Mi hija (4)

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Pero hubo algo tan provocador, que hizo que mi polla se endureciera de golpe.

¡Jamás tuve una erección tan rápida! Y menos aún después de haberme corrido tres veces.

¡Fue una erección instantánea!

Pude ver estupefacto, que por la parte interior y posterior de sus turgentes y torneados muslos, como desde la zona de su abultado coño y girando por buena parte de sus muslos, había regueros de huellas de como si un ejército de caracoles, hubiesen intentado salir o entrar a su vagina. Tal eran los rastros (ya bien secos y brillantes) que habían dejado sus abundantes jugos vaginales.

Esto me dejó muy impactado y con la polla a punto de explotar otra vez.

¡¡Dios!!, me dieron unas ganas tremendas de cogerme a esos muslos y eliminar a lametazos todos esos rastros de flujo.

Tardó bien poco mi hija en sacarme de golpe (otra vez) de mi tremenda excitación. Se paró en el resquicio de la puerta del salón, me miró por encima de su hombro y me dijo:

—Por cierto papá, ni se te ocurra volverme a tocar nunca más.

¡Mierda! Levanté la mirada de sus glúteos consternado.

Mi polla que hasta hace unos segundos estaba como el acero, empezó a perder toda su dureza de golpe. Me incorporé y me puse de pie.

La miré muy serio, mientras me subía el calzoncillo y el pantalón del chándal a la vez. Me agarré mi polla ya casi flácida y muy lentamente la introduje dentro de mi pantalón y le contesté:

—Lo mismo te digo yo.

Me situé bien a la cintura el pantalón del chándal.

—No se te ocurra volverme a tocar nunca más tampoco —dije con el tono de voz muy bajo, serio y enérgico.

—¡Ja! —se rio ella.

Se giró totalmente quedando frente a mí. Luego adelantó su pierna izquierda, apoyándose sobre los dedos de su pie mostrándomela en todo su esplendor. Continuaba teniendo ese brillo característico del sudor semi seco, que la cubría totalmente y que tanto me excitaba.

Inclinó ostensiblemente su cadera hacia a un lado. Cogió su camiseta del pijama y se la subió por encima de sus deliciosos pechos, mostrándomelos con descaro. Se mordió el labio inferior y entrecerró los ojos poniéndome otra vez esa cara de puro vicio y deseo. Acto seguido comenzó a acariciarse los pechos. Cerró los ojos y se los masajeó fuertemente, luego se entretuvo a jugar con sus duros pezones.

Abrió los ojos y mirándome con deseo:

—Eso lo decidiré yo papá —me dijo sonriendo—. ¿No crees…? —me lanzó un beso y me guiñó el ojo.

Se dio nuevamente la vuelta y mientras salía del salón siguió diciendo:

—Porque si eres capaz de hacerme disfrutar de ese modo con tus dedos, no me puedo imaginar lo que puedes llegar a hacerme disfrutar con esa polla que con tanto placer me he comido.

Mi rabo empezó a reaccionar nuevamente a sus provocadoras palabras.

Madre mía, no había por donde cogerla.

Así era ella un puro contraste.

—Luego cuando termine de ducharme —continuó ya diciendo en el pasillo—, voy a mandar a paseo a ese picha floja de mi novio. Porque aparte de no saber hacer nada, está claro, que si no lo dejo, tú no me vas a querer comer el coño. Ja, ja, ja.

Hizo una pausa.

—Y eso no me lo puedo permitir papá. ¡Ja, ja, ja!

Y escuché cerrarse la puerta del baño.

Nuevamente sus descaradas palabras, hicieron que mi polla se pusiera dura como el cemento armado. El pensamiento de mi mujer me hizo salir de mi estupor.

¡Dios! Me di cuenta en ese momento, de que el salón olía a puro sexo y esto sí que lo notaría mi mujer.

Rápidamente abrí las ventanas para ventilarlo todo lo antes posible. En ese momento, me daba igual el frío. Cogí con una servilleta de papel el preservativo y lo tiré bien escondido en el fondo del cubo de la basura.

Salí corriendo a mi habitación, me quité el chándal y me puse un pijama. Dejé el chándal en el fondo del cesto de la ropa sucia. Volví al salón. Miré la alfombra y en la zona donde mi hija había situado sus preciosos glúteos.

Había una ostensible mancha de humedad. Era ciertamente increíble hasta que punto podía humedecerse ese coño y eso que al principio estaba más seca que el desierto del Sáhara. De todos modos podía inventar cualquier excusa a mi mujer por esa mancha de humedad. No me preocupaba mucho.

Para las que no había escusa (menos mal que las vi) era la de dos lechazos en el suelo fuera de la alfombra, de cuando me corrí follándome su mano.

Jamás imaginé que una de mis corridas pudiese llegar tan lejos y aún menos la tercera corrida. Jamás me había sucedido tal cosa.

Me puse diestro a dejarlo todo lo más limpio y ordenado posible. Cuando estaba cerrando las ventanas escuché, como mi mujer abría la primera puerta de la entrada a casa.

Los días sucesivos han sido un infierno. Pero un infierno de morbo y excitación.

De todo esto la culpa la tiene mi hija claro. La cosa es que por cuestiones de trabajo y de sus estudios, coincidimos mínimamente juntos. Y cuando lo hacemos, mi mujer siempre está con nosotros ya que como dije ella trabaja en casa.

Para colmo cuando sale a caminar los días de diario lo hace de tal modo y forma en que mi hija no esté en casa.

Siempre ha sido así, vuelve de caminar antes de que ella llegue de trabajar. Es decir se preocupa mucho de estar en casa para cuando vuelve ella. La relación con mi hija a vista de cualquiera no ha cambiado en nada. Salvo en que yo soy mucho más condescendiente con ella.

Ella conmigo por supuesto sigue igual de borde a vista de todos. En ningún momento hemos hablado del tema ni por asomo. Es como si no hubiera sucedido nada.

Yo desde luego no pienso forzar absolutamente la situación.

Aún que tenga la oportunidad, lo tengo muy claro. No pienso mover un solo dedo para ello. Si no pasó nada pues no pasó nada y listo. Lo que ella quiera. En ese sentido ella tiene la llave y el mando absoluto de nuestra nueva relación. No pienso discutir ni llevarle la contraria nunca más. La cosa es que ella, es plenamente consciente de este nuevo poder sobre mí, y le ha dado de vez en cuando por jugar conmigo. Sus jueguecitos me van a costar ciertamente la salud.

Últimamente cuando se prueba cualquier modelito (cuál de ellos más provocador) viene al salón y con la excusa de enseñárselo a su madre, para que le dé su opinión, nos hace una verdadera y provocadora exhibición. Si su madre se levanta y se va en ese momento a la cocina u otro lugar de la casa, ella me mira y se acaricia de arriba abajo y poniendo cara de viciosa me dice:

—Me sienta bien verdad papá.

Otras veces si estamos los dos en el sofá (también tenemos un sillón) si mi mujer está en el lavabo o en una habitación o en la cocina, ella pone sus pies sobre mi rabo por encima de mi pantalón y lo masajea poniéndome a cien. Esto no sucede muy a menudo pero, las pocas veces que lo ha hecho, he tenido que ir luego al lavabo a pajearme. De un tiempo a esta parte voy siempre con pantalones vaqueros. De lo contrario se me nota mucho las tremendas erecciones que se producen nada más verla.

Lo último aconteció el otro día. Dos semanas más tarde. Fue lo más morboso y pornográfico que me podía imaginar en mi vida.

Desde esta última vez, me encuentro en un sin vivir y con los huevos a reventar de excitación todo el puto día.

Mi mente va a mil revoluciones las 24 horas. No puedo dejar de pensar en esta última vez y en como terminó. Me acuesto pensando en ello y me levanto igual, pensando en lo mismo también.

También sucedió curiosamente un domingo, pero está vez mi mujer no salió de casa en todo el día, pero tampoco le hizo falta a mi hija. Estábamos los tres por la tarde viendo la televisión. Mi mujer y yo en el sofá y mi hija en el sillón.

Mi mujer se levantó y dijo que se iba al baño. Fue cerrar la puerta del baño y mi hija se levantó de su sitio y vino hacía mí.

Cogió el mando del televisor y subió el volumen de éste.

—¿Qué haces? Que mamá está ahí al lado —le dije yo preocupado con la voz muy baja.

—Calla tonto. La mamá se ha llevado el móvil al baño así que va a cagar y tardará un rato —me susurró también.

Se situó de pie frente a mí. Yo seguía sentado en el sofá con cara de bobalicón.

Sin darme tiempo a nada, me cogió la mano derecha y se la llevó a su boca y empezó a chupar a intervalos el dedo índice, corazón y el dedo gordo. Me soltó la mano y como intuí lo que quería, le dejé mis dedos dentro de su babosa boca, mientras ella se bajaba hasta los tobillos el pijama. No me sorprendió nada ver, que no llevara puestas las bragas.

Hice resbalar mis posaderas hacia el borde del sofá, acercándome todo lo posible a su increíble cuerpo. Cogió nuevamente mi mano por la muñeca, la sacó de su boca y la dirigió firmemente a su coño.

Yo sin dudarlo, comencé a introducir los dedos índice y corazón en él, mientras con el dedo gordo estimulaba su clítoris como a ella tanto le gustaba.

¡Dios! Llevaba ya un buen rato muy cachonda, ya que su coño se encontraba por completo empapado.

Mi cerebro iba a mil por hora, así que fui subiendo mi mano izquierda por debajo del pijama, al mismo tiempo que acariciaba su cuerpo. Primero por su terso y delgado vientre, siguiendo por sus duros pechos. Todo esto mientras no paraba de follármela lentamente con mi mano.

Mi mano izquierda se entretuvo un momento a jugar con sus increíbles pechos. Era increíble, sus durísimos pezones actuaban como verdaderos resortes entre mis dedos. Tenía prisas por hacer lo que me se ocurrió en ese momento, así que dejé sus pechos atrás para seguir más arriba y sacar mi mano por el cuello de su camiseta, para terminar luego introduciendo mi dedo corazón en su boca.

Ella lo recibió con placer y lo chupó con desesperación, mientras no paraba de ayudarme con sus caderas a penetrarse ella misma, con los dedos de mi mano derecha. Cuando su saliva ya chorreaba mano abajo, liberé mi dedo de su boca y con cuidado pero con rapidez saqué la mano izquierda de debajo de la camiseta de su pijama. Sin darle tiempo a decir nada, puse esta mano en su espectacular culo, buscando su ano y empecé a introducir lentamente el dedo corazón en su prieto ano.

—¿¡Qué haces..!? ¡Papá!, pero… ufff —protestó susurrando jadeante con voz temblorosa.

La sujeté un poco y la obligué a parar de follarse a ella misma. La quería quieta para terminar de hacer lo que quería. La mantuve bien quietecita y mientras jugaba con mis dedos en el interior de su jugoso coño, le fui introduciendo el dedo corazón de mi mano izquierda en su ano hasta los nudillos. De tal forma que mi mano en su coño, llegaba a tocarse con mi mano en su ano.

—Ohhh —gimió— sí, sí, ohh, ¡por Dios papá!, oooh sí, me gusta, dame por ahí también —susurró gozosa.

Mi penetración en su ano era lenta. Sacaba mi dedo hasta la última falange y luego lo volvía a meter hasta el fondo.

—Sí, sí, me gusta si papá, ¡por Dios, por detrás me gusta mucho también!, ¡me vas a volver loca! —me susurró.

Sus contenidos gemidos, le hicieron echar la cabeza tan atrás que, su largo cabello llegó a tocarme la mano con la que la tenía empalada por el culo.

Empecé a darle vida a mi dedo en el interior de su ano como yo sabía hacer.

¡Dios. La tenía empalada por los dos lados! De su coño ya empezaba a oírse el chapoteo de sus jugos mientras mis dedos la taladraban.

Se levantó la camiseta por encima de sus pechos quedándose estos desnudos a la altura de mis labios. Sus dos preciosas tetas estaban nuevamente a mi alcance. Sus puntiagudos pezones seguían sorprendiéndome.

¡Madre mía!, de pie sus pechos ya no eran tan pequeños, más bien todo lo contrario.

Empecé a chuparlos con desesperación. Ella me agarró la cabeza fuertemente, como si tuviera miedo de que me arrepintiera de chuparlas.

Sus jadeos iban en aumento. Noté como comenzaba a posicionar sus glúteos, para que le perforara bien su ano y luego rápidamente volvía a buscar mis dedos en su chorreante coño.

—Ufff, ¡por Dios papá! —susurraba sus temblorosa boca.

A mí sus pechos me estaban volviendo completamente loco.

—¡Fóllame bien papá!, ohhh, ¡cómo me gusta que me folles por el culo! ¡Oh por favor, que bien me follas!

Suerte de la previa subida del volumen del televisor, porque esas últimas palabras ya no eran susurros.

Separé un poco la boca de sus pechos y en voz baja le dije:

—shhh, shhh, ¡baja la voz por favor! —le supliqué.

Quería darle el mayor placer posible, no quería que mi doble follada se solapase entre sí. Quería que notara bien las sensaciones en su ano y luego en su coño. Así que me las arreglé en pocos segundos, para acompasar mis penetraciones y aislarlas entre si una de la otra. Cuando sacaba hasta el borde de su vagina mis dedos, introducía el dedo corazón de mi mano izquierda hasta los nudillos en su culo. Y a la inversa. Cuando sacaba mi dedo hasta el borde de su ano, le introducía los dedos de mi mano derecha hasta los nudillos en su coño.

La estaba volviendo loca de placer. Tal era así que noté como resbalaban por mi muñeca sus jugos vaginales.

Más o menos en ese momento se escuchó el sonido de la descarga de la cisterna.

Aún teníamos algo más de tiempo, ya que normalmente tiraba dos veces de ésta y luego se lavaba en el bidé. Pero bueno, teníamos que acelerar la cosa, no podíamos permitirnos que mi mujer sospechase lo más mínimo.

Mi hija escuchó la cisterna al igual que yo. Supongo que pensó exactamente lo mismo.

Teníamos que ir terminando.

Mientras la tenía bien empalada por detrás, por delante le introduje de golpe otro dedo más. ¡Volvían a ser tres en su estrecho coño!

—Dios, ¡¡Me corrooo!! —dijo sin medir el volumen de su voz otra vez.

Me separó mi cabeza de sus pechos, la elevó hacia su cara y comenzó a besarme los labios con desesperación mientras jadeaba sin parar. Cuanto más rápido la embestían mis dedos, más gritaba y más apretaba su boca contra la mía.

Entendí en seguida que en realidad no buscaba besarme. Ni mucho menos.

¡Lo que estaba haciendo era ahogar sus terribles gemidos dentro de mi boca!

Tal era así, que su boca la mantenía totalmente dentro de la mía. Era alucinante. Su boca totalmente abierta dentro de mi boca gemía y pronunciaba palabras que yo no podía entender. Por momentos le faltaba el aíre, se retiraba y apoyaba su mejilla junto a la mía, quedando sus labios muy apretados junto a mi oreja izquierda. Escuchaba su acelerada respiración, con los labios tan apretados evitando hacer ningún ruido que, se obligaba a respirar rápido y fuerte por su nariz. Esa respiración de placer tan desesperante y acelerada por su nariz, me estaba poniendo cachondísimo. Me estaba volviendo loco la verdad.

A los pocos segundos volvía a introducir su boca dentro de la mía, ya incluso con mechones de sus cabellos. La escuchaba dentro de mí gritar y jadear de placer. Era como si en mi interior hubiera una persona muda intentando salir a gritos. Mis implacables acometidas en su ano y vagina la habían vuelto completamente fuera de si. Llegó a apretar tanto su boca en el interior de la mía, que por un momento temí que me desnucara.

¡Su intenso orgasmo era interminable!

Noté de pronto que aflojaba su presión en mi boca, se separó unos milímetros y logró verbalizar:

—Más, oh me corro, ¡me corro papá!, Dios, por favor, ¡uhhh papaaá!, no puedo parar de correrme, uff papá… ¡no puedo parar de correrme!

Sus contracciones y espasmos temblorosos eran terribles. Temí que le fallasen las piernas. Súbitamente soltó una de sus manos de mi cabeza y agarró mi mano izquierda, la que penetraba sin miramientos su espectacular culo. Me la agarró fuertemente por la muñeca. Pensé entonces que el dedo en su ano le estaría molestando, e instintivamente empecé a sacarlo.

¡Cuánto me equivoqué!

Cuando notó que mi dedo estaba prácticamente fuera de su ano, empujó fuertemente mi mano clavándoselo nuevamente hasta el fondo. Luego con mi mano aún cogida, me hizo entender que lo que deseaba era que la penetrara más vigorosamente por el culo.

¡Dios! Ella al igual que yo, acabábamos de descubrir en ese momento que le encantaba el sexo anal.

¡Le volvía loca de placer!

Creo que fue que en ese momento que se escuchó la apertura del grifo del bidé.

!Mierda!, pensé, tan sólo nos quedaban unos 4 o 5 minutos.

Empecé a notar las contracciones del interior de su coño, pero más aún las de su ano.

¡Dios!, como apretaba de fuerte los músculos de su esfínter.

Estando ella así de pie, noté muchísimo más que cuando estaba tumbada, las tremendas contracciones de su vagina. Su coño apretó de tal modo mis dedos en su interior, que hizo que estos se cruzaran entre si completamente. ¡Era increíble, era maravilloso!

Mi polla iba a romper la cremallera de mi pantalón. Tal era mi dolorosa erección.

Siendo consciente del peligro, me apresuré a sacar mis dedos lentamente. Ella aún seguía con sus interminables espasmos orgásmicos. Su boca aún continuaba dentro de la mía jadeante y gozosa. Saqué los dedos de su coño empapados por completo por sus jugos vaginales. Más lentamente saqué el dedo corazón de su ano. Ella no parecía querer que sacara este último, ya que mientras lo extraía echaba sus glúteos hacia atrás dificultándome su extracción.

De su boca salían pequeños ¡oooh! mientras tanto.

Ya con mis manos completamente libres, le subí rápidamente el pantalón del pijama. Aproveché mientras tanto para sobar bien sus prietas y elevadas nalgas. Por fin liberó mi boca de la suya.

La miré. Su cara de placer y lujuria era todo un primor. Tenía mechones de su pelo pegados por el sudor y sus saliva en el cuello, en su cara al igual que es su frente sudorosa. Aún tenía algunos mechones dentro de la comisura de sus labios. Su respiración era súper agitada. Tanto era así que, cuando sus pulmones se llenaban de aire, sus desnudos pechos me clavaban sus pezones en la frente. Esto lo hacía a intervalos de muy pocas décimas de segundos. Tal era su agitación.

Me miró con esa cara de placer y lujuria indescriptible. Se retiró los mechones de pelo de su boca. Con la manga de la camiseta del pijama se secó la saliva de sus mejillas y su boca. Me cogió mi mano derecha, la que le había dado tanto placer a su coño y me la acercó a mis labios.

No sé exactamente a qué vino esto. Pero si tenía alguna duda de que en algún momento yo no me comiese su coño, se las disipé todas.

Yo sin dudarlo, empecé a lamer mi mano lentamente desde la muñeca, para terminar en cada uno de mis dedos, aún algo húmedos por sus jugos vaginales. Mi mano olía fuertemente a todo el interior de su ser, y la chupé con verdadero placer.

Mi polla no podía estar más dura.

Mientras yo seguía lamiendo mi mano, acerté a introducir la otra por dentro del pantalón de su pijama. Agarré fuertemente su nalga derecha. Mis cuatro dedos se introdujeron con facilidad en la abierta raja de su culo, quedando mi dedo meñique sobre su ano.

Sin parar de lamer mis dedos, la apreté fuertemente hacia a mí. Al hacer fuerza, parte de mi dedo meñique se introdujo de golpe en su ano y esto hizo que de su boca saliera nuevamente unos pequeño suspiros de placer.

—¡Uuufffs..! —exclamó.

Entonces ella se inclinó y acercó sus labios a mi oreja izquierda.

Lo que me susurró provocó unas sensaciones indescriptibles y un fuerte e instantáneo calambrazo en mis hinchados huevos.

—¿Sabes papi? —me susurró aún jadeante y temblorosa— como tienes hecha la vasectomía, la próxima vez, te voy a dejar que me metas tu polla por donde quieras, como quieras y todo el tiempo que tú quieras.

Eso fue demasiado para mí y empecé a eyacular dentro del pantalón vaquero, como un loco, sin tan siquiera haberme tocado en ningún momento.

Apreté fuertemente mis labios para evitar realizar ningún sonido. Tuve que soltar su glúteo para poder sujetarme en el sofá con las dos manos, mientras mis caderas respondían con latigazos a las potentísimas eyaculaciones de mi polla.

Ella se bajó la camiseta cubriéndose los pechos y se sentó nuevamente en el sillón sobre sus piernas. Cogió un cojín y se lo acomodó en su regazo. Parecía que de ahí no se había movido en ningún momento. Me miró sonriendo mientras yo aún estaba descargando leche dentro de mi pantalón, ahora con pequeñas sacudidas pero aun cogiéndome fuertemente en el sofá con las dos manos.

Ella siguió mirándome con curiosidad, hasta que dejé de culear.

—Que lástima papi, me hubiese tragado toda esa leche con mucho placer —me susurró desde el sillón con expresión de pura lujuria.

¡Por favor! Tenía que parar de decirme esas obscenidades, me iban a costar mi salud mental.

—Soy muy mala, ¿verdad papi? —continuó susurrando poniendo cara de niña triste, picarona y traviesa.

Sonreí y asentí mientras resoplaba de alivio.

Desde luego algo había cambiado en ella, porque la palabra ‘Papi’, jamás me la había dicho en su vida.

Era distinto, se sentía como más cómplice, más íntima entre los dos, más sexual.

Se escuchó el clic del pestillo del baño. Mi mujer volvía.

Mi hija dejó de mirarme y prestó toda su atención a su móvil.

Me senté bien en el sofá y cogí el otro cojín y lo sitúe sobre mi regazo para ocultar un posible manchón.

—¿¡Que leches os pasa a vosotros dos!? —dijo mi mujer nada más entrar en el salón.

A mí un poco más y me da algo. Aunque no pude ver su cara, supongo que a mi hija también le sucedió igual.

Si mi polla continuaba erecta, se desinfló de golpe.

—¿Pero es que estáis sordos? —continuó—. ¿Quién es el que sube tanto el volumen del televisor que, no puede una ni estar tranquila en el baño?

—A mí no me mires —se apresuró a contestar mi hija—. ¡Ja!, mira quién tiene el mando de la tele —me señaló traidora.

—¿Quieres bajar el volumen por favor? —me exigió—. ¿Estás sordo o estás tonto? ¡Que manía con subir el volumen tienes!

A mi hija le entró otra vez esa risa suya tan característica, que estaba entre infantil y adulta.

Yo me reí también y bajé el volumen del televisor.

—Y baja un poco la calefacción también, que mira como está tu hija de roja.

Miré a mi hija y era cierto, estaba bastante roja.

—¿Tienes calor verdad cariño?

—Sí un poco mamá —contestó ella.

Bajé un par de grados la calefacción.

Al poco rato mi mujer se metió en la cocina. Salí disparado para lavarme un poco y cambiarme de ropa.

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