirábamos mientras lo hacíamos, compartiendo esa humillación deliciosa.

Después de unos segundos de mamada sucia y ruidosa, volvían a cambiar de posición. Nos dejaban con la barbilla llena de saliva y restos, los labios hinchados, y regresaban a nuestros culos para seguir sodomizándonos sin piedad.

El contraste era brutal: de tener la boca llena de polla sucia a sentir cómo nos abrían el ano otra vez. Lupe y yo solo podíamos gemir, besarnos entre gritos y seguir ofreciéndonos como las zorras insaciables que éramos esa noche.

Cuando el ardor del sexo anal se volvió demasiado intenso, pedimos clemencia entre jadeos entrecortados. Entonces ellos, complacientes y con una sonrisa sádica, comenzaron a follarnos por el coño, turnándose igual que antes. El cambio era un alivio delicioso: pasábamos del fuego abrasador del ano a la humedad caliente y acogedora de nuestros coños, que recibían aquellas vergas con hambre renovada.

Durante casi media hora nos alternaron sin descanso. El potro crujía bajo nuestros cuerpos sudorosos mientras nos besábamos, nos mordíamos los labios y nos mirábamos a los ojos, completamente perdidas en el placer.

Yo estaba al límite cuando Álex me penetró de nuevo por el coño con embestidas profundas y precisas. Su polla entraba y salía con fuerza, golpeando justo en el punto que me volvía loca. Sentí cómo su ritmo se volvía más errático, más desesperado… y entonces ocurrió.

Su polla palpitó violentamente dentro de mí.

—Joder, Laura… me corro —gruñó contra mi oído.

Al mismo tiempo que él empezaba a vaciarse, un orgasmo brutal me atravesó. Grité contra la boca de Lupe mientras sentía el intenso chorro caliente inundando mis entrañas. Álex siguió empujando, vaciándose hasta la última gota, prolongando mi clímax hasta que creí que iba a desmayarme.

Lupe, que estaba siendo follada por Sergio sin tregua, abrió mucho los ojos al escuchar mis gritos y ver la cara de puro éxtasis de mi hermano. Eso fue suficiente para desatar a Sergio. Aceleró sus embestidas con furia, agarrando con fuerza las caderas de mi prima, y soltó un gruñido animal.

Lupe se corrió casi al instante, temblando violentamente contra el potro mientras Sergio se hundía hasta el fondo y se derramaba dentro de ella. Los gemidos de ambas se mezclaron en un beso caótico y baboso, mientras nuestros coños recibían hasta la última gota de semen.

Durante unos segundos solo se escucharon nuestras respiraciones agitadas y algún gemido residual. Los cuatro estábamos exhaustos, sudorosos y satisfechos… pero sabíamos que la noche aún no había terminado.

Nos tomamos un respiro necesario. Sergio y Álex fueron a la cocina a por agua y algo de comer, mientras Lupe y yo subimos al baño de la planta de arriba. Apenas cerramos la puerta, las dos soltamos un suspiro largo y nos miramos en el espejo: caras enrojecidas, pelo revuelto y piel sudorosa.

—Joder, prima… estoy destrozada —dijo Lupe entre risas, sentándose en el váter primero.

Yo me senté en el bidé a su lado, dejando que el agua tibia me refrescara el coño y el culo, enrojecidos y sensibles. El alivio fue inmediato.

—Cuando volvamos… quiero que me follen los dos al mismo tiempo —soltó sin rodeos—. Una doble penetración de verdad. Tengo que aprovechar la ocasión.

Sonreí. Esa misma idea llevaba rato rondándome la cabeza.

—Estaba pensando exactamente lo mismo —dije—. No me digas que nunca te han follado dos machos a la vez.

Lupe negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior.

—Nunca. Y me muero de ganas. Quiero sentirme completamente llena… Quiero saber qué se siente cuando dos pollas me abren a la vez.

Esa confesión me encendió todavía más. Terminamos de limpiarnos, nos lavamos la cara y el cuerpo, y nos dimos un beso largo y profundo frente al espejo, sellando el pacto.

Apenas regresamos al sótano, Lupe no se anduvo con rodeos. Con la voz todavía ronca, les soltó la propuesta directamente:

—Queremos que nos folléis los dos a la vez. Doble penetración. Primero una, luego la otra.

Sergio y Álex se miraron un segundo, con esa expresión entre sorprendida y complacida, como niños caprichosos que acaban de recibir un regalo que ni siquiera habían pedido. Luego sonrieron de oreja a oreja, con pura malicia.

—Os vamos a destrozar esta noche —afirmó Sergio levantándose del sofá como un resorte, con la polla ya completamente dura.

Álex se recostó contra el respaldo del amplio sofá de cuero y abrió las piernas. Su verga gruesa apuntaba hacia arriba, palpitante.

—Ven aquí, primita —le ordenó con voz grave—. Siéntate encima de mí.

Lupe se colocó a horcajadas sobre mi hermano, tomó la polla con una mano y ella misma guio el glande hasta la entrada del coño. Con un gemido largo y profundo, se dejó caer, empalándose hasta el fondo. Su cara se contrajo de placer.

Sergio se colocó detrás de ella, escupió sobre su ano todavía sensible y presionó el glande contra él. Entró lentamente, centímetro a centímetro, mientras Lupe soltaba un gemido ronco y prolongado. Cuando la tuvo dentro del todo, los tres se quedaron quietos un momento, dejando que ella se acostumbrara a la sensación de estar completamente llena por ambas entradas. Entonces empezaron a moverse.

Con el cuerpo atrapado entre los dos, su rostro era un poema de lujuria desbordada. Tenía los ojos entrecerrados, casi en blanco, y la boca abierta en un gemido constante que no conseguía callar. Cada vez que Álex empujaba desde abajo y Sergio entraba por detrás al mismo tiempo, su cuerpo se sacudía con violencia y soltaba un grito ronco, gutural, casi animal.

—Dios mío, nunca probé nada igual —jadeaba ella sin aliento.

Su rostro enrojecido brillaba de sudor. Gotas le caían por el cuello y entre las tetas. De vez en cuando abría mucho los ojos y me miraba directamente, como buscando un ancla en medio de la tormenta de placer que la estaba destrozando.

—Laura… —gimió mi nombre con la voz rota—, me están partiendo y siento las dos pollas rozándose dentro de mí. ¡No paren y sigan jodiéndome, cabrones!

Yo los observaba sentada con las piernas abiertas, masturbándome el clítoris, incapaz de apartar la mirada. Ver a mi prima siendo follada por los dos al mismo tiempo era una de las cosas más excitantes que había visto en mi vida. Sus gemidos, la forma en que su cuerpo se sacudía entre ellos mientras las dos pollas entraban y salían de ella… todo me tenía al borde y me corrí como una loca.

Sus caderas se movían por puro instinto, y de su coño chorreaba abundante flujo transparente que empapaba las pelotas de Álex. Temblaba sin control. Sus dedos se clavaban en los hombros de mi hermano, las uñas marcándole la piel. Su espalda se arqueaba de forma exagerada, empujando el culo hacia Sergio para que entrara más profundo, y luego se dejaba caer con fuerza sobre la polla de Álex.

Estaba perdida, completamente entregada pidiendo más entre blasfemias. Su cuerpo ya no le pertenecía: era un instrumento de placer que solo existía para recibir verga por ambos agujeros. Cada vez que los dos se sincronizaban y la empalaban al unísono, Lupe soltaba un grito agudo que reverberaba en la mazmorra, seguido de un gemido largo y tembloroso.

De pronto, sus muslos empezaron a sacudirse de forma incontrolable, gritando sin control hasta que su rostro se contrajo en una expresión de éxtasis absoluto, casi de dolor, y entonces explotó. Todo su cuerpo se tensó violentamente entre ellos. El orgasmo fue tan intenso que por un momento dejó de respirar.

Incluso después de correrse, no dejó de gemir y moverse. Pequeños espasmos seguían recorriéndola mientras Sergio y Álex seguían follándola sin piedad, alargando su orgasmo hasta que casi parecía que iba a desmayarse de placer.

Después del brutal orgasmo de Lupe, los tres se quedaron quietos un momento, dejando que ella recuperara el aliento. Su cuerpo temblaba todavía, con espasmos residuales recorriéndole la espalda. Sergio salió lentamente de su culo y Álex la levantó con cuidado, dejando que se tumbara de lado en el sofá, jadeando y con una sonrisa satisfecha y agotada.

Sergio me miró con los ojos oscuros de deseo y una sonrisa peligrosa.

—Ha llegado tu hora, pequeña morbosa. Ven aquí y monta sobre tu hermano.

El corazón me latía con fuerza. Me levanté y me acerqué al sofá. Álex se recostó de nuevo contra el respaldo, con la polla dura, brillante y cubierta de los fluidos de Lupe. Me subí encima de él a horcajadas, mirándolo a los ojos mientras tomaba su gruesa verga con la mano y la guiaba hasta la entrada empalándome con un gemido largo y profundo.

Durante el rato largo que me estuvieron follando, perdí la noción del tiempo. Solo existían sus pollas, el sudor, los gemidos y el placer brutal que me atravesaba sin tregua.

Tuve tres orgasmos más.

El primero fue devastador. Llegó de repente, como una ola que me rompió por dentro. Álex y Sergio se sincronizaron perfectamente, follándome con fuerza al mismo tiempo, y de pronto exploté gritando sin control. El segundo fue más comedido, más profundo. Llegó mientras ellos reducían un poco el ritmo, follándome con embestidas largas y lentas pero muy profundas. El tercero y último llegó cuando ya estaba al límite de mis fuerzas, mientras mi prima, con esa sonrisa perversa, me susurraba que era una guarra y les pedía que me dieran más fuerte.

Cuando por fin me separé de ellos, temblando y completamente empapada en sudor, me dejé caer en el sofá exhausta y sin fuerzas.

Álex, que en las dos ocasiones anteriores había estado debajo, se incorporó con esa hambre que yo conocía demasiado bien.

—Quiero repetir —dijo con voz ronca—. Pero esta vez quiero ser yo quien os dé por el culo.

Yo solté una risa débil y negué con la cabeza.

Lupe, en cambio, sonrió con picardía. A pesar de todo lo que ya había recibido, tenía ganas y fuerzas para un último asalto.

Mientras yo observaba desde el sofá, recuperando el aliento, vi cómo mi prima —a la que nunca creí capaz de tanto— se convertía en una auténtica zorra insaciable. Se movía con ganas entre los dos, gimiendo sin vergüenza, empujando hacia atrás, exigiendo que la jodieran más fuerte. Su cara reflejaba un placer casi demencial, y entonces tuvo un último orgasmo brutal que la dejó gritando y convulsionando entre ellos. Solo entonces, cuando ella también llegó al límite, los tres se derrumbaron juntos.

Así terminó aquella memorable noche de sexo y desenfreno, en la que descubrí el morbo que me provoca ver a mi novio follando con otra. Y lo mejor es que caí en la cuenta de que mi prima Lupe es mucho más golfa que yo. Esto es una ventaja porque, acostumbrada a ser la única a la que mi hermano y mi novio se follaban en aquella mágica mazmorra, con el esfuerzo que supone aguantar el ritmo que imponen ese par de sementales, incluir a mi prima en tan largas e intensas sesiones de sexo, durante las semanas que pase entre nosotros antes de regresar a México, será un alivio para mí.

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