Mi novia me convenció (1)

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El salón estaba a oscuras, iluminado solo por la luz que venía de la calle. Indhira se giró hacia mí, cruzando las piernas sobre el sofá, descalza. Su mirada era seria, pero sus ojos brillaban con esa determinación que hacía imposible decirle que no.

—Javi, tenemos que hablar de esto otra vez —dijo, rompiendo el silencio—. Mañana abren las citas y no voy a dejar que lo dejes pasar más.

Yo suspiré, echando la cabeza hacia atrás. Saber a qué se refería me ponía tenso al instante.

—Indhira, de verdad, no creo que sea necesario un médico para… lo que nos pasa a veces. Son solo rachas de estrés.

—No es solo por tus problemas de erección, Javi, aunque sabes perfectamente la frustración que sentimos los dos cuando pasa —respondió ella, acercándose y poniéndome una mano en el muslo—. Es que nunca te has hecho un chequeo urológico completo. Tienes una edad en la que hay que empezar a cuidarse. Además… —añadió, con una sonrisa de reojo que mezclaba picardía y un toque de firmeza— yo paso por el ginecólogo todos los años. Sillas ginecológicas, espéculos, inspecciones internas por delante e incluso por detrás alguna vez, mamografías, posiciones incómodas… Es justo que tú pases por lo mismo y sepas exactamente lo que yo siento cuando estoy ahí tan expuesta y abierta de piernas con los pies apoyados en los estribos.

La miré fijamente. El argumento de la igualdad me tocó el orgullo, pero también encendió una chispa de morbo que no esperaba. Sostuve su mirada un momento antes de ceder, imponiendo mis propias reglas.

—Está bien —dije, bajando la voz—. Pide la cita. Pero con dos condiciones estrictas, Indhira.

—Dime.

—La primera, que el chequeo me lo haga una doctora. Una uróloga. Si voy a pasar por esa vulnerabilidad, quiero que sea una mujer la que me examine. Y la segunda… es que tú vas a entrar conmigo a la consulta. Te vas a quedar viendo absolutamente todo lo que me hacen. Desde el primer minuto hasta el último.

Indhira guardó silencio un par de segundos. Vi cómo su respiración se aceleraba ligeramente y cómo sus pupilas se dilataban. La idea de verme expuesto ante otra mujer, bajo su atenta mirada, la excitaba tanto como a mí.

—Trato hecho —susurró ella, sellando el trato con un beso lento y cargado de anticipación.

El olor a antiséptico y el zumbido del aire acondicionado aumentaban mis nervios. Entramos a la consulta y el impacto fue inmediato. Detrás del gran escritorio de madera estaba la doctora Valeria Valenzuela. Era una mujer imponente: de cabello oscuro recogido en un moño impecable, ojos almendrados extremadamente analíticos y una postura que irradiaba una autoridad absoluta. Vestía una bata blanca pulcra sobre un traje sastre que dejaba adivinar una figura atlética y magnética.

A su lado, de pie junto a una camilla clínica que dominaba la sala, estaba una enfermera joven llamada Marta, de uniforme azul, que anotaba algo en una tablet.

—Buenos días. Podéis sentaros, por favor —dijo la doctora Valenzuela con una voz grave, de una firmeza pausada que pareció resonar en toda la habitación.

Indhira y yo nos sentamos en las sillas frente a ella. Indhira mantenía una postura erguida, devorando la escena con la mirada. Yo, en cambio, sentía cómo el pulso se me aceleraba.

—Bien, Javier —comenzó la doctora, entrelazando sus dedos sobre la mesa y clavando sus ojos directamente en los míos—. Es tu primera revisión urológica completa. Según los datos previos que rellenó tu pareja al solicitar la cita con preferencia femenina, el motivo no es solo preventivo. Cuéntame con tus propias palabras qué está ocurriendo.

Tragué saliva. Sentir la mirada clínica e imponente de la doctora, combinada con la presencia de la enfermera a un lado y la respiración contenida de Indhira a mi derecha, creaba una atmósfera cargada de un morbo insoportable.

—Bueno… —empecé, aclarándome la garganta—. Últimamente, durante el coito con mi novia, tengo dificultades para mantener la erección. Empezamos bien, pero… la pierdo a mitad del acto.

La uróloga no parpadeó. Mantuvo un rigor profesional absoluto que, paradójicamente, hacía la situación mucho más erótica y tensa.

—Entiendo. ¿Se produce la pérdida de rigidez de forma abrupta o gradual? —preguntó de manera directa, sin rodeos, mientras la enfermera tecleaba discretamente en su tablet, sin apartar del todo los ojos de mí.

—Gradual —respondí, sintiendo que la cara me ardía—. Simplemente… decae.

—¿Ocurre lo mismo durante la masturbación en solitario o tienes erecciones matutinas espontáneas? —insistió la uróloga, inclinándose ligeramente hacia adelante. El sutil aroma de su perfume inundó el espacio entre nosotros.

—No… solo me pasa cuando estamos juntos. En solitario suelo mantenerla.

La doctora Valenzuela asintió despacio, anotando algo en su ordenador. Luego, desvió por primera vez la mirada hacia Indhira.

—Y usted es Indhira, la pareja. Veo en el expediente que solicitó explícitamente estar presente durante toda la exploración física. ¿Es correcto?

—Sí, doctora —respondió Indhira con voz firme, aunque pude notar un ligero temblor de anticipación en su tono—. Quiero ver todo el procedimiento.

La doctora esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, que reflejaba el control total de la situación.

—Por mí no hay inconveniente, siempre que el paciente firme el consentimiento de privacidad, cosa que ya ha hecho. De hecho, su presencia nos ayudará a evaluar si existe un componente de ansiedad de ejecución.

La doctora Valenzuela se levantó de su sillón con una elegancia imponente. Su altura y su porte llenaron la estancia. Se ajustó la bata y miró hacia la zona de exploración, donde la enfermera ya preparaba unos guantes de látex y un bote de gel conductor.

—Muy bien, Javier. La entrevista previa ha terminado —sentenció la doctora, mirándome fijamente desde arriba—. Ahora vamos a proceder con la revisión urológica completa para descartar cualquier patología física o vascular.

La doctora dio dos pasos hacia el centro de la consulta, deteniéndose junto a la báscula de columna. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se posaron en mí con una autoridad que helaba la sangre y, al mismo tiempo, aceleraba el pulso.

—Muy bien, Javier. Para una evaluación urológica y vascular completa, necesito que te desvistas por completo. De la cabeza a los pies —ordenó con una voz gélida, profesional y carente de toda duda—. No te dejes absolutamente nada puesto, ni los calcetines, ni el reloj. Todo fuera. Puedes dejar la ropa en esa silla.

El silencio en la consulta se volvió denso, casi sólido. Me levanté de la silla sintiendo el suelo frío bajo mis pies. Empecé a desabotonarme la camisa, consciente de que tres pares de ojos seguían cada uno de mis movimientos: la doctora, con su frío rigor clínico; la enfermera, que sostenía la tablet con una profesionalidad impecable; e Indhira.

Giré la cabeza hacia mi novia mientras me quitaba los pantalones y los calzoncillos. Indhira estaba sentada, con las piernas cruzadas. De su pie derecho colgaba, oscilando suavemente, una de sus sencillas y cómodas chanclas, jugueteando de manera inconsciente debido al nerviosismo. Al verme quedar completamente desnudo y expuesto bajo la cruda luz fluorescente del techo, el rostro de Indhira cambió. El rubor subió por su cuello y sus ojos se abrieron de par en par. En ese instante, al ver mi total vulnerabilidad frente a una doctora tan imponente, Indhira se dio cuenta de la magnitud del morbo en el que nos habíamos metido. Estaba presenciando mi entrega absoluta.

—Sube a la báscula, por favor —indicó la doctora, rompiendo el trance.

Caminé completamente desnudo por la consulta, sintiéndome observado en cada centímetro de mi piel. Me subí a la plataforma metálica. El contacto del metal frío con las plantas de mis pies me hizo dar un leve respingo.

—Pega los talones atrás, espalda recta y la mirada al frente —ordenó la uróloga mientras se acercaba a mí.

Su cercanía era abrumadora. El aroma a perfume caro y limpio me envolvió por completo. Con movimientos firmes y decididos, la doctora deslizó la barra de medición sobre mi cabeza. Anotó mi altura y luego ajustó las pesas de la báscula clásica, evaluando mi cuerpo desnudo con una frialdad puramente médica que solo aumentaba la tremenda tensión de la sala. La enfermera introdujo los datos en el sistema sin desviar la mirada de la pantalla, manteniendo el ambiente estricto.

—Peso y talla correctos para la edad —dictaminó la doctora, dando un paso atrás—. Ahora, Javier, dirígete a la camilla.

Miré el mueble clínico. La uróloga señaló los soportes metálicos del extremo.

—Túmbate bocarriba, desliza la pelvis hacia el borde y coloca los pies en los estribos. Abre bien las piernas para que pueda proceder con la exploración anatómica y genital completa.

Tragué saliva, sintiendo que el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho. Me subí a la camilla y me recosté sobre el papel clínico que crujió bajo mi espalda desnuda. Elevé las piernas y encajé los talones en los fríos estribos metálicos, quedando completamente abierto, expuesto y entregado a su criterio clínico. Desde mi posición, alcancé a ver a Indhira: mantenía la mirada fija en mis genitales expuestos, su respiración era notablemente más rápida y su chancla había dejado de oscilar; su pie estaba rígido, conteniendo el aliento por la brutal carga erótica del momento.

La doctora se acercó al pie de la camilla. Con un chasquido seco que resonó en toda la habitación, se ajustó un par de guantes de látex azul. La enfermera se colocó a su lado, destapando el bote de gel conductor.

—Vamos a comenzar evaluando la morfología y la respuesta térmica y táctil —anunció la uróloga.

Sus manos cubiertas de látex descendieron con firmeza hacia mis genitales, iniciando la palpación física. El contraste entre el guante frío y mi piel caldeada por la tensión provocó un escalofrío que me recorrió la espina dorsal por completo.

El contacto continuo del látex de la doctora Valenzuela sobre mi piel desató la reacción más temida y embarazosa. A pesar de los nervios, del frío de los estribos y de la cruda luz de la consulta, el estímulo táctil y la tremenda carga de morbo acumulada provocaron que mi cuerpo respondiera por sí solo. Sentí cómo la sangre afluía con fuerza, y en cuestión de segundos, experimenté una erección rígida e involuntaria, quedando completamente expuesto en mitad de la camilla. Un pensamiento de «tierra, trágame» me invadió por completo. Sentí las mejillas arder al instante.

La doctora detuvo sus manos un segundo, observando el cambio físico con una impasibilidad clínica que me resultó demoledora. Levantó la vista hacia mí, sosteniéndome la mirada con absoluta firmeza.

—Vaya, Javier. Parece que el sistema vascular funciona perfectamente bajo estímulo directo —comentó con su voz grave y pausada, totalmente desprovista de pudor—. No te preocupes, es una respuesta fisiológica puramente mecánica y bastante común en pacientes jóvenes. Mantén la calma para que podamos continuar de forma precisa.

A mi derecha, escuché el sutil roce de la chancla de Indhira contra el suelo. Me arriesgué a mirarla de reojo: mi novia estaba completamente estática en la silla, con las pupilas dilatadas y las mejillas encendidas en un rojo intenso, debatiéndose entre la vergüenza ajena y una evidente, incontenible excitación al ver mi miembro erecto siendo manipulado profesionalmente delante de ella.

—Marta, procedamos con la palpación testicular y del cordón espermático —ordenó la uróloga, dando un paso adelante—. Sujeta la base, por favor.

—Entendido—respondió la enfermera.

La ayudante dio un paso al frente, ajustándose también sus guantes de látex con un chasquido seco. Se situó al lado de la camilla y, con movimientos precisos y fríos, rodeó con sus dedos la base de mi erección para inclinarla hacia arriba, despejando la zona baja. Sentir las manos de las dos mujeres trabajando en equipo sobre mis genitales me hizo contener el aliento.

La doctora Valenzuela comenzó un examen exhaustivo. Con las yemas de sus dedos enguantados, empezó a palpar minuciosamente el testículo izquierdo, evaluando el tamaño, la consistencia y buscando cualquier irregularidad.

—Dime si sientes alguna molestia aquí, Javier —preguntó la uróloga mientras presionaba con firmeza milimétrica—. Al tener problemas de mantenimiento de la erección durante el coito, es vital descartar un varicocele, que es una dilatación de las venas del cordón espermático. ¿Duele?

—No… doctora, solo… presión —alcancé a articular con la garganta seca, mientras la enfermera reubicaba sus manos con firmeza para facilitarle el acceso al testículo derecho.

—Bien. Ahora respira hondo y tose con fuerza —me instruyó la doctora, manteniendo sus dedos fijos en la base escrotal.

Cumplí la orden, tosiendo dos veces. La doctora y la enfermera permanecieron concentradas, observando y sintiendo el reflejo mecánico de mi anatomía.

—El reflejo cremastérico es simétrico y no se aprecian masas —dictaminó la doctora a la enfermera, quien inmediatamente soltó mi base para anotar los datos en la tablet, rozando sutilmente mi muslo en el proceso.

Sin darme un segundo de tregua, la uróloga continuó el chequeo deslizando sus dedos por todo el cuerpo del miembro erecto, retrayendo el prepucio de manera completamente mecánica para examinar el glande y el meato urinario.

—La elasticidad del tejido es óptima —comentó la doctora, mirándome fijamente mientras mantenía el agarre—. Javier, una pregunta necesaria para tu expediente: esta respuesta eréctil tan súbita que acabas de tener ante una exploración médica… ¿la experimentas a menudo ante situaciones de control o estrés, o se debe exclusivamente a la presencia de tu pareja observándote?

La pregunta, formulada con una frialdad clínica implacable, me golpeó de lleno. Sentí la mirada de Indhira clavada en mí, esperando la respuesta mientras su pie jugaba nerviosamente con la chancla.

—Yo… creo que es por la situación en general, doctora —respondí, intentando mantener la compostura dentro de lo imposible—. El hecho de estar… así.

—Entendido. Factores psicológicos de estimulación por exposición —concluyó la uróloga con total naturalidad, soltándome por fin—. La revisión anatómica externa está completa. Sin embargo, para un chequeo urológico integral y exhaustivo, nos falta la parte más importante y determinante para evaluar la salud de tu próstata y el tono muscular pélvico.

La doctora Valenzuela dio un paso hacia atrás y miró a su ayudante.

—Marta, prepara el gel lubricante urológico. Vamos a proceder con el tacto rectal.

La uróloga me miró desde su imponente altura, con una frialdad que contrastaba brutalmente con la agitación de mi cuerpo. El chasquido del látex al reajustarse los guantes marcó el inicio de la fase más temida.

—Bien, Javier. Baja las piernas de los estribos —ordenó con una voz firme, pausada y arrastrada, recreándose en cada palabra—. Ahora vas a colocarte en la posición necesaria para evaluar la próstata. Gírate y ponte de rodillas sobre la camilla.

Tragué saliva, sintiendo el crujido del papel clínico bajo mis rodillas desnudas mientras cambiaba de postura, quedando de espaldas a ella.

—No, así no. Colócate bien —corrigió de inmediato la uróloga, con un tono estricto que no admitía réplicas—. Apoya las palmas de las manos firmemente en la cabecera de la camilla, o si lo prefieres, apoya los antebrazos para tener más estabilidad. Desliza las rodillas hacia atrás. Quiero que dejes la pelvis completamente suspendida, los glúteos elevados hacia mí y las plantas de los pies mirando directamente al techo. Eso es. Mantén esa posición y no te muevas.

Hacer aquello de rodillas, completamente desnudo, con las plantas de los pies apuntando al techo y ofreciendo mi zona más íntima a su inspección directa, era la situación más vulnerable y humillante que jamás hubiera imaginado. Desde mi posición, con la cabeza baja, alcancé a vislumbrar de reojo a Indhira.

Mi novia estaba al borde de la silla. Su chancla se había deslizado por completo de su pie y ahora descansaba olvidada en el suelo. Indhira contemplaba la escena con una mezcla de absoluto morbo y una curiosidad científica y carnal que jamás había experimentado. Tenía las manos aferradas al borde de su asiento y su respiración, entrecortada y ruidosa en el silencio de la sala, delataba que estaba profundamente excitada al ver mi total sumisión ante la imponente doctora.

A mi espalda, la enfermera abrió con un sonido seco el tubo de gel lubricante.

—Lubricante listo—anunció la enfermera, dando un paso al frente para separar mis glúteos con ambas manos enguantadas, exponiendo la zona por completo y asegurando una visibilidad perfecta para su superior.

—Vas a sentir frío, Javier. Respira hondo por la boca y relaja la musculatura pélvica —me ordenó la doctora.

Sentí el contacto denso y helado del gel, seguido inmediatamente por la presión firme y decidida de su dedo índice entrando en mi anatomía. El gemido reprimido se me quedó atrapado en la garganta. La exploración interna comenzó, y la doctora se encargó de que se me hiciera eterna.

No fue un procedimiento rápido. La uróloga movía el dedo con una lentitud milimétrica, realizando movimientos circulares y precisos para palpar los límites de la glándula prostática. Cada segundo se estiraba como si fuera una hora.

—Evaluando tamaño… —comentó la doctora en voz alta, dictando de forma profesional a la enfermera—. Aproximadamente del tamaño de una castaña, consistencia elástica y bordes bien definidos. No se aprecian nódulos ni asimetrías.

La presión interna cambió de ángulo, presionando con más fuerza hacia adelante. Un espasmo involuntario recorrió todo mi cuerpo y mis manos se aferraron con fuerza al tapizado de la camilla.

—Javier, mantén la posición, no alteres la inclinación de la pelvis —me reprendió la doctora con suavidad pero con una autoridad implacable, mientras continuaba presionando—. Estoy masajeando los lóbulos laterales para comprobar el tono del suelo pélvico. Al haber referido disfunción eréctil en el coito, es crucial asegurarnos de que no hay una congestión prostática o una tensión muscular crónica que afecte al riego sanguíneo.

La enfermera, que seguía sujetándome con firmeza, observaba el punto de contacto de manera fija, anotando cada término médico. Yo solo podía fijarme en Indhira: al ver cómo mi cuerpo temblaba ante la exhaustiva exploración de la doctora, mi novia se humedeció los labios, completamente hipnotizada por la crudeza y el erotismo clínico de la situación. La eternidad de la prueba me estaba desgastando, manteniéndome en un limbo de tensión, pudor y un placer prohibido e involuntario que amenazaba con desbordarse.

—Bien, la palpación del lóbulo derecho es normal —añadió la Dra. Valenzuela, prolongando deliberadamente el examen un poco más—. Pasamos al lóbulo izquierdo. Unos segundos más, Javier. No tenses.

Con un movimiento lento y definitivo, la doctora Valenzuela extrajo su dedo. El sonido del látex al separarse de mi piel rompió el tenso silencio. La enfermera soltó mis glúteos de inmediato y me ofreció unas toallitas desechables con total profesionalidad.

—Bien, la exploración táctil de la próstata ha concluido —anunció la uróloga, retirando el dedo con la misma parsimonia implacable. El alivio inicial fue un espejismo; el vacío mecánico que dejó su ausencia solo acentuó la rigidez de mis músculos.

Escuché el sonido del látex al ser desechado en el contenedor y, casi de inmediato, el tintineo metálico de una bandeja de acero inoxidable. La enfermera no me soltó; sus manos enguantadas mantuvieron la presión, asegurando que mi postura no variara ni un milímetro.

—Dada la persistencia de las molestias y para descartar cualquier microfisura o congestión vascular profunda que justifique la disfunción, vamos a realizar una anoscopia directa —dictaminó la uróloga, su voz resonando con una autoridad que llenaba la consulta—. Marta, prepárame el espéculo anal mediano. Y aplica abundante lubricante en las valvas.

Mis ojos se abrieron de par en par. Busqué desesperadamente la mirada de Indhira. Mi novia no solo no apartó los ojos, sino que se inclinó aún más hacia adelante. El brillo de sus ojos delataba una fascinación casi febril; ver la absoluta sumisión a la que estaba siendo sometido ante la fría mirada de la doctora parecía haber anulado cualquier instinto de protección, sustituyéndolo por un morbo desbordante.

—Doctora… ¿es necesario? —logré articular, con la voz quebrada, sintiendo el sudor frío correr por mi espalda.

—Completamente necesario, Javier —respondió la doctora Valenzuela, apareciendo de nuevo en mi campo de visión periférico. En su mano derecha sostenía el instrumento de metal cromado, cuyas valvas reflejaban la luz fluorescente del techo—. No te muevas. Vas a sentir una presión mayor y una sensación de llenado. Es fundamental que dejes caer el peso del abdomen y no opongas resistencia, o el metal te lastimará.

La enfermera reforzó su agarre, separando los glúteos con firmeza quirúrgica. Sentí la aproximación del instrumento, el tacto frío del gel que aún quedaba en mi piel y, de inmediato, la punta roma del espéculo presionando contra el esfínter.

—Respira hondo. Expulsa el aire lentamente… ahora —ordenó la uróloga.

El metal comenzó a abrirse paso. La sensación de invasión fue total, un choque brutal entre la fría rigidez del instrumental y la calidez desprotegida de mi anatomía. Un gemido sordo, agudo, escapó de mis labios mientras mis dedos se clavaban con tanta fuerza en el tapizado de la camilla que las articulaciones me quedaron blancas.

—Muy bien, manteniendo la posición —murmuró la doctora, con esa calma imperturbable que rozaba la indiferencia. Con un giro preciso de la manivela del instrumento, comenzó a separar las valvas metálicas en mi interior—. Introducido a cuatro centímetros. Procedo a la apertura para la visualización de la mucosa rectal baja. Marta, enfoca la lámpara de exploración directamente aquí.

El haz de luz halógena impactó de lleno en la zona expuesta, iluminando mi vulnerabilidad con una nitidez despiadada. Indhira observaba fijamente el punto exacto de la exploración, con la boca sutilmente entreabierta y una respiración tan acelerada que resultaba audible por encima del zumbido de la lámpara médica. Sabía que ella estaba presenciando mi entrega absoluta a los mandatos de la doctora, y ese pensamiento, mezcla de humillación y un placer prohibido e incontrolable, hizo que mi cuerpo temblara por completo sobre la camilla.

Fue entonces cuando Marta, sin soltar la presión de sus manos sobre mis glúteos, inclinó la cabeza para inspeccionar el instrumental y rompió el silencio con una voz fría y puramente técnica, elevando la tensión de la sala a niveles insoportables:

—Doctora, el esfínter presenta una resistencia espástica severa. Además, hay una respuesta neurológica evidente… la zona está experimentando espasmos involuntarios continuos. El paciente está extremadamente alterado, la pulsación en la zona perianal es muy visible.

Las palabras de la enfermera, desnudando mi reacción física más íntima en términos clínicos, me hicieron desear que la tierra me tragara. La doctora ni se inmutó; simplemente reajustó su postura con una elegancia implacable, sosteniendo el espéculo con una firmeza que no daba margen al movimiento.

—Es una reacción esperable dada la falta de autocontrol, Marta, pero debemos terminar la valoración —sentenció la uróloga con una superioridad aplastante. Desvió por un segundo sus ojos de mi cuerpo y clavó su mirada en la silla de mi novia—. Señorita Indhira, acérquese, por favor.

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