Mi novia me convenció (2)

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Escuché el sutil roce de la planta del pie descalzo de Indhira contra el suelo, buscando a tientas su chancla olvidada. Se la calzó apresuradamente y el característico y rítmico clack-clack de la suela de goma contra el suelo de terrazo de la consulta comenzó a aproximarse a la camilla. Cada paso era una cuenta atrás hacia mi absoluta exposición.

—Póngase aquí, a mi lado —ordenó la doctora Valenzuela, indicándole el hueco exacto entre ella y la lámpara halógena—. Observe directamente a través de las valvas del espéculo. Como pareja del paciente, es importante que entienda lo que ocurre. Vea esa coloración rosada y la congestión de los vasos internos. Justo ahí es donde la tensión muscular acumulada bloquea el flujo correcto.

Indhira se situó a escasos centímetros de mi rostro de espaldas, tan cerca que pude percibir el calor de su cuerpo y el aroma de su perfume mezclado con el olor a antiséptico de la clínica. El clack de su chancla se detuvo en seco. Escuché su respiración entrecortada justo encima de mí mientras se inclinaba para mirar in situ lo que el metal abría en mi interior. Estaba completamente expuesto, de rodillas, ante la mirada clínica de dos profesionales y los ojos encendidos de deseo y asombro de mi propia novia.

—Mire aquí —insistió la doctora Valenzuela, apuntando con el indicador enguantado hacia el centro del canal expuesto—. Esa ligera inflamación en la mucosa corrobora que la tensión no es solo psicológica, sino puramente física.

Indhira dejó escapar un suspiro ahogado, incapaz de articular palabra. El morbo inmenso de la situación la había dejado completamente impresionada, paralizada al ver la crudeza del metal abriendo mi anatomía bajo la luz cegadora. Sus ojos iban de la fría concentración de la uróloga a mi cuerpo trémulo, asimilando la sumisión total en la que me encontraba. El clack sutil de su chancla contra el suelo al cambiar el peso del cuerpo delató lo mucho que le costaba mantenerse firme ante semejante impacto visual.

—Bien, la inspección visual está completa —determinó la doctora, pero no hubo rapidez en sus actos.

Con una superioridad aplastante y una parsimonia que rozaba lo deliberado, la uróloga comenzó a girar la manivela para cerrar las vallas metálicas. El proceso fue un suplicio de lentitud milimétrica. Cada milímetro que el acero cedía se sentía como una eternidad, prolongando el roce del instrumental contra las paredes internas de manera calculada. Sabía que lo hacía para evaluar la respuesta contráctil del esfínter, pero la extrema lentitud solo aumentaba mi agonía y el deleite visual de mi novia, que no apartaba la mirada.

Cuando el espéculo fue retirado por completo con un sutil sonido húmedo, la enfermera Marta intervino de inmediato, manteniendo su rol estrictamente profesional pero riguroso.

—Procedo a la toma de muestra epitelial para el frotis de control—anunció la ayudante.

Sin darme tiempo a recuperarme del vacío del metal, sentí el tacto firme de un largo bastoncillo de algodón introduciéndose brevemente en la zona para recoger la muestra. El contraste de texturas me hizo apretar los dientes. Acto seguido, Marta tomó varias gasas estériles y, con movimientos firmes, circulares y concienzudos, comenzó a limpiar el exceso de gel lubricante que goteaba por mi piel. La presión de la enfermera para dejar la zona impecable prolongaba mi exposición, obligándome a mantener los glúteos elevados ante los ojos fascinados de Indhira.

—Hemos terminado, Javier. Puedes bajarte de la camilla —anunció la uróloga, dándose la vuelta para desechar sus guantes en el contenedor biológico.

Al incorporarme y apoyar los pies en el suelo, la situación alcanzó su punto álgido de timidez. Lejos de amansarse, la estimulación prolongada de la próstata unida al morbo psicológico absoluto de la escena provocaron que mi cuerpo reaccionara de forma radical: mi miembro estaba más erecto, rígido y apuntando hacia arriba que nunca en toda la tarde. Caminé hacia la silla con las piernas ligeramente abiertas, intentando ocultar en vano mi estado mientras me limpiaba los restos de gel y comenzaba a ponerme la ropa a toda prisa.

La doctora se sentó de nuevo tras su escritorio. Mientras yo me abrochaba la camisa de espaldas, Indhira se acercó a la mesa, metiendo de nuevo sus pies en las chanclas de forma descuidada. Sus mejillas seguían encendidas.

—Físicamente, Javier está perfecto —explicó la doctora en tono analítico—. No hay varicocele, la próstata es sana y la respuesta vascular que acabo de presenciar demuestra que no hay un problema de riego. Su problema en el coito es puramente psicológico: ansiedad de ejecución.

En ese momento, aprovechando que yo estaba concentrado peleándome con los botones de los pantalones, la doctora Valenzuela se inclinó hacia adelante. Clavó sus ojos imponentes en Indhira y, bajando la voz a un susurro confidencial y autoritario, le dio ciertas instrucciones en secreto:

—Tu novio responde de manera excelente a la dominación, la exposición y el control, Indhira. Lo he visto en su pulso y en su anatomía. Si queréis solucionar vuestros problemas en la cama, esta noche en casa toma tú el control absoluto. Ordénale, exponlo y hazlo esperar. No dejes que tome la iniciativa. Esa es mi prescripción médica.

Indhira asintió despacio, con una sonrisa felina dibujándose en sus labios mientras devoraba con la mirada el secreto compartido con la uróloga.

El viaje de vuelta en el coche era un hervidero de tensión. Ninguno de los dos hablaba, pero el habitáculo estaba cargado del mismo morbo que habíamos dejado en la consulta. Yo conducía con la vista fija en la carretera, aún abrumado por la humillación y el placer involuntario de la camilla. Indhira iba a mi lado, con una pierna cruzada, balanceando su chancla de manera rítmica, letal.

De repente, al pasar junto a un camino vecinal rodeado de árboles, apartado de la carretera principal y completamente solitario, Indhira rompió el silencio con una voz que no admitía réplicas.

—Javi, para el coche ahí. Ahora mismo.

—¿Qué? Pero si ya casi estamos en ca…

—He dicho que pares, Javi. En la zona de sombra, bajo esos árboles —interrumpió ella, mirándome con una fijeza y una autoridad que nunca antes le había visto. Era exactamente la misma energía imponente que la doctora Valenzuela había desplegado en la consulta.

Giré el volante y detuve el motor en mitad de la absoluta tranquilidad del paraje solitario. El silencio nos envolvió. Me giré para mirarla, con el corazón latiéndome con fuerza en la garganta.

Indhira no esperó. Se desabrochó el cinturón, se quitó las chanclas y se sentó a horcajadas sobre mis muslos, acorralándome contra el asiento del conductor. Su respiración era caliente y rápida contra mi cuello.

—La doctora me ha dado una receta muy específica para tu problema, Javi —susurró en mi oído, mientras sus manos bajaban decididas hacia la cremallera de mi pantalón, buscando la erección que aún no había decaído—. Y vamos a empezar a cumplirla ahora mismo. No te vas a mover, no vas a tocarme y vas a hacer exactamente todo lo que yo te ordene.

El motor se detuvo y el crujido de las ramas bajo las ruedas dio paso a un silencio absoluto. Indhira me miró fijamente, con los ojos encendidos por una determinación que dejaba claro que el control de la situación ya no me pertenecía. La influencia de la doctora Valenzuela flotaba en el aire del habitáculo.

—Quítatelo todo, Javi. Abre la puerta y sal del coche —ordenó con una voz baja, firme y pausada.

—¿Aquí? —pregunté, mirando de reojo las copas de los árboles y el sendero desierto—. Indhira, cualquiera podría pasar al lado nuestro.

—Es una orden. Sal. Desnudo —repitió, sin pestañear.

El choque de adrenalina y morbo me recorrió el cuerpo. Abrí la puerta del conductor y bajé al camino de tierra. El aire fresco de la tarde golpeó mi piel completamente desnuda, intensificando la sensibilidad de cada centímetro de mi cuerpo, que seguía en un estado de erección imponente. Salir al exterior en esas condiciones, sabiendo el riesgo de ser visto, multiplicaba por mil la vulnerabilidad que había sentido en la camilla de la consulta.

Indhira se giró hacia el asiento trasero y cogió una manta de viaje gruesa. Salió del coche descalza, dejando caer sus chanclas en la alfombrilla. Con movimientos lentos y calculados, extendió la manta sobre el suelo de tierra y hojas secas, a la sombra de los árboles. Justo después, fijando sus ojos en los míos, comenzó a desvestirse. Se quitó la camiseta, el sujetador y los pantalones con una parsimonia exasperante, dejándome contemplar su silueta bajo la luz filtrada del bosque.

Cuando quedó completamente desnuda sobre la manta, se arrodilló en el centro. Su piel contrastaba con el tejido oscuro. Me miró desde abajo, pero con una autoridad absoluta en el rostro.

—Acércate —me indicó, señalando el espacio frente a ella—. Antes de que hagamos nada, vas a hacerme exactamente lo mismo que me hiciste aquella noche en la playa de Fuerteventura. ¿Te acuerdas?

Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar aquella noche bajo las estrellas de las Canarias. El sonido del mar, la arena fina y el viento cálido. Aquella vez, la iniciativa había sido mía, pero ahora las tornas habían cambiado: era ella quien me exigía ese recuerdo como una orden directa, utilizando mi propia memoria para someterme a su placer.

—Me acuerdo perfectamente —respondí con la garganta seca, arrodillándome frente a ella en los límites de la manta.

—Pues empieza —sentenció, echando la cabeza hacia atrás y entrelazando las manos detrás de su nuca, exponiendo su cuerpo por completo—. No te dejes ni un solo milímetro. Hazlo exactamente igual.

Me acerqué lentamente, sintiendo el aroma de su piel mezclado con el olor a pino y tierra húmeda. Comencé inclinándome hacia su cuello, recorriendo con la punta de la lengua la línea de su clavícula mientras mis manos, aún temblorosas por la tensión de la consulta, delineaban sus caderas con suavidad. Indhira soltó un gemido ahogado al sentir mi boca descendiendo hacia sus pechos. El recuerdo de Fuerteventura revivía en mitad de aquel bosque solitario, pero esta vez con la urgencia y el morbo acumulados de una tarde de exposición absoluta. Su cuerpo se arqueó hacia el mío, buscando el calor de mi piel desnuda, mientras el riesgo de la intemperie dictaba el ritmo de cada una de nuestras respiraciones.

Mis labios seguían descendiendo por su vientre, recreando centímetro a centímetro aquella noche en la playa, cuando un sonido nítido rompió la calma del bosque. El crujido seco de una rama rota y el roce de unas pisadas sobre la hojarasca resonaron a unos pocos metros, ocultos tras la maleza del camino forestal.

Nos quedamos congelados un instante. Mi corazón dio un vuelco salvaje. Estábamos en mitad de la naturaleza, completamente desnudos sobre una manta, expuestos a que cualquier senderista o guardabosques nos descubriera en pleno acto. Miré a Indhira a los ojos, esperando ver pánico o la orden de salir corriendo hacia el coche.

Sin embargo, lo que vi en sus pupilas dilatadas fue pura gasolina. La idea de ser observados, combinada con la adrenalina acumulada desde la consulta de la doctora, actuó como el detonante definitivo. Lejos de asustarse, la respiración de Indhira se volvió caótica, profunda y cargada de una lascivia incontrolable.

—No pares —me ordenó en un susurro ardiente, con una urgencia que nunca antes le había escuchado—. Hazlo ya, Javi. Ahora mismo. Y dame duro.

El miedo a ser descubiertos desató una fuerza arrolladora en los dos. Indhira me agarró por los hombros con una fuerza sorprendente y me tiró hacia atrás, tumbándome bocarriba sobre la manta. Se colocó a horcajadas sobre mí con una velocidad felina. Su mirada era salvaje, desafiante hacia el bosque y posesiva conmigo. Se guio con las manos y, de un solo movimiento firme y descendiente, se entregó por completo a mi erección, que se encontraba en su punto de máxima rigidez.

Un gemido unísono y sordo escapó de nuestras gargantas, ahogado por el viento entre las copas de los árboles. La conexión fue eléctrica, perfecta. El problema de mantenimiento de la erección se había disuelto por completo bajo el peso del morbo absoluto y el peligro real.

Indhira comenzó a moverse sobre mí con un ritmo frenético, salvaje e implacable, aplicando al pie de la letra la prescripción de dominación de la uróloga. Sus caderas subían y bajaban sin darnos tregua, mientras yo me aferraba a su cintura, sintiendo el sudor de su piel y la velocidad de sus embestidas. Cada crujido lejano de las hojas del bosque, cada sombra que se movía a lo lejos, no hacía más que acelerar nuestras pulsaciones, empujándonos hacia el límite.

La tensión psicológica de la camilla, las manos de látex de la doctora, el viaje en silencio y el riesgo inminente de la intemperie colisionaron en un clímax épico. Indhira arqueó la espalda, apretando sus músculos pélvicos con una intensidad descomunal mientras arañaba mis hombros. Yo perdí el control por completo; el estímulo era demasiado puro, demasiado intenso. Con un último movimiento sincronizado y violento, ambos alcanzamos un orgasmo explosivo y demoledor bajo el cielo abierto, liberando toda la energía contenida de la mañana en un espasmo largo y compartido.

Nos dejamos caer el uno sobre el otro, exhaustos, con el pecho agitado y los corazones latiendo desbocados contra las costillas. El bosque volvió a quedar en silencio, roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas. Nos miramos, cómplices de una locura que había empezado en una fría sala médica y había terminado de la forma más salvaje posible.

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