Mi hija (3)

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¡Mi propia hija! No me lo podía creer.

Cuando su cuerpo dejó de temblar, soltó mis huevos y se tumbó nuevamente boca arriba. Abrió sus piernas y pude liberar muy lentamente mis dedos del interior de su coño, procurando en este proceso el mayor roce posible, haciéndole suspirar y gemir mientras los iba extrayendo.

Cuando los saqué del todo, se escuchó un tímido y delicioso chooop. Mi hija aún tenía su respiración algo acelerada.

Allí estaba yo arrodillado junto a ella con mi polla flácida descansando sobre su suave cadera.

—Uff papá. Baja un poco la calefacción. Tengo mucho calor.

La miré y ciertamente estaba sudada. La camiseta del pijama se le había pegado como una segunda piel, haciendo que sus pechos y sobre todo sus pezones se marcaran increíblemente. Su tersa barriga, sus espléndidas piernas y sus muslos, tenía ese precioso y apetitoso brillo característico de la piel sudada. Me giré, cogí el mando de la bomba de calor y le hice ver que bajaba algo la temperatura.

Pero no fue así…

Acababa de descubrir que, ver ahora a mi propia hija así sudada, me provocaba mucho placer, mucho morbo. Un morbo indescriptible.

—Ya está —le mentí

—Bueno papá, eso sigue ahí ¿verdad?

—Sí cielo, pero con alguna que otra arremetida que hemos hecho, he llegado a tocar el preservativo.

—Ves como sí que está dentro —me reprochó ella.

—Sí. Y ahora sé más o menos donde está.

—Perfecto. Venga papá entonces sácalo.

—Descansamos unos minutos y continuamos cariño —le propuse.

Ella asintió.

—Hazlo igual que lo has hecho antes. ¿Vale papá?

—¿Cómo? ¿Masturbándote primero? —le pregunté.

—Bueno no, o sí —rio traviesa—. Me refiero que directamente introduzcas tus dedos y al mismo tiempo me acaricies el clítoris.

Quedaba claro que ese modo de masturbarla, le había encantado.

—Vale, me parece fenomenal —contesté guiñándole un ojo.

—Así será más fácil y rápido para ti y más gustoso para mí —continuó ella picarona y soltó una carcajada que yo secundé.

Pasaron un par de minutos.

—Ahí voy pues. Relájate que empiezo de nuevo.

—¿Qué me relaje dices? Ja, ja, ja —rio ella—. Ya verás tú mi relajamiento.

Pues nada, me puse nuevamente a ello.

Volví a situar el cojín bajo sus prietos glúteos que, toqué y acaricié ahora con gusto y placer sin problema alguno. Esta vez ella, ya no se cubrió la cara con su antebrazo, así que podía observar en todo momento su placentero rostro. Su lubricación en su vagina aún se mantenía. Desde luego era digna de alabar. Empecé introduciendo lentamente el dedo índice y corazón. Al mismo tiempo me apresuré a acariciar su clítoris con el dedo gordo de la misma mano como ella me había exigido. Nuevamente hice un mete y saca lento, pero cada vez más profundo. Empezó a gemir prácticamente al instante, ahora fuertemente sin reparo alguno.

—¡Dios, esto no puede ser verdad! —dijo—. Es demasiado bueno para ser cierto. ¿Cómo me puedes poner de este modo papá? —gimió.

No le contesté. Yo seguía a lo mío hurgando con mis dedos en su húmedo y prieto coño.

—¡Ooh!, Dios santo, esto sí que es hacer disfrutar a una mujer y no lo que hace el picha floja de mi novio —siguió diciendo mientras sus caderas zigzagueaban y embestían al ritmo de mis lentas y cada vez más profundas penetraciones.

—¡Me vas a volver loca papá! Ufff, Dios.

Sus jadeos volvieron a ser muy ostentosos. Su hermoso rostro un verdadero poema de placer. Como dije antes, ya con todos los tabús rotos, ya no se ponía ningún freno a sus cada vez más fuertes gemidos. Estando ella ya tan cachonda otra vez, quise salir de dudas. Decidí volver a probar la suerte del tercer dedo. Quería ver si podía provocar la misma reacción que tuvo la primera vez. Quería volverle loca otra vez. Así que volví a sacar casi enteramente los dos dedos de su coño y cuando los volví a introducir ya eran nuevamente tres. Esta vez lo hice más rápido con toda la intención y sin darle tiempo a prepararse. Empujé fuerte y rápido los tres al interior de su estrecho y empapado coño.

—¡Ooh, Dios mío! Sí, sí, si, ¡por favor papá!, más, más, ¡métemelos más papá! —gritaba mientras alargando su mano derecha me cogió la polla, y la apretó como si le fuese la vida en ello.

Con la izquierda, se cogió por encima de la sudada camiseta del pijama su maravilloso y duro pecho izquierdo. La apretaba de tal forma que parecía que lo quisiera hacer explotar. Estaba claro que cada vez era más ella. Ya no se reprimía en nada.

¡Madre mía! No paraba de dar gemidos y gritos de placer.

Arqueaba su espalda de tal modo que por un momento pensé que podía hacerse daño.

—¡Ohh papá!, ¡fóllame fuerte!, ¡más rápido, más, más, más, más…  ufff papá!

Empecé a darle fuertes clavadas a su mojadisimo coño, como si me fuera la vida en ello. Ella empezó otra vez a culebrear, culear y convulsionar. Mi durísima polla seguía dentro de su mano derecha. La apretaba fuertemente pero sin moverla. Así que mientras ella se acercaba otra vez a un tremendo orgasmo, yo no aguante más y empecé a follarme su mano como un verdadero loco.

En ese momento pareció recordar que tenía agarrada mi dura polla. Empezó entonces a acompañar con vigor mi embestidas dentro de su mano.

Que me follara su mano así, pareció despertar en ella una nueva morbosidad que hizo que estallara súbitamente en otro tremendo orgasmo, soltando no sé ni qué cosas por su boca. Cerró fuertemente otra vez sus preciosas piernas, dejando nuevamente atrapada mi mano con mis tres dedos en el interior de su palpitante coño, inmovilizándomela nuevamente.

—¡Ufff oooh!, ¡o sí papá!, ¡córrete encima mío… oh!, ¡córrete por favor..!, ¡riégame toda con tu leche papá!

¡Dios! ¿¡Pero cómo podía decir mi hija esas cosas!?

De nuevo sus obscenas palabras precipitaron mi orgasmo. Suerte que justo antes de correrme, tuve algo de lucidez. Unos segundos antes de empezar a escupir mi leche, me dio tiempo a subirle la camiseta del pijama por encima de sus pechos para no ponérsela toda perdida de mi semen.

—Oooo cariño, me corro, me voy a correr, ¡ohhh… que gusto!

—¡Sí papá por favor, córrete encima mío!

Empecé a correrme sobre su tersa barriga y parte de su pubis y su costado. Regueros de mi leche empezaron a resbalar hacia abajo por su cadera y costado hasta llegar a la alfombra. Paré de follarme la mano de mi hija. Ella seguía agarrando mi polla, notando mis fuertes palpitaciones eyaculatorias ya exentas de semen, a las cuales correspondía con movimientos de sus dedos. Miré su cara. Tenía una expresión de triunfo y tremendo placer. No sabría bien como describirla la verdad. Nos quedemos otra vez totalmente exhaustos. Ella boca arriba y yo junto a ella, arrodillado a su derecha con mi polla empalmada, la cual se negaba a soltar. Empezó a reírse. ¡Estaba tremenda!

Tenía la cara sudorosa con mechones de cabello pegados por toda su frente y en sus mejillas. Algunos de estos metidos, dentro de la comisura de sus labios. Su estómago y costado lleno de lechazos por mi reciente corrida. Su camiseta (que yo había subido momentos antes de correrme) por encima de sus hermosos, redondos y puntiagudos pechos. Sus suaves y firmes piernas semi flexionadas, completamente cerradas atrapando fuertemente mi mano con mis juguetones dedos, dentro de su coño. Y para colmo su mano aún seguía cogiéndome la polla.

Todo esto era tremendamente excitante y no acababa de creerme todo lo que me estaba sucediendo.

—Ja, ja, ja, seguimos igual. No lo hemos sacado ¿verdad papá? —me preguntó mientras soltaba lentamente mi polla.

—No —le contesté riéndome también.

—A este paso llegará mamá antes y todo —me dijo.

—Con tres dedos dentro no lo puedo hacer cariño.

Abrió un poco sus piernas liberando mi mano y pude sacar muy lentamente los dedos de su coño. Mientras iba sacándolos, los separaba con toda la intención para provocar (como la vez anterior) pequeños suspiros de placer hasta su total extracción.

Esta vez mientras los sacaba, me pude fijar en el movimiento de sus pechos desnudos, que respondían provocadoramente a su aún agitada respiración. Esto provocó que mi polla se empezara a endurecer otra vez. Me moría por meterme sus duros pezones en mi boca.

Cuando tuve los dedos por completo fuera de su vagina, levanté la mano y se los enseñé.

—Hay que hacerlo con tan solo estos dos dedos —le hice el movimiento de la tijera con los dedos índice y corazón—. Así a modo de pinza si lo alcanzo a tocar bien, lo podré sacar fácilmente o eso espero.

De repente noté que algo resbalaba por mi mano. Me la quedé mirando y observé como resbalaba hacia abajo un par de regueros de sus jugos vaginales. Algunos ya estaban a la altura de mi muñeca. ¡Dios, era increíble como llegaba a mojarse mi hija!

Giré la cara, la miré y le sonreí.

—No he visto a nadie jamás mojarse así cariño. Eres un portento cielo.

—¡Joder papá! Tú también me has mojado toda bien. Por dentro y por fuera.

Y estallamos los dos a carcajadas.

Acto seguido puso cara picarona. Luego su expresión cambió a puro vicio, y mientras me miraba con esa cara de viciosa, se puso a lamerse los restos que habían quedado en su mano de semen.

¡No dejó ni rastro en ella! Madre mía, ¡le encantaba mi semen! No dejaba de sorprenderme.

Me estremecí por completo.

Había que sacar de una vez ese preservativo, de lo contrario íbamos a morir los dos a orgasmos en el intento.

—Bueno ahora sí cariño, vamos de una vez a por esa dichosa goma —le dije.

—Venga va. Ahora directo papá. No me acaricies esta vez el clítoris.

¿El clítoris pensé?

Yo no tenía nada claro qué era lo que le provocaba más placer. La estimulación de éste o la penetración vaginal. Lo que sí tenía muy claro, es que esos tremendos orgasmos los podía conseguir fácilmente de las dos formas. Otra cosa de la que estaba casi seguro, es de que mi hija era multiorgásmica y que ella lo estaba empezando a descubrir en este preciso momento. Empezaba a tener claro que sus múltiples orgasmos, ganaban en intensidad según se iban produciendo hasta llegar a su último gran orgasmo final. ¡Mi hija era una locura orgásmica!

Apoyé mi mano izquierda cerca de su pubis y empecé a introducir otra vez mis dos dedos dentro de su coño.

Esta vez, me cuidé mucho de no masturbarla como ella me había pedido. Fui introduciendo los dedos poco a poco en su vagina. Los moví lentamente de un lado a otro buscando tocar la dichosa goma. Mis dedos entraban con mucha facilidad. No me extrañaba nada después de las fuertes folladas que le habían realizado con anterioridad. Su maravilloso coño estaba ciertamente bien dilatado ahora.

Cuando tenía los dedos introducidos casi hasta los nudillos, toqué el preservativo con la punta del dedo corazón. No así con el dedo índice. Apreté más fuerte para poder alcanzarlo bien con los dos. Esto provocó nuevamente tímidos gemidos de placer de mi hija. Me incliné sobre ella acercando mi cabeza a su plano y duro estómago para estar más cómodo. Vi que en su estómago tenía restos secos de mi segunda corrida. También vi que, en el interior de su ombligo quedaban restos de mi semen aún húmedo. Me daba ya todo igual. Dejé descansar mi oreja izquierda sobre su terso estómago, quedándome su coño a pocos centímetros de mi boca. A todo esto, los suspiros y gemidos de mi hija, volvieron a aumentar nuevamente.

¡Por Dios! ¿Cómo podía ser tan receptiva? ¿Cómo podía ser tan caliente? —me pregunté— ¿sería capaz de correrse de nuevo?

Todo parecía indicar que sí. Noté como su mano se posaba en mi hombro y me empujaba suavemente.

Giré mi cabeza para mirarla.

Así de ese modo, a ras de su estómago, vi sus maravillosos y desnudos pechos, apuntando al techo con descaro. No me pude resistir y mientras tenía mis dos dedos hasta los nudillos metidos en su coño y el preservativo ya entre ellos, me dispuse a comerme esas maravillosas tetas.

No me equivocaba, estaban duras como todo en su joven y espléndido y bien proporcionado cuerpo. Mientras con mi mano izquierda acariciaba su pecho derecho, del izquierdo empecé a dar buena cuenta con mi boca y mi perversa lengua. Desde luego puse especial dedicación a su durísimo pezón. Cogió mi cabeza y la apretó contra su pecho izquierdo, el cuál ahora yo empecé a chupar con verdadera desesperación.

¡Madre mía! ¿También era sensible ahí?

—Ohhh, ¡Dios!, sí, chupa, chupame las tetas, ¡uufff, cómetela toda!, o Dios que gusto. ¡Me voy a correr otra vez papá! No pares de chuparme las tetas, ¡no pares!, chupa, chúpamela toda, ¡méteme los dedos!, ¡más, más, más. ¡Fóllame, Fóllame Oooo Dios!

Así que como no quería que se me escapara el preservativo, no quise hacer los movimientos de follarme su coño. Empujé todo lo que pude mis dedos dentro de ella, para intentar darle el placer que buscaba. Ella dobló y separó sus piernas al máximo, para facilitar en todo lo posible la penetración de mis dos dedos.

—¡Me corro papá!, ¡por favor papá!, ¡me corro!, ¡ohh uufff, Dios! ¡Me vas a volver loca! ¡Me corro!

Explosionó en un tercer y tremendo orgasmo. Sus espasmos orgásmicos no paraban de sorprenderme.

Seguía teniendo apretada mi cabeza contra su pecho izquierdo y también mantenía su mano derecha sobre mi mano izquierda, con la que yo sujetaba su duro pecho derecho. Cuando su orgasmo estaba en su cumbre, empezó nuevamente a cerrar las piernas, así que rápidamente solté su pezón de mis labios y su pecho de mi mano izquierda. Me incorporé rápidamente y con mi mano izquierda y parte de mi cuerpo evité que sus piernas se cerraran por completo. De este modo, evité que me dejara atrapada nuevamente mi mano entre éstas, pudiéndome hacer perder el preservativo.

Me quedé sujetando así sus piernas un rato. Rato que se me hizo eterno, ya que ella al no poder cerrarlas, culebreaba exageradamente de lado a lado pegando culetazos sobre la alfombra de placer. Estando mis dedos en el interior de su coño quietos mientras ella convulsionaba con su tremendo orgasmo, pude notar por fin muy nítidamente, las fuertísimas contracciones de sus músculos vaginales. Era increíble. Su coño parecía tener vida propia. Apretaba intermitentemente mis dedos con una fuerza que, hizo que mi polla comenzara a soltar liquido preseminal nuevamente. Me dieron unas ganas terribles de sacar mis dedos de su coño y meterle de una estocada toda mi polla hasta los huevos. Cosa que no hice claro.

Cuando terminaron sus jadeos y temblores y sus músculos vaginales dejaron de contraerse, empecé muy lentamente a tirar del preservativo hasta que en pocos segundos lo sostuve fuera de ella.

Se lo mostré, le guiñé un ojo y lo tiré en el suelo desnudo, fuera de la alfombra.

—¡Que asco! —me dijo al escuchar el “Plops” de este al golpear el suelo.

—Bueno pues ya está —le dije con una sonrisa de oreja a oreja.

Ella se incorporó y se sentó nuevamente con las piernas cruzadas. Bajó su camiseta y me ocultó nuevamente sus preciosos pechos, pero no se tapó su maravilloso coño.

Me miró con una pícara sonrisa.

—Uuuff papá. ¿Sabes? Por un momento pensé que me ibas a comer la vagina.

—¿Cómo? —la miré extrañado—. ¿Por qué lo dices? —le pregunté.

—Fue cuando dejaste tu cabeza apoyada en mi barriga. Estabas tan cerca de mi vagina que ¡ufff!, podía notar tu respiración en mi vagina y en mi clítoris.

Comenzó a acariciarse las piernas.

—Me quedé por un momentos sin aliento —siguió diciéndome ella—. Deseé tanto en ese momento que te comieras mi coño…, incluso te empujé un poco para ello… pero luego de repente te lanzaste a por mis pechos —Hizo una pausa—. Que por cierto me encantó como los chupabas. Me estabas volviendo loca la verdad.

Sonreí y me quedé mirando sus preciosos ojos azules.

—Pues cariño, lo tenías muy crudo que en ese momento me pusiera a comerte el coño.

—¿Cómo?¿Por qué dices eso? —me preguntó ella extrañada.

—Pues no será por ganas cariño, pero no te iba a comer el coño con ese preservativo aún dentro. Ni loco lo haría.

Mi respuesta le hizo reír a carcajadas súbitamente.

—Es verdad —rio —. Tienes toda la razón, no caí en ese detalle en ese momento —continuó—. Menos mal que no lo hiciste ja, ja, ja.

No podía parar de reír.

—Ja, ja, ja —siguió riendo—, de todos modos salgo ganando 3 a 2.

—¿Cómo?

—Pues que yo me he corrido 3 veces y tú 2. ¡¡Gané!! —Y levantó los brazos triunfante.

Esto hizo que su doblada camiseta del pijama se elevara por encima de su ombligo, con lo cual pude ver claramente los restos de mi semen ya bien seco, que cubría parte de su estómago y costado.

¡Madre mía! ¿Cuándo se había convertido esto en una competición de orgasmos?

No le quise decir que en realidad estábamos empatados, que había tenido un pequeño orgasmo, cuando succionó tan repentinamente mis huevos dentro de su boca.

—Creo de verás hija, que uno de tus orgasmos vale por 5 de los míos. ¡Eres tremenda! Un verdadero portento. Tienes mucha suerte cielo.

—La verdad papá, es que no he disfrutado tanto en mi vida. No creo que pueda ponerme ni de pie. Casi me vuelves loca de gusto.

—Desde luego —siguió diciendo—, hasta hoy lo que he estado haciendo con los chicos ha sido un juego de niños. Acabo de descubrir que es correrse de verdad papá.

Se recostó un poco y se apoyó en sus manos.

Así pude ver en todo su esplendor sus hermosas piernas dobladas al estilo budista y la parte superior de su maravillosa vagina.

—Me haces muy feliz cariño. Yo tampoco he disfrutado tanto jamás —contesté.

Mientras hablábamos ella no dejaba de bajar su vista a mi polla aún semi erecta.

—Bueno papá, ni una palabra a nadie de lo que ha pasado aquí —dijo ella como si se hubieran invertido los papeles de padre e hija.

La miré con cara de interrogación.

—Que quede entre nosotros dos —continuó diciéndome.

La camiseta del pijama se le había bajado hasta sus caderas. Aun así, tal como estaba sentada, podía ver la parte superior de su vagina. Tampoco yo podía evitar mirar de vez en cuando su apetitoso coño mientras hablábamos. Intenté por todos los medios no seguir mirándolo para evitarme otra erección.

La vergüenza, los prejuicios y tabús habían desaparecido por completo de mi mente. Ahora ya era sumamente fácil, que con tan solo mirar sus brillantes y torneadas piernas me provocara una fuerte erección.

Doblé un poco más mis rodillas y me senté sobre mis nalgas.

—¿A cuál de las tres cosas te refieres? —pregunté con picardía

—¿Tres…? —me preguntó confusa.

—Sí cariño. A qué se te ha quedado un preservativo dentro. O a que te lo saqué yo de ahí con mis dedos, haciéndote correr como una posesa. O a que me has comido la polla como nadie lo ha hecho ni lo hará nunca.

—Ja, ja, ja muy bueno papá —rio fuertemente—, ja, ja, ja, a las tres, a las tres cosas papá. ¡No podemos contar ninguna de las tres tonto!

Nos quedamos un rato en silencio sonriéndonos mutuamente. Ella se recostó aún más hacia atrás en esa posición budista.

Así sentada en el suelo, mostrándome con todo su esplendor sus turgentes y sudadas piernas, no pude resistirme a acariciar la más próxima a mí. Le acaricié lentamente de arriba abajo, hasta su entrepierna una y otra vez.

¡Dios! Que esbeltas piernas, que dureza y que suavidad. En definitiva…¡Que cuerpo!

—A ver papá —empezó a decirme mientras yo seguía acariciando sus muslos—, me da un no se qué haberme puesto a gemir y gritar de ese modo.

Hizo una pausa.

—¿Me crees si te digo que no sabía que podía comportarme así? Ahora mismo soy la primera sorprendida. A sido superior a mí. No pude reaccionar, no pude hacer nada para parar, era tal el gozo que me tenía totalmente atrapada.

Volvió a ponerse un poco roja.

—Sabía que estaba mal —continuó—, no pude negarme a tanto placer papá. No quería que parases nunca. Nunca había disfrutado tanto. No sabía que se podía disfrutar tantísimo. Lo siento papá.

La miré y sonreí

—No lo dudo de verdad cariño y no te preocupes de nada, ya no —le dije—, ahora ya hemos pasado esa frontera y llegados aquí yo no me arrepiento en absoluto. Todo lo contrario.

Pareció contentarle mi respuesta.

—De todos modos en eso te pareces mucho a mamá. Ella también cuando está a punto de correrse se descontrola y grita que me la folle una y otra vez sin parar.

Me miró extrañada.

—Pues cualquiera lo diría. Yo nunca he oído nada.

—Hija, pues como lo del lubricante que tampoco lo puedes ver. Ella se cuida mucho de que tú no la oigas nunca.

—Madre mía, ya le vale también a mamá.

—Se moriría de vergüenza si supiera que la escuchaste alguna vez —dije—. Creo que hasta dejaría de follar si eso fuese así.

—Es cierto que en muchos sentidos es bastante puritana —continué diciendo—. Pero cuando se corre es todo un portento. Sobre todo si sabe que no la puede escuchar nadie.

La miré fijamente y le susurré apretando fuerte su muslo.

—Pero tú cielo, la superas con creces. ¡Dios, eres maravillosa!

Luego acerqué mis labios a los suyos para besarla.

De súbito se incorporó un poco y de un fuerte empujón me apartó.

—¿¡Pero qué haces guarro!? —me espetó enfadada—. ¡Serás cerdo!, ¡que soy tu hija! ¡A mí no me beses pervertido!

Mi cara debió ser un verdadero poema ya que ella empezó a reírse con esa espontánea risa tonta e infantil que a veces tenía.

—Anda, ayúdame a levantarme que me voy a la ducha. Mamá seguro que está a punto de llegar y quiero tener yo antes la ducha cogida.

Se apoyó en mi hombro izquierdo e intentó levantarse.

—Madre mía me tiemblan las piernas. Uuuff, ja, ja, ja me tiembla todo el cuerpo. ¡Otro orgasmo más papá y me matas! —dijo sin parar de reír.

Le ayudé a levantarse totalmente traumatizado, por lo que acababa de suceder.

Desde mi posición de sentado sobre mi culo, yo también perdía un poco el equilibrio.

Esto le hacía reírse más si cabe.

—Ja, ja, ja hay que ver como me has dejado papá.

Terminé de ayudarle a ponerse de pie.

No dije nada. Aún estaba en shock por su respuesta a mi intento de besarla.

—¿¡Pero será posible después de todo lo que hemos hecho..!? —me dije compungido.

Ella se dirigió a la salida del salón.

Entonces pude apreciar en todo su esplendor su desnudos, magníficos y respingones glúteos con forma de corazón.

Se le adivinaban una dureza extrema, que yo podía certificar. Tan era así que sus nalgas no se tocaban entre si. Éstas dejaban ver perfectamente una maravillosa y separada raja entre sus glúteos. Por la parte baja de estos, con la luz de la lámpara de la mesita del salón, pude apreciar perfectamente su abultado y prieto coño. Sus labios superiores aún continuaban algo abiertos, después de la intensa sesión de placer que acabábamos de darnos.

¡¡Dios!!, parecían decirme que querían más. Parecían decirme ¡ven aquí cómeme!

Tan abierta se mostraba su raja del culo, que pude apreciar perfectamente sentado como estaba sobre mis piernas, su lampiña zona perineal y su prieto ano. ¡Madre mía! se me iba a parar el corazón al olvidarme respirar. Pero hubo algo tan provocador, que hizo que mi polla se endureciera de golpe.

¡Jamás tuve una erección tan rápida! Y menos aún después de haberme corrido tres veces.

¡Fue una erección instantánea!

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